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Recomendaciones para lidiar con el fantasma

lunes 26 de mayo de 2025
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Recomendaciones para lidiar con el fantasma, por Alejandro Langlois
Según cuenta el portero, el matrimonio de viejitos que ocupó el departamento durante años convivió con el fantasma desde siempre. En el edificio creen que es el espíritu de un albañil que murió durante la construcción.
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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Yo quería tomar vino, por eso acepté ir a Mendoza. Cuatro días recorriendo bodegas me sonaba bien. Laura consiguió un departamento bastante barato a través de una página web y nos fuimos a Cuyo. Uno de esos viajes que las parejas hacen para distraer, al menos por unos meses, el curso inexorable que los conducirá al final, al momento en el que se extingue el amor.

El vuelo fue normal. Aproveché para corregir unos exámenes que tenía atrasados y Laura se entretuvo con una película. No hablamos durante el viaje. Antes de aterrizar, el capitán nos regaló una pasada sobre unos picos montañosos blanqueados por las nieves eternas y el hielo de la Cordillera de los Andes.

Retiramos las llaves en la portería del edificio, ubicado a una cuadra de la peatonal Sarmiento, en pleno centro de la ciudad. Un dos ambientes pequeño, en un primer piso por escalera, con techos altísimos, pisos de roble y molduras en puertas y ventanas. El estilo de los muebles y algunos rastros de la antigua decoración permitían suponer que los últimos habitantes habían sido personas mayores.

Mientras Laura acomodaba su ropa en el armario, yo fui por un vaso de agua a la cocina. El agua salió por la canilla con fuerza y totalmente límpida. Estaba fresca y la bebí de un único y largo trago.

Sobre la mesa de la cocina encontré una carpeta con unas hojas impresas prolijamente abrochadas. Se trataba, tal como anticipaba el anuncio del sitio web, de unas instrucciones sobre el funcionamiento de la casa. La primera página, que podía verse a través de la tapa transparente, trataba sobre algunas mañas de la heladera. Tenía unas páginas dedicadas al lavarropas, otras con un inventario de la vajilla, dos con consejos de seguridad para el uso del termotanque y una con algunos artículos que parecían copiados del reglamento del consorcio. Intercalados entre las páginas, folletos de plomeros, electricistas y pizzerías. Entre todas esas hojas, había una doblada en dos, que se veía más antigua, amarillenta, con arrugas y marcas de haber sido manoseada con mayor frecuencia. La abrí para ver de qué se trataba. Eran dos hojas, escritas a mano, con letras diversas y colores de lápices y tintas. Una de ellas, la primera, tenía como título:

Recomendaciones para lidiar con el fantasma

  • Hola, si te vas a quedar en este depto tenés que saber que hay un fantasma. Suele sentirse en el baño la primera noche de la estadía. Abre y cierra la puerta del vanitory. Hay que dejarle abierta esa puerta durante las noches para que no moleste.
  • A otros inquilinos les movió las ventanas de la sala durante toda la noche. Según cuenta el portero, el matrimonio de viejitos que ocupó el departamento durante años convivió con el fantasma desde siempre. En el edificio creen que es el espíritu de un albañil que murió durante la construcción. Si por las noches se le deja un vaso de vino en la ventana él se calma. Funciona también dejarle un vaso de leche en la cocina.
  • Si vienen con niños no se preocupen porque no va a aparecer.
  • En ciertas noches se manifiesta a través de un sonido similar al de un martillo golpeando una madera. En ese caso, se recomienda dejar encendidas las luces de la sala para que el ruido se detenga.
  • ¡Atención! Yo pude ver su reflejo sobre la pantalla del televisor apagado. Mejor dejar la TV con la funda cuando no esté siendo utilizada.
  • Aconsejamos no prolongar la ducha más allá de los veinte minutos. Luego de ese tiempo, este ser suele ponerse a jugar con el flujo del agua y en algunos casos incluso con su temperatura.
  • Se han reportado casos de desaparición de alimentos de la heladera. Evite los alimentos dulces. Sobre todo las tortas.
  • Otra manera de alejarlo es con música. El fantasma detesta el tango (en especial la milonga) —añadió alguien con lápiz— y cualquier género vinculado con el folklore. Si usted hace sonar alguna de esas músicas a partir de las siete de la tarde, durante al menos una hora, es improbable cualquier aparición.

