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La sombra del pasado

domingo 25 de mayo de 2025
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La sombra del pasado, por Sergio Gaut vel Hartman
Estaba de pie sobre un acantilado, con una espada en la mano y una mirada hecha de siglos. Le hablaba en una lengua que él no comprendía, pero sentía que le exigía algo. No perdón. No justicia. Acción.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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La lluvia caía suavemente sobre los tejados de las casas de Sälen, la aldea que Leif Eriksson había elegido para escribir su nueva novela. Estocolmo y Malmö, las ciudades en las que vivió en otros tiempos, le resultan demasiado ruidosas y caóticas, pintando las calles de un gris melancólico. En el interior de una acogedora casa de madera, Leif, un anciano escritor, se encontraba absorto en la lectura de un antiguo libro en su estudio. Un cálido resplandor ambarino emanaba de la lámpara de escritorio, iluminando sus arrugados rasgos mientras su mente vagaba por las páginas de la historia.

El suave chasquido de las hojas de papel se mezclaba con el crepitar de la chimenea cercana, brindando una sensación de paz y serenidad en la estancia. Leif amaba esos momentos, donde el mundo exterior desaparecía y sólo existía el universo contenido en las palabras que fluían ante sus ojos.

Sin embargo, esa calma fue repentinamente interrumpida por un ruido atronador que provenía del jardín trasero. Thor, el perro labrador de Leif, su leal compañero de cuatro patas, comenzó a ladrar frenéticamente. Los ladridos llenaron el aire y el escritor sintió cómo la preocupación se apoderaba de su corazón.

Saltando de su silla, Leif abandonó la lectura y corrió hacia la ventana que daba al jardín. A través de la cristalera empañada por la lluvia, vio una figura sombría que se recortaba en la penumbra del atardecer. Era un hombre extraño cuya mirada perturbadora le causó escalofríos. ¿Quién era? ¿Qué quería?

La mano temblorosa de Leif intentó abrir la ventana, pero antes de que pudiera actuar, el estruendo de un vidrio roto llenó la estancia. El extraño había arrojado una piedra con fuerza, rompiendo la ventana y enviando astillas de vidrio al interior.

—¡Leif! ¡Vengo a cobrarme la deuda que contrajiste al escribir esas porquerías sobre nosotros! ¡Soy Gunnar, por si no me reconociste! —gritó el sujeto con una voz desgarrada por la ira.

El corazón de Leif se aceleró, y una sensación de temor se apoderó de él. ¿Qué había hecho para merecer tal agresión? El escritor trató de mantener la calma mientras retrocedía lentamente, buscando algo con qué protegerse. ¿Gunnar? ¿Era una coincidencia? Había denominado Gunnar al personaje de una de sus novelas, La sombra del pasado, pero ¿qué tenía eso que ver con el sujeto que lo amenazaba de un modo tan violento?

Thor había dejado de ladrar. Susurros entrecortados de dolor llenaron la habitación. Gunnar había llegado hasta el animal y lo miraba con una expresión siniestra en sus ojos.

—¿Qué estás haciendo? —exclamó Leif, pero las palabras parecieron perderse en el aire cargado de tensión.

Con un movimiento violento y denotando una fuerza que no parecía poseer, Gunnar agarró al indefenso perro y, sin piedad, lo arrojó contra una estantería cercana. El golpe resonó en la habitación, y Thor cayó inmóvil al suelo.

Leif sintió cómo su corazón se partía en mil pedazos. Corrió hacia su querido compañero, pero antes de que pudiera alcanzarlo, Gunnar se abalanzó sobre él, empujándolo con fuerza al suelo.

—¡Esto es por Astrid! ¡Tu novela me ha condenado! —rugió Gunnar; su mirada desquiciada estaba fija en Leif.

El escritor luchó por liberarse del agarre de Gunnar, pero el hombre parecía poseído por una fuerza sobrenatural. Con cada intento fallido, Leif sentía cómo el terror se apoderaba de él.

La escena se convirtió en un caótico torbellino. Mientras Gunnar culpaba a Leif por un acto ficticio en una de sus novelas, Leif trataba de entender cómo un relato literario podía llevar a tal horror, pero comprendió que estaba enfrentando a un alma atormentada, en pleno desequilibrio mental.

El mundo de Leif se vio envuelto en la oscuridad, mientras la figura amenazante de Gunnar lo dominaba. La lluvia continuaba cayendo lánguidamente, ajena al tormento que se desarrollaba en aquel rincón de la ciudad nórdica.

