
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Me presento ante usted, señor, como lo hacen mis compañeros, para contarle quién soy, cómo ha transcurrido mi vida y cómo he llegado hasta aquí. Tengo la intención de pagar mi deuda, como todos. Sé que me espera una condena atroz, que la merezco, y estoy resignado. Pero tengo miedo y me asusta la Nada. Sin embargo, también tengo miedo de seguir siendo esto que ve: un monstruo. Mitad hombre, mitad árbol. Un árbol humano. Un hombre-árbol. Un cuerpo deforme, cubierto de tumores y protuberancias que son nudos, cortezas, oquedades y ramas retorcidas, entrelazadas, oscuras.
No me ha sido dada una vida fácil. Usted lo sabe, señor: los humanos han tenido, siempre, fascinación por lo diferente. Muestran una satisfacción perversa en reconocerse más sanos, más fuertes y más hermosos al contemplar la deformidad, la lobreguez y la debilidad de nosotros, los fenómenos, los monstruos. Ellos intentan un reconocimiento, falaz, de una supremacía cruel, que nos quita cualquier vestigio de humanidad y nos transforma en objetos de sus miradas. Están obsesionados con la mutilación, la anomalía y la muerte.
¿Ha escuchado, alguna vez, a nuestro presentador? “¡Se reirán al verlos!”, les dice a los visitantes, con voz estentórea, “¡Se estremecerán! Sin embargo, tal vez por algún accidente al nacer, alguna desgracia...”, y hace una pausa para seguir con un tono profundo, incómodo, “ustedes podrían ser como ellos”.
Pero los visitantes, de manera invariable, ignoran esta advertencia que nos haría, si no iguales, al menos congéneres. Los espectadores confirman en nosotros su superioridad. Nos consideran una especie de piezas de museo expuestas en una vidriera, sin que, en ningún momento, comprendan que tenemos los mismos sentimientos que ellos, a pesar de nuestro aspecto. Esto es lo más curioso: no entienden su propia enfermedad, peor aún que cualquiera de las nuestras, espantosa, mórbida, absurda. Inhumana. Su voyeurismo no les permite reconocer que somos el espejo de su propia frustración moral, sexual incluso; su propia mezcla de ordinariez y perfidia.
Dígame usted, señor: ¿quiénes son, entonces, los monstruos?
El francés Baudelaire le cantó a la belleza de los tugurios, de las putas enfermas, de un animal en la descomposición de la muerte. Opinó —y me gusta pensar como él— que todas las bellezas contienen algo de eterno y algo de transitorio, y que cada belleza proviene de las pasiones. Así, si nosotros tenemos nuestras pasiones, tenemos, también, nuestra belleza.
Dígame, señor, ¿por qué, entonces, soy un monstruo?
¡Ah! Así quiero engañarme. Sin embargo, a los espectadores no les falta razón: no nací humano, y tengo muchos, muchos años; por ende, me respondo: el monstruo soy yo.
Así es.
He olvidado mi nombre y no sé, siquiera, si alguna vez tuve uno. Aquí me llaman Daarusásvata, el “árbol eterno”. Soy un cedro del Himalaya, y nací hace más de tres mil años, señor. Pero eso, usted ya lo sabe. Y sabe, también, que mi primer amanecer, y los que siguieron hasta mi pecado, los viví en el Naimisha, el Sagrado Bosque del Pestañeo, territorio de los Kurus, en el país de Bhárata; bosque querido por Shiva, en el que se detuvo la Rueda de Brahma, y depositario de la bendición de Visnú, que consistía en que cualquiera que muriese a la sombra de sus árboles tenía asegurado el Suargá, sin importar cuál fuese su karma. Las aguas de los meandros del Saraswati y el Drishadvati dieron de beber a mis raíces en aquella época que añoro.
Fui testigo de la Gran Guerra de los Clanes Bharatás —los Kauravas y los Pándavas— por el trono de Hastinápura. Oí al dios Krishna, el piadoso, el brillante como millones de soles, decirle a su amigo, el guerrero Áryuna, “...Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos...”, en los instantes previos al inicio a la Batalla de Kurukshetra, en el Campo de la Verdad, y me horroricé con la matanza que duró dieciocho días, y de la que sólo sobrevivieron doce de los casi cuatro millones de guerreros que formaron los dos ejércitos.
En la medianoche del día duodécimo, aquel en que los dos ejércitos se negaron a detenerse para orar al atardecer, y siguieron matándose en la oscuridad, hasta la salida del sol, contemplé el principio de la Era de Kali, la cuarta y última Edad de la Humanidad, en la que se ha predicho el triunfo de los demonios, señor: la Era de la Degradación, la caída de los valores sublimes y las ideas nobles, y el descenso vertiginoso del hombre hacia la inmoralidad, la hipocresía y la falta de virtud, ¡ay!, tan actuales.
