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Retrato hablado del escritor imaginario

jueves 30 de mayo de 2019
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Retrato hablado del escritor imaginario, por Carlos Yusti

El escritor Rafael Bolívar Coronado, durante su exilio español, apremiado por el hambre, prepara algunas antologías de poetas latinoamericanos. Lo distintivo de estas antologías fue que si al compilador le faltaba algún poeta, sencillamente se lo inventaba. No obstante su osadía no llegaba hasta allí, sino que también escribía los poemas y le concebía una vida, con algunos libros publicados con una que otra chispeante anécdota. Así fue armando las antologías para darle grosor de páginas y cobrar más de lo acordado. Sin duda fueron antologías un tanto descocidas, pero innegablemente creativas, arbitrarias y rebosantes de imaginación creadora.

Esto de inventar escritores (con sus obras irreales respectivas) es una práctica recurrente de una buena porción de escritores. Algunos lo harán por hambre como Bolívar Coronado, otros por juego intelectivo, en un lúcido alarde de erudición y otros por sátira para desacralizar el boato ecuménico que muchos profesores y críticos bartheianos le imponen a la literatura.

Inventar autores va a la par con eso de imaginar libros no escritos.

Jorge Luis Borges, en una de sus obras, hace la reseña de una novela imaginaria escrita por un autor indio ficticio, Mir Bahadur Alí, de Bombay. Él, que nunca escribió una novela, en su exégesis refiere la trama y las vicisitudes que le ocurren al protagonista. Para darle un tono creíble cita la fecha en la que se imprimió el libro, describe el papel, etc. O así Borges lo escribe: “La editio princeps del Acercamiento a Almotásim apareció en Bombay, a fines de 1932. El papel era casi papel de diario; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la primera novela policial escrita por un nativo de Bombay City. En pocos meses, el público agotó cuatro impresiones de mil ejemplares cada una (…). Bahadur publicó una edición ilustrada que tituló The Conversation with the Man Called Al-Mu’tasim y que subtituló hermosamente: A Game with Shifting Mirror (Un juego con espejos que se desplazan). Esa edición es la que acaba de reproducir en Londres Victor Gollancz, con prólogo de Dorothy L. Sayers y con omisión —quizá misericordiosa— de las ilustraciones. La tengo a la vista…”.

Inventar autores va a la par con eso de imaginar libros no escritos. Santiago Key-Ayala tiene un exiguo volumen, que Pedro Téllez encontró traspapelado en sus obras completas, titulado Cateo de bibliografía. En él reseña libros, pero no impresos sino esos que “jamás existieron”, otros que “fueron concebidos y no llegaron a nacer” y otros que “fueron ajusticiados”. Key-Ayala escribe de esos libros abortados, perdidos o que se quedaron varados en ese limbo de la no impresión, que fueron ideas (o anhelos) que jamás cristalizaron.

Stanislaw Lem, escritor polaco y destacado autor de ciencia ficción, en dos libros hace un compendio de libros imaginarios, con sus respectivos autores: Vacío perfecto y Magnitud imaginaria. Libros algo agemelados, pero con subrayadas diferencias. En el prólogo del primero se lee: “La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem. Encontramos intentos parecidos no sólo en un escritor contemporáneo como J. L. Borges (por ejemplo, ‘Examen de la obra de Herbert Quain’, en el tomo Ficciones), sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner en práctica esa idea. Sin embargo, Vacío perfecto constituye una especie de curiosum, por cuanto la intención del autor es presentarnos toda una antología de esta clase de críticas. ¿Cuál fue su propósito? ¿El de sistematizar la pedantería o la broma? Sospechamos que en este caso se trata de un subterfugio jocoso…”. Se ocupa de libros y autores bastante raros, pero en Magnitud imaginaria revisa a unos artistas que hacen pornografía utilizando rayos X, científicos que realizan cultivos de bacterias que pueden comunicarse empleando el código Morse y capaces de predecir el futuro, vendedores de enciclopedias impresas con la historia que todavía no sucede, inteligencias artificiales que escriben obras de autores clásicos con una brillantez creativa que ni ellos mismos habrían podido elucubrar.

