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Las arpías también rezan

domingo 25 de mayo de 2025
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Las arpías también rezan, por Darissa B. Glamforn
Cuando la sangre caliente salpicó el vestido de Medea, ésta ya no era una mujer, sino un instrumento. Medea, con los hijos muertos, huye de Corinto en un carro tirado por dragones (1887), por Germán Hernández Amores • Museo del Prado
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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La luna era un ojo cerrado aquella noche, y el mar olía a algas podridas. Medea trepó hasta el acantilado con las plantas de los pies ensangrentadas, como siempre hacía cuando quería recordarse que aún era humana. En lo alto, entre rocas quebradas por el tiempo, se alzaba el altar: un bloque de obsidiana pulida donde una serpiente de bronce devoraba su propia cola. Era Hécate quien la había guiado hasta allí diez años atrás, cuando el nombre de Jasón sólo era un susurro entre las brumas de las leyendas que hablaban de los Argonautas y del Vellocino de Oro.

Colocó sobre las brasas el halcón que había cazado al amanecer. Su cuerpo aún estaba tibio y al degollarlo la sangre le salpicó el pecho como una lluvia de semillas. El humo se elevó en espirales violáceas dibujando rostros que Medea no quería mirar: su hermano Apsirto, su padre Eetes, Jasón...

—¿Otra vez lloras por ellos? —rugió la voz de Hécate surgiendo del vientre de la tierra—. Los dioses no se alimentan de lamentos, sino de sacrificios.

Medea apretó el cuchillo ritual contra su palma hasta que el dolor le nubló la vista. Sabía lo que pedía la diosa. Desde que Jasón la repudió para casarse con la hija del rey de Corinto, Hécate le había mostrado el mismo sueño: dos niños rubios jugando en un jardín y luego, llamas.

La serpiente de bronce cobró vida por un instante. Sus fauces se cerraron sobre la garganta del halcón sacrificado y de su boca brotó un hilillo de sangre fresca que cayó en un cuenco de arcilla del que Medea bebió. El líquido ardía como licor de granadas y en su éxtasis vio el futuro: ella envuelta en una capa de oscuridad y estrellas con los cabellos blanco perla y rodeada de las peticiones de miles de fieles.

—Eres mi hacedora de prodigios —susurró Hécate—. Destruye lo que más amas y nacerás de nuevo: ni mujer ni diosa, sino una venganza divina.

Cuando el viento arrastró las últimas palabras, Medea talló una palabra en griego antiguo sobre el altar: Némesis, justicia divina, o tal vez sólo venganza.

La sangre del halcón se secó rápido bajo la luna negra, pero el sabor a metal siguió ardiendo en la garganta de Medea mientras descendía del acantilado. Las sombras del camino se retorcían como serpientes y, por primera vez en años, no fueron sus pies descalzos los que pisaron Corinto, sino las garras de Hécate, afiladas y ancestrales, hundiéndose en la tierra.

El palacio dormía. Las antorchas de los guardias dibujaban círculos de luz estéril en los muros, pero Medea conocía los pasadizos secretos: aquellos que usaba para escapar de Jasón los días en que su amor aún olía a salvia quemada. Ahora, el mismo camino la llevaba hacia la habitación infantil.

Los niños yacían entrelazados en su cuna de ébano, inocentes como liebres bajo la nieve. Dioneo, el mayor, tenía los rizos de Jasón, pero en los párpados de Feres, al temblar en sueños, Medea vio el mismo tic nervioso de su hermano, al que despedazó para retrasar la persecución de su padre. ¿No es la sangre un hilo que cose generaciones?, pensó, mientras deslizaba el puñal ritual sobre la mejilla de Dioneo. El niño sonrió creyendo que era el beso de la brisa.

—Madre —murmuró Feres, volviéndose hacia ella con los ojos cerrados—. Cantas como las hojas.

