
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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I
Ariadna tocando el arpa
Ariadna reconstruye en el arpa,
nota a nota, la melodía
del llanto sepultado
en el pecho, pulsa
las cuerdas febrilmente,
ensarta acordes, claves, con grácil
movimiento puntea el tapiz
del sonido que se expande,
armoniza los tonos, compone
un himno, un preludio,
el compás de sus dedos sigue
el ritmo de su angustia, la desazón
del alma que se agita, se subyuga,
se conmueve hasta caer
desfallecida, hasta quedar en paz
consigo misma, como si la música
pudiera romper el hilo de oro
que la ata a Teseo.
II
El unicornio
He visto
un unicornio
en sueños que cabalgaba
en las praderas,
que corría
libre como la brisa,
que saltaba entre
los matorrales
con la furia,
con el ímpetu
de una sangre joven
que no teme
los obstáculos y brinca
sin concierto,
sin una razón que explique
tanta algarabía,
he visto cómo casi
volaba y era compañero
de las nubes,
del halcón,
sus zancadas surcaban
el océano
de la noche,
y he querido
acariciarlo, subirme
a sus lomos,
pero se ha asustado,
y ha huido tan deprisa
que he perdido
su estela.
III
Afrodita
Afrodita sale del agua
y lleva tras de sí
las conchas
que se enredan en su pelo,
deja caminos de sal
en la arena,
corales rojos,
anémonas, erizos,
medusas,
criaturas de otro mundo,
efluvios del océano
que arrastran a los hombres
a las profundidades.
IV
Penélope
Penélope ya no
piensa en el amor
de Ulises.
Devana los días
en la rueca,
inventa historias
para sus tapices
porque es vieja y ama
la soltería, la paz
que le ha brindado,
que nunca había tenido,
la libertad de ser
tan sólo una mujer,
y no la reina
de una isla
desolada,
abandonada en medio
del océano.
Recibe noticias
del marido,
algunos marineros
dicen haberlo visto en brazos
de una ninfa,
en la corte de una reina,
con mil naves bajo
su mando, aguerrido
en la batalla,
prisionero en países
lejanos, pero ya no
aguarda su regreso.
Si volviera Ulises, qué haría,
se pregunta
en las noches
de insomnio. Si volviera,
qué haría, se pregunta a solas
cuando teje y desteje
la vida de sus héroes.
Si volviera, qué le diría
a Telémaco, el hijo
que ha crecido huérfano,
sin la mano protectora
del padre,
cómo le enseñaría
a quererlo, a honrarlo.
Si volviera Ulises, cómo
sería su vida.
Otra vez
tendría que sentarse
a esperar
que el marido
dispusiera la casa,
diera las órdenes
para que hubiera un orden,
para que cada uno
supiera cuál
es el sitio que ha de ocupar
en la mesa,
para que cada uno supiera
qué pedazo de carne
le corresponde,
qué ropa ha de vestir,
qué palabras
ha de callar,
a qué dioses
hay que adorar y contra
qué enemigos
hay que enojarse.
No, Penélope
ya no piensa
en el amor de Ulises.
Lo ha borrado
de su memoria
y es tan sólo un nombre
que de vez en cuando alguien
pronuncia.
Una sombra del pasado,
un recuerdo de una promesa
que se extinguió
como la luz
de las velas que apaga
el viento,
como el bramido
de las olas
cuando
baja la marea.
Y, a veces, se pregunta
si Ulises existió, si no es tan
sólo un sueño,
si no es más que otro
de sus personajes
de ficción.
V
Perseo
En los confines de la tierra,
soy un temblor
que aguarda
la mirada del espanto
—y quiere ser el otro—,
los ojos que hieren
como el frío —el que es libre—,
la imagen que se multiplica
en el azogue
esparcido por el suelo,
—aquel que no ha nacido
para matar a la Gorgona—,
la luz que petrifica la verdad.
VI
Polifemo
Me avergüenzo
de ser el hijo
de Neptuno que asusta
con su voz
a los que llegan
a su casa
y no saben que allí
habita un monstruo
que arranca con sus manos
los árboles, que se bebe
de un sorbo el caudal
de un arroyo y destruye
con sus pies las flores
y los frutos.
Me avergüenzo
de mi estirpe,
de ser inmortal
entre mortales,
de profanar la ternura
de las nubes
con mi aliento de bestia,
de haber nacido
deforme, con un ojo
en la frente,
de vivir como alimaña
que se oculta,
de ser el verdugo
y no la víctima.
Me avergüenzo
de no temer el paso
de los días ni el rugido
de las fieras,
de buscar los placeres
del vino y olvidar
las libaciones
en honor a mi padre,
de ser una criatura
infame, nacida
para sufrir el escarnio
de los Nadies del mundo.
VII
No oyes, Narciso...
Mi voz,
enarbolada por el viento,
huye de mí,
se escapa hacia
los montes.
Entonces, te veo
a ti, muchacho
solitario,
abandonado tu cuerpo
en las orillas,
y te llamo sin obtener
respuesta.
“Este es Narciso”
—me dicen—,
y yo repito ese nombre,
Narciso, el joven
Narciso, qué haces
arrodillado,
qué haces que no miras
el cielo luminoso,
el vuelo de los pájaros,
qué haces que no gozas
del manto primaveral
que cubre la hierba
y adorna los cabellos
de las náyades.
Qué haces,
sordo a mis súplicas,
no entiendes que no
hay nadie al otro
lado del espejo
de las aguas.
Qué haces, ahogado
en el reflejo, no oyes,
Narciso, cómo
el viento susurra
tu nombre...
VIII
No soy Diana
No soy Diana
a la que todos
llaman cazadora,
soy la hija de Selene,
la que nació
de noche,
con luz oscura
entre los párpados,
la que no persigue
a las fieras,
la que huye
para dejar atrás
la piel del bosque,
su sangre,
la que dibuja
con su cuerpo
el arco
que se tiende al infinito.
Soy la hija de Selene,
la que no dispara
ni hiere,
la que llora
la infinitud de la muerte,
la que busca
entre las sombras
su reflejo
plateado, el redondel
de su pupila
gigante,
la que no se esconde
en los arroyos,
la que danza
en las mareas,
la que no teme
a los ahogados,
la que camina
hacia el crepúsculo.
Soy la hija de Selene,
la que inventa
un paraíso
de vergeles donde sólo
hay una tierra bajo
el polvo, olvidada
por los dioses.
- Poemas de María J. Bas - miércoles 21 de mayo de 2025


