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Nevada

viernes 23 de mayo de 2025
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Nevada, por Pablo Cazaux
Me quedé paralizado, apuntando con la escopeta hacia todos lados. Con la ventisca blanca y la falta de referencias, no podía encontrar la camioneta. Estaba atrapado.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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La primera y única vez que nevó en Dalton fue el 25 de julio de 1967. Los viejos que quedamos de esa época solemos juntarnos todos los años el 25 de julio en el Ciervo Rojo para contar las anécdotas que nos venimos contando desde hace más de cincuenta años. Cada uno tiene la suya: muñecos de nieve en el jardín, guerra de bolas de nieve en la plaza central. Choques múltiples en la ruta que sale de Dalton hacia el norte. Cada uno volvía a contarla como si acabase de suceder. Yo contaba que había estado en el bosque, cazando. Era verdad, pero no era toda la verdad.

El día anterior a la nevada había cumplido veintisiete años y mi padre, Acke Jensen, me regaló la escopeta de caza que había sido de mi abuelo, el gran Aleksander Jensen I, que había muerto de un paro cardiorrespiratorio cuando estaba en su despacho de jefe comunal teniendo sexo con la secretaria. Esto es algo que tampoco saben en el Ciervo Rojo y que es un secreto que permanece en la familia como tantos otros secretos. Los Jensen somos reservados además de poderosos.

Mi padre, que había abierto la agencia de autos más grande de Dalton en los cincuenta, me prestó su camioneta para ir a cazar al bosque porque mi auto corría el riesgo de quedarse en una trampa de barro de las que suele haber en el bosque. Así que conduje desde la madrugada, cuando todos todavía dormían, y crucé el puente, que por ese entonces ya era viejo, estacioné la camioneta a un costado y me interné en el bosque. No me interesaba cazar sino el hecho de cazar, la actitud del cazador. Se me llenaban las venas de adrenalina el solo hecho de estar escondido con el arma cargada, con la certeza de que si apretaba el gatillo podía matar una liebre, un conejo o un perro salvaje. Así que prendí la linterna y me fui adentrando en la oscuridad, con los ojos bien abiertos y el arma cargada. Sabía que, llegado el momento de ver a mi presa, le apuntaría dos metros arriba y dispararía al aire; sabía que ella saldría corriendo y yo contaría que la herí y la perseguí varias horas por el bosque porque eso es lo que hacían los verdaderos cazadores. Pero a mí no me interesaba matar sino acechar, disparar, sentir el poder de un arma estallando en mis manos, percibir el miedo de un animal acorralado. Pero anduve dos horas y no apareció nada. No me importaba. La primera virtud de un cazador era la paciencia, así que me serví café del termo que me había llevado a la excursión y me senté a beber esperando que amaneciera. Pero eso nunca sucedió. Al menos, no amaneció como siempre.

A las nueve de la mañana, la noche se había ido, pero la luz del sol y la claridad no aparecían. El cielo estaba negro y todo era noche en el bosque. Me sentí inquieto. Algo no andaba bien. Caminé entre los árboles, pisando pastos crecidos y arbustos hasta llegar a un claro. Allí vi cómo el cielo parecía pintado por una gruesa capa de brea. Estaba negro pero no había rayos ni truenos. No era una tormenta. Cuando cosas de ese tipo suceden, uno suele pensar en el fin del mundo y esas cosas; a arrepentirse de no haber hecho esto o aquello. Sobre todo si uno está solo en un bosque donde hasta los pájaros estaban en silencio. La falta de ruido me ponía la piel de gallina y me hacía sentir más solo todavía. Entonces cayó una pluma blanca del cielo. Flotó en el aire con lentitud y cayó al lado de mi bota. Al tocar la tierra se deshizo; entonces levanté la cabeza y cientos de miles de plumas más cayeron en una llovizna blanca. Puse la palma de la mano hacia arriba y dos copos de nieve quedaron atrapados unos segundos hasta convertirse en agua. Tendría que haber llevado una cámara de fotos para registrar el momento: partículas blancas cubriendo el piso de pasto y tierra y borrando el color de los pinos. Si hubiesen existido los celulares en ese momento hubiese sido glorioso filmar cómo los copos elementales y pálidos crecían y se hacían más gordos y densos. De pronto, todo el piso estaba cubierto de nieve lo mismo que los árboles. Una ráfaga de viento se levantó y barrió la nieve del piso y ya no pude ver a un metro de distancia. Me quedé paralizado, apuntando con la escopeta hacia todos lados. Con la ventisca blanca y la falta de referencias, no podía encontrar la camioneta. Estaba atrapado. Y si no salía de ahí en poco tiempo terminaría congelado. Mi abrigo era el abrigo habitual para el invierno, pero la nieve lo había mojado y estaba temblando.

