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Sísifo

domingo 25 de mayo de 2025
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Sísifo, por Matilde González López
Lo más trágico del mito es que Sísifo es consciente de su destino y esa clarividencia equivale a agrandar su tortura y su victoria. Sísifo (1548-49) • Tiziano • Museo del Prado
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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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La opulencia que disfrutaba Venecia a principios del siglo XVI la convertía en una ciudad incomparable. Rica, sensual, refinada, llamativa. Hacia 1500 Venecia había asimilado la cultura del primer Renacimiento florentino y había logrado darle una identidad propia. El artista del estilo veneciano por excelencia era Giorgione (1476/8-1510), junto a quien se formó Tiziano (1488/90-1576). Este joven aprendió a pintar los destellos de luz y color, los reflejos del mar y la atmósfera voluptuosa de la ciudad de una manera singular y fue capaz de terminar el óleo que su colega dejó inacabado, Venus dormida (Dresde), en 1507/8. Después de que la peste se llevara para siempre al amigo y mentor, Tiziano se convirtió en el pintor indiscutible en la zona del Véneto. En su madurez ejecutó retratos, paisajes y escenas mitológicas que han marcado la historia del arte.

El rey español Felipe II fue su contemporáneo, y su amor por la obra del artista se explicaba como parte de la herencia que su padre el emperador Carlos le legó. Tiziano mantuvo contactos con sus coetáneos en Roma (Rafael y Miguel Ángel), de quienes se empapó de desnudo clásico según los modelos antiguos; con los grandes maestros aprendió las dimensiones monumentales y las apariencias de la estatuaria clásica. A su vuelta a Venecia, Carlos V le invitó a viajar con su corte a Augsburgo. Se conservan magníficos retratos del emperador de esta época, tanto a caballo como sentado. La hermana de Carlos, María de Hungría, le encargó una serie de alegorías morales para su colección particular. Las pintó de vuelta a Venecia y se las envió a su residencia de Flandes. Se trataba de cuatro condenados célebres de la Antigüedad: Tizio, Sísifo, Tántalo e Ixión. Se desconoce con certeza quién eligió los temas, pero el programa iconográfico de las estancias donde se ubicaron llamaba la atención sobre el castigo reservado a quienes se levantaban contra los dioses. Los dos primeros cuadros pasaron a las colecciones reales del rey español y se encuentran en el Museo del Prado; los dos últimos se han perdido.

El óleo que representa a Sísifo está fechado entre 1548 y 1549. A simple vista se aprecia una figura masculina de gran presencia física. La anatomía acompaña al tema de ethos clásico, una predisposición para la acción, y se acomoda al drama. Lo hace de manera explícita, consciente de la potencia del personaje en contraposición a la delicadeza del tratamiento del cuerpo femenino que Tiziano había mostrado en las representaciones de Venus y Dánae, por ejemplo. La enseñanza de la mitología frente a la suavidad del erotismo, el asunto moralizador frente al retrato desnudo.

Sísifo fue un rey de Corinto poco ejemplar, un delator según la mitología griega, aunque no se precisó con exactitud la naturaleza de su pecado. Homero, Virgilio y Esquilo relatan que fue Zeus quien le impuso el castigo de empujar una roca cuesta arriba, desde el inframundo, hasta llegar a la cúspide de una montaña desde donde volvía a caer rodando. Era un trabajo durísimo que tenía que repetir una y otra vez sin fin y sin descanso. Ha quedado para la memoria como el símbolo de las penalidades del hombre que se suceden eternamente para pagar por la culpa. Acarrear sobre los hombros los padecimientos humanos parece una necesidad impuesta. Es la consecuencia de la ignorancia, la arrogancia o la insolencia empleadas contra los dioses que nos observan. Vanas pretensiones. Significa una lucha a perpetuidad. Nada ha cambiado en nuestro espíritu, desde la antigua Corinto hasta la moderna Singapur, de la antigüedad clásica a la época contemporánea la humanidad acarrea sus dudas y perplejidades, sus deseos maliciosos, sus errores cometidos a veces con plena conciencia. El hombre ha creado su destino con sus actos y ellos le hacen responsable de su existencia. La culpa no ha desaparecido desde el pecado original y el ansia nos carcome sin constatar el privilegio de pertenecer a la humanidad. En el fondo del cuadro, unos ojos acuosos acechan en la oscuridad cotidiana; acaso esos seres observan cómo Sísifo pretende eludir la muerte acarreando la piedra sobre sus hombros. Esas criaturas irreales demuestran que la hazaña que pinta Tiziano se tiñe de lo imposible. Esas miradas inscritas en versos oscuros siguen a Sísifo desde la parte inferior como subtítulos del asunto principal. Nadie escapa del sueño de la inmortalidad. Esos ojos del fondo prestan sus lágrimas a quienes nos acercamos al cuadro para contemplarlo, humanos mortales de carne y hueso, por si con nuestras penalidades no tuviéramos suficiente caudal en el que navegar. Estamos perdidos en un tránsito perpetuo y nos vemos en Sísifo. Los trabajos a los que está condenado el desgraciado rey son duros, pero el castigo más hondo es el Hades de nuestros deseos, la profundidad de la estupidez humana. No hay pena mayor que la que nos provocamos a nosotros mismos, amarrados a nuestro ego alucinado, a nuestras miserias desquiciadas. Pobres mortales, ingenuos, arrasados por su debilidad. De un modo irracional no acabamos de entender que no somos el centro del universo y provocamos nuestro desahucio. La ruina proviene de la tentación de creernos dioses sin igual en la creación, de pensarnos los únicos, los mejores, los elegidos, y esta arrogancia proporcionará una y otra vez la roca que transportamos, sin fin.

En el ensayo El mito de Sísifo, Albert Camus explica que el destino fatal es la muerte. Sísifo es el héroe absurdo tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su pasión por la vida le valieron el suplicio del que no se puede librar porque se repite como su desgracia: “Esa hora es la de la conciencia”. Lo más trágico del mito es que Sísifo es consciente de su destino y esa clarividencia equivale a agrandar su tortura y su victoria. “Su destino le pertenece, su roca es su casa”. La grandeza moral es a la vez, como paradoja, la ausencia de esperanza. No me imagino a Sísifo feliz, así crea por un momento que puede ser el amo del mundo porque ama la roca que le aplasta.

Queda el convencimiento de que sólo nos salvará el aprecio por la compasión y, tal vez, la fe en los otros. Porque somos sociales. No sabemos cuánto tiempo nos queda en este mundo. No sabemos la eternidad que pasaremos en el otro orbe. Sí sabemos que un solo corazón es incapaz de luchar en solitario. Hay que compadecerse de Sísifo.

Matilde González López
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