
La debilidad de la memoria es proverbial y es a veces como un largo camino con muchos baches y que la gente designa como olvidos. La literatura por lo general rellena esos huecos y con un hilo invisible trae de vuelta algunos recuerdos. Algo de esto me ocurrió con Walter Benjamin y su libro Calle de dirección única, traducido también como Dirección única, que reúne aforismos y textos breves y cuyos títulos son calcados de los carteles callejeros. Contaré la historia recuperada de mi memoria gracias al libro de Benjamin.
Tan libresco como soy, y subordinado a los designios de lo fortuito, estuve un buen tiempo como director de una biblioteca. Se hacían diversas actividades culturales. Una de las más relevantes eran Las cajas viajeras. Se preparaban algunas cajas con libros, de géneros diversos, para escuelas, o cualquier grupo organizado que las solicitara. Esta biblioteca, amplia y de dos pisos, hoy ya no existe debido a la sabiduría de un alcalde de pacotilla que padeció la ciudad y cuya gran obra educativa fue desmantelarla.
En las adyacencia de la biblioteca Los Mangos (ostentaba el nombre de algún politicastro de oficio, pero como se encontraba situada en una plaza con frondosos árboles de mangos la gente la llamaba así) estaba un prostíbulo simbólico de la ciudad llamado La Colmena.
Un día la secretaria anuncia que dos damas, poco recatadas en el vestir, deseaban conversar con el director. Eran trabajadoras de La Colmena. Explicaron que algunas de las chicas eran de otros estados y muchas vivían en el prostíbulo, alquilando una estrecha habitación. Que en el día dormían y luego se aburrían mucho. Deseaban saber cómo era eso de las cajas viajeras. Les expliqué. Estaban interesadas. Pregunté qué tipo de libros les gustaría. Una enseguida dijo: “Novelas románticas” y la otra complementó: “Revistas y suplementos, si tienen”. Les dije que en lo personal prepararía la caja y se las llevaría. Me indicaron que cuando fuese preguntara por Nohemí o Natacha.
En la primera caja incluí algunas novelas de Corín Tellado, Bárbara Cartland y esas noveletas de quiosco denominadas Jazmín, Julia y Bianca. Incluí, claro, novelas de las hermanas Brontë, de Jane Austen, los Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Quiroga, y El monje, de Matthew Gregory Lewis. Para interesarlas detallaba de los libros las partes románticas, tétricas y de horror.
Mientras escribía de los libros en La Colmena recordé que las vecinas amigas de mi madre llamaban al prostíbulo como la casa de la perdición. Con regularidad iban de visita a referirle los últimos chismes a mamá. Cierta mañana llegó una vecina y luego de la taza de café respectiva soltó el comentario sobre el esposo de “la fulana esa que se cree la gran cosota, pero que es incapaz de controlar al marido que vive metido en una casa de perdición”. Mi mamá con sabiduría sarcástica le dijo: “Será una casa de perdición y todo, pero quizá el hombre encuentra algo en ese lugar y por eso siempre va. Perderse es a veces la mejor manera de uno encontrarse”.
Estuve llevando la caja viajera con libros a esa casa de perdición por espacio de un año. Los cuentos, comentarios y críticas de las chicas, indiscutibles abejas obreras de La Colmena, bien valen un escrito aparte.
Retomando la Calle de dirección única, hay que subrayar lo actual del libro, en cuanto a la forma. Pensamientos y reflexiones que se alejan de los géneros literarios. Es un libro-experimento, como imitando un collage dadá (caracterizados por incluir letras de distintos tamaños tipográficos, recortes de todo tipo, palabras sueltas, figuras recortadas de revistas, textos despedazados), en el que el escritor va ensamblando sus ideas a partir de las voces de la calle vociferante de inscripciones y carteles. El libro, conformado por sesenta textos breves, que modifican el estilo y el tema de un texto a otro, se va estructurando bastante curioso. Libro heterogéneo y misceláneo si se asume lo escrito por Luis Bugarini: “El libro misceláneo es por naturaleza indescifrable, incluso para su autor, que lo descubre según lo ordena. Sus propiedades oraculares desafían las categorías, esos puntos de encuentro habituales en cualquier literatura. Son el tipo de libros que se leen con perplejidad, sin jamás entender a cabalidad el sentido último de lo que se lee. Juego de sombras y partida de cartas, este libro desdeña las fórmulas del tiempo. Es inclasificable y al serlo es un título que nace y gana autonomía por su sola existencia”.
En cada segmento de texto Benjamin evoca la ciudad como artefacto que tiene su propio léxico. Para él es como un decorado teatral de cafés, tiendas, estacionamientos, edificios atosigados con rótulos y leyendas públicas. Trata de ahondar sobre la vida diaria desde la superficie urbana de las calles de la ciudad. Los textos no siguen un orden temático ni cronológico, y mucho menos de ilación teórica.
El libro tiene similitudes con el blog actual, en el cual el usuario va escribiendo trozos de un discurso múltiple. Los títulos escogidos por Benjamin para sus fragmentos imitan los carteles que se pueden encontrar en la calle: “Oficina de objetos perdidos”, “Alarma de incendios”, “Se alquilan estas superficies”, “¡Cerrado por reformas!”, “Madame Ariane”, “Segundo patio a la izquierda”, etc.
