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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
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1
¿Qué soy sin el fuego de la palabra?, ¿otro elemento vacío,
pie que no avanza, letra que se borra con el viento en tierra?
—Estaría en corral, junto a las aves y su fatal destino.
—Tal vez, viajero, frente a un muro, cascotes o acantilado.
No discuto con el cielo. La rebeldía caería en la voluntad de la cera.
No hay estación, ni edad, que aquella que se acerca con sabiduría.
—Entonces, verbo calmo, cobijo cuando hay soledad o algarabía.
—Quizá, abecedario de mil lenguas, todas esperanzando al humano.
Evito la batalla del mar en el cuerpo, del embiste crudo de la terquedad,
lo embustero del orgullo, y las cartografías del puño. Soy fuego de vida.
2
Junto a horas, en medio día, como marcha, y palabra alzada;
el verbo y su metáfora son carne de cañón, rezos y golpes carroña:
Y yo, ante la sonrisa del adulador y la poca verdad de su canto,
y yo, como picota que funda ciudades, sumo las eras en silencio.
Que si las nubes se alejan o anidan entre cables y techos;
o si los animales cojos buscan refugio bajo las campanas:
Hundo mi vida en el poema, en su herida de pezuña de caballo,
y desde ahí germino, como espada u hoguera, quizá apeadero.
No me gusta el río del mundo, los trastes ni los peces abandonados;
me gusta el abierto campo, el día y la noche ancha sin micas.
Tejo y retejo el canto, lo zurzo del mutilado olvido, del perro sin colmillos.
Acuno palabras junto al gallo más fiero y el carbón ardiente que chisporrotea.
3
La semilla del profeta se inflama en la voz, se rebela contra la muerte;
crece como cometa, pájaro de sombra gigantesca sobre plazas, calles; crece
sobre bibliotecas, escuelas, autobuses, y junto a la esquina del mendigo:
sin calma ni peros sobre alcaldías, no hay guardián que lo detenga. Crece
sobre los toldos del mercado, entre el ansioso tráfico y el pito del policía;
la voz, ya lejos del pecho enunciador, enciende a los transeúntes, como leño.
¿Alguien reclama la palabra?, ¿alguien que no sea el sol y sus quemaduras?,
¿alguien, distinto al político, que ama el hollín y se asusta del fuego?
¿algún maestro, que busque latir bajo el trueno y el faro del compromiso?
Quisiera al reloj, la estrella y el amanecer ponerlos dentro del bolsillo;
donde los pequeños tesoros de la infancia a tientas escapan del garrote,
de la falsa promesa, donde todos debimos ser familia bajo el árbol de granada.
Y canto, el rumor de las piedras hincadas, el sueño sin combas y cincel;
y canto, lejos de escopetas, a pluma ligera, a vuelo desnudo y libre;
canto, junto a todo corazón sincero cuya luz no agosta las hortensias.
4
También la nadería tiene sus semillas, arbustos y manzanillos;
donde el miedo, el placer y la ira tienen raíces profundas:
platos en los cuales habitan la fiesta, la comodidad y la trampa.
¿Te acuerdas?, es aquel con familia, buen vecino y se acicala cada mañana;
aunque en las sombras conspira con odio, come tripas y esconde el fusil.
También escribe cartas, autoriza ataques, usa el verso retórico y la coyuntura.
No interesa el pie sucio o limpio, todo es camino, viaje integrado por veredas;
porque, al final de la vida, la moral es cosa de hombres, de cultura y sociedad.
¿Pesa la arbitrariedad desde el nacimiento?, pesa, además que es insaciable.
Y tratamos de cerrar los ojos, viajar más rápido, detenernos y vivir en la montaña,
pero cada acción construye una historia, un bulto de palabras en el hombro:
para transgredir, para alegrar, para aconsejar, para prolongar el sentir en otro.
De pronto, arde el entorno, no hay psicólogo o hechicero que nos cure del lenguaje;
hay horror, por la palabra malsana, por la lectura a medias, por el silencio largo;
mientras al lado nuestro, una niña y un niño escarban tumbas para sus progenitores.
5
Y, como el loco que mira el sol y se enamora dejando las máscaras,
igual mi corazón crece como un cuenco de luz, como la del profeta.
Palabra y luz, cuya música obliga a la danza de la verdad y su tambor.
—¿Verdad?, y en la oreja de otro ¿acaso no se enuncia como ego?
—Pero ello, ¿no es ingenuidad?: lectura del corazón que escucha.
Escogí el fuego sobre cualquier elemento en esta vida,
pudo ser agua, tierra o aire, mas me encandiló los ojos de la ceniza,
su batallar frente al tiempo y las estaciones, sus heridas flamígeras.
Fue un miércoles donde abrí el pecho lejos de lluvia y huaicos;
sola sin huracanes, arrancada del lodo y sus campos laborables.
En ese silencio, la primera palabra que me anidó fue: fuego.
6
No hablaré de revoluciones como si fueran medallas, no acusaré a los débiles
ni colmaré de coronas a los fuertes, porque igual cobijan algo horrendo:
la necedad a sí mismos, y su latido bajo rocas gigantes es inamovible.
Quisiera el canto perfecto, el fondo del perfume chipre, el abanico de la risa,
el sueño profundo de la dicha, pero la vida y la realidad siempre serán crudas;
por eso el fuego, para alivianar tanto desaire y consolar a los que despiertan.
Así, conservaré las esencias de las palabras, desde la chispa al incendio,
desde el sentido común hasta la más elaborada racionalidad. Equilibrio
para la voluntad consciente del hombre, hogar para el incomprendido.
Para el olvidado dios, para el fantasma del rosal, para las alas del pájaro mutilado,
y todo astro que decida su resurrección, el verbo del fuego los espera sin ponzoña,
sin preguntas, sin reclamos, sin engrudo, sin cuchillo ni amarras. Será ataraxia.
7
Te extraño, mar. Adolezco, melancolía del valle y aire de cumbre.
En esta vida elegí ser leño; también, ladrido y sol del alba.
Tengo la marca de la semilla, esa cuyo fogón soplaba mi madre.
Sé qué no podría dar más que sólo mis huesos y su música al mundo.
Ese es mi techo y hondura, donde frágil también soy, tan imponente.
¿Conciencia, fatalismo, voluntad, predestinación?, ser yo soy yo.
¿Existe la soledad en ello?, ¿o la manada como compañía?
lo cierto es que la palabra, como crisis, hay que saber abrazar.
Y, aunque apasionada alumbre, escogerán: carbón o yunque.
8
Espero a la mujer en el patio y al hombre en el sopor de las plazas;
a los niños, en el soplo que amansa los muelles y la embriaguez del mar.
Peces, cabellos, perfumes, nubes, viento y árboles, ¿qué sostiene mi corazón?
Alguna trampa en el azar del éxito, en el milagro de dos cuerpos y el viento.
Años, es un ladrillo que ulula, dientes que duelen al mundo: poema y vacío.
Ven, le digo al fuego cuando siento la muerte tocar las puertas, quédate conmigo.
Y el silencio, una astilla que incendio. Mi sonrisa, furiosa red de vida.
No siempre puedo cargar apéndice y dolor, tampoco urbe y su vientre.
Pero hay fuente, una banca, una grada, donde el cuerpo se desafiebra y silba.
¿Quién grita que la vida es detestable?; ¿quién, que no hay amor ni cobijo?
No hay que temer a las palabras, ellas son flores y espejos del brilloastro en nosotros.
Ellas, como la chispa del genio, aunque muy cargante, como todo destino.
9
Como poeta, ¿alguna ciudad me espera con hoguera apagada?,
¿esperan el paraguas o el rayo de la lengua ardiente? La dirección
no lo sé. Igual arribo, con todas las cenizas vivas como colibrís y sueños.
¿Alguien reclama?, ¿alguien cuyo desconsuelo es mayor que otro?, ¿alguien calla?
Entonces, con la palabra y sus latitudes, anoto los domicilios de sus quebrantos,
me dirijo a ellos, mortal, con el calor del canto y el manso corazón, les doy cuerpo.
No conjuro los mil acertijos del fuego, ni sus brasas en las vocales, porque sé del susto:
esa hambre que hace cercos y fecunda destierros cuando el abrazo no bastó ni la risa,
porque la desilusión no baila, sino hunde, es trampa de ballenas. Hoy no habrá muertos.
Como poeta, evitaré las culpas. A mi paso asemillaré la dicha en el hogar desmantelado.
La furia la atizaré en soledad y la abandonaré antes de la madrugada en las encrucijadas,
y me volcaré a la niña del camino, y no volveré los ojos a la voluta, la piedra, ni la sangre.
10
Nadie retornará a la poesía, como lo fui yo, sin pretensión al fuego mismo:
sin alas, herencia, ni legado. ¡Oh, música!, vida, como leña de camino;
enmarañada de versos, descalza, como toda hoja que se funde con el suelo.
Hace mucho solté la espada y su casa; hace mucho, el frío y su rebaño;
hace mucho, la mesa del poder y la amalgama de sus miserias humanas.
Voy, siempre en nuevos salares, anunciando la luz y la libertad en plantaciones.
Cálida vida, sin exceso, en el desierto o en el mar, junto al verso y el bordón.
Y descanso, junto al faro, abrojos, bajo el ciprés, entre pircas, junto a la ardentía.
Y narro sobre cíclopes, marineros, cruces, palacios, edificios y guerras; de promesas
aquellas que juraron ayudar y levantar al hombre y nunca cumplieron.
Sólo soy poeta, y en mí no habita el miedo, sólo la poesía y su flama;
linaje de reyes, herejes, santos, encerrados, sacrificados y crucificados.
11
Derrotero le brindo al deshabitado de luna y familiares muertos;
no puedo decir que calmo bocas, ni menos la sed; sólo abrazo lo verdadero.
Y donde haya laberintos cuelgo campana, cifro los caminos y dono el canto.
Pero siempre esperanzo que desalojen los vericuetos y les regalo llaves,
para que su voluntad encuentre conciencia y dejen el vestido ajeno.
¿Acaso aspiro a tanto?, ¿acaso la fe al fuego me ciega sobre los hombres?
Les quito la legaña, el llanto, en voz baja les hablo de las fronteras:
de auroras y trigos, de juguetes y guerreros, de camisas y sepultureros.
¡Ah, corazón mío!, no te olvides del pan y del ganado, del aposento y sus cadenas.
Porque no todo es lucero de mediodía, sino áspera arena y patria traicionera,
porque en caballo no se puede llegar a los labios, ni con cuchillos a la sabiduría.
Y aunque todo se colorea de grotesco siempre habrá nuevas puertas abiertas.
12
Llego a la ciudad de los huesos, donde florecen los claveles y la cruda melancolía.
Calles de espinos y armadillos, otro mundo, huérfanos como flor de caverna.
¿Y qué les digo con estatura?; ¿qué, a sus rodillas?, ¿siempre triunfará el viejo mar?
Y salvo a la golondrina bañada en sangre, aliso sus plumas, la cobijo de su derribo.
De pronto, los ojos de las criaturas me prestan atención, lentas vienen a mí.
Y lloro, porque su espíritu aún no está roto. Y en llanto, en casona, limpio su amargura.
Frente a ellos ¿quién soy?, y vienen rejas de duda sobre mi noche donde hay gritos.
Una langosta me pellizca, se estridula, su sonido se enreda al crujido del fuego.
Pienso en su sinceridad, en su misión, en su hambre grupal que trae miles de años.
Entonces, corto mi trenza y la lanzo al fuego, todo se perfuma de presencia, de hoy;
depongo mi pesar junto a la fogata, y con gravedad les digo: gracias por salvarme.
No siempre seré yo. Y ahí, mientras la noche es avariciosa, les hablo de la vida.
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