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El espejo del insepulto

jueves 29 de mayo de 2025
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El espejo del insepulto, por Homero Quezada Pacheco
El conde se sirvió más vino y, volviéndose a acomodar de cara al espejo, sin mirarme, continuó con su apasionado elogio de las sombras.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Recorriendo algunos países de Europa Oriental, decidí conocer los Cárpatos rumanos y, sobre todo, al conde Drácula. Los campesinos transilvanos —en su dulce idioma, primo hermano del nuestro— me indicaron cómo llegar al castillo del Nosferatu.

Fiel a su costumbre de prescindir de servidumbre, el conde mismo destrabó los pesados cerrojos del portón y, sin inmutarse por mi visita, como si me esperara, con un ademán me invitó a acceder a su morada. Transitamos por lúgubres estancias y atravesamos numerosas galerías; ascendimos por una escalera de caracol y llegamos a una habitación con chimenea donde crepitaba un fuego animado. Había un comedor en el centro del recinto y a un costado, una poltrona; frente a ella, fijo a la pared, un amplio espejo multiplicaba los pocos objetos de la decoración. Por la única ventana, a lo lejos, recortado contra el crepúsculo, se veía el pico nevado del Moldoveanu, sobresaliendo por encima de un ilimitado manto de niebla.

Una mujer rolliza, pálida como la cera, entró en la habitación y depositó sobre la mesa una botella de vino. Apenas sonrió cuando el conde, en perfecto español, me la presentó como su esposa, Lucy Westenra. La imaginaba distinta: el mito la había recreado más vivaz, más afable, acaso más bella. Casi de inmediato, salió sin despedirse.

El conde me pidió ocupar un lugar en el comedor mientras escanciaba vino en dos copas. “¿Le gusta el Tokay?”, quiso saber. Le dije que no lo había probado, pero me di cuenta de que mi respuesta le dio igual. Tomó asiento en la poltrona y bebió de su copa. Con cierta delicadeza, comenzó a mesarse el plateado y abundante bigote; movía la cabeza ante al espejo, como buscando el mejor ángulo de su rostro. La superficie pulimentada, desde luego, no reproducía la imagen de mi anfitrión, pero él no le daba importancia a esa evidencia: entornaba los párpados como para enfocar mejor su figura, aunque ésta no apareciera reflejada por ninguna parte.

Sin abandonar esa actitud, Drácula se soltó a pontificar sobre las virtudes de la noche y de los seres nocturnos. Las tinieblas, explicaba, son propicias para equilibrar el alma por medio de dos prácticas irreconciliables durante el día: la reflexión y el ensueño. Del mismo modo, continuó, la oscuridad daba libre curso al deseo, sin miramientos ni trabas de la conciencia, cuyos reparos estaban supeditados a las apariencias, a la hipocresía y a la moral más ramplona. Para Drácula, el brillo, los resplandores y los contornos definidos, propios de fases diurnas, le parecían de pésimo gusto; lo opaco, lo sugerido, lo sombrío, por el contrario, le hacían recordar que el destino del universo tangible tiende a las formas imprecisas, al caos y, en definitiva, a la tenebra original.

El conde se sirvió más vino y, volviéndose a acomodar de cara al espejo, sin mirarme, continuó con su apasionado elogio de las sombras. Habló de las lechuzas, emblema de la sabiduría, que para alcanzar los más refinados niveles de abstracción preferían el sosiego de la noche. Habló también de bestias legendarias, como las panteras de la Antigüedad, cuya voz melodiosa y aliento aromático, bajo el tenue fulgor de la luna, deleitaban hasta el delirio a los demás especímenes de las montañas. “Y los murciélagos...”, dijo, y se calló. “Los murciélagos...”, repitió en un susurro, y se atusó el bigote. Sus ojos se posaron sobre el espejo; giró el semblante a un lado y a otro, extasiado de sí mismo, de unos rasgos que inexorablemente, para él, eran invisibles.

Yo, además del deseo genuino de conocer al insepulto, albergaba la secreta esperanza de pernoctar en el castillo para dejarme sorprender por las tres vampiresas a las que se les impidió seducir a Jonathan Harker; estaba dispuesto a que ellas me olfatearan, me lamieran y me chuparan la sangre que quisieran. No obstante, antes que seguir escuchando al viejo conde, decidí partir a esa hora. Él ni se percató de que me incorporé y de que me largué de su residencia: seguía cautivado, admirándose en un espejo incapaz de duplicarlo.

Homero Quezada Pacheco
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