Medea contuvo el aliento. No había cantado en años, pero recordó la nana que se entonaba a sí misma en Cólquida, cuando los barcos griegos aún eran pesadillas lejanas.

—Duerme, duerme, pequeña loba, que la noche tiene dientes de plata... —su voz se quebró al llegar al estribillo, y en ese instante, Hécate le habló a través del viento que se colaba por las rendijas de las ventanas.

—¿Vacilas? Ellos son semillas de un árbol que nació muerto. Jasón los usará como moneda de cambio como te usó a ti.

El puñal tembló y en el filo, Medea vio reflejada su propia imagen: no el rostro de una madre, sino el de una sacerdotisa con los labios pintados de carmín y el cabello trenzado con cuentas de hueso. ¿Cuándo dejé de ser humana?, se preguntó. Tal vez cuando eligió amar a un héroe que sólo amaba su fama.

Dioneo despertó. Sus ojos verdes, idénticos a los de Jasón, se clavaron en ella sin miedo.

—¿Vas a matarnos? —preguntó con la serenidad de un niño que no comprende la muerte.

Medea sintió que el suelo se abría. Quiso arrojar el puñal, huir, pero entonces olió naranja y azahar, el perfume de Glauce, la prometida de Jasón, impregnando los tapices. Recordó a la princesa riendo en el jardín, arrojando migas a los cisnes como si el mundo fuera su juego. Ella los criará, entendió. Les enseñará a odiar mi nombre.

—No, mi pequeño —mintió, acariciando la cabeza de Dioneo—. Voy a liberaros.

El primer gemido de Feres fue tan suave que pudo confundirse con el chirrido de un grillo. Pero cuando la sangre caliente salpicó el vestido de Medea, ésta ya no era una mujer, sino un instrumento. Hécate cantó en su oído mientras trabajaba, una melodía antigua que hablaba de ciclos: Todo lo que nace debe morir, todo lo que muere renace.

Al terminar, envolvió los cuerpos en el manto de Jasón —aquel que ella misma había tejido para su boda— y lo clavó con el puñal al suelo. La tela absorbió la sangre como raíces sedientas y, por un momento, flores negras brotaron de las heridas.

La sangre de los niños aún goteaba del manto maldito cuando Medea lo arrancó del suelo. Las flores negras se desvanecieron al instante, convertidas en ceniza que el viento esparció sobre Corinto como un presagio. En el patio del palacio, las lámparas de aceite brillaban como cien pupilas enfurecidas y el sonido de las flautas anunciaba que la boda había comenzado.

Medea se vistió con la túnica dorada que había tejido durante las lunas de su propio desamor. Cada hilo era lana de ovejas sacrificadas a Hécate, y cada brocado, una maldición urdida en silencio. Al pasar frente a un espejo de plata, vio que su cabello se había vuelto blanco perla por completo.

En el salón, los invitados bebían vino mezclado con miel y promesas. Jasón estaba junto a Glauce, cuya sonrisa era tan amplia como ingenua. La princesa llevaba un vestido blanco bordado con margaritas y al ver a Medea palideció, aunque su educación le obligó a asentir con cortesía.

—Un regalo para la novia —Medea extendió el manto envenenado y la sala contuvo el aliento—. Tejí cada hilo con estrellas robadas del cielo de Cólquida —mintió con dulzura porque toda hechicera sabe que las mentiras más letales son las que se parecen a un deseo.

Glauce dudó. Sus dedos, cubiertos de anillos que nunca habían tocado el dolor, temblaron al rozar la tela. Por un instante, Medea quiso gritarle: “Corre, niña. Él te devorará como a mí”. Pero entonces recordó a los niños muertos, su sangre convertida en el último toque de su maldición, y el susurro de Hécate resonó en sus sienes: “La piedad es un lujo para los que no han visto su propio corazón roto”.

—Vístete con él —ordenó Jasón ansioso por demostrar su dominio—. Que todos vean la generosidad de mi... —dudó al buscar la palabra correcta—... antigua esposa.

