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No me pagan lo suficiente

miércoles 21 de mayo de 2025
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No me pagan lo suficiente, por Adrián Amorós Castro
Can Busquets era un lugar horrible lleno de todo tipo de leyendas: desde parejas despechadas que realizaron pactos de suicidio hasta un refugio clandestino durante la Guerra Civil que se usó como hospital primero y como sala de torturas después. 📷 Josep Maria Viñolas Esteva
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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1

Lucía miró por la ventana. Salvo por el solitario roble que delimitaba la masía de Can Busquets, el exterior estaba sumido en la oscuridad. Con la ausencia de la luna y a varios kilómetros de cualquier vestigio de civilización, la única luz externa provenía de las estrellas esparcidas como niños abandonados en la noche. Por primera vez, delegó en sus compañeros la seguridad, y eso suponía resistirse al impulso de revisar toda puerta, ventana o cualquier agujero que diera al exterior, un mal hábito que tenía y una de las razones por las que se ganó el trato de señorita o Sita, como si nadie supiera lo que habitaba en esta finca infernal.

Apartó esos recuerdos y decidió repasar el equipo de la sala: comprobó las baterías de los walkie-talkies y las linternas; después, se acercó al enorme mural que había en una de las paredes. Era un plano de la masía con decenas de bombillas esparcidas en diferentes habitaciones y hacía una eternidad desde la última vez que una de ellas se encendió, pero no podía confiarse. Nada más acabar de revisar la instalación, la puerta se abrió de golpe y un par de monitores entraron. Eran Genís y Noelia.

—¿Podéis llamar antes de entrar? —preguntó Lucía enfadada.

Noelia se acercó a la nevera y rebuscó en su interior. Genís se sentó en una silla para rascarse su barba de tres días.

—Hola, Sita Luca —dijo Genís—, todo ha ido bien, gracias por preguntar.

Noelia sacó un par de refrescos y se sentó junto a Genís.

—Lo que quiere decir Genís es que los chavales están durmiendo y que todas las puertas y ventanas están cerradas y aseguradas.

—En los dormitorios —dijo Genís antes de darle un sorbo a su refresco—, Jaume se ha empeñado en asegurar el exterior.

—¿Lo habéis dejado ir solo?

Noelia se puso a jugar con los mechones de sus rastas.

—No, Amanda está con él, pero conociéndola, estará rezando en cualquier esquina, como si eso sirviera de algo.

—Y seguro que Jaume la abroncará por ello —dijo Genís—, esa manía que tiene de gritar nos meterá en un follón, ¿es que no presta atención a lo que le cantamos a los niños? Ya sabes, “si gritas te encontrarán”.

—Totalmente —dijo Noelia—, prefiero cuando eras tú quien incordiaba con la seguridad. Y no lo digo yo, los peques no paran de preguntar por la Sita Luca.

—Hoy es luna nueva —dijo Lucía mientras rebuscaba en uno de sus bolsillos—. No está de más ser precavidos.

Arrojó un puñado de sal en el lado de fuera de la ventana y la cerró. Luego tiró otro puñado por el lado de dentro. La atmósfera de la habitación se hizo más pesada de golpe.

—Pensaba que lo chungo era la luna llena —dijo Noelia—, yo siempre uso la luna nueva es para recargar mis piedras.

—Déjate de chorradas hippies y céntrate en lo que funciona de verdad —dijo una voz desde la puerta.

Jaume entró con la mirada alta y el rostro serio. Amanda apareció unos metros detrás de él, tenía la cabeza gacha y caminaba hacia la mesa con pasos cortos. Lucía se acercó a cerrar la puerta, pero Jaume dio una zancada y se adelantó.

—Ya me encargo, Sita —dijo con una mueca de asco mientras espolvoreaba un poco de sal junto a la puerta.

—¿Qué tal si nos relajamos un rato y disfrutamos de la noche? —interrumpió Genís con una botella de ron en sus manos.