Sin pensar en lo que hacía, corrí por el claro hacia la otra parte del bosque donde la nieve todavía no había penetrado sino que estaba cubriendo las ramas de los árboles. Tuve que sacar la linterna para ver y, sin demoras, corrí hacia donde creía que estaba el sur. Después de andar ya con paso lento y pesado, con el aire helado entrando y saliendo de mis pulmones, llegué a un camino demasiado angosto. No lo conocía pero no podía afirmarlo porque todo el paisaje era, ahora, gris oscuro. Todo era igual. Miré en las cuatro direcciones posibles y ninguna se distinguía de la anterior. Tomé un sorbo de café del termo pero estaba frío, así que lo escupí. Y comencé a caminar con la seguridad de que iba a morirme de hipotermia en un par de horas, cuando las piernas se quedaran duras y los pulmones se fueran congelando por la entrada constante de aire helado. Entonces se me ocurrió disparar la escopeta de mi abuelo. En ese estado de locura y desesperación, mi intención fue dispararle a las nubes llenas de nieve para matarlas; abrirles un agujero en las entrañas para que cayera todo lo que tenían dentro y se fueran.

Luego me caí y me desmayé. Cuando me desperté estaba acostado en un camastro dentro de una cabaña.

Abrí los ojos con cuidado y vi a un viejo de barba que calentaba algo en una estufa de hierro. Al lado de la estufa había una pila de leña seca amontonada. La cabaña era más que modesta: el camastro, una mesa con una silla, la estufa de hierro y una caja de la que el viejo sacó una taza y sirvió el líquido caliente. Luego vino hasta donde estaba yo y me sacudió para despertarme. Fingí que dormía y tardé unos segundos en responder, pero cuando lo hice, vi la sonrisa sin dientes del viejo y quise correr. El viejo me tendió la taza y me dijo que bebiera.

—Té caliente —me dijo—. Es de hierbas naturales que crecen en Eidoron.

Miré el menjunje que humeaba y tenía un olor agrio. Probé un trago y sentí que una llama interior crecía y encendía toda la madera que había dentro de en mi cuerpo. El viejo soltó una carcajada al ver mi reacción y me alentó a que tomara todo, pero preferí no hacerlo.

Busqué mi escopeta pero no estaba por ningún lado. El viejo movió la cabeza y la melena blanca se sacudió. La luz del fogón que estaba detrás le daba un aura mágica.

—¿Dónde estoy? —pregunté sentándome de golpe.

—En Eidoron —dijo el viejo preparado para contestar todas mis preguntas.

—¿Eso está en Dalton?

—A diez kilómetros del centro.

—Nunca escuché hablar de este pueblo.

—Porque no somos un pueblo y porque no recibimos visitas.

—No entiendo —dije porque era imposible entender que un viejo sin dientes me estuviese hablando de un pueblo desconocido en medio de una tormenta de nieve.

Una mujer entró con un canasto tapado por una tela y tocó el hombro del viejo. Me sonrió pero sentí que esa sonrisa no era de bienvenida sino de felicidad. La mujer y el viejo estaban felices de que yo estuviese ahí.

