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El personaje

viernes 23 de mayo de 2025
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El personaje, por Juan Carlos Díaz Méndez
Era hora de hallar la gran presa. Debía hacerlo solo: el momento de descubrir el alcance de sus fortalezas.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Tuve la impresión de que había un olor diferente, un vago olor a gente. Alguien debió estar allí, alguien tuvo que encontrarlo. Escuché que se había comido sus ovarios, destrozado su útero para hacerlo, pero era un buen depredador, apetecía exquisiteces morfológicas y fluidos sexuales. Un bello monstruo, que hace daño a víctimas pudientes, machos o hembras, a presas alfa. Presas que aportan resistencia, incluso que pueden matarlo y devorarlo.

La bestia que dormía allí entraba al anochecer, introduciendo su garra por el postigo roto de la romanilla, moviendo el pestillo sin ruido, sigiloso. Le temía a la luna, a la forma en que lo exponía cuando, llena, se paseaba por el cielo sin nubes ni estrellas. Cazaba presas grandes; por tanto, se alimentaba afuera, donde otras criaturas de instintos afines le servían de compañía en común acuerdo para hacer el daño y salir indemnes. Al entrar, encontraba la paz. No tocaba otra cosa que el sillón mullido donde reposaban sus huesos, y soñaba con la compasión que creía haber perdido en el mundo de los hombres: un lugar que imaginaba con detalles, formas y afectos que le hacían dudar de su condición de bestia. Recordaba hechos sin fundamento, como un espejismo, como una visión de futuro que no lograba hacer coincidir con la dimensión vital de su conciencia.

Esta vez, esquivó la compañía de las otras bestias, que, sintiéndose despreciadas, le lanzaron improperios entre gruñidos.

Al amanecer, tenía hambre. Paciente, esperaba los sonidos del día, sacudía su melena y salía de cacería. Buscaría su víctima. Esta vez, esquivó la compañía de las otras bestias, que, sintiéndose despreciadas, le lanzaron improperios entre gruñidos. Era hora de hallar la gran presa. Debía hacerlo solo: el momento de descubrir el alcance de sus fortalezas. Había decidido atreverse más allá de los límites de aquella comarca desvencijada y triste, reducto final de indigentes, delincuentes, amantes clandestinos y niños perdidos. Seres desprovistos de defensa.

Atravesó el espeso bosque sin participar en algunas comilonas que encontró en la ruta tomada. Las otras bestias lo miraban contrariadas. Le señalaban interrogantes: “El animal de la casa del postigo roto habrá enloquecido”, creyeron. Si no, ¿por qué esa actitud tan desatenta en alguien tan asiduo a la cacería y al festín grupal? Algunos quisieron seguirlo, pero estaban demasiado hambrientos; además, eso significaba dejar sus dominios y enfrentarse a cosas que no estaban en su memoria.

Caminó mucho tiempo. Estuvo a punto de regresar, ya casi arrepentido. El bosque había quedado atrás, también el cauce seco de un río de invierno, donde apreció la forma de sus huellas humanas. Una carretera y un extenso prado verde. Cuando vio, a lo lejos entre la bruma del atardecer, un caserío. A pesar del hambre, sintió alivio. Ya se imaginaba cazando una enorme presa para saciar su terrible apetito. La luna, indiferente, ocultó su rostro, como lo hacía siempre cuando hombres y bestias le invocaban.

A toda carrera llegó a aquel sitio que, por la magnitud, le pareció una ciudad. Entonces sintió pánico: había demasiadas personas, automóviles y perros. Subió a un árbol y allí se quedó hasta el anochecer. Extrañó entonces la compañía de sus camaradas del bosque. Pero, por alguna razón que no lograba entender, sentía que ese era su lugar, y que alguna vez había sentido en ese sitio la bondad que se revelaba en sus sueños.

Pasó una hora cavilando sobre la sensatez de su decisión y la forma de encontrar una presa antes de que anocheciera por completo. Jamás le gustó la noche: le confundían las imágenes, los olores y todas las sensaciones de los entes que habitan en la oscuridad, en la penumbra delimitada por la luna. Estaba a punto de saltar al pavimento cuando un hombre apareció, tirando de una cuerda atada a un perro. Venían por la vereda iluminada con luz artificial, justo en dirección a la banca de hierro que estaba al pie de su árbol. Sus ojos se habituaban a la deficiente luz de las bombillas.

El instinto del perro reveló su presencia. De inmediato comenzó a ladrar, forzando al hombre a buscar el origen de la inquietud de su mascota. La bestia estaba temblando de miedo, no sabía si era por los ladridos feroces o por la mirada del hombre, que escudriñaba curioso hacia el árbol. Sin embargo, ninguno de los dos podía verlo. El frondoso árbol poseía demasiadas hojas en esa época, y la oscuridad lo resguardó cuando trepó hasta la cumbre. Escuchó la voz del hombre aquietando al perro, luego lo vio sentarse en la banca. El perro se echó a sus pies. El hombre comenzó a fumar.