Vacío perfecto se inicia con el análisis al libro Gigamesh, de Patrick Hannahan (Transworld Publishers, Londres). Gracias a Lem el lector se informa de que Hannahan sentía una rivalidad envidiosa por Joyce, de que su libro es una proeza lingüística y vanguardista, etc. Esto lleva al escritor español Luis Goytisolo a redactar el ensayo “Joyce por fin superado”. Goytisolo puntualiza: “Mi propósito no es el de polemizar con Lem sino, muy al contrario, el de aportar mis propias consideraciones al caudal bibliográfico que gracias a Lem y a tantos otros exegetas (exegetas mejor que críticos) se ha ido desarrollando en torno a la obra de Hannahan”. Goytisolo cuenta que fue una odisea conseguir el libro, hasta que por azar y en Londres descubre en una librería, en la mesa de saldo, una pirámide de Gigamesh. Señala así mismo que “el propio Hanna­han, con su prólogo de 847 pági­nas para una novela de 395, ¿se ha convertido en el principal exegeta de sí mismo?”. En fin, que el escritor español hace un exhaustivo estudio sobre la novela para concluir: “Lo realmente decisivo ha sido el he­cho de que, con la publicación de Gigamesh la polémica ha sido ob­viada: la presunta copia (Giga­mesh) supera el modelo (Finnegan’s Wake), quedando para Joy­ce el papel de mero precursor”.

Roberto Bolaño hace otro aporte con La literatura nazi en América. Su intención fue (como lo expresó él mismo) recopilar “una antología vagamente enciclopédica de la literatura filonazi producida en América desde 1930 al 2010”. Con un estilo abstracto y profesoral va presentando la biografía de unos autores con sus respectivos títulos. Hay una mezcla de lo ficticio con lo real para darle credibilidad a esta aterradora invención literaria. La obra cierra con un extenso complemento: Epílogo para monstruos, el cual contiene un índice onomástico y una investigada e irreal bibliografía de los autores citados.

Marcelo Chiriboga surgió de la imaginación de dos escritores: José Donoso y Carlos Fuentes.

Otro libro infaltable es La sinagoga de los iconoclastas, de J. Rodolfo Wilcock, en la que se registran, con innegable genio, los retratos biográficos prefigurados por Marcel Schwob y los de libros inventados. Sólo que estos seres se encuentran en ese límite de los extremos donde el suicidio (o la locura) aguardan con fría paciencia. Estos “iconoclastas” reinventan el universo conocido para arrastrar al lector a una delirante aventura.

Dos escritores imaginarios insignes son Marcelo Chiriboga y Bustos Domecq. El primero nació en 1933 y era el menor de tres hermanos, pero lo relevante es que forma parte del conocido boom latinoamericano. Sus dos libros que han cimentado su fama son La línea imaginaria (1969) y Diario del infiltrado (1973). José Donoso ha escrito: “Marcelo Chiriboga, el más insolentemente célebre de todos los integrantes del boom, sus ediciones alcanzan millones en todas las lenguas, incluso en armenio, ruso y japonés: este ecuatoriano ha hecho más por dar a conocer su país con sus novelas, que todos los textos y las noticias publicadas sobre el Ecuador”.

Chiriboga surgió de la imaginación de dos escritores: José Donoso y Carlos Fuentes. Al parecer su aparición fue como una necesidad para colocar en el mapa de la literatura a Ecuador, o como lo expresó Fuentes: “Por lo menos ese favor le hicimos a Ecuador: le dimos un miembro del boom. Por ahí anda Chiriboga. Y, a lo mejor, hasta nos sobrevive”.

Bustos Domecq, según semblanza contenida en Seis problemas para don Isidro Parodi de la educadora señorita Adelma Badoglio: “El doctor Honorio Bustos Domecq nació en la localidad de Pujato (provincia de Santa Fe), en el año 1893”. Este libro también trae una palabra liminar escrita por Gervasio Montenegro, de la Academia Argentina de Letras. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares a cuatro manos escriben las obras de Bustos Domecq y en esta conjunción de nombres y prólogos Lisa Block de Behar escribe: “Borges y Bioy inventan a un autor ficticio (Bustos Domecq) y también inventan a la autora de la biografía de ese autor inventado (Adelma Badoglio), a quien precede un invento anterior (Adelia Puglione) (…). Inventan además al prologuista (Gervasio Montenegro), miembro de la Academia Argentina de Letras (institución que aparece mencionada en la edición del 64, no en la del 42), quien es asimismo personaje de la ficción, invadiendo, más de una vez, el espacio de verdad que el prólogo —otra convención— suele acreditar”.

Lo atrayente es que el tal Bustos Domecq escribe Crónicas de Bustos Domecq, en la que también inventa a escritores y artistas; la sátira de altos vuelos está servida: las reseñas apelan a todos los recursos del ensalzamiento ripioso y ditirámbico. Graciela Sheines escribe: “Crónicas de Bustos Domecq puede entenderse como una burla a las escuelas y estilos en boga, a las estéticas de vanguardia, a los cultores de la originalidad a ultranza, a los escritores vernáculos que veneran la literatura del norte a tal punto de no poder concebir la escritura sino como copia de los modelos consagrados”. El libro está conformado por veinte breves comentarios sobre arte y literatura con ese estirado, pomposo y rebuscado estilo utilizado por las revistas especializadas en arte o literatura.

