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En el laberinto

miércoles 28 de mayo de 2025
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En el laberinto, por Ursula Angela Noelia Podestá Sánchez
¡Oh, Ariadna!, ¿somos iguales?; ¿por eso vienes a este lugar maldito donde te descubres y cantas?, ¿qué o de quién te escondes? Sé que esperas, al igual que yo, el yugo de otro. El Minotauro (1885) • George Frederic Watts • Tate Gallery
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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I

Tú, no sabes por qué estoy aquí, ¿verdad? Solísimo, con furia durante las tardes y más en los plenilunios: corro con ira dando golpes a los muros y a cada esquina que conozco por su aroma y más por su cambio de color cuando se aleja la luz del día.

Ella, mi hermana, me visita, como haz de luz. Es muy fea o quizá lo sea yo. Ella es princesa; como yo, príncipe de los vericuetos. Tiene ojos grandes y claros, su piel no es peluda. Llega cubierta en niebla gruesa, a lo que ella llama vestiduras. No me teme. En tardes como esta, trae manuscritos viejos de los cuales extrae palabras, historias que cuentan del mundo; un mundo distinto al mío.

Bramo. Tengo hambre. Ella, Ariadna, lo sabe. Llega tras un hilo y un ovillo rodante, el cual recoge cuando se va, para no extraviarse. Nunca la dejo verme comer. Hoy, también, canta. La melodía suave y su voz adormecen mis pensamientos, mientras que la letra construye palabras con significados de hogar, amor, patria y lontananza. No soporto tanto cariño o deseo atraparlo para mí, y vuelvo a correr entre escombros y túneles; persigo el canto y a su portadora.

Era muy joven la primera vez que se adentró hasta aquí; se bañaba risueña y yo, desde lejos, alcé una piedra y se la lancé, como se las arroja a los pájaros malagüeros. Ella salió de la poza con alas de agua y supe que no tenía pelos en el cuerpo. Por aquel entonces se mantenía a la distancia, como fantasma o espejismo, lo que hizo que la amara y la odiara mientras corría tras de ella, respirando su aire, su perfume puro, pero sus pasos eran raudos, como su risa, y desaparecían frente a un muro. Y yo, bufando, otra vez en la soledad.

 

II

En las madrugadas, despierto compungido al vórtice del llanto con hirviente ardor en el vientre. Imágenes reiteradas de pesadillas son las culpables: un macho vestido de promesas con espada de luz atraviesa mi pecho desde la espalda. Durante el sueño, el macho no me preocupa, sé que es frágil e inservible; pero sí, la espada, no su filo, sino el sentimiento que deja dentro mío, un sonambulismo despreocupado, junto al canto de dos avecillas suplicantes, réquiem de invierno y anuncio de la primavera.

 

III

Cada tiempo, por donde desaparece Ariadna escucho lamentos. Y al llegar a ese lugar descubro machos y hembras, todos muy jóvenes, sin vestiduras. Al verme se abalanzan a carrera y a empellones hacia los callejones. Huyen o eso creen. Algunos se agrupan y rezan; otros, más díscolos, arrinconados, con furia vituperan la historia de mi madre y un semental. No entiendo. El hambre vence. Pero, desde hace buen tiempo, observo si alguno porta una espada (lo que me intriga desde que padezco de pesadillas); luego, a furia de fuerza, los desmiembro y devoro.

Enlazado a las pesadillas apareció un pájaro en el interior de mi cabeza. “Remordimiento” le escuché decir a Ariadna; debe serlo, porque tortura a picotazos las memorias, y más cuando rememoro a las primeras hembras: dóciles, ingenuas e inocentes. Son recuerdos crudos y dulces. Por aquellos años, era más lúdico y curioso con este tipo de animales; traté de criarlos; como otras especies, las confiné con seguridad y alimento. Pero todo el tiempo lloraban, suplicaban a rostro desencajado. Tuve compasión por su angustia, así que un día me acerqué más de lo normal para consolarlas, las abracé y su temblor pasó a mi cuerpo; sentí un tizón flamígero que desde mis testículos corría por mi espalda hasta mi cabeza; sentí una fragilidad intimidante. Calidez. Desapegué el cuerpo con arrebato y terminé a lo lejos bramando loco, después de sangrar los nudillos contra las paredes.

Desde la distancia, me enternecí con ellas y prestaba atención a lo que hacían y qué decían. Aprendí a hilar sonidos en vocablos hasta configurar un abecedario entre la mente y el sentir. Ellas, de las que nunca hablo, fueron los animalitos más preciados. Poco después, perdieron miedo, y se dejaban pasear, bañar, y contaban de manera dulce mi origen, lo que el mundo decía sobre mí, del castigo de los dioses, de la fatalidad del laberinto y su constructor. Un día, al ir a su encuentro, las hallé degolladas. Ellas mismas se causaron el daño con lascas filudas. Quise socorrerlas. Sólo una, aún viva, con sus hermosos ojos, como si fueran manos, me acarició con piedad, y quebradiza murmuró algunas palabras, las cuales no pude oír.

Poco después conocí a Ariadna. Alguna vez llegó furiosa. Ese día la contemplé sin sonido alguno. Pero gritó: “No somos hermanos, tú eres un monstruo. Jamás serás humano, bestia”. No quise escuchar quejas, pero a poco de retirarme, ella volvió a gritar con desespero: “No te vayas; te quiero, pero quisiera no saber del destino ni de oráculos”. Y la comprendí; supe que ella sabía lo mismo que yo, sólo que para ella era una herida infectada que supuraba pus maloliente y le originaba el agravio. Quise acercarme para consolarla, pero ella recogió una piedra y la lanzó hacia donde yo estaba. “No me resigno al designio de los dioses, no seré mascota como tú”, eso dijo y se alejó a paso lento.

 

IV

¡Oh, Ariadna!, contigo conocí la risa que nadie me dio. En mí eres todas las estaciones ardiendo. Aunque lloro por ti, por tu destino, por aquellos anhelos misteriosos e ilusiones que nos encadenan juntos. ¡Oh, Ariadna!, ¿somos iguales?; ¿por eso vienes a este lugar maldito donde te descubres y cantas?, ¿qué o de quién te escondes? Sé que esperas, al igual que yo, el yugo de otro.

 

V

¡Oh, dioses!, ¿hay diferencia entre su existencia y la mía? Al igual que yo, ustedes no conocen la libertad, porque tienen el candado de la inmortalidad. Y su odio hacia las bestias, ¿acaso no es porque han extraviado la simpleza, sumando peso en la balanza hacia los hombres? ¡Oh, dioses!, ¿acaso Zeus no se transfigura en bestia para seducir a los hombres, y eso porque como dios fallaría?

¡Oh, dioses!, como los hombres tratan de romper el destino y las reglas sin castigo ni tribulación; tratan de respirar el perfume del origen y fin de las cosas a través del caos; vivir las inocencias primeras, semejante a las bestias que desconocen el bien o el mal. ¡Oh, dioses!, el honor de los héroes ustedes lo impusieron: jerarquías, dones y proezas. Ustedes no pueden vivir de otra forma que no sea lejos de los hombres y bestias. Pero en esa dicotomía, quizá el hombre es la bestia, y la bestia, auténtica existencia.

 

VI

La escucho. Ariadna habla de sus sueños donde el amor y el odio crecen, hasta que pronuncia un nombre: “Teseo”. Yo, agitado, increpo con sentencia: “Él no ama. Trae la muerte y promesas vacías. La que más sufrirá será nuestra hermanita. Tráela, la resguardaré aquí en el laberinto. No me mires como monstruo; él, al que mencionas, lo es”.

Y callamos. Ella con mirada torva giró sobre sí misma para apurar el paso: “Sí, lo sé. Es otra apuesta de nuestro padre y de los dioses”, eso dijo quedamente. De manera autómata o sonámbulo empecé a perseguirla gritando con ruego: “No corras, Ariadna, quédate, o por lo menos libérame. Desapareceré en el bosque, las montañas o en la mar. ¡Ariadna, amada hermana, escúchame!, él te abandonará después de saborear tu piel, te dejará a tu suerte y se llevará a Fedra, nuestra hermanita, para desposarla. No, no son invenciones mías. Cierra tu corazón, evita al amor, aún no es tarde. Teseo, como muchos, viene a buscar renombre, ser mito entre hombres, el héroe para la risa de los dioses a costillas nuestras. Su sueño es ser extraordinario y eterno; nada más habita en su corazón y mente. Nosotros somos su marca, la tarea, el trofeo, una puerta más para alcanzar su propósito. No viene solo, los dioses lo ayudan. Huyamos de la isla.

”¡Ariadna!, ¡Ariadna!, ¡lo odio!, ¡odio a Teseo! Si desea ser héroe, ¿por qué no asesina a nuestro padre y castiga al dios que nos dio esta mala fortuna como origen? Pero no, no, no lo hará, porque el monstruo es el Minotauro, Asterión, el plagado de estrellas, ¿verdad? Yo soy el monstruo, y tú, la gentil princesa desolada, la del ovillo dorado”.

