Saltar al contenido

Autor/lector: dilema durante el proceso escritural

martes 22 de julio de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Autor/lector: dilema durante el proceso escritural, por Paula Winkler
¿Cuál de todos los lectores me interesa a mí como autora antes y después de dar a conocer un texto? ¿El obsesivo, el crítico, el exigente, el escéptico, el distraído? 📷 “Mujer leyendo una carta” (1665; detalle), de Gabriël Metsu • Galería Nacional de Irlanda

Cada escritor tiene sus fantasmas. Me ocupé de éstos en una nouvelle de autoficción, Fantasmas en la balanza de la justicia. Intento en ésta vincular literatura y jurisdicción, inconsciente y destino, contingencia e interpretación, casualidad y causalidad. ¿Acaso la verdad no tiene también estructura de ficción?

Mi fantasma de escritora no es la página en blanco, tampoco que mis musas se tomen vacaciones, pues en el ínterin leo, investigo y ¡vivo! Mi drama personal cuando escribo es el lector. ¿Pero qué tipo de lector? ¿Cuál de todos los lectores me interesa a mí como autora antes y después de dar a conocer un texto? ¿El obsesivo, el crítico, el exigente, el escéptico, el distraído? En la primera fase de la escritura, cuando mi inconsciente, mi alter ego, mi otro yo (los que nunca excluyen la conciencia), va tejiendo y destejiendo, sólo dialogo con lo que sería mi lector in fabula, el de Eco: aquel sabelotodo emotivo, cómplice a más no poder de mi energía, que idealiza expresiones, a los personajes; casi un narratario oculto que comparte elecciones provisorias, estrategia, catarsis, correcciones y unas cuantas versiones de lo mismo. Este lector no me boicotea. Al contrario, me estimula a continuar sin que tache demasiado el texto, ni me barre a mí misma. Es que quien lee y relee (y es lo que hago yo, cientos de veces), esta suerte de narrador de la autocrítica corre siempre el riesgo de diferir o de abandonar el proceso...

Mucho después, en la vigésima revisión, aparecen mis últimos cuestionamientos al texto, lo que me hace enteramente feliz: va llegando el final, otra nueva etapa se avecina. Las “pruebas de galera” son útiles para agregar (con pudor) la última ocurrencia o polemizar con el corrector de la editora o los gustos de ésta, que sugiere otro título, cambiar algunos blancos activos, etcétera. Etapa que también me fascina pues entran a jugar lengua y habla, conocimiento y arrojo, insistencia estética...

Mi lector modelo, el in fabula de Eco, aquel prácticamente como mi alma gemela, se transforma entonces, hacia los finales del trabajo, en el escéptico y hasta, a veces, un poco insoportable. Pero como sé bien que con el inconsciente no se negocia y mi superyó es fatal, encierro a este último bajo llaves y lo saco a pasear a hurtadillas, diciéndole “ya verás cuando me acepten el texto”. Y al inconsciente intento calmarlo (por un rato muy breve) pues, claro, comienza el temor al lector real, a la imprescindible recepción del texto, que deja mi imaginario y se zambulle en la realidad del lector, del mercado.

Otro fantasma para mí es el narrador. Una elige la voz, los personajes, el punto de vista, las acciones. Qué clase será, si tercera, primera o segunda persona, narrador omnisciente irónico o de contrapunto; narrador protagonista, etc. Y después viene el drama del autor textual, que hay que saber introducirlo sin quebrar la trama ni faltarles el respeto a los personajes, que poseen vida propia.

Y ello, que se debe a ciertas reglas del oficio, no me aleja de una suerte de punto extraño al que converge la trama, que no termino de atrapar aunque lo intente porque me desafía y reorganiza a menudo, hacia sus finales, incluso al texto, casi en forma mágica. Tampoco me interesa averiguar interpretando mientras escribo: nadie que se precie de estar bien de la cabeza buscaría la significación de sus textos, aun el crítico o el semiólogo que hacen ficción, mientras la construyen y narran. En todo caso, habrá infinitas capas de conocimiento, experiencia de vida y comprensión que se meten subrepticiamente en la narrativa.

