
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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La madrugada, cual velo nupcial raído, cubría los vestigios espectrales de El Calvario. Yo, el único humano agraciado con la videncia del más allá, asumí el rol de silencioso mediador en aquella reunión. La electricidad, un lujo olvidado, no guiaba nuestros pasos, sólo el parpadeo anémico de luna menguante que proyectaba sombras danzantes entre la hierba. La convocatoria, aunque tácita, vibraba con una urgencia compartida: exorcizar la crudeza de una realidad que robaba nuestro sentido.
Poco a poco, mis compañeros fueron llegando al punto de encuentro: el esqueleto oxidado del Antiguo Reloj del Sol, cuyas agujas parecían medir un tiempo detenido en la desolación, como si el propio tiempo se negara a avanzar en esta era de desencanto. Era innegable, menguaba hasta la sombra misma nuestro gentilicio. Brotando más tierra yerma que siembras verdes, alzándose más escombros que concreto firme, imponiéndose más la quietud de la muerte que el bullicio de la vida. En aquel conciliábulo, impregnado de la resaca amarga, la orden de una cápsula del tiempo germinó como un brote de esperanza tardía, un desesperado intento por legar un testimonio incierto. Cada una de las bestias depositó un objeto emblemático en ese improvisado cofre que yo, con responsabilidad obediente, debía proteger.
Desde las entrañas húmedas y olvidadas del Orinoco, con un reptar pausado y sinuoso que hablaba de la lenta agonía de su cauce, llegó la serpiente de múltiples cabezas. Depositó una escama opaca y quebradiza. Su brillo, conferido por la naturaleza, era ahora áspero al tacto; evocaba lo turbio de los vertidos en sus aguas y el mercurio de los garimpeiros. Casi al mismo tiempo, diminutas figuras escurridizas emergieron de entre las ruinas: los Momoyes. Fieles a su conexión íntima con una tierra que se desvanecía bajo el asfalto, ofrendaron una semilla mustia de mango que simbolizaba la esterilidad de los bosques talados, de la savia, de los frutos y de la raíz ancestral. Sus bosques se habían reducido a solares baldíos, y sus lagunas sagradas, espejos de agua cristalina, a charcos de peste y moscas. ¿Cómo podían seguir protegiendo un edén que ya no existía?
Con paso lento y firme, resonando en el pavimento roto, llegó la Reina, la Madre, María Lionza. La deidad sincrética venerada en cada sendero. En sus manos sostenía una pequeña orquídea silvestre, aferrando aún sus brotes a un fragmento de tierra húmeda. Sin articular palabra, posó su mano fría sobre mi hombro, un gesto que encerraba una despedida silenciosa. Su belleza, aunque infinita, no lograba ocultar la honda decepción que velaba sus ojos oscuros. En ellos vislumbré el dolor de una madre flagelada. Ya no fascinaba, ya no maravillaba. Los viejos terrores se desdibujaron, los monstruos ya no eran ellos, ahora eran de carne y hueso, de frialdad tecnológica y fractura mental.
El Chupacabras, con famélica resignación, dejó caer un colmillo afilado y hueco, teñido de un óxido rojizo, vestigio de una voracidad inexistente. Hacía mucho tiempo que la tierra no ofrecía fertilidad, que las cenas se programaban en impresoras de alimentos. No se comprendían los instintos primarios, no se comía de la tierra, no se mantenía de ganado. No escaseaba; simplemente, había desaparecido del paisaje rural, engullido por la modernidad.
Juntos llegaron Ismael, ánima protectora de los desamparados, y Cabeza de Hacha, el espectro justiciero de los barrios bajos, cuyo semblante sombrío reflejaba la impunidad rampante. Ambos depositaron balas desgastadas que alguna vez pendieron de sus rosarios como símbolos de una justicia esquiva. Nadie les rezaba ya, nadie los invocaba en la oscuridad de la noche, nadie temía su intervención. La diáspora de muchachos le había robado las víctimas. En las pocas calles, no había jovenzuelos a quienes proteger o castigar.