El ambiente tenso se relajó en el instante en que volaron los primeros cubatas. Alguien sacó una baraja de cartas y un cartón de tabaco y todos se sentaron a la mesa a jugar. Cualquier rastro de hostilidad desapareció con la primera partida.

—Venga, Noelia —dijo Genís—, saca las piedras mágicas de verdad.

Noelia sonrió y sacó un chusco de costo de su riñonera. En pocos minutos, las únicas brumas que se agitaron en la habitación fueron las del humo. Todos bebieron, rieron, fumaron y jugaron, incluso Lucía se permitió bajar la guardia. Después de todo, la situación estaba controlada, ¿qué podía salir mal?

El tintineo de una campanilla resquebrajó la atmosfera de júbilo. Todas las miradas fueron hacia el plano de la pared, donde una diminuta luz roja titilaba en los servicios de la primera planta.

Alguien estaba pidiendo ayuda desde el lavabo.

 

2

—Es una broma —la voz de Genís apenas era un susurro—, ¿verdad?

Todas las miradas fueron hacia Lucía.

—No es un fallo del sistema, revisé las luces.

—Tal vez rompiste algo cuando lo revisabas —dijo Jaume.

Al ver que nadie le estaba prestando atención, hizo una mueca de asco y se acercó a Genís.

—O tal vez alguien no aseguró bien los dormitorios.

—Pues haberte fijado en vez de escurrir el bulto —dijo Noelia a la defensiva.

—¿Escurrir el bulto? Yo estaba haciendo lo que a ninguno se le ocurrió: revisar.

Lucía ignoró la discusión, tenía otras preocupaciones en su mente. La luz venía de los lavabos de la primera planta y los dormitorios de los chavales están ahí. Ellos se encontraban en la misma planta que ellos, pero en el otro lado de la masía. Dentro de lo malo, habían tenido suerte.

—Calma —dijo Genís sin dejar de mirar a Lucía—, no sabemos si ha sido un niño, podría haber sido... bueno, ya sabéis, ellos.

—Sabes de sobra que ellos no pueden pulsar los interruptores —dijo Jaume—, el circuito de alarma se hizo con ese fin. A no ser que la Sita Luca lo hubiera roto mientras...

No pudo acabar la frase, Genís lo sujetó de su polo y lo levantó.

—¿Quieres callarte? —su voz seguía siendo baja, pero sin ninguna muestra de calma y tranquilidad.

Jaume se quedó quieto. Su rostro enrojeció mientras las venas de su cuello y frente palpitaban. Antes de que pudiera gritar, Lucía fue hacia él y le tapó la boca.

—Dejad de portaros como putos críos. Me da igual quién la haya cagado. Tenemos a alguien en apuros y no lo vamos a rescatar acusándonos, voy a salir.

Todos, incluso Jaume, palidecieron. Amanda fue la primera que pudo salir del shock. Sin decir palabra, se puso de rodillas y rezó. Lucía se puso su chaleco y lo ajustó, luego comprobó que lo tenía todo: llaves, linterna, varios saquitos con sal y virutas de hierro...

Mientras lo revisaba, Genís le acercó un walkie-talkie.

—Te avisaremos si se enciende otra luz. Si tienes problemas...

—Si tengo problemas, os quedaréis quietos y esperaréis al amanecer. Es una orden.

Genís la sujetó de los hombros con suavidad; por unos segundos, dejó de ser ese chico inmaduro y canalla que aprovechaba cualquier excusa para soltar un chiste verde.

—Todo irá bien —dijo con la voz más reconfortante que pudo sacar en su estado—. Ya hemos lidiado con los Enfermos antes.

Lucía negó con la cabeza.

—Tengo un mal presentimiento, no quiero confiarme. Lleváis poco tiempo en esta masía, no tenéis idea de todo lo que ha ocurrido aquí. Jaume es un cretino, pero ha visto casi tanto como yo —miró a Jaume y éste asintió—. Asegurad la puerta a mi salida y que nadie salga. Para todo lo demás, hacedle caso a él, ¿entendido?