 

Leif recobró la conciencia envuelto en una nube de dolor, confuso y disgustado consigo mismo; había actuado con pasividad, aprisionado por la debilidad y el miedo. Era un hombre anciano, claro, pero podría haber sido más enérgico y valiente. Sacudió la cabeza. El techo de madera de su estudio se desdibujaba por momentos, como si lo viera desde el fondo de un lago. La sangre que brotaba de una herida en la frente le nublaba la vista. No sabía cuánto tiempo había pasado.

Gunnar ya no estaba en la casa. Thor yacía inmóvil, pero respiraba. Muy débilmente.

Con un esfuerzo inmenso, Leif se arrastró hasta su comunicador mural y pulsó el código de emergencia. Una voz serena le respondió de inmediato, pero él apenas logró balbucear unas palabras antes de desmayarse de nuevo.

Cuando abrió los ojos, la luz era distinta. Todo olía a desinfectante y madera nueva. Una enfermera con runas bordadas en la pechera lo observaba con atención. Le explicó que estaba en el centro de sanación de Mora, y que su agresor no había sido localizado aún. La Red de Armonía había activado el protocolo de búsqueda pero, para sorpresa de todos, y aunque las cámaras de los drones habían registrado el rostro del agresor, el sujeto no figuraba en ningún registro psiquiátrico.

—Eso es imposible —murmuró Leif, apenas audible—. Tiene que haber señales... antecedentes... Dijo llamarse Gunnar.

—¿Gunnar? Hay cientos, miles de personas que se llaman así —dijo la enfermera.

—No lo sé. Sólo mencionó su nombre y una curiosa relación con un personaje de una de mis novelas.

La enfermera no supo qué responder. Era joven, probablemente criada en la certeza de que los sistemas de detección preventiva eran infalibles, que ya no existía lugar para el desvío y todas las personas con perturbaciones habían sido curadas con tratamientos psiquiátricos y terapias.

Los días siguientes fueron extraños. La noticia del ataque conmocionó a la comunidad cultural. En programas de debate, académicos y filósofos se preguntaban si la obra de Leif podría haber tenido un efecto perturbador. El nombre de Astrid, la protagonista de su última novela, se convirtió en una palabra cargada de ambigüedad.

En sueños, Leif escuchaba la voz de Gunnar repitiendo: “Tu novela me ha condenado”. Se veía a sí mismo escribiendo la escena donde Astrid asesina al personaje llamado Gunnar, y no recordaba haber sentido que aquello fuera más que una coincidencia de nombres. Pero ahora, el hecho lo perseguía como una premonición, como una culpa.

Una noche, revisando sus notas antiguas, halló algo inquietante: un correo enviado por un lector meses atrás, firmando simplemente como G., en el que se decía perturbado por las similitudes entre su vida y la del personaje. El mensaje parecía inofensivo en su momento. Pero había algo en su tono, una vibración... profética.

Poco después, cuando Leif se hubo repuesto por completo, fue citado por el Consejo de Sabiduría local.

Leif fue recibido por una mujer de edad avanzada, Freydis Jarladóttir, miembro de la Cámara del Equilibrio Ético. En su rostro había respeto, pero también cautela.

—¿Conocía usted a Gunnar antes del incidente?

—No. Al menos no conscientemente.

—¿Está seguro de que el personaje de su novela no fue inspirado por alguien real?

—Astrid y Gunnar eran sólo nombres. Combinaciones que resonaban bien.

Freydis le mostró un expediente. Contenía información clasificada. Leif apenas pudo creer lo que veía: registros de lectura profunda, patrones de actividad neuronal asociados a ciertos pasajes de su novela. Alguien no registrado en las bases de datos había leído La sombra del pasado más de treinta veces en dos semanas; la misma persona. Su patrón emocional mostraba una fijación extrema.

—Esto fue una sobrecarga psíquica. La historia, combinada con su estructura mental... fue como un catalizador —explicó Freydis—. Hemos detectado otros casos similares. No tan violentos. Aún.

—¿Quiere decir que la literatura puede romper la mente? —preguntó Leif, en un susurro.

—La mente no. El velo. Lo que separa la ficción del mundo. No todos lo tienen igual de firme.

 

Leif regresó a Sälen con el alma herida y más preguntas que respuestas. Su casa, reparada, estaba igual que antes, salvo por una ausencia: Thor no había sobrevivido.

Y en la bandeja de entrada de su comunicador, una nueva nota anónima lo esperaba:

No has terminado con Astrid. Ella tampoco ha terminado contigo. Tu historia recién comienza.

