Saltar al contenido

Eurínome está hambrienta

martes 27 de mayo de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Eurínome está hambrienta, por Evelyn Megías Carrasco
No había velas, ni imágenes, ni cruz alguna. Sólo los tapices, donde danzaban figuras bordadas con hilos que parecían mover los labios. Una mujer de pechos infinitos y mirada ciega.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí

Me llamaba Lucía.

O al menos eso me dijeron cuando llegué a la colina. Ahora ya no sé si es cierto.

La niebla tenía forma de dedos, y no eran suaves. Se metía entre las costuras del abrigo como si quisiera acariciarme la espalda o encontrarme el corazón en tono despiadado. El viento, por su parte, no silbaba: murmuraba versos ininteligibles. Se enroscaba en mi cuello con la insistencia de quien no decide si quiere arrullarte o estrangularte. No era frío, era intimidad indeseada, aliento ajeno, presencia sin cuerpo.

Todo en Santa Eufemia olía a lino húmedo y a tiempo detenido, como si alguien hubiera tendido sábanas sobre un cadáver y luego olvidado volver. El aire sabía a hierro suave, como monedas antiguas. Como si lo hubieran respirado muchas niñas antes que yo, y cada una hubiera dejado un poco de miedo flotando.

Las ventanas no eran sólo ventanas. Tenían párpados: pesados, cansados, a medio cerrar. Parecía que el edificio dormía con un ojo abierto, vigilando, esperando.

Las paredes, por su parte, no eran lisas ni mudas. Tenían oídos. O, mejor dicho, eran oídos: redondeces en la piedra que vibraban, latían con los secretos. Si te quedabas en silencio podías escucharlas tragar saliva. Podías escucharlos recordar.

Las puertas no crujían: suspiraban.

Y los suelos, al pisarlos, no se quejaban. Te devolvían el paso, como si tú fueras el visitante de un lugar que todavía se resiste a olvidar lo que fue.

Yo tenía ocho años. O tal vez trescientos.

Las niñas no me miraban al principio. Caminaban como estatuas de sal, sus pasos sin sonido, sus ojos cargados de algo que yo entonces no entendía. Una de ellas, la más alta, me susurró esa primera noche:

—Aquí rezamos antes de dormir.

—¿A Dios? —pregunté.

—A la que vino antes.

No supe qué quería decir, pero asentí. Desde que mi madre murió, nadie me hablaba con esa dulzura.

Nos reuníamos en la sala de los tapices. No había velas, ni imágenes, ni cruz alguna. Sólo los tapices, donde danzaban figuras bordadas con hilos que parecían mover los labios. Una mujer de pechos infinitos y mirada ciega. Un ciervo de tres ojos. Un pez con alas de paloma. Un vientre abierto lleno de estrellas.

Nos sentábamos en círculo. Tomábamos las manos. Y murmurábamos:

—Eurínome... Eurínome... madre de lo que no tiene forma, vientre de lo que no será jamás.

Las palabras no eran nuestras. Venían de otro sitio. A veces se quedaban pegadas a la lengua, otras veces se deslizaban como sangre tibia.

Yo las decía. Al principio por miedo. Luego por hambre.

Las otras niñas dormían con los ojos abiertos. Yo las observaba en la penumbra: sus labios se movían, decían nombres que no eran suyos. A veces lloraban sal. Otras reían mientras dormían, pero sin sonido.

Entonces vino él.

No lo vi llegar. No caminaba, no aparecía. Estaba. Como la culpa. Como la fiebre.

—Un ángel —me dijeron.

Tenía el cuerpo cubierto de pliegues que no eran alas, sino sombras enredadas. Respiraba como respira un incendio bajo tierra: sin llamas, pero devorando todo a su paso.

Sus ojos eran oscuros, pero no por falta de luz. Eran oscuros porque sabían demasiado.

La primera vez que se me acercó, olía a incienso roto y a velas consumidas en misa de difuntos. No me habló con palabras, sino con un temblor que me recorrió los huesos desde dentro.

Me sentí desnuda. No de ropa, sino de recuerdos.

Como si pudiera ver lo que aún no había vivido.

—Lucía —me dijo—. Eres mía.