Con el final de la batalla y la guerra, contemplé el paso de las viudas y los huérfanos, el hambre y las enfermedades, y el dolor de las madres que lloraban la muerte de sus hijos, que he visto, a lo largo de las eras, tantas veces.
Presencié, siglos después, la reunión de los sesenta mil sabios y el sacrificio de doce años que hiciera el Santo Shaúnaka, bendito entre los brahmanes, y escuché, de primera mano, la narración que Goswarni, de la casta sutá, les hiciera de aquella guerra, y que es la historia que hoy los hombres conocen como el Mahabhárata.
En los siglos que siguieron, el dios Rudra, aquel que ruge, y el dios Agní, el señor del fuego, bajaron a los bosques del norte y se ensañaron con los ancestrales hogares de nosotros, los árboles. Poco a poco, desaparecieron las forestas de Kamyaka, Dwaita y Madhu. Mi bosque languideció y encontré, un día cualquiera, que éramos apenas un puñado de los que habíamos sido, separados por leguas de tierra que los hombres usaron para sus cultivos, primero, y que perdieron su fertilidad, después.
Me sentí solo. Muy solo.
Y deseé, con fervor, ser como los hombres y tener el don del movimiento. Quería acercarme a los míos, paliar mi desamparo y mi tristeza, y conversar con mis hermanos, añorando las épocas míticas y recordando a todos aquellos que habían pasado a nuestro lado, consolándonos en la nostalgia.
Cierto mediodía, un asura dánava, un espíritu impío llamado Kaithaba, se sentó a mi sombra, en un descanso de su camino hacia la ciudad de Kuru, y se quedó dormido. Entré a su sueño y le pedí que liberara mis raíces del yugo de la tierra, que me diera piernas y pies, que me permitiese ir de un lugar a otro como hacían los animales y los hombres.
—Sufrirás —advirtió.
—No importa —contesté.
—No será como crees.
—No importa —insistí.
—Te dolerá.
—Lo deseo.
—Te moverás como los hombres, pero no tendrás el beneficio de la muerte hasta que venga Kalki, el último avatar de Visnú, y te libere, en el final de los tiempos.
Yo estaba tan ansioso por abandonar la tierra y moverme, por encontrar a los míos, que no advertí la trampa.
—Está bien —dije, y sellé mi destino.
Usted, señor, entiende mi falta como no lo hacen los hombres de occidente y es capaz de percibir su inmensidad: al aceptar las palabras de Kaithaba, consentí, también, en abandonar la Rueda del Samsara y el ciclo de reencarnaciones, y, por tanto, en adelante me sería imposible alivianar mi karma y alcanzar, alguna vez, a fundirme en la Luz Divina, y que mi alma fuera una con la de Brahma, y pudiera liberarme de todo padecimiento, de toda pena, de toda aflicción. Renegué de los dioses y me condené.
Cuando Kaithaba despertó, acarició mi tronco, deteniéndose en los pliegues de la corteza, con curiosidad. Miró mis hojas, apartó algunas ramas bajas; dio unas vueltas a mi alrededor, estudiándome. Al final, se sonrió con malicia y habló:
—Sea —dijo, en voz baja. Luego, tomó sus cosas, acomodó sus ropas y siguió su camino.
Al principio, no pasó nada y terminé creyendo que era yo el que había soñado. Luego, mis hojas comenzaron a caer hasta que tuve toda la apariencia de un árbol seco. Después, cayeron mis ramas y quedaron sólo estas dos que se asemejan a brazos. Más tarde, mis raíces se separaron de mí y caí, como árbol muerto y seco.
Con timidez, intenté moverme y pude ver, con asombro, que podía agitarme. Fui consciente de mis piernas, de mis manos, y traté de ponerme de pie. Caí varias veces. Al final, lo logré y pude, como un niño, con dolor, dar mi primer paso. Habían pasado diez años desde que el dánava se marchara.
Busqué y encontré a los míos, pero no me reconocieron. Yo era, ahora, otra cosa. Ya no hablaba su lengua, y no pude entenderlos. Los había perdido y me sentí aún más abandonado.
No sabía qué hacer, dónde ir y cómo llevar una soledad infinita. Procuré, entonces, el amparo de los hombres, que me consideraron impuro y menor aún que los dalits, los intocables, y, a veces, todavía más bajo que los invisibles. Mi sombra, que tantas veces los cobijara del sol, ahora los manchaba. Me negaron comida y me prohibieron beber de sus fuentes de agua. Me encarcelaron, me torturaron con fuego, e intentaron cortarme con hachas, pero la Palabra de Kaithaba me negaba, también, la muerte, aunque no me privaba del sufrimiento y la agonía.