Todos asintieron y volvieron a la mesa, menos Jaume que se quedó mirando por la ventana. Antes de que Lucía saliera por la puerta, Amanda se acercó y le dio el rosario de cuentas que llevaba siempre encima.

—Me da igual lo que digan —le dijo—, sé que te protegerá.

Cogió el rosario y se lo puso por dentro de la camiseta. Antes de salir, hizo una última mirada al grupo y le dio un trago largo a la botella de ron.

 

3

Lo primero que sintió al cerrarse la puerta fue la presión de la oscuridad. Ajustó su linterna de petaca al chaleco y la encendió. No necesitaba luz para moverse, había recorrido tantas veces esos pasillos que podía ir a cualquier lugar con los ojos cerrados, pero la luz tenía funciones útiles: en primer lugar, era un aviso para, si un niño extraviado la veía, sabría con total seguridad que se trataba de un adulto o, como mínimo, de una persona viva. Caminó con cautela por el pasillo; el crujir de la madera era el único sonido que acompañaba a su respiración. Mientras avanzaba, pasó la mirada hacia los carteles que colgaban de las paredes. Estaban decorados con dibujos que hacían los pequeños durante su estancia y con algunas de las reglas básicas de la masía, como siempre llamar con tres golpes y nunca salir de noche. Se detuvo en seco en el mismo instante en que la luz de su linterna parpadeó. Esa era la principal razón por la que la llevaba; si una luz artificial daba problemas, significaba que ellos estaban cerca.

Exhaló todo el aire que tenía dentro y cerró los ojos. El eco de unas pisadas se alejó, pero lo que realmente la perturbó fue el sonido de una cuerda arrastrada que la acompañaba.

“No puede ser”, pensó Lucía, “ella no, por favor”.

Casi dio un salto cuando su walkie-talkie se encendió.

—¿Qué ocurre? —cuchicheó Lucía.

—Es Jaume —la voz de Genís sonaba lejana—, se puso pálido mientras miraba por la ventana y se desmayó. Cuando recuperó el sentido se puso como una moto diciendo que ella estaba ahí. Lo hemos tenido que sedar, ¿quién es ella?

Lucía tragó saliva.

—Genís, quiero que mires el roble de afuera por la ventana y me digas si hay algo diferente.

Mientras esperaba la respuesta, se aseguró de que estaba a salvo: agudizó el oído y revisó su linterna, todo en orden.

—Sólo veo una cuerda colgando de una rama —dijo Genís—, la habrán puesto los niños mientras jugaban.

Negó con la cabeza, demasiadas coincidencias.

—Escúchame bien: mantened la calma y rodead toda la sala con sal y hierro, cuando Jaume se recupere, decidle que me habéis avisado.

—¿Qué está pasando? —preguntó Genís aterrado—, ¿son los Enfermos?

—En este lugar han pasado cosas malas, terribles, los Enfermos sólo son una de ellas y ni de lejos son la peor.

—Pero... Jaume dice... entonces... tenemos... o nos... —no pudo escuchar nada más, la estática de la radio se disparó.

—Joder —dijo Lucía para sus adentros—, tenía que venir hoy la Ahorcada.

Ajustó su linterna y continuó avanzando; la madera seguía lamentándose con cada paso y las sombras a su alrededor se agitaban cuando la luz de la linterna las bañaba. Necesitaba pensar en cualquier cosa, menos todo lo relacionado con la historia de aquella niña que se ahorcó hacía décadas.

Un goteo la trajo de vuelta a la realidad, un limo maloliente caía del techo en varios tramos y formaba diminutos charcos de fango. Estuvo a punto de alzar la vista, pero se tapó los ojos a tiempo.

—Debes respirar normal —susurró—, nunca cruces su mirada o sufrirás.

