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La máquina que deseaba escalar una montaña

lunes 27 de mayo de 2024
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La máquina que deseaba escalar una montaña, por Adolfo Marchena
Víctor Frankenstein creó su particular monstruo en su afán por desentrañar “la misteriosa alma del hombre”.
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No nos percatamos en la niñez de que una de las metas del ser humano es alcanzar la perfección. El filósofo Voltaire expresó que “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Algo debió intuir, en aquellos tiempos de revolución, un Voltaire cuya pretensión fue, entre otras cosas, enseñar a la gente a pensar de manera más crítica. Intención que se aleja, hoy en día, del propósito de alcanzarlo todo a través de la denominada inteligencia artificial (IA). Mi primer robot llegó a través de una serie de dibujos animados, derivados de otra serie manga y anime que llegó a España en la década de los 70. Se trataba de Mazinger Z, el primer robot gigante tripulado por un niño. Recuerdo las peleas que sostenía contra robots enemigos, la emoción, entonces, de los primeros dibujos animados en color. Ignorar, también, que todo ello formaba parte del progreso y su estampida como de búfalos.

Me viene a la memoria el ensayo de Teresa de Jesús, Camino de perfección, donde nos aconseja con el fin de progresar en la vida contemplativa: el amor al prójimo, la moral cristiana, la humildad o la oración, algo que no encaja con las máquinas y su frialdad de plástico, procesadores y microchips. Nos dice Teresa de Jesús, en uno de sus párrafos: “Pues bueno anda el mundo para que os le dejen tomar en paz; sino que por un maravedí de interés se pondrán a no dormir muchas noches y a desasosegaros cuerpo y alma”. En ese afán del ser humano por alcanzar el poder y la riqueza, el progreso se entiende como una vía hacia la falsa eternidad. Estos ingredientes (perfección, poder y riqueza) operan de forma contraria a lo deseado, y nos desvían del equilibrio que sostiene la naturaleza, al mismo tiempo que la aniquilamos con nuestros actos, demasiadas veces contra natura. Fallida pues la vía del sentido común y reconocida nuestra imperfección, nos empeñamos en inventar otros medios que reemplacen nuestra incapacidad y nuestra torpeza, como son las máquinas (incluso las bélicas) y esa inteligencia artificial que apunta a sustituir no sólo la mano de obra sino también la creatividad.

Mary Shelley parece advertirnos de la falta de responsabilidad ante nuestras creaciones en su novela Frankenstein, un ser creado a partir de diferentes partes de cadáveres. A diferencia de la inteligencia artificial, a este monstruo le gustaba leer, se puede decir que por voluntad propia, obras como El paraíso perdido, de Milton; Las desventuras del joven Werther, de Goethe, o Las vidas paralelas, de Plutarco. Los monstruos en la literatura son seres con cuerpos no humanos que pueden resultar de nuestros temores u obsesiones, como el Conde Drácula, el Dr. Jekyll y Mr. Hyde o el hombre lobo. Tal vez el miedo sea un argumento que derive en la búsqueda de determinadas creaciones que, tarde o temprano, acabarán por devorarnos. Precisamente, un artículo publicado en El País el 24 de enero de 2024 y firmado por Javier Sampedro, lleva por título “Inteligencia artificial: el miedo no es un argumento”. Entre otras cosas nos desvela que el matemático británico Alan Turing descifró el código Enigma que usaban los alemanes para sus comunicaciones, y después de la guerra introdujo los conceptos esenciales de la IA, incluido el de entrenar una red de neuronas artificiales. Algo así, se me ocurre, como lo que Víctor Frankenstein, en su afán por desentrañar “la misteriosa alma del hombre”, trató de alcanzar, creando para ello su particular monstruo. O ese niño en que se convirtió Pinocho, al que le crecía la nariz cuando contaba alguna mentira, en el cuento de Carlo Collodi.

Corría el año 1982 y España albergada el Mundial de Fútbol del mítico Naranjito. Ese año los Rolling Stones hicieron en Madrid un concierto histórico bajo la lluvia. Contaba apenas quince años cuando me apunté a un cursillo de mecanografía, en una academia de mi ciudad que quedaba en el centro. El cuarto de hora que tardaba en llegar a las clases, transcurría al hilo de los comentarios de un locutor que describía el partido que correspondía cada día, en horario de tarde. Todos los televisores expuestos en los escaparates de las tiendas de electrodomésticos mostraban las mismas imágenes. El ¡goooool! se escuchaba de manera sonora y prolongada, cuando el balón traspasaba la línea de meta, y más si era el equipo local, con un gol de Satrustegui, que jugó como delantero centro en el equipo nacional. Aquel curso y aquella pesada máquina de escribir Olivetti supuso mi primer encuentro con la tecnología, aunque ignoraba que aquel gran paso me deparaba, sin yo intuirlo, un avance desmesurado y también, a mi entender, desproporcionado, en ese ámbito.