 

VII

Dioses, los puedo oír. No guardan pudor en sus risas grotescas. Y observan en mí una trivial conducta de hombre: el ardiente anhelo de romper el inefable destino. Se burlan, los oigo, de mis lucubraciones. ¿Acaso no existe una voluntad briosa que pueda esquivarla?, ¿es pretensión inútil ser demiurgo de mi existencia? Pero también sé que alguna fuerza interna mía se niega y me empuja hacia la rebeldía a sabiendas del posible fracaso.

¡Oh, dioses!, ¿soy acaso su burla preferida?, ¿no soy hijo vuestro?, ¿acaso ningún dios me ha bendecido para estar al lado suyo? Se ríen, ya dije que los escucho; sé que las preguntas son aire; a veces, agua; otras, fuego, y otras, tierra. Lo cierto es que se escapan o transmutan. ¡Oh, dioses!, ¿soy verdugo?, ¿víctima?, ¿juego dentro del juego?, ¿eco en el interior del eco? ¡Mírenme!, en mi cuerpo habita algo de su aliento, y esperaré sin ambición mi oportunidad, dejando atrás los hilos invisibles de las Moiras.

Pérfidos dioses, cuyos ojos se asoman bajo los guijarros, entre los cielos, bajo los mares y abismos; también los veo, a veces en sueños, a veces despierto. ¿Acaso debo ser mi propio dios?, ¿ayudarme a mí mismo? Pero les digo desde ya que no dañen a Fedra, que aún es niña.

Fedra, ¿qué destino te espera?, lejos de nosotros, junto al llanto, entre mares y navíos, bajo el matrimonio que te envejecerá; luego el amor prohibido, las mentiras, el dolor abnegado que no entenderás, el remordimiento que hará rasgar tus vestiduras y buscar la horca.

Dioses, cuya risa conozco desde mi nacimiento, sepan que no encarno un destino, aunque al igual que ustedes trato de rellenar alguna carencia mía o ajena. Esta cárcel donde vivo sólo ha desarrollado facultades y estímulo de sobrevivir. Estación tras estación, luna tras luna, he identificado diversas salidas. Alguna vez visité la ciudad, toda ella huele mal, tiene demasiado ruido, todo se compra, todo se vende, hay miseria, hay palabras y promesas, hombres y mujeres de adobe en llanto y placer; he escuchado muchas ebrias historias que hablan sobre mí, las cuentan con admiración y temor, con tabú; no debería ser así, pero en la ciudad todo se agiganta, se persuade y conviven con fantasmas de su pasado, más que con los omnipotentes dioses. La ciudad es una hoguera de palabras horadadas. Temen más a sus historias que a mí en persona, porque jamás me vieron. No me gusta la ciudad, ahí el hombre no se contenta y toda virtud se extravía a través de la palabra progreso.

 

VIII

¿Cuánto tiempo ha transcurrido? Estos últimos días dormí poco. Un gusano dentro de mí susurra: “No duermas, alerta”. Evito la anidación de pesadillas en el calor del pecho.

Espero a Ariadna. Le propondré dejar Cnosos.

Algo sucede en el exterior. Reconozco el sonido de sandalias, las pisadas de zorzal de Ariadna; luego, el ovillo rodando y dando golpes, brincos quedos; entre escombros y paredes. Ya está aquí.

“Te conozco, eres Teseo”. Él no responde. De pronto, detrás de la pareja emerge una niña en cuyos ojos diáfanos no existe el miedo, es Fedra. “Sí, es cierto, él es Teseo, pero ha venido a ayudarnos, a todos”; eso decía Ariadna con un rubor nacarado en el rostro mientras agito la cabeza por la escena inesperada. Trato de componerme. La mirada embelesadora de Fedra martilla mis pensamientos. Se me dificulta pensar, desentrañar por ejemplo las palabras de Ariadna: “ayudarnos a todos”.

Historia tras historia. Sueño tras sueño. La intuición me taladra. Desconfío. De pronto, Fedra, su mano trepa y sujeta firme la mía. Es ligera, pequeña y delicada. Su calor me aquieta, absurdo y pleno; esperanzo. “Vamos por aquí”, digo, mientras guío por el laberinto. De forma súbita, todo es conocido, repetitivo: el pórtico de piedra y su dintel de la salida, la luz que resplandece y que se adosa a un sonido metálico que me atraviesa.

Mientras caigo, escucho los gritos lastimeros de ellas, mis hermanas, transfigurados en reproches, desesperanza y llanto desmedido. Me socorren, pálidas ellas, presionan con sus manitas la herida mortal que es un borbotón. Quisiera corresponder a su aflicción, pero el cuerpo no responde. Soy su honda pena familiar. Soy vomitadura de sangre.

Ursula Angela Noelia Podestá Sánchez
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