Si bien es cierto que algunas criaturas no pueden hacerte daño si les mantienes la mirada, como las brujas, es más fácil enseñarles a los muchachos a nunca mirarlos a los ojos; eso siempre funciona, bueno, casi siempre. Las gotas dificultaron más su avance, el hedor del cieno atravesaba su nariz y le perforaba el cerebro con cada inspiración. Otros dibujos se unieron a decorar las paredes, un trazo infantil que dibujaba una y otra vez las mismas escenas: una niña jugando, durmiendo y llorando; junto a ella, unos padres discutían, los dibujos de la niña cambiaban cada vez que parpadeaba: ahora tocaba un instrumento, después jugaba sola..., finalmente, se veía junto a un árbol con una soga en el cuello, aunque sus padres siempre estaban iguales, peleando e ignorándola.

¿Acaso esa chica no era igual que los que estaban aquí?

La luz de su linterna parpadeó varias veces; no muy lejos de ella, una figura se balanceaba a un par de metros del suelo. Lucía se alejó unos pasos y esperó; como no podía hacer nada más, tarareó para sus adentros una de las canciones que siempre les cantaba a los niños.

Si estás solo por la noche y aparecen
No caigas al infierno al que pertenecen.

Si gritas te encontrarán
debes respirar normal
nunca cruces su mirada o sufrirás

ellos siempre engañarán
sal y hierro servirá
sólo así podrás con vida escapar.

Al ver que la figura no parecía que iba a moverse, la única opción era dar un rodeo por el piso de abajo. Retrocedió sobre sus pasos y bajó por la escalera que daba al comedor principal. La Ahorcada no la siguió, había tenido suerte.

O no.

Se fijó en las paredes casi por accidente; los dibujos, tanto los de los niños como los de la Ahorcada, fueron sustituidos por círculos y pentáculos acompañados de inscripciones indescifrables. La luz de su linterna enloqueció hasta el punto de que no le quedó más remedio que apagarla, pero una luz iluminaba el comedor. Junto a la chimenea, unas llamas verdes calentaban un caldero humeante. A su lado, una figura raquítica con una melena gris y lacia agitaba un cucharón de madera. Ahora entendía por qué la Ahorcada no la siguió.

Abajo estaba la Bruja, la peor de todas las apariciones de aquel caserío maldito.

 

3

El corazón de Lucía estalló hasta el punto de querer salírsele por la boca. Can Busquets era un lugar horrible lleno de todo tipo de leyendas: desde parejas despechadas que realizaron pactos de suicidio hasta un refugio clandestino durante la Guerra Civil que se usó como hospital primero y como sala de torturas después; pero, si existía una historia macabra que coronaba aquello, era sin duda la Bruja, una mujer que asesinó brutalmente a toda su familia, ella incluida, en una ofrenda infernal. La distancia entre las dos escaleras era inferior a diez zancadas, pero eso supondría cruzar la chimenea y no tenía ninguna intención de acercarse a eso, por lo que optó por bordear el comedor. El caldero burbujeaba al ritmo de una canción que murmuraba la Bruja. Por instinto, Lucía puso la mano en el bolsillo donde llevaba un puñado de granos.

El tiempo se detuvo en el instante en que la radio volvió a sonar. Lucía se deslizó hacia un hueco que había en una pared y se quedó petrificada mientras aguantaba la respiración. La Bruja dejó de remover el caldero e irguió su cuerpo huesudo, su cuello crujía como madera seca cada vez que ladeaba su cabeza buscando la fuente del sonido.

—¿Ku ku? —graznó la bruja.

Lucía presionó el botón de apagado de la radio mientras sujetaba con la otra el puñado de semillas, sus pulmones estaban al borde del colapso y no aguantaría mucho tiempo así. La madera parecía gritar con cada pisada que daba la criatura.

—¿Ku... ku?

Las pisadas se volvieron más insistentes, el poco aire que quedaba en sus pulmones estuvo a punto de salir volando cuando la figura esquelética apareció a unos metros de ella. Se llevó la mano al pecho, su corazón latía cada vez más fuerte, la cabeza le daba vueltas y le costaba mantenerse de pie. La criatura se irguió y se alejó; sin embargo, Lucía no bajó la guardia, lentamente dejó soltar el aire de sus pulmones e inspiró con calma, el pecho le picaba desde dentro y tenía unas ganas locas de toser, sus ojos lloraban del esfuerzo. Una vez renovado el aire de sus pulmones, le dio la vuelta a su linterna y la encendió. La luz no mostraba ningún parpadeo, así que salió del escondite y encendió la radio. Una lluvia de estática la recibió.