El manto se ajustó al cuerpo de Glauce como una segunda piel. Al principio, brilló con una luz dorada y los invitados aplaudieron. Pero cuando la luna alcanzó su cenit, las fibras comenzaron a moverse. Serpientes de lana viva, teñidas con belladona y rabia, se enroscaron alrededor del cuello de la princesa.

—¡Quítatelo! —gritó Jasón, pero era tarde.

Las llamas surgieron de ninguna parte azules como los ojos de Medea y envolvieron a Glauce en un torbellino que olía a azafrán quemado.

La princesa danzó, no por placer, sino porque el fuego contraía sus músculos como cuerdas de arpa. Medea observó, inmóvil, mientras la carne de Glauce se fundía y revelaba el cráneo, blanco y frágil bajo el festín de las llamas. Así serán todos tus amores, quiso decirle a Jasón. Ceniza que el viento borrará.

Los invitados huyeron, pero sus gritos se confundieron con los de los caballos en los establos, donde las bestias relinchaban al oler la muerte. Medea caminó entre las mesas derribadas, recogiendo uvas pisoteadas y restos de pan. Con ellos, trazó un círculo en el suelo y susurró:

—Esta es mi última ofrenda, Hécate. ¿Estás satisfecha?

La diosa no respondió con palabras, sino con un enjambre de abejas de carbón que surgió de las llamas de Glauce y se posó sobre los hombros de Medea como un manto de ruido.

Las abejas de carbón guiaron a Medea hasta el acantilado donde años atrás había jurado amor a Jasón. Ahora, el mar rugía como un león herido y en el horizonte el sol ascendía teñido de púrpura como una herida abierta. Medea se despojó de la túnica dorada y manchada de ceniza y sangre, y lo sustituyó por la piel de una loba que había matado en Tesalia. La bestia le gruñó en sueños: “Vestirás mi furia y olvidarás tu alma”.

En la arena talló los nombres de los niños en tablillas de cera virgen. Dioneo, por el dios que niega el dolor. Feres, por el verdugo que todos llevan dentro. Al terminar, las arrojó al agua. El mar las devoró con avidez y, en cada ola que rompía, Medea juró escuchar risas infantiles mezcladas con el canto de Hécate.

—¿Qué has hecho? —la voz de Jasón retumbó a sus espaldas.

Él ya no era el héroe de antaño: su túnica estaba chamuscada, los ojos inyectados en sangre parecían pozos sin fondo, y en sus manos, aún temblorosas, sostenía la espada con la que había masacrado pueblos enteros por fama. Ahora, esa misma hoja se cernía sobre Medea.

Ella se volvió lentamente. No blandió armas, ni maldiciones. Sólo sostuvo entre sus dedos un mechón de pelo de Glauce que el fuego no había tocado.

—Lo que tú nunca tuviste valor de hacer —respondió—: romper el ciclo.

Jasón blandió la espada, pero su golpe fue torpe, desesperado. Medea lo esquivó como se esquiva un recuerdo doloroso, y al hacerlo, el filo cortó la piel de loba que cubría su hombro. De la herida brotó sangre, sí, pero también algo más: escarabajos de bronce que cayeron sobre la arena y comenzaron a devorar la espada, metal tras metal, hasta dejar sólo el mango.

—Eres un monstruo —escupió Jasón derrumbándose de rodillas.

Medea rio entonces y su risa fue un sonido tan frío como un glaciar resquebrajándose.

—No. Soy el espejo que te muestra lo que siempre fuiste: un hombre pequeño disfrazado de semidiós. Tú y tus héroes sois los verdaderos monstruos, porque matáis en nombre de glorias huecas y llamáis “destino” a vuestra cobardía.

El amanecer iluminó por completo el acantilado. Medea caminó hacia el borde, donde el viento azotaba con furia, y extendió los brazos. Las abejas de carbón se alzaron tejiendo a su alrededor una capa de sombra viva.

—¿Adónde irás? —gritó Jasón, aunque ya no le importaba.

—Donde nadie te recuerde y nadie ore a dioses que no se atreven a sangrar —respondió ella, y se dejó caer.

Pero no hubo impacto contra las rocas. En vez de eso, las olas se abrieron como un vientre y Medea descendió a un reino de algas fosforescentes y estatuas rotas. Hécate la esperaba allí con sus tres rostros y una corona de llaves oxidadas.

—¿Lista para ser más que una leyenda? —preguntó la diosa, ofreciéndole un cuenco de agua salada.

Medea bebió y, cuando emergió, días después, en un páramo lejos de toda civilización, ya no tenía hambre de venganza. Sólo sed de algo que ni los dioses podían nombrar.

La hechicera comenzó a construir un templo, no dedicado a dioses, no dedicado a Hécate, sino a la venganza, a eso que habita en los corazones de las mujeres, pero que los hombres se han encargado durante siglos de sofocar.

El templo creció como crece el musgo: lento, implacable, devorando ruinas. Medea lo edificó con costillas de ballena varada, arcos de ciervos decrépitos y espejos rotos que encontró en aldeas abandonadas. Cada noche, martilleaba clavos de obsidiana en los muros, y con cada golpe, una memoria se desprendía de ella: el sabor de Jasón, el peso de los niños en sus brazos, el calor de Cólquida. Para cuando la última piedra fue colocada, ya no recordaba su lengua materna.

Las primeras peregrinas llegaron en primavera. Eran mujeres con los labios partidos, pastoras que soñaban con lobos y mercenarias arrepentidas. Dejaban ofrendas a los pies del altar: pan enmohecido, dagas sin filo, cartas de amor nunca enviadas. Medea observaba desde las sombras, envuelta en su piel de loba, mientras Hécate susurraba desde el humo de las velas:

—¿Ves? Te temen porque en ti reconocen la semilla que no se atreven a regar.

Una noche, una joven con marcas de cadenas en los tobillos entró al templo. Colocó sobre el altar un vestido de novia rasgado y susurró:

—Quiero ser libre, incluso si debo quemar el mundo.

Medea se materializó tras ella y, al tocarla, sus dedos dejaron cicatrices que brillaron como constelaciones. La muchacha huyó gritando, pero al amanecer regresó con una antorcha, la prendió en el brasero del altar y redujo a cenizas la casa de su padre con él dentro.

Fue entonces cuando Medea comprendió su nuevo poder: no era ni diosa ni monstruo, sino un eco. Un reflejo de todas las hambrientas de justicia que prefieren convertirse en leyenda antes que en víctimas.

Hécate la visitó en el equinoccio de otoño portando una granada abierta.

—¿Extrañas llorar? —preguntó escupiendo semillas que se convirtieron en gaviotas al tocar el suelo.

Medea miró sus manos ahora translúcidas como el cuarzo.

—No. Las lágrimas son inútiles. Sólo la rabia construye algo perdurable.

La diosa rio y su risa hizo temblar los espejos del templo.

—Mentira. También el amor construye. Mira tus muros: están cimentados con ambos.

Y era cierto. En los huesos de ballena, Medea vio talladas las palabras que los peregrinos grababan a escondidas: venganza, piedad, renacimiento.

Al marcharse, Hécate dejó caer la granada vacía. Medea la plantó en el centro del templo y de ella brotó un árbol cuyas raíces se tragaban sacrificios y cuyas flores, sacudidas por el viento, exhalaban versos de Safo.

 

***

 

Pasaron siglos.

Corinto se desvaneció, luego Bizancio, luego los imperios modernos. El templo se hundió en la tierra, pero Medea permaneció ahora sin forma fija. A veces era una anciana que lanzaba verdades como dagas en plazas públicas; otras, una niña vendiendo cuchillas en callejones sin salida.

