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El sexto día

sábado 24 de mayo de 2025
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El sexto día, por Yolanda Fernández Benito
En vez de acabar al instante con su sufrimiento, les consumieron lentamente como se hace con un delicioso bien escaso.
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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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“El sexto día, después de comprobar que el mundo era confortable, creó al hombre, el único ser de la creación hecho a su imagen y semejanza, destinado a dominarla. Y al séptimo día descansó.

”Sin embargo, poco le duraron el descanso y la dicha al ver en lo que se había convertido su individuo estrella. No en pocas ocasiones, y a costa de quebrar el libre albedrío que les había prometido, les envió señales para que saliesen de su letargo y retomasen de nuevo su labor como defensores del planeta. Plagas, inundaciones, terremotos y volcanes no fueron suficientes para que la humanidad tomase conciencia de lo que estaba haciendo.

”Ni se inmutó al ver cómo aquellos seres desagradecidos se dejaban envolver por la discordia y convertían su mundo en una moderna torre de Babel donde, aun hablando el mismo idioma, no llegaban al entendimiento. Al ver que aquella especie no tenía remedio, tiró la toalla y centró sus esfuerzos y desvelos en otra empresa.

”Mientras los humanos aceleraban su extinción enfrentándose unos con otros, el Gran Creador decidió que aquel estupendo planeta que languidecía minuto a minuto necesitaba otra especie que le tratase como era debido. Primero pensó en algún ser de los que habitaban en la superficie de la tierra, pero desistió al entender que tenían demasiadas cosas en común con su actual fiasco. No quería tropezar en la misma piedra.

”Luego pensó en los seres de sangre fría cuyo hábitat eran las aguas, pero a la vista de lo trabajoso que era enmendar los errores cometidos y sabiendo que tarde o temprano aquellos seres heredarían la tierra, con altas posibilidades de repetir los mismos errores, se centró en los únicos elementos de su creación que serían capaces de cuidar el entorno como a su propia vida.

”Con un pequeño ajuste en la temperatura y las lluvias, favoreció que la vegetación que agonizaba día tras día reviviese y poco a poco tomase el planeta. El resto de especies pasaron a ser fieles servidores del vergel en que se estaba convirtiendo la Tierra”.

Era la letanía que el anciano murmuraba una y otra vez, en un desesperado intento de distraer sus enloquecidos sentidos, evitando escuchar los susurros que provocaban las rugosas raíces que envolvían y laceraban su seco cuerpo al succionar sus jugos vitales.

En su delirio, prefería pensar que la debacle de su especie había sido provocada por la ira de un intransigente dios creador incapaz de dar una segunda oportunidad a su hijo pródigo.

No estaban preparados para reconocer que, gracias a los años que llevaban degradando el planeta, las especies más agraviadas habían buscado la manera, no sólo de sobrevivir, sino de dominar el mundo. En apenas una década, las plantas, aquellos seres aparentemente inanimados y carentes de alma, se expandieron por la superficie, acabando con todas las absurdas construcciones humanas que habían tenido la osadía de horadar la superficie de la madre Tierra.

El anciano, en los pocos momentos que permanecía lúcido, maldecía la hora en la que se había erigido como mesías, arrastrando a su reducido grupo por los túneles del metro hasta llegar a aquella vieja estación pensando que estarían a salvo. Sin embargo, lo único que consiguió fue dilatar la agonía de los suyos, ya que el exterminio en la superficie fue rápido e indoloro. Los humanos murieron plácidamente por el exceso de CO² de las noches y sus inertes cuerpos acabaron descomponiéndose en la tierra transformándose en un rico abono.

Después de años malviviendo en la oscuridad, las raíces de los nuevos amos de la creación les encontraron y, contra todo pronóstico, en vez de acabar al instante con su sufrimiento, les consumieron lentamente como se hace con un delicioso bien escaso.

La lucidez del anciano siempre terminaba al rememorar la estampa que quedó grabada en su retina el día que fueron capturados. Gracias a la tenue luz que se colaba por uno de los aliviaderos del metro y antes de que sus ojos fuesen cegados, fue testigo de cómo sus semejantes eran envueltos por las sucias raíces, cuyos ávidos pelos absorbentes se colaban por todos y cada uno de los orificios de sus cuerpos. Entonces el anciano volvía a sumergirse en lo más profundo de su ser y comenzaba a repetir su eterna letanía.

Yolanda Fernández Benito
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