Laura entró a la cocina y me pidió un vaso de agua. Decidí no comentarle nada sobre lo que había encontrado. Tampoco sobre eso me daba ganas de hablar con ella. Además, era muy probable que esto también desatara una discusión. Yo era de los que nunca daba un salero en la mano, repetía ropa interior en los partidos de Argentina en el mundial y me apretaba el testículo izquierdo cuando nombraban a Menem. Ella detestaba mi esoterismo funcional. Mejor me ocuparía, solo y por mi cuenta, de seguir escrupulosamente los consejos de la carpeta.

Miré el reloj colgado en la pared de la cocina. Tenía una ilustración espantosa de peras y uvas. Marcaba las once y treinta. Mi teléfono estaba en la misma hora. En apenas una hora una camioneta pasaría a buscarnos para ir a la primera bodega, en Maipú.

La primera noche cumplí con todas las sugerencias y al parecer funcionó porque el fantasma no apareció. Me costó bastante dormirme pese al cansancio del viaje y a que venía con varias copas de malbec y cabernet franc encima. Laura, en cambio, se durmió en pocos minutos.

El día siguiente se lo dedicamos, patrióticamente, al general San Martín. Conocimos la casa que ocupó en sus tiempos de gobernador y un museo dedicado a guardar la memoria de su campaña militar para libertar a Chile. Al final del día, cenamos en una feria, en un puesto que ofrecía chivo a la estaca con chimichurri. Laura es vegetariana, así que le prepararon un sándwich de tomate, queso y huevo duro, en pan francés.

La segunda noche repetí los cuidados de la noche anterior. Incluso dejé un vaso de leche en la cocina, para reforzar. Nos dormimos los dos en silencio. En algún momento de la noche me despertó un ruido extraño. Cuando logré aclararme y pude escuchar con atención, reconocí el golpeteo de una madera. Me sobresalté, me senté en la cama con las pulsaciones aceleradas al punto que me sentí algo mareado. Creer en fantasmas puede ser una superstición legítima, incluso digna, pero no te prepara para resistir el estupor que produce escucharlos martillar dentro tu casa, a sólo cinco metros de donde estás durmiendo.

El ruido finalmente terminó. Logré ponerme de pie y fui hasta la sala. La luz estaba apagada. Supuse que Laura se habría levantado en algún momento de la noche y había apagado la luz. Regresé a la cama y, luego de comprobar durante algunos minutos que el fantasma ya no estaba, me dormí.

Por la mañana, durante el desayuno, Laura me preguntó por qué me había quedado tomando vino solo en la sala y había dejado la luz prendida. Tuve la tentación de acabar con todo e informarle de una vez que no estábamos solos en el departamento, pero me detuvo la certeza de que si lo hacía pasaría a tener dos problemas. Un fantasma en la casa y los reproches de Laura. Preferí callar y culpar al insomnio.

Ese día visitamos una bodega que producía vinos orgánicos y otra, más grande, industrial, que producía casi la mitad del vino de la región de Agrelo. Dentro de la finca había un hotel cuatro estrellas. En el hall del hotel, un banner del spa ofrecía a los huéspedes un tratamiento de “vinoterapia”, con la foto del rostro de una mujer embadurnado en una pasta viscosa de malbec. A la tarde, después del almuerzo, nos llevaron a una fábrica de quesos de leche de cabras a las que alimentaban con el orujo de uva que descartaban las bodegas de la zona. Compramos dos hormas pequeñas para llevar a casa.

Esa noche, la última noche, preferimos cenar en casa. Al otro día nos íbamos al mediodía y queríamos descansar. De camino compramos algo de pan negro y tomates y nos hicimos unos sándwiches de queso de cabra. Cuando terminamos de comer, le dije que yo me encargaba de limpiar la mesa.

Esa noche tampoco cogimos. Si bien el paseo nos había devuelto las ganas de hacer cosas juntos, y hasta volvimos a tener algo de diálogo, la tenue recuperación no había llegado hasta el sexo.