Mientras la mujer destapaba la canasta y repartía pedazos de pan recién horneado, el viejo me dijo que Eidoron era un nombre bíblico pero no de la biblia cristiana sino de una más antigua. Me dijo que habían llegado desde el norte a principios de siglo, cuando Dalton era apenas un caserío, y se instalaron adonde yo estaba ahora. Construyeron su pueblo y se autoabastecieron durante un tiempo y después empezaron a comerciar algunos productos con negocios de Dalton. Entonces recordé cuando mi padre contó en una cena de Navidad que le había vendido una camioneta a unos tipos que vivían en la montaña y que apenas hablaban. Mi padre decía que estos hombres señalaban con el dedo la camioneta que querían y que no había forma de convencerlos de que compraran una más cara. Cuando mi padre se dio por vencido, los tipos sacaron de una caja de madera un montón de billetes planchados y lisos y los pusieron sobre el escritorio. Mi padre nunca había visto nada igual. Los autos no se pagaban al contado porque nadie tenía todo el dinero junto. Pero ellos sí.

Me acordé de esa Navidad porque el viejo insistía con su historia de que eran una especie de pueblo divino. Y cuando le pregunté por qué, qué los hacía divinos a ellos, el viejo dejó de hablar y la mujer me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué está nevando? —se me ocurrió preguntar para salir del abatimiento en el que había caído con el silencio de esos dos—. ¿Por qué nieva ahora si nunca nevó en Dalton?

El viejo se aclaró la garganta, miró a la mujer y ésta asintió.

—Porque está escrito en las sagradas escrituras que un día iba a nevar y que ese día...

El viejo dejó de hablar cuando la mujer le pegó con la mano abierta en el hombro.

—¿Qué pasa? —pregunté confundido—. ¿Por qué no me cuenta lo que va a pasar con la nevada?

El viejo sonrió y se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en un abuelo bueno y contenedor.

—Nada malo. Son creencias nuestras. Pero ya lo va a ver dentro de un rato.

Empecé a temblar.

—¿Qué va a pasar dentro de un rato?

—Se va a cumplir la profecía... Lot va a volver...

—¿Y eso?

Un hombre de mi edad, pero el doble de grande, entró y le dijo al viejo:

—Hay que hacerlo ahora.

Yo apreté el colchón flaco en el que me habían acostado y me aferré a él para que no me sacasen de allí.

—¿Qué es lo que hay que hacer ahora?

—Nada —dijo el viejo con una amabilidad aterradora—. Vamos a hacer lo que dicen las escrituras. La maldición no puede suceder porque eso sería el triunfo de él.

—¿El triunfo de quién? —pregunté. La voz me temblaba y no podía controlar mis movimientos. Todos estaban locos y yo no tenía mi escopeta para defenderme.

El hombre que había entrado me tomó del brazo y me levantó como si fuese una rama. Tenía una fuerza extraordinaria. Me sacó de la cabaña y me tiró en la nieve. Me puse de pie y vi que un grupo muy numeroso de personas me rodeaban y me miraban sin decir nada. Sólo me miraban y eso era lo que más me aterraba. Ya había oscurecido.