Como siempre, como parece ser mi destino, otra vez fui testigo involuntario del paso del tiempo.
Oí las enseñanzas del Santo Sakiamuni, el iluminado, y las del Santo Vīraprabhú. Estuve allí cuando los iávanas que vinieron con Sikandar, el griego, dominaron el Bháratavarsha, después de la decadencia de los emperadores mauryas. Estuve allí cuando las invasiones de los shakas y los pájlavas, los kushanas y los satavahanas.
Y estuve allí cuando Sebuk Tigin y su hijo Mahmüd iniciaron la yihad y llevaron el Libro del Profeta a los reinos del Punjab. Por aquel entonces, yo vivía refugiado en una aldea cercana a Mianwali, en las orillas del Indo. El Sultán, en su Guerra Santa, tomó más de cien mil prisioneros que vendió como esclavos a mercaderes que venían del oeste, y pasaron a engrosar las muchedumbres de desterrados que, entre los bizantinos, eran conocidos como atsiganis y como zott en Bagdag; los antepasados de los que aquí en Italia, señor, llaman zíngaros.
Yo me fui con ellos.
La marcha fue larga y se pareció más a una diáspora.
Nos sumamos a las caravanas que venían de Multán y Lahore, cruzamos las montañas que luego Ibn Batuta llamó “El Asesino Hindú”, por la gran cantidad de esclavos que, en esas marchas, sucumbieron al hambre, al frío, a la fatiga, a la desesperación y al insólito rigor de la nieve. Llegamos a Kabul, donde tomamos la Ruta de la Seda. Bajamos a Balj, pasamos a Samarkanda, luego a Bujara, Mashhad, Isfahán, Bagdag, Aleppo y Constantinopla, cuando la ciudad estaba en manos de los latinos, poco después de la Cuarta Cruzada. Entré a Europa, cruzando el Bósforo, doscientos años después de mi partida.
En las aldeas cercanas a mi bosque natal, cada tantas generaciones humanas, solía encontrarse algún hombre enfermo, con callosidades en sus cuerpos que los asemejaban a cortezas de árboles. Entonces, aunque no fuese común, eran conocidos, y mi presencia era curiosa, pero no los perturbaba. Sin embargo, en Europa no se tenían noticias de casos como el mío, y me llamaron Maldito.
Apenas entrar a tierras búlgaras, los soldados me aprehendieron y fui conducido ante el emperador Ioan Asen el segundo. Su repudio me llevó a las mazmorras, lleno de cadenas y, luego, como otras veces, a sufrir tortura y el martirio del fuego.
Me trataron igual en la Hungría de Andrés de Jerusalén, en la Bohemia del Rey de Hierro y Oro, en la Marca de Carintia, en Baviera y en el Palatinado.
Pero ya le dije: no puedo morir. Solía esconderme en cenizas y escapar cuando nadie me veía.
Me refugié en los bosques de Sajonia, y en ellos pasé los siglos que siguieron, lejos de la maldad de los humanos.
Sin embargo, por alguna extraña razón ellos no se olvidaron de mí, y mi leyenda los aguijoneaba, entre la curiosidad y el miedo. En mi bosque, los escuchaba buscarme sin dejarme ver. Algunos decían que yo era el espíritu protector de las forestas tenebrosas, encargado de castigar a quien osase dañar a cualquier animal, a cualquier árbol. Para otros, en cambio, me convertí en fantasma, en un ser oscuro y vislumbrado con miedo, de quien se hablaba en voz baja, invocando la protección del cielo. En su imaginario, fui una alegoría de la Maldad.
Yo sólo ansiaba transcurrir mi vida en paz.
Usted, señor, habrá escuchado de mi leyenda, que viajó por toda Europa, de boca en boca, inspirando a Alighieri, que en su Commedia me recuerda cuando, junto a Virgilio, llegan al segundo recinto del séptimo círculo, y se encuentran con un bosque formado por hombres-tronco. Me reconozco cuando el Poeta dice: “El follaje no era verde, sino de un color oscuro. Las ramas no eran rectas, sino nudosas y entrelazadas; no había frutas, sino espinas venenosas...”. Me tuvieron en su mente Ludolfo de Saxe cuando escribió su Infernalis, los anónimos que recogieron, en unos exempla, escenas infernales en las que del cuerpo de un hombre muerto surge un árbol inmenso; Vincente de Beauvais, en el Speculum Historiale; Robert de l’Omme, en su Espejo de la vida y la muerte —“...pues el árbol sobre el cual está sentado / de siete pecados mortales nacía; / siete raíces de siete serpientes / salían y mucho me preocupó”, dice.