Ya en la cama, Laura se puso a ver un documental y yo a leer la revista sobre vinos orgánicos que nos dieron en la bodega. Cuando Laura se durmió, repetí uno a uno los pasos, tanto en el baño como en la cocina y en la sala. Aproveché que durante la cena habíamos tomado vino y dejé todo tal como estaba.

Esa noche el fantasma no apareció. Al parecer, los conjuros eran eficaces y lo mantuvieron lejos. Dormimos los dos de un tirón, sin sobresaltos, hasta que sonó la alarma a las ocho de la mañana. Queríamos aprovechar las últimas horas para hacer unas compras en la peatonal Sarmiento, antes de salir para el aeropuerto.

Cuando Laura se despertó, yo estaba levantando la mesa de la cena. Por supuesto, me reprochó no haberlo hecho en la noche, tal como me había comprometido. La mentira, el ocultamiento, como me pasa siempre, estaba multiplicando mis problemas, y haciendo trizas los débiles efectos beneficiosos del viaje en nuestra pareja. Antes de dejar que Laura avanzara hacia otros capítulos de mi historial de defectos tomé una decisión. Como ya no pasaríamos otra noche en el departamento, me decidí a contarle la verdad. Mientras le revelaba la presencia del fantasma, el rostro de Laura sólo dejaba ver incredulidad y desdén. Otra de sus típicas excusas ahora en tono sobrenatural, parecía pensar ella. Le pregunté si no había escuchado los golpeteos de madera durante la segunda noche, pero no recordaba nada.

Estaba dispuesto a que ella comprobara por sí misma lo que yo había leído en la carpeta. Fui a la cocina a buscarla. Estaba exactamente en el mismo lugar donde yo la había dejado. Volví a la sala y Laura, por supuesto, ya no estaba allí, había regresado al cuarto y pude ver cómo con estudiada indiferencia envolvía unas botellas de vino con su ropa, para que no se quebraran adentro de la valija durante el viaje de vuelta.

Apoyé la carpeta sobre la mesa y la abrí. Pasé una por una las hojas grandes con mi dedo pulgar buscando los dos papeles plegados que contenían mi prueba irrebatible. La llave de mi victoria moral. Luego, con algo de desesperación, saqué todas las hojas y las esparcí sobre la mesa. Las volví a revisar. Nada. Ya no estaban allí. Las instrucciones para lidiar con el fantasma habían desaparecido.

Cuando Laura regresó a la sala miró los papeles desparramados sobre la mesa con una mueca irónica de desprecio que me llenó de bronca. No dije nada. Ella tampoco.

En la peatonal había muy poca gente, como era de esperar en un día de domingo en temporada baja de turismo. Compramos un par de vinos más, para regalar a los compañeros de trabajo, un bombo legüero pequeño para el sobrino de Laura y un poncho chileno, de rayas ocres y amarillas, igual al que habían usado los soldados de San Martín, según habíamos visto en el museo. Nos costó casi la mitad de lo que nos habían costado los pasajes en avión. Me pareció un delirio gastar todo ese dinero en un poncho y se lo dije. Ella no pensaba lo mismo y me lo hizo saber a los gritos, delante del vendedor que, rojo de vergüenza, se escabullía detrás de las perchas.

Durante el vuelo a Buenos Aires, otra vez, cada uno a lo suyo. Laura se distrajo escuchando música y ojeando una revista Cosmopolitan que compró en El Plumerillo. Yo me dediqué a terminar de corregir los exámenes que me faltaban, y que tenía que entregar al día siguiente. Según la lista de alumnos que llevaba como control, me quedaban cuatro por revisar. Al primero le puse un siete, aprobado. Cuando moví la pila de papeles para buscar el siguiente examen fue que las vi, ahí estaban las dos hojas perfectamente dobladas, con las instrucciones para lidiar con el fantasma, ya inútiles y yermas, como la letra de un testamento sin bienes. Igual de absurdas e inservibles que ese mapa de Mendoza que nos dio una promotora en la puerta del aeropuerto cuando ya nuestro viaje había terminado.

Alejandro Langlois
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