
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Cien kilos y ciento cuarenta centímetros de amabilidad cubiertos por una batola roja recibieron a Álvaro Salcedo. La mujer, desde la puerta medio abierta, asomó su cara templada por una cola de caballo; gotas de sudor escurrían desde sus ojos tímidos demarcados por un brochazo negro, hasta el bozo mal disimulado con una base rosada; olía a agua de rosas. Salcedo se presentó y se inclinó para escucharla.
—Emperatriz viuda de Gallardo —balbuceó a través de los labios más rojos que el inspector de sanidad viera en su vida.
—Señora Emperatriz, estoy aquí para atender una queja de los vecinos relacionada con el funcionamiento ilegal de un lavadero de tripas de res.
—Es mi trabajo, señor, a nadie le hace daño; bien pueda, siga y lo comprueba.
Almanaques amarillentos cubrían las descascaradas paredes de los cuartos casi vacíos; desde el nicho del patio central una virgen de manto azul los seguía con la mirada. En el último cuarto, el inspector contó doce bultos.
—Es cal para blanquear las tripas, señor.
Álvaro Salcedo siguió su recorrido, sacó un pañuelo ajado del bolsillo de su pantalón de paño y se tapó la nariz. Al llegar al patio, un vapor denso lo hizo lagrimear. Se encontró con un hombre negro, de brazos de albañil, vestido con un pantalón café a las rodillas y un trapo húmedo de tela alrededor de la boca; revolvía lentamente el líquido hirviente del fondo de cobre que se levantaba más de un metro y medio del piso. Salcedo, doblado por las arcadas, dio la vuelta, apuró el paso y llegó a la puerta.
Caminó hasta el parque frente a la casa y se sentó en una banca, respiró hondo por unos segundos, recobró el aliento, redactó el acta de la visita y volvió a la casa de Emperatriz viuda de Gallardo, quien lo miraba desde el dintel.
—Señora Emperatriz, el establecimiento no cumple con las mínimas condiciones que aseguren la inocuidad del producto, y, lo más importante, así yo quiera hacerle alguna concesión, el barrio es residencial y nunca le van a dar los permisos para que el lavadero funcione; debe suspender labores de manera inmediata.
—¿Y de qué voy a vivir, señor? —contestó Emperatriz viuda de Gallardo.
—Es la ley.
—Para usted es muy fácil decirlo, señor. Quién se lo iba a imaginar, si en vida de mi Mardoqueo era otra cosa; que si les prestaba la manguera, que si mandaba a traer la canasta de cerveza, que cuándo volvía a invitar. Pero no fue sino que él faltara...
—Señora Emperatriz, sus problemas personales con los vecinos son eso, personales, pero no conocer la ley no la exime de cumplirla, el asunto es que usted está generando un impacto en el vecindario y le repito, debe suspender actividades inmediatamente; mañana paso revista y si no ha cerrado, le sello el negocio, con todas las consecuencias que implicará para usted; hasta un abogado tendrá que contratar y... no veo que tenga cómo pagarlo. Le recomiendo que no se complique más la vida, no me la complique a mí, cierre y listo, damos el asunto por terminado.
Emperatriz cerró la puerta y se dejó caer en el roído canapé junto a la ventana. En silencio, y con los ojos secos, recordó a Mardoqueo en el matadero de San Isidro, recordó la oportunidad que les brindó don Diego de lavar las vísceras antes de llevarlas a sus famas, donde los clientes le exigían un producto cada vez más blanco. Recreó la amistad con los vecinos del barrio, las fiestas navideñas que patrocinaban en el parque con la ayuda del patrón, los cohetes que estallaban en el cielo entre la música tocada por el conjunto donde ella se lucía con las maracas, para siempre terminar con el mejor mondongo que los antes amigos pudieron probar. Cuando terminó su viaje a mejores tiempos, ya era de madrugada; terminó de despachar la última carga de tripas blanqueadas que, desde la muerte de don Diego, repartía entre las carnicerías de la galería central. La casa, que durante casi cuarenta años abrió sus puertas a las seis de la tarde para dejar salir los vapores que ahora importunaban al vecindario, cerró sus puertas.
Álvaro Salcedo continuó con sus recorridos de inspección por el barrio, y apenas comprobó que el lavadero había cerrado, olvidó a Emperatriz viuda de Gallardo.