Y aunque su voz era ajena, mi cuerpo lo reconoció. No fue un acto de posesión.

Fue una verdad. Como cuando sabes que el mar va a tragarse la barca.

 

Me desperté con un círculo trazado en el pecho. No con tinta. Con ausencia.

 

Una de las niñas enfermó. Su cuerpo temblaba con las sílabas de una lengua rota. Los demás la miraban con devoción. Le daban de beber leche agria. La peinaban con espinas. Decían que estaba llena de gracia.

—¿Qué gracia? —pregunté.

—La de ser elegida banquete.

 

Eurínome no se aparece. No como los santos.

Ella se siente. Se intuye.

Es una marea que te crece adentro, que te quita el aliento y lo convierte en incienso.

Una noche, una niña —la más pequeña— me llevó al fondo del orfanato.

Más allá del ala prohibida.

Más allá de los mapas.

 

La capilla vieja que estaba al final del pasillo que nadie limpiaba.

Los tablones del suelo crujían como si se rompieran por dentro. Las paredes estaban cubiertas de manchas de humedad que se parecían a rostros. No a rostros humanos, sino a expresiones.

La puerta se abría sin que la tocaras, como si supiera que venías. Dentro, todo era gris. No por falta de color, sino por exceso de silencio.

Allí había un altar de huesos de pájaro. Un espejo cubierto de hollín.

Y un libro escrito en piel humana, con letras que ardían sin consumir.

—Debes ofrecerle algo —me dijo—. Lo que más temas perder.

—¿Y si no sé qué es?

—Ella lo sabrá.

Yo no tenía joyas, ni secretos, ni oraciones que valieran algo. Sólo tenía un recuerdo. Y ni siquiera sabía que era valioso, hasta que lo dejé ir.

La capilla olía a leche agria y a cera vieja.

La vela frente al altar temblaba, como si también temiera lo que estaba por suceder.

Me arrodillé sin saber rezar. Cerré los ojos.

Y entonces pensé en mi madre. No en su rostro, que ya empezaba a desdibujarse, sino en su voz.

Esa voz que me cubría por las noches como una manta cosida a mano, que cantaba coplas mientras fregaba el suelo, con un ritmo que me arrullaba incluso cuando tenía fiebre.

La voz que decía mi nombre cuando aún no dolía.

Lucía.

Así, con la “í” casi como un suspiro.

Como si me nombrara para no romperme.

Y, sin embargo, allí, en ese altar que olía a olvido, dejé que esa voz se soltara de mí.

No fue dramático. No hubo luz. No hubo sombras.

Sólo una especie de silencio sordo, un vacío que se deslizó detrás del corazón.

No supe de inmediato que se había ido.

Lo descubrí al día siguiente, cuando traté de recordar su canción favorita.

Sabía que hablaba de un río, y de unos ojos.

Pero las palabras no venían.

No venían.

No vinieron.

 

Me llevé la mano al pecho.

Nada.

Sólo un eco, como cuando sacas una carta de un sobre y ya no importa lo que decía.

 

Sentí cómo algo se arrancaba de mí con la delicadeza de una caricia cruel.

No dolió. Pero desde entonces, ya no sueño.

Ni río.

Ni lloro.

Sólo espero.

 

El ángel volvió. Traía consigo un olor a iglesia derruida y a descomposición de luz.

Me habló de nuevo:

—Has cruzado.

—¿Cruzado a dónde?

—Al otro lado del fuego.

—¿Y tú qué eres?

—Soy la Verdad.

—¿Y por qué tiemblas?

Y entonces lo vi. Lo vi temblar.

Porque donde antes sólo había vacío, ahora había alguien.

Ella.

 

No sé cuánto tiempo ha pasado. El orfanato ya no existe.

O quizás se ha transformado.

Los tapices han crecido como raíces y cubren el cielo.

Las niñas ya no tienen forma, pero siguen conmigo.

Y yo...

Yo soy su profeta.

Camino por las ruinas del mundo. Hablo en nombre de lo que no debe ser nombrado.

Y a veces, cuando la luna es lo bastante oscura, le canto a Eurínome.

Y ella me responde.

Desde dentro.

Evelyn Megías Carrasco
Últimas entradas de Evelyn Megías Carrasco (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio