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Santiago Key-Ayala en pose de foto

lunes 30 de agosto de 2021
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Santiago Key-Ayala
Como ensayista, Santiago Key-Ayala estuvo en el reverso del espejo de los temas; buscaba un sesgo de asombro, de país de las maravillas sobre aquello que despertaba su curiosidad

En el amplio abanico de la literatura venezolana, tanto del pasado como el actual, hay escritores (muchos en minúsculas) acicalados y bien peinados que gustan mucho a los profesores de literatura y son sólo pasto bovino para las tesis de altos estudios de literatura comparada y demás pugilismo de sombra que achispa, pero no mucho, las gradas académicas. Escritores que ocupan el protagonismo de los suplementos culturales para que el bostezo literario adquiera rimbombancia y mucho ruido. No obstante, en dicho abanico también encontrará, cualquier lector despabilado, a unos personajes inauditos, que aparte de escribir libros singulares, y contraviniendo todo augurio, condimentan con fuertes sabores el desabrido panorama literario. Más que personajes, son escritores que salen como movidos en esa tiesa y estirada foto grupal de nuestra literatura nacional.

Con un escritor (en mayúscula) como Santiago Key-Ayala sucede que no es un autor al uso, preocupado, y encerrado con sus demonios, en escribir sesudos libracos, sino que se va por los márgenes y se decide por escribir, en periódicos y revistas, ensayos o reseñas, o en su defecto se consagra a redactar prólogos (o presentaciones) a libros de otros autores. Ya este dato curioso debe bastar para salir corriendo a cualquier biblioteca pública y remover el polvo de la sección clásicos de nuestra literatura para descubrirlo, leerlo y releerlo.

Tuve la grata fortuna de encontrarme con Key-Ayala gracias a Pedro Téllez, quien escribía un ensayo sobre Motivos de conversación: monosílabos trilíteros de la lengua castellana, y tuvo a bien fotocopiarme buena parte del libro Obras selectas, que recopila gran parte de su obra.

Este sentido de ratón de biblioteca, de escrutador de documentos, es un buen punto para que los apasionados de los libros lo estimen como uno de los suyos.

Leer sus monosílabos trilíteros o sus Cateos de bibliografía supuso encontrarme con un ensayista nada común el cual escribía de asuntos un tanto peculiares, pero además lo hacía con una elegancia erudita, sin descuidar cierto humor formal, el cual sin ser punzante dejaba sus risueñas fisuras.

Téllez, que en esto del ensayo es más minucioso que yo, escribe que fue Key-Ayala quien puso fin a la polémica en torno al misterioso y raro libro de José Luis de Cisneros Descripción exacta de la provincia de Benezuela, el cual aseguraban algunos que se había editado en la ciudad de Valencia. Key-Ayala demostró que efectivamente se editó en Valencia, pero la de España, en 1764. Este sentido de ratón de biblioteca, de escrutador de documentos, es un buen punto para que los apasionados de los libros lo estimen como uno de los suyos.

“Motivos de conversación: monosílabos trilíteros de la lengua castellana”, de Santiago Key-Ayala
Motivos de conversación: monosílabos trilíteros de la lengua castellana, de Santiago Key-Ayala (1952), un libro inclasificable.

Otro punto a favor de Key-Ayala es ese diluir sus escritos en revistas y periódicos, sin tener como meta escribir obras en el sentido tradicional. De seguro hoy tendría un blog y escribiría en todas las revistas literarias diseminadas en la red. Téllez escribe: “Key-Ayala escribió sobre las revistas y desde las revistas, pues no fue precisamente un ‘hacedor de libros’, su obra está descentrada, y sus libros propiamente dichos serán las selecciones de un octogenario. Cuando se publica en 1952 el libro clave Motivos de conversación. Monosílabos trilíteros de la lengua castellana, su bibliografía para la fecha incluía dieciocho “entradas”: dos libros nonatos, una traducción de Martin-Maillefer, cuatro discursos y una decena de folletos que integrarían sus obras selectas; para 1952 se mencionan con sus títulos quiméricos nueve libros inéditos y seis míticos libros —en preparación— incluyendo una Historia de las exploraciones del alma de Bolívar. Con estos rasgos editoriales Key-Ayala será paradigmático de toda una generación…”.