En 1992 una joven periodista la fotografió frente a un edificio en llamas en Los Ángeles. La imagen captó sus tres rostros: el de madre, el de hechicera y el de loba. Al día siguiente, el periódico tituló el artículo: “Incendio en orfanato: ¿terrorismo o sacrificio ritual?”.

Medea guardó el recorte en su manto de sombras y cada noche lo leía junto al árbol de granada que ahora daba frutos con forma de corazón y recordaba.

Porque el mundo seguía necesitando espejos donde mirar su propio horror. Y ella, cansada pero insomne, seguía siendo el mayor reflejo de todos.

 

***

 

El humo se mezclaba con el incienso de un altar improvisado sobre un contenedor de basura, entre envoltorios de bocadillos y colillas. Alguien había colocado una vela roja dentro de un vaso. La llama temblaba tenaz, mientras una voz susurraba:

—Dame fuerzas para partirle el alma, hacedora de prodigios, o préstame tus colmillos para desgarrarle el cuello.

Medea observaba desde la puerta de un hostal de mala muerte. Ahora se la veía como una mujer de piel muy pálida con rizos blanco perla y ojos azul cielo. Llevaba una capa que parecía hecha de sombras y estrellas y en la muñeca una pulsera de dracmas de plata que repiqueteaban como cascabeles. Se acercó a la ofrenda callejera y leyó el papel manchado de grasa: Thomas Müller, taxista, 24 años. Que pague lo que me hizo.

La vela crepitó y con el resplandor Medea pudo ver el rostro de quien la encendió: una chica de diecinueve años con un piercing en el labio, el pelo mal teñido de azul, las uñas pintadas de rojo y en los dedos muchos anillos, como Glauce, pensó, pero con rabia en vez de miedo. Extendió la mano sobre la llama y susurró en una lengua que los mortales ya habían olvidado:

—La hacedora escucha.

El fuego se volvió azul y del humo emergieron dos siluetas: una niña con traje de comunión y una loba con un collar de cuchillos.

La chica del piercing se santiguó al verlo.

—¿Eres una bruja? —preguntó con más anhelo que temor.

Medea sonrió mostrando una sonrisa lobuna.

—Soy lo que necesites que sea.

Le tendió una navaja plegable oxidada que encontró en el suelo. La chica dudó pero, al tomarla, el metal se calentó como si llevara siglos esperando su tacto.

—¿Funcionará?

—Todas las armas funcionan —respondió Medea—, si estás dispuesta a pagar su precio.

Se alejó calle abajo dejando que la noche engullera sus pasos. En los escaparates su reflejo mutaba: a veces era una gitana con tatuajes de serpientes, a veces una jueza con toga manchada de rojo y a veces una mujer vestida con túnica dorada, capa de piel de lobo y cabello blanco perla. Nadie la miraba dos veces. Nadie, excepto un chico que vendía mecheros en la esquina y que juró ver garras asomando bajo sus mangas.

Al llegar a un puente, Medea sacó del bolsillo una moneda; por un lado se veía la efigie de un rey olvidado y por el otro un halcón devorado por una serpiente.

Lanzó la moneda al río y ésta se perdió en las aguas turbias que en el pasado habían sido cristalinas y que, ahora, se veían salpicadas de basura y destellos de las farolas de lo alto.

—¿Cuánto tiempo más podré seguir así? —preguntó, no a Hécate ni a sí misma, sino al propio río.

Las aguas le devolvieron un coro de voces: madres maldiciendo violadores, obreros pidiendo huelgas, ancianos rezando por pensiones que no llegaban. Medea rio sin humor y su risa fue como el sonido de un motor de autobús ahogándose.

—Seguiré así eternamente.

Volvió a reír porque por fin entendió el secreto más antiguo: los humanos no necesitaban dioses. Ellos mismos eran los sacrificios, los altares, los verdugos. Y ella, el espejo que jamás se empañaría.

La vela del callejón se apagó al amanecer. Pero en otro lugar, siempre en otro lugar, alguien más encendía otra.

Darissa B. Glamforn
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