Una campana sonó a unos metros y todos, como si hubiesen armado una coreografía, salieron disparados y se metieron en sus cabañas. Y yo me quedé allí, tan solo como en el bosque pero sin mi escopeta. Estaba en el medio de un camino de adoquines que brillaban con la luz de los faroles exteriores de las cabañas. Habían barrido la nieve y el cielo seguía tan negro como al amanecer pero ya había pasado casi un día entero. Pensaba en esto cuando empezó a nevar nuevamente. Las cabañas eran de madera de secuoya, madera roja sacada de alguna reserva, casas de sangre en medio de la nieve blanca. Y todos los habitantes de Eidoron me miraban por las ventanas para ver qué hacía. Golpeé un par de puertas sabiendo que no me iban a abrir. Hacia adelante, el camino se extendía unos cuatrocientos metros y terminaba en un edificio enorme de madera. Caminé hacia allí bajo la nieve. Sentía los ojos de todo el pueblo mirando en la oscuridad de sus cabañas cómo yo tropezaba con mis propias piernas y caía una y otra vez. Algo terrible iba a pasar. Ellos lo estaban esperando y toda su amabilidad no había sido más que una emboscada para soltarme allí de noche. Tal vez, pensé muerto de miedo, hubiese algún animal salvaje que devoraba personas y ellos me estaban sacrificando, estaban ofreciendo mi carne para que la bestia no se comiera la de ellos. O tal vez no fuera nada de eso y simplemente dejaran que me congelase para después enterrarme en el bosque como una ofrenda para sus cosechas.

Además de la calle principal, había cuatro calles que la cortaban en forma transversal. Era un pueblo con una estructura sólida en la que vivirían, al menos, doscientas personas. Cuatrocientos ojos mirando cómo yo tambaleaba entre la nieve, que se había vuelto gris, hacia la nada.

Cuando llegué al final, logré ver que el edificio era muy alto y que desde allí habían salido los golpes de campana. Subí los escalones y entré por una gran puerta que estaba abierta. La cerré detrás de mí para que la bestia no pudiera entrar. El edificio era la iglesia de Eidoron, pero no se parecía en nada a las iglesias que yo conocía. Había sillas en lugar de bancos y el altar era un escenario que se elevaban a menos de un metro del suelo. La única figura hecha en madera que colgaba de la pared era la de una especie de lobo con piernas humanas. Caminé en círculos mirando el techo de madera y vidrio, oliendo el incienso quemado hacía poco, el miedo que habían dejado los que estuvieron allí rezando o preparando algo. Entonces escuché pasos. En realidad eran pies que se arrastraban por el piso de la madera pulida por los años. Un fuego débil se encendió y prendió una vela roja como la madera de la iglesia y de las cabañas. Detrás de la luz amarilla, la cara de un hombre me sonreía. En ese momento, lamenté no haberme quedado afuera para morir congelado. La cara del hombre era sólo media cara, la otra mitad estaba comida por un animal o por un fuego antiguo. Tenía un solo ojo con el que me miraba sin impacientarse, sin anunciar movimientos. Sólo me miraba y sonreía. Luego, caminó hasta el escenario y se sentó. Su cuerpo flaco y desnudo estaba cubierto por una frazada vieja. Me hizo una seña para que me sentara junto a él y lo obedecí. No había forma de negarse. No podía decir que no porque el hombre seguía mirándome con ese ojo vivo y filoso. Así que caminé contra mi voluntad y me senté a su lado. El hombre dejó de mirarme y miró hacia el frente, hacia la oscuridad donde estaba la puerta.

—¿Ellos te mandaron? —me preguntó. Su voz salía desde adentro de una caverna profunda. Era gruesa y firme pero no me asustó.

—Sí —dije y luego corregí—. No. En realidad me desmayé en el bosque y me trajeron a una cabaña y luego me echaron. Eso fue lo que pasó.

—Sí, claro —dijo el hombre y sentí que el calor que emanaba su frazada me calentaba el cuerpo helado—. Ellos no piensan. No saben pensar. Pero hay algo que es peor: ellos creen que pueden hacerlo...

—¿Hacer qué?

—Que las cosas no sucedan. Que las maldiciones no se cumplan. Ellos creen que pueden eludirlas como si fueran árboles del bosque. Pero no se puede. No se puede.

—Ellos planean algo —le dije.

—Quieren vivir —dijo y dejó caer la frazada sobre la madera del escenario. Su cuerpo ya no era esquelético. Los músculos de los brazos, las piernas y el pecho habían crecido. Las venas latían bajo la piel como serpientes. El hombre se volvía incandescente y tuve que correrme para no quemarme—. Ellos quieren vivir a pesar de todo, pero no se puede.