—Genís, dile a Jaume que la Bruja está aquí.

—... ¿Lucía? ¿... eres tú? —la voz de Genís apenas se escuchaba con tantas interferencias.

—Sí, soy yo, escúchame, es importante.

—Ahora... puerta.

—Genís, no te escucho bien.

—Digo que... abrimos la...

Lucía sujetó la radio con ambas manos y se la acercó lo más que pudo.

—Tres golpes —lo más calmada que pudo—, hay que llamar con tres golpes.

No dejó de repetir la frase hasta obtener respuesta.

—¿Qué dices? ¿Tres golpes? —los dedos de Lucía estaban blancos de la presión que hacía—. ¡Mierda! ¡Amanda, no abras!

Una cacofonía de interferencias y gritos le perforó los tímpanos. Su cuerpo se negó a reaccionar, lo único que pudo hacer era mirar cómo el dispositivo temblaba entre sus dedos.

—No —susurró Lucía con la voz quebrada—, por favor, no.

La radio se quedó muda, ni siquiera se oía la estática. Comprobó que seguía encendida y se la acercó a la boca.

—¿Genís? ¿Todo bien?

Mientras esperó la respuesta, juntó las piezas que tenía sueltas en su cabeza. Era imposible que hubieran abierto la puerta, aunque imitase su voz, Jaume lo habría impedido.

Si es que estaba consciente.

Un suspiro salió de su garganta seca cuando escuchó respuesta, seguro que aquello no había sido más que una mala pasada de la estática, dichosas interferencias.

—¡Ku ku! —gruñó una voz desde el otro lado de la radio.

Algo se quebró en la mente de Lucía, tiró la radio al suelo y corrió hacia las escaleras, pero se detuvo en el último momento. Si la Bruja estaba ahí, ya no podía hacer nada por ellos, sólo había una persona a la que podía salvar. Sin perder más tiempo, subió las escaleras en dirección a los lavabos. Salvar al muchacho era la única idea que habitaba en su cabeza, era la barrera que la protegía de un ataque de pánico. Bajó la marcha más por instinto que por sentido común; iba a oscuras, pero estaba segura de que se encontraba a pocos pasos de la puerta que daba a los lavabos.

De hecho, escuchó cómo se abría.

 

4

El trabajo de Lucía era simple, que todos los niños que iban a la masía de Can Busquets regresaran de una pieza. Las razones por las que unos padres decidían explícitamente enviar a sus infantes a ese infierno era algo que se le escapaba por completo, pero nunca le dio importancia, la paga era buena y tenía plaza fija, sólo tenía que cumplir su trabajo.

“Cumple tu trabajo”.

Aquellas palabras colapsaron su cerebro mientras la niña corría hacia ella, cumplir su trabajo era lo único que la podía mantener cuerda en ese momento.

Se agachó y la recibió con un cálido abrazo.

—Lucía —sollozó la niña—, tengo miedo.

—No pasa nada, ya estás a salvo.

La niña aplastó su cabeza contra el pecho de Lucía, sus ojos estaban húmedos y temblaba.

—Mamá se enfadará, ¿verdad?

—No se enfadará si no le decimos nada —no había duda o miedo en la voz de Lucía, sólo una calma serena.

La niña siguió con su débil llanto.

—Ella lo sabe todo, verá que me he portado mal y me castigará. Lucía, ¿por qué es tan mala conmigo?

Lucía acarició el cabello de la chica con ternura, era largo y rebelde, su tacto le raspaba los dedos como si fuera de cáñamo seco, pero no se detuvo.

