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Tres poemas de amor y uno de guerra

viernes 12 de enero de 2024
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1.

En ocasiones siento
el hueco del vacío
y todo cesa.
La distancia es un trayecto
demasiado largo
cuando gira mi destino
y el hogar se nos derrumba.
Porque ignoro el pulso
de la imprudencia,
en esos días cuyo decorado
se desprende y cae
como figura de porcelana.
En aquel patio
donde una vez jugué,
el niño que fui regresa
para colocar una bufanda
al muñeco de nieve
con nariz anaranjada.
Comprendo entonces
que tú eres lo hermoso
y todo lo sencillo;
eres el bosque
que atesora mis ganas,
los helechos que forman
un colchón desprevenido.
En ocasiones siento
un tremendo vacío
que me transforma
en trapecista de ese circo
sin carpa donde tú y yo
nos sostenemos la mano.
Es tan hermosa la tarde,
y todo resulta armonioso.
Es tan amable el silencio.
Ese mirarnos, tan quietos,
cuando la humanidad
anhela tesoros y nosotros
encontramos lo exacto,
el momento preciso,
el hogar sin cortinas.
En ocasiones siento
que nada se pierde,
que nunca acontece,
porque todo en ti
es cobijo y costumbre,
hoguera infinita
que como el rayo no cesa.

 

2.

Ya nada hay afilado
en esta casa
sin muebles.
La extensión sin ángulo
que no perfora el espacio.
Entre tú y yo
el aire tan solo,
la ropa que se sostiene
sin pinzas,
la piel en relieve.
Nos acercamos
con la lentitud
de un cangrejo.
Somos hogaza de agua,
tormenta, aguacero
que no reclama
la tela de los paraguas.
Ya nada muere
en nosotros,
ni siquiera el aliento
bajo las aceras.
Qué hermosas resultan
todas las madrugadas.
Entre tú y yo
un encuentro de siglos,
la alquimia de la distancia
transformada en arena
de playa.
Qué sencillo resulta
perderse en el cielo,
volar como pájaros
en un viaje sin retorno.
Entre tú y yo,
que nadie lo sepa,
la mirada encendida,
el gesto preciso.
Aunque no importa,
tampoco,
que todos lo sepan,
querernos a bocajarro,
cuando el mundo se apaga
y los sueños se pierden
en esa noche promiscua,
en ese lodazal
sin zapatos.

 

3.

No pienso ya en el mañana,
en los ayeres,
su terca rutina.
No pienso en nada
que devore este presente,
ahora.
Ahora contemplo el segundo
que escapa
de todas las horas.
No existe el tiempo
en esta cabaña
de barro.
Tú y yo en ese alambre,
en ese instante
que se sostiene
apenas con nada.
Ya no me pierdo
en la suma y las cuentas
que restan.
Entre tú y yo
el resultado del infinito.
El abrazo que multiplica
lo eterno,
ahora.
Ya dejé atrás los nombres,
los dioses, las leyes.
Ya dejé todo
lo que perdura
y todo lo que se extingue.
Qué hermosa resulta
la tarde.
Ahora, cuando soy niño,
adolescente, adulto,
soy también ese viejo
que suma el único
número imprescindible.
Entre tú y yo el infinito,
en ese espacio que dejan
las nubes, las alas,
los ríos que serpentean.
Ahora,
cuando el tiempo se ahoga
en su propio delirio.

 

Un amor de trinchera

La luna gira
y tú a mi lado,
en un lugar
donde sólo crecen amapolas.
Las cartas llegan,
cada día, en un amanecer
de contrabando.
Las bicicletas apoyadas
en el muro aguardan
el cobijo de las calles,
sus aceras con treguas
de silencio.
La única trinchera
es nuestro hogar
sin alambradas.
Hay un bombardeo
de quietud sin anestesia
en la noche y su despedida.
Luego lo inútil
de las luces antiaéreas,
su única misión
en las mesillas.
Entre tú y yo
la guerra es un suspiro,
orgasmo fiero
de las madrugadas.
El desmayo
de la única bandera
y sus tiempos muertos.
Qué bella la mañana
en ese paredón
que no recibe ya a nadie.
El soliloquio de los niños,
la tardanza de las balas
envueltas en papel
de golosina.
En nuestros dedos
el armisticio como anillo,
la demora de unas bombas
que se duermen
cuando no se quejan
los despertadores.
Entre tú y yo los fusiles
se deshacen
como azucarillo
en un café con lactosa.
Nuestro amor y su guerrilla,
el agua de las fuentes
en las cantimploras.
La batalla que nunca
nos convoca,
entre tú y yo
el amor a bocajarro.
Qué hermosa la paciencia
de este plano
y su estrategia.
Entre tú y yo,
sobra decirlo,
la guerra como
una cama deshecha.

Adolfo Marchena
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