Un escritor pone el cuerpo cuando escribe. Si fuera pura razón, mejor que se dedicase al ensayo y a la investigación académica, géneros distintos con otros dilemas, no menos complicados.

Es que el conocimiento, y la soberbia de exhibirlo, pervierten el texto literario porque su escritura se encara con pudor: se debe renunciar a la pura razón para dar vida a la trama y la historia, aun zurcido como se esté. Hablo de silencios y de palabras...

En la literatura (y en las artes) siempre se esconde lo inasible, no lo digo por pereza... Como investigadora, la cosa cambiaría pues en estos procesos escriturales y en el ensayo, la creatividad queda subsumida a la data, la precisión guía al texto.

Recuerdo a Walter Benjamin, para quien la alegoría en Baudelaire no es una figura retórica sino la imprescindible (y loable) experiencia del poeta: ver salvajadas entre catedrales, dice, habla de un moderno melancólico, que aún espera algo del mundo, su mundo, el mundo nuestro y el de los otros. Benjamin, en efecto, ha sufrido subjetivamente como Franz Kafka y como Marcel Proust. Fíjese, por caso, el que me lee, que las “tres B” (Baudelaire, Benjamin y Blanqui, el revolucionario de la comuna de París) no le bastaban a Theodor Adorno en su conversación preliminar y amistosa con Benjamin con relación a sus primeras pautas para elaborar una teoría literaria. Adorno y Max Horkheimer, científicos sociales, filósofos de la eterna sospecha de quien investiga, se la ponen difícil a Benjamin. Meten su racionalidad. Pero en la crítica se juegan ciencia y hermenéutica, comprensión y conocimiento... Sólo con leer la carta 111 del filósofo que se suicidara en Portbou nos damos cuenta del tiempo que insume pensar, conocer, divulgar, criticar.

Benjamin habla con la Escuela de Frankfurt acerca de la distancia provocada por la imprenta en los textos respecto de su autor. Dice: “La forma impresa, que distancia al autor de su texto, tiene, por una parte, un valor, en este sentido, que no puede compararse con nada [se refiere al heurístico, en tanto sus parámetros eran entonces provisorios]. A ello se une el que de esta forma el texto podría ser debatido, algo que —por insuficientes que fuesen los interlocutores hoy disponibles— podría compensar un poco el aislamiento en el que trabajo” [alude a su investigación acerca de la obra de Baudelaire].

Aquí nace una teoría, porque “(...) narrar historias siempre ha sido el arte de seguir contándolas, y este arte se pierde si ya no hay capacidad de retenerlas. Y se pierde porque ya no se teje ni se hila mientras se les presta oído. Cuanto más olvidado de sí mismo está el escucha, tanto más profundamente se impregna su memoria de lo oído. Cuando está poseído por el ritmo de su trabajo, registra las historias de tal manera que es sin más agraciado con el don de narrarlas. Así se constituye, por tanto, la red que sostiene al don de narrar”.

Ser investigador, crítico, hermeneuta, condice una actividad distinta a la del narrador, que necesita ser reescrito (además de analizado). Sobre la reescritura en la ficción, traigo a colación el cuento “Casa tomada”: Julio Cortázar jamás hubiera buscado conscientemente una alegoría acerca del peronismo y lo reconoció tiempo después de leer las reseñas sobre su cuento y la crítica... Y si yo releo hoy el “Informe sobre ciegos” de Ernesto Sábato, ignoro si él imaginaría al Fernando Vidal Olmos del que me apropio por leerlo: un intelectual despiadado y sin esperanzas, acaso en caída libre.

Al fin, prefiero creer que el dilema del autor/lector continúa siendo un hermoso misterio de la contingencia, que no depende (sólo) de estrategias de márquetin sino de gustos literarios.

Paula Winkler
Últimas entradas de Paula Winkler (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio