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Poemas de Raudel Sosa Pérez

viernes 30 de mayo de 2025
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Poemas de Raudel Sosa Pérez
Soy alma hechizada de simiente oscura, / noche de dioses olvidados en la desnudez del comienzo; / caerán las estrellas y seré luz, regresarás / y seré piedra mirando sobre mi hombro / al ángel en tu mirada. Circe (1910) • Frederick Stuart Church • Museo Smithsoniano de Arte Americano
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Oráculo de Tiresias

La noche fue un viaje en vano.
Remar sobre los húmedos cuerpos
sólo dejó el palpitar de las estrellas en el fondo de los ojos.
Cuando la luz se enfríe y mi voz se seque,
vagarán por la orilla de la aurora con el alma desnuda,
seguirán el sendero que sus pasos abrieron a mi sombra;
el recuerdo será algo fresco que adormecerá
el dolor de las punzantes astillas
ocultas debajo de la piel.

 

Invocación de Odiseo

Oré en las cenizas
al dios oscuro que habita su sombra,
vertí la sangre de la víctima,
encendí los altares
y la luz se extendió como un fuego
revelando los sacros vitrales de sus ojos.

 

Circe

Soy de polvo y silencio,
sombra que huye.
Soy de isla y viento calcinado de salitre,
voz que grita.
Soy de ese arrepentimiento
que culmina el sueño, en ave enjaulada
por sí misma, carpintero en ciernes.
Soy alma hechizada de simiente oscura,
noche de dioses olvidados en la desnudez del comienzo;
caerán las estrellas y seré luz, regresarás
y seré piedra mirando sobre mi hombro
al ángel en tu mirada.

 

Eros y Tánatos

Partes desde la ausencia de los días
donde la inocencia era reina de los juegos
y sólo la luz adormecía las ideas.
Ahora te impones cuando los huesos
son quebradizas ramas
y los cuervos del horror han devorado la sonrisa
y las palabras de amor
que guardé al silencio de tus pasos.
¿Recuerdas aquella locura, aquel impulso
sexual desmesurado,
recuerdas aquel dios que nos amaba?
Algún día entre el alba y el ocaso
besaré la sombra de tus alas y seré el dueño de la noche,
seré un pequeño dios de los cocuyos
y tú un lejano sueño de los hombres.

 

Penélope

La distancia me abruma,
es un eco consagrado a la nostalgia,
es el vuelo de un cuervo presagiando olvido.
Y yo ignorante de sus pasos,
y él derramándose hacia el mundo.
El cuervo vuela y suspiro,
hay una fuga de estrellas entre sus alas.
He sido paciente y mi deseo es simple;
la sangre fluye e impulsa los navíos,
sorbo un poco de té junto a la ventana,
graznan solitarias gaviotas a mi oído.

 

Nicte alucinada

Abrázame el alma, Nicte alucinada,
porque soy una sombra
donde titilan nerviosas estrellas distantes
y una luna mengua o crece con los días.
Perdóname la luz, los apagados temblores,
la lluvia que palidece al cuerpo,
la luna que palpita en mi pecho,
el viaje hacia el día zozobrado;
¿no escuchas? Las hijas de Erebo aúllan a mi oído,
me persiguen los perros del silencio.

 

Premonición de Casandra

Antenor, los teucros se volverán sordos
y tus consejos serán vanos,
la bella hija de Leda no será de vuelta
y el corcel de Palas gestará nuestra suerte.
Loxias, mi espíritu ha estado en la estancia de las parcas,
mis ojos han visto los hilos del destino;
Ilión caerá. La sangre correrá cual otro Escamandro
y de nada servirá refugiarse en los templos.
Los dioses nos han abandonado.

 

Otra vez Penélope

Dicen que la guerra terminó,
pero en la madeja de susurros aparecen muchos nudos;
hace tanto de su partida...
La noche infeliz se me enreda entre los dedos,
negra lana salpicada de plata.
Noble Euriclea, tus lágrimas manchan el tapiz,
no más llanto, sé mi voz y anuncia a los pretendientes,
el final de mi labor.

 

Moiras

La fuerza que te arrastra hacia el fondo es ineludible,
el alma está cubierta de huesos y tendones,
de carne y de deseos; caerás y romperás los sueños,
sanarás y volverás a lanzarte al vacío,
hasta que algún dios decida liberarte
a fuerza de cansancio.

 

Héroe

Madre, soñé que mi cuerpo era igual al de los dioses
y, con reluciente casco de suaves crines,
me erguía sobre el resto de los míseros mortales.
Mi piel brillaba con el polvo de los valles;
cual gigante devastaba las hordas enemigas
que en vano las murallas atacaban.
Sus almas, hacia las naves perseguidas,
a los dioses invocaban;
cual furia del averno un Dios rugió con odio
y el enemigo retornó con gran pujanza.
Madre, un héroe sin par arrojó su lanza
que a otro héroe igual segó de pronto,
y atándolo a su carro se fue arrastrándolo en el polvo.
Madre, tuve miedo, aquel cadáver tenía mi rostro.

 

Anticlea

Hay un dolor como de flecha
hincada en el pecho, una locura que lacera
los latidos más bajos.
Hay una multitud de voces
en un lamento continuo, una fuga de aves
hacia un crepúsculo premonitorio.
Hay un adiós y un viento frío
a la orilla del mar.
Hay un dolor insospechado
en esta hora de amaneceres.

 

Ezis

¿Qué espacio te devuelve?
Hay en ti un infinito palpitar de la noche,
un polvo oscuro de universo
y, sin embargo, tan simple te posas en los ojos
como el rocío cristalino de los lirios,
o nos abrazas el pecho
con el frío de alguna estrella
que aún vemos brillar,
a pesar de haberse apagado hace muchos años.

Raudel Sosa Pérez
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