Nuevamente, el hambre se asomó demencial, revolviéndole la panza. Se imaginó a las dos criaturas abajo, desgarradas por sus garras, alimentando su voracidad. En ese momento, el hombre se levantó y se marchó por donde vino, seguido del perro. La bestia bajó de inmediato. Escuchó un leve alarido del perro, pero eso no lo detuvo. Comenzó a seguirlos. El olor mezclado de hombre y perro lo estaba volviendo loco.

Al llegar a una calle, el perro echó a correr, separándose del hombre. Era su oportunidad: una víctima sola es mejor que dos. Nunca se había enfrentado a dos de diferente especie. “Fue mala idea venirse solo —pensó—. Cualquiera de mis camaradas habría resultado buena compañía”.

El hombre continuó caminando mientras el perro se alejaba. La bestia se acercó, dispuesta a atacar en el menor tiempo posible. Pero un olor familiar la detuvo. Aspiró en el aire aquel aroma puro que pertenecía al hombre. A medida que éste avanzaba, apreciaba sus gestos, su figura de espaldas. Entonces definió que había una cierta afinidad entre esa víctima y él. Por alguna razón, su olor le recordaba el origen. Así que no lo atacó y se dispuso a seguirlo.

La bestia siempre estuvo pendiente del regreso del perro, parecía ser la única amenaza que se cernía sobre su osada travesía hacia el mundo de los hombres, el dominio de aquellos que habían sido su banquete desde que tenía uso de razón. En los pasajes poco iluminados, creía escuchar los pensamientos del hombre, quien se encontraba absorto en los hilillos de humo que salían de su boca de fumador. Se concentró para escucharlo mejor, intentando evadir los ruidos que pudieran distraerla de ese hallazgo.

El hombre pensaba en su profesión. Creaba personajes efímeros para historietas, aunque tenía material para una extensa novela. O dos. O diez. Se aferraba a relatar gráficamente historias cortas, de fácil desenlace. Así, sus personajes —aunque entes difíciles— solían concluir de manera satisfactoria, ya como héroes, villanos o ambos en la mayoría de los casos, formando una dualidad a la que ningún ser humano era ajeno.

Sin embargo, le temía al tiempo. Era el único monstruo que lo acechaba, incluso desde su propio organismo: le creaba insomnios, lo detenía, y él quería vivir. Se debatía entre la realidad y la ficción, robándole a la vida la sensualidad, el gusto, la frase que le permitiera continuar. También le temía al dolor físico permanente, al sufrimiento de su cuerpo. “Dibujaré y narraré cuentos —había decidido—. Es la mejor manera de terminar una historia y sentirse satisfecho”. Aunque sabía que eso era falso. Sus cuentos siempre se prolongaban y se abrían a situaciones infinitas, que lo hacían terminar con sed y desgano. Eso lo detenía. Los dibujos clamaban: “Nos matas antes de redimirnos”. Y él los mataba. Aunque lo hacía con suprema maestría, dibujar y matar.

Eso le produjo desazón a la bestia. En ese momento, deseó estar durmiendo en el mullido sillón de sus sueños. Comenzó a temblar de nuevo. Miró al cielo y encontró a la luna en pleno, dibujándole la silueta con sus formas terribles. Pero no había vuelta atrás: era de noche, y su nueva vida asumida requería resistencia y osadía.

Lo que escuchó la bestia —o creyó escuchar— desde la mente del hombre la hizo compararse con él en sus formas, sus razones para ser como era. Concluyó que aquel otro ser que se movía delante de ella, inocente a su presencia, tenía particularidades propias. En contraste, sintió que lo que los separaba era carecer de la oportunidad de elegir su mundo, su camino, una misión diferente.

Habían caminado un largo trecho cuando el hombre se acercó al portal de una pequeña casa. Allí lo esperaba su perro. Éste le lamió la mano y el hombre, a su vez, le acarició la cabeza. Parecía ser lo único que necesitaba. La bestia apreció eso: jamás nadie, ni los seres de su especie, habían tenido un acto tan simple y a la vez significativo con ella. “Si los hombres son capaces de hacer eso con otras especies, ¿cuánto más harán con los suyos?”.

El hombre abrió la puerta y entró en la casa. El perro lo siguió, dejando a la bestia en medio de la calle, sola, con frío y hambre.

“Los hombres han de ser seres especiales”, se dijo la bestia, contrariada. “Son capaces de hacer cosas que otros seres desconocen. Por eso dominan el mundo”. Ahora creía que había sido injusto haberse alimentado de ellos durante tanto tiempo. Aparte de las garras, los colmillos y el color atigrado de sus ojos, eran iguales. Si lograba esconder estos “desperfectos” de su fisonomía, podría mezclarse entre ellos.