Con su saya inmaculada, ondeándola entre la brizna, levitó la Sayona hasta mis pies. Ofrendó un pequeño costal repleto de alianzas masculinas, despojadas con furia de los dedos infieles. Según sus palabras susurradas, cargadas de resentimiento frío: “Los adúlteros se espantan más con la escasez del combustible y las cuentas por pagar que con mi presencia”. Su venganza, otrora temida, palidecía ante las urgencias de una supervivencia precaria.
Me sorprendió la ofrenda del Silbón. El amo y señor de la noche arribó emitiendo su lúgubre canto. Con el viento gélido que lo acompañaba, depositó un billete de alta denominación, completamente devaluado e inservible. Cuando cuestioné su elección, me inquirió con una amargura palpable: “Es el testimonio de la burla en la que se han convertido; son más asquerosos que nosotros”. Era cierto, los billetes no alcanzaban para los excesos de la noche. Los pecados eran otros, monedas corruptas dominando la especie.
Las Lloronas fueron las últimas en llegar, dejando caer lágrimas petrificadas, opacas y cargadas de dolor ancestral. No eran lágrimas frescas de la pena reciente, sino la cristalización de una angustia generacional, pues en este nuevo mundo de corporaciones sin alma y fronteras permeables, no había niños que arrebatar de las cunas. Hace mucho que la tasa de natalidad seguía en números rojos. Tristes, las damas de las sombras se unieron al silencio colectivo, un silencio más elocuente que cualquier grito.
Las bestias, que alguna vez fueron poderosas figuras del imaginario, quedaron neutralizadas ante un país roto. Todas ellas, al igual que yo, habíamos recibido una notificación tácita, no en fríos documentos burocráticos, sino en la ausencia de temor en los ojos de los mortales, en la indiferencia ante lo sobrenatural: nuestra era había concluido. Las voces del infierno cerrarían sus portales por un largo tiempo; prescindían de nuestros servicios. La amenaza del castigo sobrenatural perdía su peso mordiente, pues el mundo de los vivos ya era el mismísimo infierno.
Cerré el improvisado cofre con todas las reliquias. Cavé un hoyo al pie del esqueleto del reloj y enterré aquella cápsula de tiempo, un testimonio mudo de una era extinta. Pronto maduró el alba y sucedió la desmemoria anunciada. Con los primeros rayos del catire, fueron desvaneciéndose mis amigos. El Silbón se disolvió en una bruma que olía a tierra húmeda. Su silbido final se convirtió en un eco lejano. La Sayona dejó caer su saya inmaculada y, al elevarse, el viento arrastró consigo a sus lamentos antiguos. Los pequeños Momoyes se tomaron de la mano y, bajo una ráfaga de hojas secas que crujían dulcemente, se desvanecieron en la tierra agrietada. Las Lloronas clamaron por última vez en conjunto un clamor seco, sin lágrimas que verter. Por primera vez, aquel llanto espectral no me generó terror, sino una congoja indescriptible.
Yo también sentí el cambio, un escalofrío en mi cuerpo que no era de frío, sino de un retorno inevitable. Previamente, con las instrucciones de este aquelarre crepuscular, recibí el mensaje de mi viejo amigo, el diablo al que una vez derroté en una contienda de versos endiablados: “El amanecer te devolverá a tu condición mortal. Tu victoria tuvo su precio, y el tiempo, como el canto, tiene su final”.
Una punzada, la primera en siglos, me recordó la fragilidad de la carne. Mi inmunidad a los males de este mundo expiró también con la última sombra de la noche. Ya no sería el privilegiado, el mediador entre mundos. Volvía a ser Florentino, el mortal, a expensas de la naturaleza. Sin embargo, no estaba seguro de si era un premio, ser mortal en un país que ya no me gustaba. ¿Sentir de nuevo el peso del cuerpo, la vulnerabilidad de la piel? Era una sensación extraña después de tanto tiempo. ¿Y qué significaba volver a este país, donde los miedos ancestrales habían sido reemplazados por la angustia cotidiana?
El aquelarre de bestias había llegado a su fin, dejando en el aire enrarecido muchas preguntas sin respuestas, una sombra persistente en la conciencia colectiva: ¿quiénes eran ahora los verdaderos monstruos de esta fantasía?
No lo sé. Iré a cabalgar los llanos, a ver si encuentro nuevas certezas en la vastedad de una tierra que se desangra en silencio.
- Bestiario de país roto - viernes 30 de mayo de 2025