Desde hace veinte años sus días eran iguales, visitas de inspección, almorzar en cualquier restaurante de la galería, dar otra vuelta y devolverse a su solitaria casa a las cinco de la tarde. Le faltaba poco para pensionarse y se cuidaba de enredos laborales; relajó su trabajo; entraba a los negocios y aprobaba todo lo que a sus ojos merecía una sanción.
El último viernes normal de su vida, como todos los anteriores, Álvaro Salcedo fue a la casa después del almuerzo y se alistó para ir al Templo de la Salsa después del trabajo: se vistió con pantalón de bota ancha y camisa de boleros, calzó los zapatos blancos de charol y dominó sus canas con agua de panela.
A las cuatro de la tarde dio por terminada su jornada, llegó al parque, buscó la sombra del samán y se sentó a esperar. Se secaba la frente con un pañuelo a juego con los boleros de la camisa y, sin saber por qué, alzó la mirada. Se encontró con unos ojos nostálgicos que lo observaban desde poco más de un metro de tristeza. Trató de esquivarla pero la fuerza de la mirada lo atrapó. Escarbó en su memoria y la reconoció. Emperatriz viuda de Gallardo ya no dibujaba sus labios; sus ojos desaparecieron sin el marco del carboncillo negro y los círculos rosa de sus mejillas se habían borrado para siempre. Surcos de arrugas recorrían su cara y desembocaban en los escurridos senos; jirones de pelo cano caían sobre los hombros y se fundían con una túnica gris. De los antes majestuosos cien kilos, si acaso sobrevivía la mitad. Desde la banca, debajo del samán que le daba sombra al costado norte del parque, la imagen de la mujer se fundió con la de su madre, su cuerpo delgado se perdía en el ataúd como el de Emperatriz en la túnica.
Recordó los recreos en la escuela; vio a su madre, recién viuda, empleándose en las casas del pueblo para sacarlo bachiller; se vio a si mismo soñando con partir y volver para ayudarlas, a ella y a sus hermanas menores. Sintió el aire puro que le acompañaba en su viaje diario en mula al colegio; vislumbró la luz de las velas que iluminaban las noches de estudio; asistió a la ceremonia de graduación en el aula máxima, sonriendo junto a su madre y asegurándole que con la beca le harían el quiebre al destino y su futuro sería distinto al que la vida les pronosticaba. La sombra de la mujer lo transportó al momento de partir, se recordó jurándoles regresar, palabras que sólo recordó el día en que fue la muerte quien le cumplió la promesa a la viuda de Salcedo.
La mujer, después de un instante de clavarlo con sus ojos nostálgicos, siguió su camino. Álvaro Salcedo recordó su nombre: Emperatriz viuda de Gallardo; la siguió con pasos lentos, con miedo a alcanzarla y sin saber por qué, caminó detrás de ella por varias cuadras hasta llegar a la cantina. Emperatriz entró, saludó al hombre detrás de la barra, cambió un billete de cinco mil pesos por monedas de quinientos, cogió un plato con crispetas y se dirigió al traganíquel. Apoyó sus manos sobre la silla, se impulsó y de un salto se sentó frente a la máquina. Álvaro se acomodó en la barra, pidió una cerveza y esperó. La mujer sacó un pañuelo de su escote, secó el sudor de su frente, cerró los ojos, muy despacio dejó caer la moneda en la ranura e invocó a Mardoqueo para que fuera él quien tirara de la palanca, pero la suerte del difunto era igual a la suya desde el día que cerró el lavadero de tripas. Repitió el ritual hasta perder las monedas que traía y las que pidió a los vecinos de infortunio, siempre rezando una plegaria al santo que se le ocurriera en el momento de meter la moneda y dejando en su Mardoqueo la responsabilidad de ganar o perder. Jugó, perdió y regresó a su casa, seguida por la sombra de Salcedo.
A las cuatro de la tarde de los siguientes cinco días, un insomne Álvaro se acomodaba en la banca del parque, frente al antiguo lavadero de tripas. A las cinco, Emperatriz salía y partía a la cantina donde repetía el protocolo: cambiar un billete, irse con las crispetas a la máquina, jugar, rogar y perder. Después regresaba a la casa, escoltada por Álvaro Salcedo.
