
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí
La divinidad y la monstruosidad son dos polos de un mismo gradiente. Entidades que la modernidad científica califica de “sobrenaturales”, entendiendo que nada puede existir fuera de lo natural y que por lo tanto se trata de leyendas falsas. Pero para los pueblos espirituales que creían estas historias, dichas entidades eran parte de la misma naturaleza y representaban su lado más desconocido.
La divinidad es la fuerza del orden que explica la configuración del mundo tal como lo experimentaban nuestros antepasados. Los monstruos, el caos que atentaba con destruirlo todo. Al formar parte de un mismo gradiente, es muy fácil que un monstruo se confunda con una divinidad, y que un dios se convierta en demonio. Esto es lo que les sucedió a múltiples panteones de diversas culturas.
La demonología es una rama de la teología cristiana que se dedica al estudio y la descripción de los demonios. Uno de los tratados más famosos al respecto es el Lemegeton Clavicula Salomonis, traducido como La llave menor de Salomón. Allí, en el apartado conocido como Ars Goetia (El arte de la brujería), se describe un panteón maligno de setenta y dos demonios. Un estudio pormenorizado de los mismos permite plantar la muy verosímil hipótesis de que se trata nada más y nada menos que de una satanización de dioses paganos. En algunos ejemplos esto es incomprobable con la información que se posee actualmente, pero en otros, resulta bastante claro. Veamos algunos ejemplos:
El demonio número cuarenta y seis de la Goetia es el conde Bifrons. Este nombre proviene del dios romano Jano, dios de los principios y los finales, de cuyo nombre también deriva el primer mes del año (la raíz se conserva de manera mucho más evidente en inglés, January). Esta deidad era representada como un hombre con dos caras, una mirando hacia el frente y la otra en la nuca. De ahí que uno de sus epítetos fuese “bifronte”.
El séptimo es el marqués Amón, cuyo nombre se mantiene inalterado respecto de su equivalente divino de la mitología egipcia. Sin embargo, también podría estar relacionado con Baal Hammon, dios adorado en Cartago, el cual a su vez podría estar emparentado con el dios Baal, de la religión cananea, quien está emparentado con el conocido Belcebú, demonio que no forma parte del catálogo de la Goetia pero cuyo nombre resuena fuerte en la cultura popular.
Astaroth, el gran duque del infierno ubicado en el número veintinueve de la Goetia, deriva de la diosa de los fenicios Astarté, también conocida como Ishtar para los babilonios e Innana para los sumerios.
Los dioses paganos, tal vez por sus comportamientos humanos, imperfectos y pecaminosos, fueron fácilmente convertidos en demonios por los teólogos cristianos. Sin embargo, el perfecto y benevolente dios cristiano no se vio exento de esto.
En los orígenes del cristianismo, mucho antes de las reformas protestantes, varios grupos clamaban poseer la interpretación correcta de la fe y las escrituras. Cuando la Iglesia católica se consolidó como la interpretación más dominante del cristianismo, calificó a todas las demás con la etiqueta genérica de secta gnóstica.
Una de ellas nos habla de Yaldabaoth, el demiurgo. Esta idea del demiurgo se retoma de Platón, y se refiere a una entidad que, más que creadora, sería organizadora. A partir del caos, el demiurgo da forma a un orden universal. Esto lo coloca en posición de divinidad, siguiendo la simplista definición dada anteriormente. Sin embargo, ¿qué pasaría si ese “orden” fuese uno falso y malicioso?
El Dios que aparece en la Biblia, o por lo menos, en el Viejo Testamento, corresponde para estas sectas gnósticas con esta figura de Yaldabaoth, un dios malévolo que se opone al verdadero creador, un Dios imposible de conocer. Esta interpretación plantea un giro radical en la historia de Adán y Eva. El Dios Creador Incognoscible hizo al alma, y el demiurgo Yaldabaoth, tal vez envidioso por no poseer los poderes de su superior, encerró a esa preciosa alma creada por el Dios bueno en un cuerpo físico, atrapado para siempre en el mundo material.
El Edén no es el Paraíso, sino una cárcel en donde el hombre primitivo vive sin poder acceder al mundo espiritual ni al dios verdadero, esclavo para siempre de Yaldabaoth. En este contexto, la figura de la serpiente, demoníaco tentador que condenó a la humanidad en la tradición canónica, emerge ahora como un salvador. Si antes hablábamos de dioses convertidos en demonios, ahora el gnosticismo nos planeta la imagen de un demonio convertido, si no en una divinidad, sí en un representante o heraldo de ésta. La serpiente le ofrece a la humanidad la fruta del conocimiento (gnosis), para que con ella puedan acceder al mundo intelectual y espiritual que les fue arrebatado por el demiurgo. Yaldabaoth, ofendido, sintiéndose rechazado, expulsa a la humanidad del jardín y los obliga a vivir en el imperfecto mundo que este dios, igualmente imperfecto, ordenó.
Comienza así una cosmovisión en la que, de repente, las barreras se desdibujan. ¿Es el demiurgo una divinidad o un monstruo? ¿Puede ser ambas al mismo tiempo, o es otra cosa que escapa a esta dualidad? Quedará para cada uno la tarea de dar una respuesta.
- La inversión del gnosticismo - viernes 23 de mayo de 2025