A pesar de ser un escritor un tanto descuadernado en forjar una obra entre comillas, no es para nada negligente cuando escribe y por esa razón ha sobrevivido a otros escritores, más publicitados y cacareados, en el mundillo literario de su tiempo.

Como ensayista estuvo en el reverso del espejo de los temas; buscaba un sesgo de asombro, de país de las maravillas sobre aquello que despertaba su curiosidad. Esto lo llevó a escribir sobre cuestiones menos trilladas, y así como escribía sobre libros inexistentes, perdidos o abortados, también hacía lo propio con algún tema histórico pasado por alto por los historiadores de cuño. Escribió acerca de Andrés Bello, pero en vez de enfocarse en ese Bello manoseado por profesores y escritores, que lo tienen en cuenta como filólogo, poeta, jurista o gramático, busca verlo desde esa otra orilla en la cual ha sido poco difundido, me refiero al Bello interesado por el universo, y ese breve ensayo Bello, cosmógrafo, ofrece indicios sobre el espíritu estético (escritor-artista le denomina Téllez) de Key-Ayala, interesado en ser un creador lúcido, para ofrecerle al lector en fugitivos ensayos destellos de gráciles desconciertos y extrañezas.

En el año 2013 se reeditó en papel (existe versión en PDF que se puede bajar de la Web) El juego del papagayo (conferencias de Elías Martel), editado originalmente como cuento en 1955 por la Asociación de Escritores Venezolanos. Aunque con Key-Ayala los límites entre los géneros se vuelven bastante difusos. Por otra parte este ensayo-cuento es un pastiche de relojería irónica. Lo escrito por Coral Pérez Gómez en el prólogo es acertado: “El cuento es, pues, una curiosidad y un hallazgo. Primero, por lo raro de su propuesta como género narrativo. Es una ficción con rasgos costumbristas bajo la apariencia de un modelo de conferencia académica, a imitación de los lugares comunes de la retórica conferencista, sin desperdiciar sus protocolos verbosos y sus secuencias dentro del rigor de la arquitectura lógica. De este modo, el estilo y el tono irónicos se van incrementando en las proposiciones de anticipación paródica, y el cuento se convierte también en una crítica de las ideologías positivistas y de la retórica formal de los discursos oficiales, resultando, en síntesis, una anticonferencia académica”.

Esta foto dice más del diplomático (que lo fue) que del escritor de perfectas e inusuales páginas.

Existe una foto de Key-Ayala (¿cincuentón?) con pose de estudio. Me imagino/invento la sesión. El fotógrafo intenta el mejor ángulo de aquel hombre que parece un muñeco de torta. No muy alto, pero con una personalidad difícil. Y el fotógrafo dando indicaciones: De pie, gire un poco de perfil, mejor mirando de frente; mejor así de lado, pero con un libro en la mano. No, no. Lo mejor será sentado, ¿y qué hacemos con esas manos? Su pose al final será sentado y de perfil dando el porte de un hombre tranquilo, y a su aire, enfundado en un traje como alquilado de dos piezas, con corbata y yuntas (o gemelos) en los puños de la camisa. Con una mano sostiene sus anteojos redondos. La otra está escondida en el bolsillo del saco. Esta foto dice más del diplomático (que lo fue) que del escritor de perfectas e inusuales páginas.

Se le resta mérito como ensayista de fuelle y se le coloca en el renglón soñoliento del historiador, del investigador, especie de divulgador educativo. Sin duda por esa razón Téllez escribe que sus “investigaciones” no son sino ensayos donde el contenido merece su continente y la ironía que les recorre convoca más al goce del lector que a su sabiduría. Su libro inclasificable de los monosílabos trilíteros no fue editado, en su momento, por la academia (o por una prestigiosa editorial), sino por una línea aérea privada, sin duda con más vuelo creativo que nuestros críticos literarios y editores.

Carlos Yusti
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