—Tu madre, como las mamás y papás de los demás niños, no te odia; os aman, de una manera cruel y retorcida, pero os quieren —Lucía siguió recorriendo su melena con la mano—. Piensan que todo esto es una prueba para ser dignos de su amor, pero, en el fondo, sólo es una inversión —la joven había dejado de llorar, pero no se soltó de Lucía—. Son gente rica, muy rica, con decenas de hijos. Sólo uno de ellos heredará sus fortunas y quieren que sea alguien que conozca el verdadero horror, alguien fuerte e inquebrantable. He visto decenas de niños entrar aquí y he visto cómo regresan, rotos y vacíos. Nadie repite, sólo nosotros, los adultos.

La mano de Lucía apenas podía moverse, estaba enredada entre la mata de pelo de la muchacha.

—¿Y mi mamá es igual?

—No lo creo, sólo era alguien que te ignoró hasta que te ahorcaste, ¿verdad?

Lucía tiró de la mano atrapada hacia abajo en el mismo momento que sacaba una bolsita de tela de su chaleco y arrojaba su contenido al rostro de la niña.

—Sólo los adultos me llaman Lucía.

La Ahorcada aulló cuando la sal tocó su cuerpo. Unas sogas aparecieron del techo y las elevaron, pero Lucía siguió tirando todo lo que tenía a mano en sus bolsillos: sal, virutas de hierro, semillas... Una cuerda se enredó sobre su cuello y la Ahorcada gritó de júbilo, pero sólo le sirvió para que vertieran sobre su boca más sal y polvo de hierro, los ojos de la aparición ardieron y estalló en una nube de polvo. Lucía cayó de espaldas y, por el sonido que hizo al caer, se rompió algo, pero no tenía tiempo para comprobarlo. Se puso de pie y cojeó hasta los lavabos.

Lo primero que la recibió fue la luz débil de una solitaria bombilla, seguido de un viento gélido proveniente de un tragaluz abierto de par en par, una hilera de puertas cerradas separaba los escusados individuales. Al fondo, grifo goteaba, pero su corazón iba tan acelerado que no podía oír el chapoteo de este.

—¿Hola? —preguntó una voz infantil y alarmada desde uno de los lavabos.

Localizó la puerta, estaba cerrada y tenía un rastro de polvo que, desde ahí, parecía sal, chico listo.

—Estoy aquí —dijo Lucía con la voz entrecortada—, todo saldrá bien.

No hubo respuesta. Lucía se acercó a la puerta y tocó tres veces, luego tocó tres veces más y finalmente otras tres veces más. Un débil llanto salió del otro lado de la puerta.

—¿Ya se ha ido?

Intentó abrir la puerta, pero no cedía.

—No te preocupes, esa niña no volverá a molestarte, ¿puedes quitar el cerrojo?

—¿Te refieres a Maite? No es mala, sólo quería hablar conmigo, es su madre quien me da miedo.

El aire se volvió denso y pesado, las piezas de un rompecabezas intentaron tomar forma en la mente de Lucía, pero estaba demasiado cansada para darle un sentido. Se apoyó en la puerta y esperó a oír el chasquido del cerrojo, cuando un golpe seco sonó a sus espaldas. En otro momento se habría percatado del tintineo de la bombilla, pero estaba agotada, tenía algo roto en el cuerpo y no sólo a nivel físico, sus sentidos embotados no le avisaron a tiempo para impedir que girara la cabeza y viera lo que no debía ver.

La bombilla estalló, una figura alta y huesuda la miró con una sonrisa mellada y unos ojos amarillos y legamosos que le atravesaron el alma.

—¡KU KU! —dijo la Bruja.

 

5

El niño del lavabo gritó, pero Lucía ni se inmutó, sus músculos se tensaron y sus párpados se abrieron lo máximo que le permitían. La Bruja hizo una mueca; podría ser una sonrisa o un gesto de asco, pero Lucía no podía saberlo, tenía toda su atención en no apartar, bajo ningún concepto, la mirada de aquellos orbes rezumantes que colgaban de las cuencas de la criatura. Palpó los bolsillos con sus manos, en búsqueda de las semillas que la distraerían el tiempo suficiente para huir.