Buscó la forma de introducirse en la casa. Trepó sin dificultad hasta las cornisas del tejado, donde encontró una claraboya carente de facilidad. La claraboya se fracturó con su peso, crujió al esfuerzo de sus garras. Un salto, y el aire se llenó de polvo, el olor de la bestia se confundió con el de tinta china. Cayó justo en medio de la sala. El perro dio un salto atrás y comenzó a ladrar con ferocidad y temor, pero no atacó. El hombre estaba concentrado en los dibujos que tenía sobre la mesa. Se giró sin sobresalto y se encontró de frente con la bestia. Se quedó mirándola, curioso, fascinado. Se le acercó lentamente, una situación que confundió a la bestia. Ninguna de sus víctimas haría tal cosa: se paralizaban o intentaban huir aterradas.

Se reconocieron mutuamente. La bestia se comparó con el hombre; el hombre comparó a la bestia con los seres que poblaban su imaginación. Una emoción inusual embargó a la bestia: había olvidado el hambre, y eso era significativo. Una criatura hecha sólo de instinto para alimentarse se integraba a la duda. Compartieron el pensamiento, sus sonrisas fueron idénticas, supieron que su papel era de salvar y destruir, destruir y crear, ya aparecería el momento de hacer lo conveniente.

El punto culminante sucedió cuando el hombre le tomó el brazo. Aquel contacto no era como el de sus víctimas defendiéndose. Hacía la presión suficiente para sentirse cómodo. El hombre la condujo hasta el mesón, y la bestia se dejó llevar.

Le mostró los papeles, las ilustraciones en las que estaba trabajando. La bestia se quedó ensimismada, mientras estudiaba cada hoja, el grano de papel se disolvió bajo sus garras, transformándose en piel, en olor a sudor y tinta. Entonces sintió humedad en sus ojos. Allí estaba todo, dibujado con precisión: su guarida del postigo roto, los pastizales, el bosque oscuro. La bestia y sus camaradas acechando a las víctimas, luego devorándolas. Sin compasión. Salvajes. Inocentes.

Volteó para mirar a su creador, asqueada ante la presunción de la razón por la cual la había hecho así. El hombre sonreía. Sus ojos brillaban al verla, no con miedo, sino con la complacencia de un artista ante su obra maestra. Y siguió sonriendo después de la primera dentellada. Ni un grito, sólo el aullido del perro, largo, profundo.

La bestia aborrecía los gritos humanos, las expresiones de dolor. Tanto, que a veces perdía el hambre y cedía la presa. Así que sabía dónde asestar el primer mordisco. Además, consideró que era el momento preciso: una sensación de bienestar se apoderaba de ella, amenazando con hacerla desistir. La dignidad del hombre le empujó a terminarlo, sabía que su mejor historia culminaría y comenzaría así: su sangre sería la tinta que alimentaria al monstruo que había imaginado.

En dos horas, consumió el cuerpo. Se bebió la sangre, incluso lamió los sitios donde había salpicado, hasta que los huesos quedaron relucientes. Luego merodeó por la casa hasta encontrar la cama del hombre. Palpó la superficie, suave, impregnada de olor humano, y allí se echó a dormir, como lo hacía en su sillón mullido.

Durmió profundamente hasta que el olor de los huesos le espantó el sueño. Un sueño llano, desprovisto de imágenes o palabras.

Desconocía la maldad, e iba a descubrirla. En ese ser ingenuo y bondadoso también existía una crisis. Un pensamiento maligno que sabía camuflar, pero que administraba a algunos personajes de sus historietas: los más fascinantes, como él. Pero la del hombre era una maldad genuina, silvestre, como el concepto de pecado original devenido en genes e inocencia.

No entendía por qué ocurría de esa manera, hasta que vio la luna de nuevo.

La reconoció al instante y tuvo miedo.

Perdonó su pasado de bestia: había sido el instinto ajeno del hombre quien le había dado esa condición. Era la forma que tenía de alimentarse. Lo aprendió de las otras bestias que poblaban, amenazantes, las historietas de su creador.

El hombre tenía un afiche con la cara oculta de la luna. Comprendió así que ese ser astral era completamente ajeno a la humanidad, porque esa era la verdadera cara de la luna: la que mira al exterior.

Sale a la calle de nuevo, vestido como hombre, ataviado con los olores de quien lo creó. Tras él viene el perro, y se mezclan con los transeúntes. Nadie le hace un gesto de miedo o desprecio. Algunos lo saludan. La bestia se siente cómoda. Lentamente, descubre que puede vivir allí. Haber saciado el hambre la tranquiliza. Sabe que tendrá hambre en tres días; entonces sabrá qué hacer.

Ahora vuelve a caer la noche, y ya no teme. La luna le da la espalda, pretensiosa, como siempre. “La luna no nos mira —piensa—. Por eso nunca nos delata. Nadie miraría jamás a una bestia vestida de hombre”.

Juan Carlos Díaz Méndez
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