Me miró. Los ojos rojos también latían y creí que me iba a desmayar pero en el fondo sentía que la cosa no era conmigo, que esa cosa que estaba a mi lado y que cada vez era más grande y más fuerte, no iba a hacerme daño. Su voz se convirtió en un eco. Las palabras rebotaban dentro de su pecho y salían repetidas hacia afuera.

—Yo escuché la voz de Dios. La escuché e hice todo lo que me dijo pero nunca bastaba. Yo sabía que era Dios el que me daba las órdenes y yo las cumplía: mataba, quemaba, organizaba los rituales. Pero nunca le bastaba. La sed de Dios era insaciable. Hasta que un día me respondió y me dijo que Dios nunca me había escuchado porque Dios no escuchaba a las personas y no hablaba con ellas. Me dijo que había sido Él quien había respondido a mi llamado desesperado. Entonces me convertí en la voz del Diablo, Lot. Entonces el miedo, la ira, el fuego y la destrucción.

El hombre, que ahora medía el doble y tenía la piel roja, me tocó la cara con un dedo y mi carne chirrió como si me hubiese apoyado un hierro caliente. Me toqué la herida pero no ardía. El hombre me miró y me dijo:

—Todos los sacrificios tienen su recompensa.

Y sin pensarlo, me empecé a reír. Nada era gracioso pero yo me reía como si me hubiese vuelto loco. El hombre, que ya se estaba encendiendo y el fuego brotaba de lo que había sido su piel, me miró y me dijo:

—¿El Diablo te da risa?

Negué con la cabeza, pero sin dejar de reír.

—Tendrías que saber lo que el Diablo piensa de vos.

Se dio vuelta y atravesó la puerta como si no fuese de madera, como si la protección de ese santuario sólo fuese algo imaginario. Atravesó la puerta convertido en una hoguera y se lanzó a la oscuridad nevada. Cuando los gritos empezaron, yo caí de costado en el escenario y ya no supe más.

Y dormí un sueño blanco, sin imágenes. Un sueño de nieve continua rodeándome y meciéndome como si fuese espuma. Un sueño sin sonidos. Un sueño como el que sueñan los muertos.

Cuando me desperté era de día y el sol entraba por los vidrios que habían puesto en el techo y en los costados. Estuve ciego durante un rato hasta que me acostumbré a la luz. La iglesia estaba vacía y afuera no se escuchaba ningún sonido. Estaba acostado sobre el escenario mirando al lobo con piernas de hombre.

El sacrificio tiene su recompensa.

Esas fueron las últimas palabras que la cosa me había dicho después de marcarme la cara para siempre.

Cuando salí de la iglesia, la nieve había desaparecido. Lo mismo que la gente. Eidoron, o como se llamara ese agujero, estaba vacío. Entré en las cabañas pero sólo había mesas volcadas, platos rotos y el suelo lleno de arañazos. No había nadie más que yo. Habían huido durante la noche, o alguna tragedia se los había llevado a todos.

Caminé hasta la entrada de piedra que habían levantado para convertir al pueblo en una pequeña fortaleza. A unos metros estaba mi escopeta descargada y entendí que me habían encontrado por los disparos que hice y no por mandato divino como ellos creían. Con la luz y el camino despejado, tardé un par de horas pero llegué hasta la camioneta, me subí y volví a casa. No fue difícil inventar una historia sobre mi desaparición y de mi nueva marca en la cara. No lo fue porque mis padres nunca se preocuparon demasiado por lo que yo hacía.

En el Ciervo Rojo, el bar del puerto en el que nos juntamos con otros viejos a hablar del pasado y criticar a los jóvenes, todos los 25 de julio cuento la misma historia: salí a cazar y me atrapó la nieve, encontré una cueva entre las piedras y me quedé allí con mi escopeta hasta que paró de nevar. Y eso fue todo.

Pablo Cazaux
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  • Nevada - viernes 23 de mayo de 2025

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