Años más tarde, Jean de Mandeville cuenta, en el ejemplar de Le Livre des Merveilles du Monde que Juan sin Miedo le regaló a su tío, el duque de Berry, que en el desierto de una isla poblada por bestias salvajes, grandes dragones y enormes serpientes, a la que no se puede llegar a causa de la distancia y de los peligros de los lugares, la Luna y el Sol aparecen en los follajes frondosos, y tienen rasgos humanos, y, preste atención al detalle, esta isla está en el mar de la India, y quien coma los frutos de esos árboles vivirá trescientos o quinientos años.
También me insinúan los miniados de Herman de Turingia, el techo de Hildesheim, la tumba de Henri de Festingen, arzobispo de Treves, y, claro, me describe el hombre-árbol de El jardín de las delicias que pintó El Bosco. ¿Lo tiene presente? Soy la figura clave en el Infierno, como no podía ser de otra manera. Veo mi melancolía en los ojos de ese engendro; su mirada al vacío que es el futuro. Mi futuro.
Oculto en los bosques, pasaron seiscientos años, con la historia ocurriendo lejos de mí.
Condenado a ser testigo, vi a grandes caballeros y hombres comunes marchar a las Cruzadas y volver destrozados y enfermos. Vi los estragos de la Peste Negra, las plagas, la miseria y el hambre. Vi nacer y morir reinos e imperios y a las fronteras moverse como víboras. Fui testigo de las persecuciones y matanzas por causa de la religión. Supe de la caída de Constantinopla y de los Nuevos Mundos descubiertos. De los bosques en que vivía, los hombres sacaron leña para quemar a brujas y herejes. Oí a los hombres hablar de reyes coronados y reyes que perdieron sus cabezas. Oí de revueltas y revoluciones. Vi a los campesinos alzarse contra los gobiernos de los países, nacer a las ciudades, la evolución de las armas —cada vez más espantosas, cada vez más trágicas. Vi a los ejércitos de Napoleón campear victoriosos y volver derrotados, y vi la desolación más grande y más devastadora de la que pude ser testigo jamás: la Gran Guerra.
No es que nunca saliera de mis bosques. Solía hacerlo cada tanto tiempo, y recorrer las comarcas. Las primeras veces, lo hacía solo y con temor, siempre con árboles cerca para ocultarme si fuese necesario. En algún momento, descubrí a los grupos de gentes que hacían teatro ambulante, faranduleros, saltimbanquis, cómicos de la legua, trovadores, volatineros y cazurros, y solía ir con ellos, porque entre estas gentes hallaba paz, consuelo y aceptación. Solían cuidarme como a una mascota, pero este trato paliaba mi soledad y me daba un cierto sucedáneo de algo parecido a una familia.
El resto, usted lo conoce. Estas compañías viajeras llegaron a transformarse, durante el siglo pasado, en esto que ve: el Circo y el Espectáculo de los Monstruos.
Aquí puedo, al menos, confundirme con otros fenómenos como yo, y muy rara vez alguien pregunta por mi historia. En las noches frías, con el alcohol que los embriaga, suelo contarles alguna anécdota que —mi mente no es infalible— se desdibuja, y cuyos contornos debo retocar con recuerdos inventados. Los monstruos ríen conmigo. Y lloran, si la historia les recuerda su infancia y su tierra lejana.
Y es aquí donde se presenta el nudo de mi drama, el motivo último de estas, mis letanías: ellos lloran, pero yo no puedo llorar.
No me ha sido otorgado, tampoco, el amor. Pero eso lo entiendo. No se debe crear otro monstruo como yo y, mucho menos, perdurar, en una especie, esto que soy, y condenar a toda una nueva raza. Pero ni aun eso me duele tanto. Kaithaba me castigó, además, con la más sutil de las torturas: me negó el ínfimo consuelo del llanto.
No hay lágrimas en estos, mis ojos. Estas emociones, que han llegado a reemplazar todas y cada una de mis células hasta hacerme un monstruo que es pura tristeza, no tienen el alivio de ese desborde que sana. La congoja, la angustia y el dolor llegan y se quedan. El dique que los contiene es inmenso e irrompible.
Sé, señor, que mi tiempo ante usted se acaba. Sé, también, que me llevará con usted, junto a todos los que formamos esta compañía. Sé que no me es dado el permiso de pedirle clemencia y, mucho menos, de solicitarle la bendición de la muerte.
Pero me animo —me atrevo—, antes de retirarme de su Presencia y marchar a la noche, las sombras y la nada, a pedirle, por favor, que me deje usted llorar.
- Daarusásvata - sábado 24 de mayo de 2025