—Eres mala —la voz de la bruja era rasposa y dejaba un eco con cada sílaba.

Lucía siguió hurgando sin apartar la vista, ¿dónde las había dejado?

—¿Qué le has hecho a mi pequeña? ¿Es por lo que les hice a tus amigos?

El picor de sus ojos era horrible, pero tenía que luchar contra el impulso de pestañear.

—Ellos se lo merecían, todos os lo merecéis, esos niños sufren y los dejáis sufrir. Mi niña, mi pequeña Maite, ¿por qué hiciste eso?

Aquella revelación la dejó atónita; no eran dos leyendas sueltas sino una: Maite era la Ahorcada y, tras quitarse la vida, su madre enloqueció, ¿y si ella fue el origen de toda la locura de aquel lugar infernal? No quiso darle vueltas, lo único que necesitaba ahora mismo era encontrar el maldito bolsillo con las semillas. ¿Dónde las había dejado?

Todos sus bolsillos estaban vacíos, lo único que encontró fue un puñado de sal, ¿qué había pasado?

Maldijo para sus adentros; en su ataque suicida contra Maite, tiró las semillas que llevaba encima. La Bruja seguía balbuceando a un palmo de ella, su aliento fétido olía a huevos podridos y sangre y sus ojos parecía que se iban a deshacer en cualquier momento. Era imposible concentrarse así, por lo que optó por tararear para sus adentros la canción de la Bruja.

Ku ku, la bruja decía

—Ku ku.

si no prevenías

—¿Ku ku?

ella te engañaba

—Ku ku.

y te devoraba

—KU KU.

si traes semillitas

—Ku-ku.

o sólo piedritas

—Kuuu kuuu.

la puedes burlar

—Ku ku.

y no morirás

Una débil luz se abrió paso en las tinieblas de su mente. Se llevó la mano al corazón y sacó pecho. La Bruja ladeó la cabeza.

—No eres mejor que los padres que traen a sus hijos aquí —dijo Lucía desafiante—, te llenas la boca sobre tu hija, pero no hiciste nada cuando pudiste.

Los ojos de la Bruja se oscurecieron. Lucía levantó la mano y mostró el rosario que le había dado Amanda. La reacción de la Bruja fue una risotada.

—Niña, deberías saber que eso no funcionará. Si tienes que rezar, hazlo a quien responda a las súplicas.

Lucía sonrió y tiró del rosario hasta partir la cuerda. Las cuentas cayeron al suelo y salieron disparadas por todo el lavabo. Las pupilas de la Bruja se dilataron y unos sonidos guturales emergieron de su garganta.

—Niña lista —gruñó la Bruja.

Con una velocidad inhumana, la criatura se tiró al suelo y se puso a contar las cuentas. Lucía cogió un par de ellas y las arrojó por el tragaluz; la Bruja pronunció unas palabras imposibles de entender y reptó por el agujero como si fuera una serpiente. Ignorando el impulso de huir, cerró el tragaluz y arrojó la poca sal que le quedaba, tanto en el borde de éste como en la puerta. Tomó aire un par de veces y llamó a la puerta del lavabo dando tres golpes tres veces. Un joven, de apenas nueve años, la abrió. Tenía los ojos enrojecidos y tiritaba, tanto de miedo como de frío.

—Lo siento —sollozó.

Lucía lo interrumpió con un abrazo y se sentó en el inodoro con el muchacho en su regazo.

—Estás a salvo —susurró—, eso es lo importante.

Cerró la puerta y puso el pestillo antes de romper a llorar. El chico la acompañó y ambos siguieron así hasta que el muchacho cayó rendido por el agotamiento. Aquella noche había sido la peor en toda su vida trabajando en Can Busquets y no sólo por los compañeros perdidos, su pierna le dolía horrores y necesitaría cantidades ingentes de pastillas y alcohol para lidiar con todo lo que acababa de presenciar.

—Joder —dijo Lucía entre lágrimas—, no me pagan suficiente para esta mierda.

Adrián Amorós Castro
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