Leif contempló durante largos minutos el mensaje en su comunicador. Las palabras destilaban una amenaza sutil, más perturbadora aún por su ambigüedad. ¿Quién lo enviaba? ¿Gunnar? ¿Alguien más? ¿Y por qué esa insistencia en Astrid?

En otro tiempo, habría respondido con sarcasmo o desdén. Pero ahora, había una grieta en su espíritu. Y aunque intentaba convencerse de que todo aquello era producto de una mente enferma, algo en su interior comenzaba a cuestionarse la verdadera naturaleza de su ficción.

Días después, una llamada del Instituto de Historia Alternativa de Uppsala cambió el curso de los acontecimientos. Una mujer de voz pausada, que se presentó como Yrsa Anundsdóttir, pidió reunirse con él en persona.

—Es sobre Astrid —dijo, con una solemnidad que heló a Leif.

El instituto, según recordó vagamente, se ocupaba de explorar “caminos narrativos dormidos”, líneas de tiempo descartadas, bifurcaciones del devenir que nunca llegaron a materializarse. Lo que en otras épocas se habría llamado historia contrafactual, pero que en tiempos recientes había adquirido un cariz más experimental, casi místico.

 

Se encontraron en una antigua cabaña frente al lago Siljan. Yrsa era menuda, de mirada intensa y maneras cuidadosas. Le tendió una carpeta con documentos, registros de inteligencia narrativa, como los llamaban ahora.

—Creemos que tu novela no fue completamente ficticia.

—¿Perdón?

—En las estructuras profundas del texto, en los patrones que emergen al aplicar los algoritmos de lectura hipernarrativa, hay coincidencias con una línea temporal descartada en el siglo XIII. Una línea en la que Astrid no era un personaje, sino una figura real. Una mujer que habría liderado un movimiento subversivo en la colonia de Vinland.

Leif la miró como si oyera hablar por primera vez en su vida.

—¿Está diciendo que accedí a recuerdos de una línea de tiempo alternativa?

—No lo sabemos. Puede que tu imaginación haya sintonizado con un residuo narrativo. O que alguien... algo... te haya guiado. Pero lo que importa es esto: si Gunnar también está sintonizado con esa línea, entonces no es un loco. Es un desfasado. Un sujeto cuya psique oscila entre dos realidades.

—Y Astrid...

—Podría ser más que un personaje. Podría estar “activa” en esa otra línea. Y si la fisura crece, podría influenciar la tuya.

Leif se quedó mudo. Por primera vez en su vida, sintió que la ficción no sólo tenía consecuencias, sino que podía tener continuidad en planos que escapaban a la razón.

Esa noche soñó con Astrid.

Estaba de pie sobre un acantilado, con una espada en la mano y una mirada hecha de siglos. Le hablaba en una lengua que él no comprendía, pero sentía que le exigía algo. No perdón. No justicia. Acción.

Al despertar, encontró otra nota en su comunicador, sin firma, sin rastros:

Estás despertando. Pero aún no comprendes el precio.

Leif se sirvió un vaso de hidromiel y encendió la chimenea. Frente a él, el manuscrito inédito de La sombra del pasado. Sus dedos temblaban. Porque ya no estaba seguro de que las palabras le pertenecieran. O de que, al escribirlas, no estuviera invocando algo que siempre estuvo allí, esperando.

 

Leif no escribió nada esa noche.

El manuscrito lo observaba desde la mesa como un animal dormido, como algo que podía despertar si se lo provocaba. A la mañana siguiente, cuando amanecía, se sentó frente a él. No para continuar la novela, sino para leerla desde el comienzo, palabra por palabra, como si la hubiera escrito otro. Tal vez era así.

Mientras avanzaba en la lectura, algo le llamó la atención: los diálogos de Astrid tenían una cadencia que no recordaba haber concebido. Había pasajes —una descripción de la aldea de Jorhild, una canción ritual, un pasaje sobre la cosecha del arándano negro— que parecían más traducciones que invenciones. Empezó a anotar esos fragmentos en un cuaderno aparte.

Los copió en un buscador del Instituto de Historia Alternativa. En segundos, aparecieron coincidencias: textos arcaicos encontrados en Vinlandia, en el yacimiento de Skraelingfjell, y en los manuscritos de Qalassi, una comunidad mestiza que desapareció misteriosamente en el siglo XIV. Nadie había podido descifrar completamente esos escritos. Pero Leif, sin saber cómo, sí.