El día sexto de su ininterrumpida excursión, el inspector la siguió, entró a la cantina y se sentó en la máquina tragamonedas vecina a la de Emperatriz. Pidió una caneca de aguardiente y se fumó media cajetilla de cigarrillos, no apartó su mirada y Emperatriz, como todos los días, no lo determinó. La mujer cerraba los ojos, repetía su oración, metía las monedas en la ranura y veía cómo la música esperanzadora, tín tín tintín, mataba su incipiente sonrisa vez tras vez con la alineación de las figuras ya casi ganadoras en el trazo del infortunio. Cuando Emperatriz perdió el último centavo y se alistaba para irse, Álvaro se paró, se le acercó y puso entre los ojos de Emperatriz y la ranura de la máquina una moneda; la mujer la tomó sin mirarlo y jugó. Después de una hora de juego patrocinado por Álvaro, Emperatriz partió de regreso a casa, con el inspector como escolta.
Desde esa noche, Álvaro Salcedo pasó a ser parte del infortunado ritual de Emperatriz. La esperaba en el parque, la seguía sin atreverse a alcanzarla, llegaba a la cantina, se tomaba una caneca de aguardiente y fumaba media cajetilla de cigarrillos, mientras le entregaba las monedas que ella recibía sin mirarlo; Emperatriz oraba, invocaba a Mardoqueo, jugaba, perdía y se retiraba, con Salcedo siempre a tres pasos de distancia. Caminaban sin pronunciar palabra. La mujer entraba a su casa y el inspector esperaba que las luces se apagaran para marcharse.
Tres semanas después de su encuentro marcado por el destino feliz boicoteado cada noche por las figuras desalineadas del traganíquel, al recibir la última moneda de manos de Salcedo, Emperatriz lo cubrió con sus ojos de nostalgia y lo invitó a su casa. Álvaro no recordaba la voz de la mujer suplicándole que no se cerrara el lavadero y escuchó a su madre.
Entraron a la casa vacía. Únicamente sobrevivía el canapé junto a la ventana, las cortinas de las ventanas fueron reemplazadas por cobijas color verde moho; los almanaques perdieron la batalla y las paredes exhibían sin pudor su total descascaramiento. Aún se sentía el olor de la mezcla de cal y tripas de res. Como un reflejo, se tomaron de la mano y caminaron hasta el patio. Álvaro prendió el fogón que soportaba los fondos junto a las estivas carcomidas, abrió el grifo de la manguera y llenó la olla con agua; Emperatriz se dirigió al cuarto de la cal, abrió uno de los doce bultos sobrevivientes de la muerte del lavadero, llenó una olla con el polvo blanco, fue al patio, se subió en la estiva y lo arrojó en el caldero. Miró a Álvaro a los ojos y habló: le confesó que desde que lo vio, añoraba el vapor calcáreo bañando su cara; Álvaro Salcedo agarró el cucharón, se subió en la estiva, empezó a revolver el agua cal y juntos esperaron el amanecer.
Se volvió costumbre. Se encontraban en el parque a las cinco de la tarde, iban a la cantina, perdían en el tragamonedas, regresaban y prendían el fogón. Emperatriz vaciaba la cal en la olla con agua y Salcedo, sobre las estivas, revolvía la mezcla con la cuchara de palo; ella lo observaba con los ojos nostálgicos, rodeados de un silencio interrumpido únicamente por el plop, plop, plop de los grumos de cal hirviente.
El inspector peleó con el sueño y tomó el color de la cal. Olvidó el hábito de bañarse y la costumbre de cambiarse la ropa; los almanaques amarillentos le cayeron encima y alcanzó en edad a la viuda. Sentado a la sombra del samán volvía a las tardes en el pueblo; esperaba a Emperatriz y caminaba junto a su madre. Buscaba que el aguardiente anestesiara su cuerpo y su alma pero el exceso le produjo ataques hepáticos que lo liberaron de su trabajo y lo hicieron presa del delirio. Emperatriz viuda de Gallardo observaba.
La noche de su último encuentro, repitieron el libreto aprendido de memoria, entrar a la casa que ahora olía más al almizcle de cal con tripas, prender el fogón, aventar cal al agua, subirse en las estivas, revolver la mezcla y embriagarse con sus vapores. Álvaro Salcedo, pegado al borde del caldero, miró a Emperatriz viuda de Gallardo. Por primera y última vez la mujer le devolvió una sonrisa, Salcedo se reconcilió con el sueño perdido, murmuró una confesión imperceptible y se desplomó en el aguacal humeante.
En la mañana, los vecinos, atraídos por el aroma del agua de rosas, encontraron a Emperatriz viuda de Gallardo vestida con su manta roja, la boca encendida de carmesí, sentada en el viejo canapé juntó a la ventana, esperando la llegada de su Mardoqueo.
- ¿Y de qué voy a vivir, señor? - jueves 22 de mayo de 2025