Después que Bustos Domecq escribió el libro Un modelo para la muerte hizo un paréntesis. Borges y Bioy Casares seguían frecuentándose, pero Bustos Domecq estaba engavetado a decir de Bioy: “Bustos Domecq se había convertido en un bromista insoportable, similar a Rabelais, autor que no nos gustaba”. Transcurrió un buen tiempo; Borges pasaba por otro amor naufragado y Bioy Casares le propuso sacar de su retiro a Bustos Domecq, o como lo escribió él mismo: “Una mañana yo sacaba a pasear a mi hija y al hijo de la cocinera. Cada uno de esos chicos tenía en la mano un muñeco y se lo describía al otro. Yo estaba calentando el motor del auto y los oía atrás, describiendo, como si no pudieran ver uno el muñeco del otro. Entonces esa noche le propuse a Borges que escribiéramos un cuento sobre un escritor que describiera por el solo placer de la descripción, aunque fuera la cosa más desprovista de interés: el lápiz, el papel, la mesa de trabajo, la goma de borrar, etcétera. Así surgió ‘Una tarde con Ramón Bonavena’, que es la primera de las crónicas. Meses después, porque con Borges siempre fuimos reticentes y corteses, me agradeció porque comprendía que yo le había propuesto ese cuento para hacerle olvidar su mal de amores. No fue así. Yo se lo propuse simplemente porque se me había ocurrido el cuento”.

De Bruno Martín he leído frases delirantes que me recuerdan al siniestro y desquiciado escritor imaginado Jack Torrance del libro El resplandor, de Stephen King.

Muchos poetas y escritores se inventan heterónimos y Pessoa fue un mago consumado en dicha materia. El poeta Luis Alberto Angulo ha creado a un poeta malo llamado Armando Amanaú. No entiendo si se puede inventar un poeta competente con las metáforas, a qué viene crear un poeta segundón. Los pocos datos del poeta son: Armando Amanaú (Valencia, Venezuela, 1988) es un poeta del Decir que incursiona en el poema político y popular. Textos suyos aparecen en compilaciones como Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y El Líbano, El corazón de Venezuela. Patria y poesía y 100 poemas contra el fascismo. Su poesía es algo así: “Aliado siempre con Cristo, / No me rindo a los imperios, / Mi corazón es un nicho, / Para guardar los recuerdos”.

La captura de Josu Ternera, terrorista etarra, prófugo de la justicia española por múltiples crímenes, se llevó a cabo en Francia. Para ocultarse se había convertido en Bruno Martín, escritor con pasaporte venezolano. Como es lógico, Bruno Martín escribe libros infantiles que hablan de la libertad y de esa capacidad imperiosa de soñar. Uno de sus libros más editados es La niña que se alimentaba de nubes. Otros libros suyos son La araña que no sabía tejer y El poético cantar de Grillo Zurdo, escrito en verso con chispeantes trabalenguas y juegos de palabras que recuerdan mucho al libro Chamario de Eduardo Polo.

De Bruno Martín he leído frases delirantes que me recuerdan al siniestro y desquiciado escritor imaginado Jack Torrance del libro El resplandor, de Stephen King, que en un absurdo soliloquio, casi hamletiano, se dice: “Era cuestión de usar el cerebro, el celebrado cerebro de Jack Torrance. ¿No es usted el tipo que pensaba vivir de su ingenio? Jack Torrance, autor de best-sellers (…). Jack Stephen Torrance, hombre de letras, pensador de valía, ganador del premio Pulitzer (…). Y toda esa mierda se reducía a una sola cosa, se dijo, vivir de su ingenio. Vivir del propio ingenio es saber siempre dónde están las avispas”.

Stéphane Mahieu publicó La Bibliothèque invisible (Éditions du Sandre), Paolo Albani y Paolo Della Bella escribieron Mirabiblia. Catálogo razonado de libros que no se encuentran y Alberto Manguel con Gianni Guadalupi publicaron Breve guía de lugares imaginarios, en el que se compilan todos esos territorios que sólo existen en la literatura. Algo así se podría hacer con los escritores inexistentes, una especie de Breve catálogo de escritores imaginarios.

Coda final: un escritor irreal escribe un libro ficticio sobre escritores que no existen, lo extraño es que muchos escritores del canon literario nacional aparecen allí como fantasmas inleíbles.

Carlos Yusti

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