En el fragmento “¡Cuidado con los escalones!” escribe: “El trabajo sobre una buena prosa tiene tres escalones: uno musical, donde es compuesta; uno arquitectónico, donde es construida, y, por último, uno donde es tejida”. De esta manera los distintos fragmentos se arman y desde este postulado estilístico el escritor va uniendo objetos y palabras externas con el pensamiento hasta lograr una suerte de melodía traducida en escritura. No cualquier escritura, sino esa que trata de dilucidar el presente en un recorrido que a su vez busca unir las piezas dispares de ese rompecabezas urbano, donde la escritura se manifiesta entrecortada, minimalista, desmembrada. Benjamin va anotando ideas, sueños, recuerdos a partir de las distintas formas de expresión anónimas que pueblan la calle y que él transcribe también desde lo fragmentario, como pequeños bloques de un pensamiento que va mutando constantemente como las tonalidades del día, a distintas horas, en la ciudad.
En un recorrido en microbús me dispuse a leer la portada de ese libro urbano que es, a fin de cuentas, la ciudad. Intentaba capturar un poco la esencia del libro de Benjamin. Los carteles que pude observar fueron: Final de canal exclusivo. Amortiguadores e inyectores. Venta de libros usados. “En las palabras hay poder de vida y muerte; quienes las aman comerán de su fruto. Proverbios 18:21”. Boulevard de la comida. Calle Upata. Lotería de Animalitos. Hay punto. Se leen las cartas, se adivina el porvenir y se hacen ensalmes. Funeraria La Luz. Espere su turno. Todo en frenos.
El fragmento que trajo a mi memoria a las lectoras de La Colmena tiene el escueto título de “Nº 13”. Que puede ser perfectamente como el número de una casa, un negocio o algo por el estilo. Dos epígrafes son la pista para acercarnos a su enigmático y satírico planteamiento. Uno pertenece a Marcel Proust: “Trece —siento un placer cruel al detenerme en ese número”, que corresponde al tomo IV de Sodoma y Gomorra, de En busca del tiempo perdido: “Me atrevo a confesar que muchas de sus amigas —aún no la amaba a ella— me dieron en una u otra playa instantes de placer. Aquellas compañeras benévolas no me parecían demasiado numerosas, pero últimamente he vuelto a pensar en ellas y he vuelto a recordar sus nombres. Conté doce que en aquella temporada me brindaron sus débiles favores. Recordé otro nombre al instante, con el que hacían trece —entonces siento un placer cruel al detenerme en ese número. Pensé —¡ay!— que había olvidado a la primera: Albertine, que ya no estaba, y que fue la decimocuarta”.
El otro es de Mallarmé: “El repliegue virgen del libro, de nuevo, dispuesto para un sacrificio con que sangró el canto rojo de los antiguos tomos; la introducción de un arma, o abrecartas, para establecer la toma de posesión”.
Las trece muchachas que se entregan al placer se suman a los libros vírgenes que son penetrados con un cortaplumas. Benjamin en este fragmento “Nº 13” compara los libros (manoseados por muchos y adquiridos por algún dinero) con las prostitutas. Su ironía bizarra se sustenta en los epígrafes para barnizar/suavizar el comentario con algo de alegoría simbólica.
El fragmento en cuestión tiene acotaciones como estas:
I. Los libros y las prostitutas pueden llevarse a la cama (...). III. Nadie nota en los libros ni en las prostitutas que los minutos les son preciosos. Sólo al intimar un poco más con ellos, se advierte cuánta prisa tienen. No dejan de sacar cuentas mientras nosotros nos adentramos en ellos (...). V. Los libros y las prostitutas tienen cada cual su tipo de hombres que viven de ellos y los atormentan. A los libros, los críticos (...). VI. Libros y prostitutas en burdeles: para estudiantes (...). IX. A los libros y a las prostitutas les gusta lucir el lomo cuando se exhiben (...). XI. Libros y prostitutas: “vieja beata —joven golfa—”. ¡De cuántos libros proscritos antaño no ha de aprender hoy la juventud! (...). XIII. Libros y prostitutas: las notas al pie de página son para aquéllos lo que, para éstas, los billetes ocultos en la media.
A mis amigas lectoras de La Colmena estos comentarios de Walter Benjamin sin duda les habrían parecido un poco desentonados. Para el autor la finalidad de escribir ese libro fragmentario fue “entender la actualidad como el reverso de lo eterno en la historia y tomar las huellas de esa cara oculta de la moneda”. Lo cierto es que un libro como Calle de dirección única prefigura esos libros del futuro cuyos contenidos se pasean por temas disímiles y que asimismo incluyen cuentos, mínimos ensayos, cuentos hiperbreves, aforismos y anotaciones del más diverso pelaje. Libros que no se apegan a un género definido/definitivo y fluctúan con libertad en esa levedad poética de las hojas secas arrastradas por el viento en esa calle desolada de la memoria.
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