
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Santiago se levantó aquel día de la misma manera que todos los demás días, nada parecía diferente o especial aquella mañana. Abandonó la cama a las seis en punto. Preparó su acostumbrado y amargo café, miró por la ventana, contento de que la ciudad aún no hubiese despertado por completo. Por alguna razón a Santiago le acibaraba el movimiento tumultuoso de las personas, aunque aquella mañana había más caos en su mente que en toda la ciudad. Santiago se veía asechado por pensamientos intrusivos, molestos y sin sentido: le daba por recordar canciones, personas, situaciones y todo lo que pudiera ser recordado, su mente parecía tener cincuenta monos enjaulados. Esto no era cosa nueva para Santiago, era tan habitual que se comparaba con Funes, el memorioso, de Borges, sin su inteligencia, claro está.
Santiago decide que es hora de tomar su ducha. A mitad de su helada afusión, siente algo que lo muerde en la pierna, dolor que se repite tres veces. ¡Eran tres serpientes! Cada una había mordido su pierna derecha. Santiago no sabía mucho de serpientes, casi nada se podría decir, pero por el color y rareza anatómica de aquellos animales, intuyó que irremediablemente aquel baño sería el último que tomaría.
Santiago no era de los que le temen a la muerte, quizás porque pensaba que nunca iba a morir, así como pensamos todos. Pero, en ese momento, Santiago se dio cuenta de que sí existía la posibilidad de morir, y de que al parecer aquel momento había llegado. Le parecía una burla morir tan joven y de aquella manera tan inverosímil, ¡mordido por tres serpientes en tu propio baño!
En aquel momento Santiago fue invadido por una tristeza y un miedo terrible. Sentía miedo de morir, a cómo se sentiría pasar de la vida a la muerte, qué iba a ser del mundo sin él, sentía miedo de no volver a escuchar el ruido de la ciudad, de no volver a ver a las pocas personas que le caían bien.
En ese momento, Santiago sintió tanto anhelo por todo lo que antes le parecía insignificante y sin importancia, que decidió sobreponerse a su dolor físico y emocional y salir a las calles de su ciudad y despedirse de todos cuantos pudiera. Así lo hizo, iba de casa en casa, informándoles a todos sus conocidos que iba a morir y mostrando las mordeduras que las perversas y malvadas serpientes le habían hecho. Todos sus conocidos se sintieron compungidos ante su situación; por esa razón, en cada casa donde llegaba Santiago con su ofidismo le hacían fiestas de despedida: abrían botellas caras de champán, cocinaban platillos típicos, lloraban, comían y bebían. Cuando una fiesta terminaba, Santiago pasaba a la siguiente casa para dar la noticia de su futura muerte, al estilo de Amaranta Buendía. Así transcurrieron los días y las semanas. Toda la ciudad se encontraba despidiendo y celebrando a Santiago. Al cabo de muchos días, Santiago notó que su malestar físico hacía mucho que había desaparecido y las mordeduras de las serpientes casi no se notaban ya. Se vio ante la posibilidad de que quizás no iba a morir, de que aquellas serpientes no eran tan malditas como él creía, y se sintió aterrado. Pensaba en qué iba a decirles a todas las personas a las cuales ya había dado la noticia de su inminente muerte, ¡todos estaban tan entusiasmados! ¡Hasta él!
Todos festejaban, una noticia así acabaría con el festejo; además, Santiago ya estaba cansado de tanto comer y beber en las muchas fiestas que le habían hecho, ya quería morir, llevaba muchos días esperándolo. Víctima del terror que le provocaba la idea de no morir pronto y la preocupación por las muchas preguntas de cuándo era que iba a llegar el momento esperado, hicieron a Santiago tomar una decisión: debía dejar de ser pusilánime, ¡debía morir! Pero, ¿cómo?
Abandonó las fiestas y se adentró en el bosque en busca de tres nuevas serpientes que fuesen capaces de procurarle su anhelada muerte. Así anduvo Santiago, días y semanas por el bosque, sin poder encontrar ni una sola serpiente tan venenosa como la necesitaba. Al enterarse la ciudad de lo que sucedía fueron en su ayuda, así que todos se encontraban buscando tres serpientes que pudieran ayudar a Santiago a morir lo antes posible. Al poco tiempo la ciudad entendió que estaban perdiendo su tiempo; era imposible encontrar tres serpientes que mordieran nuevamente a Santiago. En ese momento todos se sintieron tan decepcionados, desilusionados, burlados, y Santiago, lejos de morir, se veía cada minuto más lleno de vida. Todas las personas se encolerizaron y no quisieron que Santiago volviera a recorrer las calles de la ciudad, por lo menos hasta que ya tuviera una fecha confirmada de su muerte.
Santiago se sintió sumido en una gran tristeza por el resto de sus días y nunca más volvió a ducharse por miedo a ser mordido por tres serpientes y no morir.
- La muerte esquiva - miércoles 28 de mayo de 2025