 

Días después, recibió un archivo encriptado de Yrsa. En él, se detallaba lo que los investigadores habían llamado el “Fenómeno Astrid”: una secuencia de casos en los que diferentes autores, separados por siglos y culturas, habían descrito a una mujer similar. A veces era guerrera, otras curandera, en una ocasión aparecía como lideresa de un culto disidente. Siempre se llamaba Astrid. Siempre tenía una relación conflictiva con alguien llamado Gunnar. Y casi siempre, el final implicaba violencia.

 

La noche en que todo se desbordó, Leif soñó de nuevo. No con Astrid. Con Gunnar.

Esta vez lo veía en una ciudad subterránea, caminando entre escombros de tecnología y runas grabadas en pantallas apagadas. Estaba hablando solo, pero sus palabras se escuchaban con claridad:

—Nos robaron la historia. Nos cambiaron el cauce. Pero la memoria está en las grietas. Y Leif... Leif la abrió otra vez.

Al despertar, Leif tenía un dolor agudo en la sien. Y sobre su escritorio, junto al manuscrito, había una hoja que no estaba allí antes. Escrito con su propia caligrafía —pero que no recordaba haber escrito— se leía:

Lo que imaginaste, existió. Lo que escribas ahora, se manifestará.

 

Alarmado, llamó a Yrsa. Pero la mujer no respondió al llamado.

En su lugar, recibió la visita de una agente de la Cámara del Equilibrio Ético. No era Freydis. Este nuevo rostro era más frío. Se llamaba Ragnheidur. Le informó que Yrsa había sido “provisionalmente aislada” por razones de seguridad epistémica.

—Hay indicios de que estaba involucrada en la activación de narrativas peligrosas.

—¿Activación?

—Detonantes. Vínculos entre realidades. Su novela, señor Eriksson, ha sido clasificada como catalizador.

Leif sintió una náusea profunda. No sólo por lo que escuchaba, sino porque comenzaba a intuirlo desde hacía días.

—¿Y qué quieren de mí?

—Reescribirla. Neutralizarla. Transformarla en algo inofensivo.

—¿Y si no puedo?

—Entonces otras manos lo harán por usted.

 

Esa noche, Leif sacó del estante un viejo tomo sobre Leif Eriksson, su homónimo. Era una edición rara, impresa por el Archivo de Narrativas Fundacionales. Releyó el capítulo sobre la decisión del joven explorador de navegar hacia occidente, desobedeciendo las órdenes de su padre, y cómo logró convencer a los reinos nórdicos de mirar hacia América en vez de guerrear entre sí.

Al llegar a una página con una ilustración de Eriksson tocando tierra, notó algo que antes había pasado por alto: entre los rostros de los acompañantes había una mujer. De largos cabellos trenzados. De pie junto al mástil, como si mirara al lector.

Astrid.

Entonces comprendió. No era sólo una figura simbólica. Era la memoria misma del mundo, desgarrada por una decisión, por un relato fundacional. Y ahora buscaba restablecerse. Pero no necesariamente de forma pacífica.

La historia estaba viva. Y reclamaba sus deudas.

Leif se sirvió una taza de infusión de abedul y se sentó frente al manuscrito. Esta vez, con otra intención. No iba a neutralizar nada. Iba a terminar la historia.

Pero a su manera.

 

El primer párrafo que escribió fue breve:

Astrid camina entre las zarzas de Skraelingfjell, buscando los ojos de Gunnar en el linde del bosque. Sabe que él la ha traicionado, pero también sabe que la historia no está cerrada.

Apenas lo escribió, la tinta digital vibró ligeramente. Como si el texto palpitara.

Leif se frotó las sienes. No sabía por qué había escrito eso. No era una escena planeada. No tenía que ver con su novela. Era... algo más. Algo que quería emerger.

Cerró los ojos. Y ahí la vio.

 

Vinland, año 1003 d. C.

Astrid se apartó el cabello de la cara con gesto decidido. Su cabello era tan oscuro como la tierra húmeda de las colinas. El aire olía a musgo, a piel curtida, a hierro. Frente a ella, Gunnar afilaba su hacha junto a la hoguera. La miró sin levantar la cabeza.

—No puedes hablar en su favor —dijo Gunnar, la voz cargada de rencor—. No después de lo que hizo.

Astrid no contestó. Al otro lado del claro, Leif Eriksson discutía con los ancianos del clan. Uno de sus hombres, Thorvald, había sido asesinado en un encuentro con los beothuks. Pero Leif decía que había sido una provocación. Que los suyos habían cometido errores.

Astrid sabía que Leif tenía razón. Pero Gunnar... Gunnar sólo pensaba en sangre.

Y la sangre llegaría.

 

Presente, Sälen.

Leif se despertó con el rostro húmedo. Había llorado. No recordaba hacerlo desde la muerte de su esposa.

El sueño no había sido sólo vívido. Había sido nítido. Como si él hubiera estado allí. Como si conociera ese bosque, ese campamento. Astrid. Gunnar. Y Leif.

Él mismo.

O su nombre.

O algo más.

Volvió al manuscrito. Releyó la escena que acababa de escribir. Y debajo de las palabras, sin que lo hubiera notado antes, alguien —o algo— había garabateado una frase en un idioma antiguo.

ᚨᛋᛏᚱᛁᛞ ᚨᚠ ᚠᛟᚱᛏᛁᚾᛖ - Astrid de Fortine.

Fortine. ¿Una aldea? ¿Una leyenda? ¿Una distorsión?

Abrió el archivo encriptado de Yrsa. Buscó el nombre. Apareció en una crónica semiapócrifa: La disputa de Fortine, un conflicto entre vikingos y nativos del noreste americano, borrado de los anales oficiales, pero conservado en fragmentos de huesos tallados, estudiados apenas por círculos reducidos de etnohistoriadores.

Y ahí estaba el nombre. Astrid. Junto a Leif. Y Gunnar.

 

Vinland, una hora antes del combate.

Leif Eriksson sabía que el equilibrio pendía de un hilo. Shenastuwith, el chamán beothuk, se negaba a cualquier acuerdo. Había visto visiones de muerte. Astrid, en cambio, hablaba con Whanasdith en secreto. Había en ella algo que el joven respetaba. Tal vez por eso no la denunció.

Gunnar cargaba su espada. Decía que los beothuks no respetaban la paz. Que habían asesinado a su hermano. Que eran salvajes.

Astrid lo observaba con una tristeza oscura.

—Estás atrapado —le dijo—. No sabes que hay más caminos.

Gunnar le escupió cerca de los pies.

—Tú no eres nórdica. Ni eres beothuk. No eres nada. Sólo palabras en boca de hombres cobardes.

 

Presente.

Leif escribió todo eso sin pausa. Como si su mano no le perteneciera.

Cuando terminó, se levantó tambaleante. El manuscrito —ahora más grueso que nunca— irradiaba un leve calor. En la pantalla de su comunicador, había un nuevo mensaje.

Al continuar la historia, invocas la raíz del mundo. Pero no eres su dueño. Sólo su canal.

Y debajo, una imagen digital: una runa invertida. , Fehu, la riqueza. Pero invertida significaba pérdida. Desequilibrio.

En la puerta de su cabaña, alguien golpeó.

Leif se acercó. No era Gunnar. No era Yrsa. Era un anciano de mirada intensa, piel cobriza, con el cabello recogido en una trenza larga. Sostenía un bastón decorado con huesos y plumas.

—Shenastuwith —susurró Leif, sin saber por qué lo conocía.

El anciano asintió.

—Es hora —dijo en voz grave—. La historia que sellamos con sangre... ha comenzado a sangrar de nuevo.

 

Vinland, año 1003 d. C.

La niebla cubría los abedules como un sudario. Desde la cima del promontorio, Astrid vio cómo los beothuks rodeaban el asentamiento. No había cuernos de guerra, ni gritos. Sólo la determinación de un pueblo que había decidido acabar con la amenaza extranjera.

Leif Eriksson intentó hablar. Shenastuwith, impasible, alzó la mano. Sus hombres lanzaron sus flechas que silbaron en el aire y cayeron sobre los techos de turba. Hombres y mujeres corrieron sin sentido. Gunnar tomó su espada y se lanzó al combate, gritando el nombre de Thorvald.

Astrid corrió hacia los establos, donde los niños se ocultaban. Un guerrero beothuk se interpuso. Astrid no dudó. Lo derribó con una piedra. Pero ya todo estaba perdido. Jorhild ardía. El sueño de Vinland se deshacía en humo.

Y Leif, herido, vio morir el futuro entre llamas y gritos.

 

Presente, Sälen.

Leif caminó por las calles como si fueran un sueño a punto de desvanecerse. La luz tenía un tono diferente. Algo en el aire era más denso, más torcido.

Lo notó en los rostros de algunas personas. Pequeños gestos, miradas esquivas. Eran figuras mal encajadas en esa realidad equilibrada. No como Gunnar, que era un caos a gritos. Estos eran silenciosos. Disimulados.

Desfasados.

Uno de ellos lo siguió hasta la plaza del mercado. Otro lo observó desde la terraza de la biblioteca. Leif los reconoció. No por sus caras, sino por el vacío que llevaban adentro. Como si vinieran de una tierra sin dioses, sin códigos éticos, sin esperanza.

Eran fragmentos de esa otra historia. La verdadera. La nuestra.

Yrsa, desde su clandestinidad, le envió un último mensaje:

Se está abriendo, Leif. La grieta. Y sólo una sangre puede cerrarla: la del autor.

Leif entendió.

 

La noche anterior al solsticio, dejó la cabaña. En la cima del monte Surt, encendió una hoguera con páginas de su manuscrito original. Llevaba consigo la nueva versión: una en la que Astrid sobrevivía, en la que el pacto con los beothuks era sellado, en la que Vinland florecía.

Y allí lo esperó.

Gunnar no tardó en aparecer. Su figura parecía aún más descompuesta por el desgarramiento entre líneas. En su cara no había odio, sino resignación. Como si ambos supieran el desenlace desde siempre.

—¿Sabes lo que tengo que hacer? —dijo Leif.

—Sí. Y yo debo darte muerte.

El combate fue breve. Leif apenas se defendió. Cuando cayó, sus últimas palabras fueron:

—Que esta historia prevalezca.

Gunnar levantó su cuchillo, y lo vio brillar. Pero en el instante en que lo hundió, una ráfaga de luz —como aurora boreal estallando desde dentro— lo envolvió.

Y se deshizo.

Como un sueño olvidado al despertar.

 

Después.

La aldea de Sälen amaneció cubierta de escarcha. Pero el aire era limpio. Las calles, tranquilas. Nadie recordaba a Gunnar. Nadie recordaba la brecha.

Sólo un nuevo libro aparecía en las bibliotecas: La semilla de Vinland, de Leif Eriksson. Una novela sobre esperanza, encuentro, equilibrio.

Y en la escuela local, los niños aprendían que el primer pacto entre pueblos en América no fue de guerra, sino de alianza. Que Astrid fue la mediadora. Que Leif entregó su vida por el mundo.

En una vitrina del Instituto de Historia Alternativa, una hoja manuscrita se conserva. En ella, una sola frase:

Lo que se narra con verdad, puede cambiar el mundo.

 

Un nieto de Leif Eriksson, Ivar, ingeniero ambiental, aficionado a la música de cámara y a la cocina con fermentos, sólo visitaba Sälen en los solsticios, por costumbre más que por devoción. Había crecido en una sociedad que había aprendido a no cargar con el peso de los ancestros. El equilibrio, como el pan de centeno, se daba por sentado.

La muerte de su abuelo no lo sorprendió. Leif había vivido muchos inviernos. Y siempre pareció estar más allá del tiempo, como los árboles que rodeaban la cabaña.

Ivar entró en la casa de madera con pasos medidos. El aire aún guardaba el olor a hidromiel y libros viejos. Sobre la mesa del estudio encontró el manuscrito. Un cuaderno grueso, encuadernado a mano, con una cubierta de lino azul.

No tenía título.

Lo hojeó. Las primeras páginas hablaban de Astrid, de Vinland, de pactos con pueblos antiguos. Luego, algo más críptico: sueños, desdoblamientos, una lucha contra un tal Gunnar. Y finalmente, un sacrificio.

Ivar arqueó una ceja. ¿Ficción? ¿Delirio senil?

No lo supo. Pero una frase, subrayada con trazo firme, lo hizo detenerse:

La historia verdadera es aquella que elige ser contada.

Miró por la ventana. El bosque estaba quieto. No había grietas en la realidad. El mundo era armonioso. Inteligente. Solidario.

Pero por un instante —leve como un chasquido de rama seca— se preguntó: ¿y si no lo fuera? ¿Y si hubiera existido otra historia... de sangre, de codicia, de abandono de la tierra?

Sacudió la cabeza. Tonterías. Las generaciones nuevas ya no pensaban en esas cosas.

Guardó el cuaderno en su bolso de viaje. Lo donaría al Archivo de Narrativas Personales. O no. Tal vez lo olvidara en una repisa. Se encogió de hombros. Y salió, sin mirar atrás.

Sergio Gaut vel Hartman
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