El avance tecnológico me convoca al concepto de utopía, término acuñado por el escritor Tomás Moro en su obra homónima. En ella, el autor describe una isla hipotética, irreal o ficticia donde se describe un sistema político, legal y social perfecto. Una utopía, por tanto, es un mundo perfecto, un mundo ideal, al menos en apariencia. Un ejemplo anterior de una obra utópica de la antigüedad clásica es La república, de Platón, donde el autor expresa a través del diálogo su concepción del arte, la política, la sociedad, la justicia, la inmortalidad, la virtud, el bien y el mal. En términos generales, una de las cosas que Platón nos dice es que debemos aspirar a un conocimiento más pleno, que nos libere de las ataduras y nos ayude a realizarnos como seres humanos. No pensaba ni imaginaba yo, en esos paseos de mi adolescencia y mis posteriores aventuras y desventuras, que tendría que soportar un cambio tan acentuado y tan brutal en materia tecnológica. Pasar del teléfono fijo, por ejemplo, a los móviles y smartphones. Los primeros, anclados a la pared mediante un cable y útiles tan sólo para comunicarse a través de la palabra en la distancia. Los segundos, capaces de darte todo tipo de información, hacer fotografías, determinar tu ubicación o permitirte chatear, entre muchas otras cosas. Toda tu información, tus contactos, tus hábitos, cualquier cosa que puedas imaginar almacenados en un pequeño aparato que cabe dentro del bolsillo. Una poderosa herramienta capaz de hacerte dependiente hasta tal extremo que, al contrario de lo que dicta Platón, en vez de liberarte lo que consigue es atarte, cada vez más, al dominio del algoritmo, las redes sociales o esa inteligencia artificial que, en breve, determinará nuestras pautas de comportamiento. De hecho ya se trabaja en programas como el ChatGPT, que es capaz de seguir instrucciones y proveer de respuestas detalladas, o el Perplexity AI, que también da respuestas al usuario y ofrece la posibilidad de mantener conversaciones.

Lejos de todo esto, Daniel Defoe escribió Robinson Crusoe y Jonathan Swift Los viajes de Gulliver. En estas obras de utopía geográfica o de viajes, los autores proyectan sus ideales inalcanzables en esos nuevos mundos. En el siglo XX, tras las guerras mundiales, la ciencia y la tecnología entran de lleno en la literatura, con obras como La guerra de los mundos, Una utopía moderna o La máquina del tiempo, de H. G. Wells. En el mundo de Wells el viaje en el tiempo no es misterioso o sobrenatural; es el resultado de la tecnología. Pese a la fascinación por la técnica, la idea de que el desarrollo empeorará las condiciones de vida es uno de los ejes centrales del género de la distopía.

En una anticipación del mundo cibernético, E. M. Forster describe un futuro de individuos alienados obligados a la destrucción en su cuento La máquina se para. La palabra robot se la debemos a la obra de Karel Čapek, R.U.R. (Robots Universales Rossum). Autor también de La guerra de las salamandras, Čapek escribió: “Mi querida señorita Gloria, los robots no son personas. Ellos son mecánicamente más perfectos que nosotros, tienen una capacidad intelectual asombrosa, pero no tienen alma”. Algo que me preocupa, cuando regreso a aquellos años no tan lejanos —y no es nostalgia— para comprobar que el ser humano de ahora parece desentenderse del alma en pos de la comodidad y, en cierto modo, esa cobardía que le hace escapar a uno del día a día, de lo cotidiano, de los problemas que surgen cuando es necesario resolver un entuerto; de todo lo que siempre nos caracterizó como humanos, aunque siempre de por medio habitasen los conflictos y esas rencillas que por ser, son necesarias, incluso más que la frialdad de una tecnología donde, pongamos, ni las caricias ni los besos existen. A no ser que, como sucede en la novela Erewhon, de Samuel Butler, exista la posibilidad de que las máquinas algún día puedan adquirir conciencia y hacerse cargo de los seres humanos. Lo que supondría, sin lugar a dudas, el final de una civilización echada a perder ante el exceso de pretensiones o respuestas, precisamente, artificiales.

Adolfo Marchena
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