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Animar el intelecto en tiempos de coronavirus
Experiencias de un cubano desde La Habana

sábado 23 de mayo de 2020
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Animar el intelecto en tiempos de coronavirus, por Daniel Céspedes Góngora
En Cuba conviven varias generaciones, las del desencanto y resignación y las de la indiferencia o el desapego. La Habana durante la cuarentena • Fotografía: DimeCuba.com

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Las crisis en Cuba no son ajenas a sus habitantes. Hace años que ondulamos, cual péndulo constante, de crisis en crisis. Cuando no es el jabón de lavar o desodorante, es el detergente o el puré de tomate, la leche en polvo o el pollo. Ido el día y ya agotados, para no pocos conciudadanos, la vida se limita a inquietarse por lo que venderán en la jornada siguiente. Se dirá que es el efecto de la imperiosa necesidad. El cuerpo está en la casa, pero la cabeza de puertas hacia fuera, en una larga fila o cola imaginaria, como cuando uno tiene que arreglar los papeles de la vivienda para legalizarla a efectos de la ley y tiene que falsear las guardas para que éstos salgan rápido y, sin embargo, no salen. Ahora, las colas han variado, dificultándose, con el nuevo coronavirus. Las únicas que desaparecieron lo suficiente son las relacionadas con las salidas del país y entradas al mismo.

¿Quién no hace cola en este país? La cola, así sea un fenómeno universal, pareciera ser una conquista de la mayor isla del Caribe. Se trabaje o no, la etapa diurna es para hacer colas. Ello patentiza una verdad irrefutable: el cubano tiene ánimos de comprar, cuando no de mirar lo que se compra. Luego, le gusta sociabilizar más en la calle que en la casa. Desde hace tiempo, determinados programas como Vivir del cuento, el humorístico de los lunes, o la telenovela brasileña o cubana del momento, son los mediadores de la reunión familiar. Más allá de un espacio televisivo —admitamos que sucede en todo el orbe—, los contrastes emocionales y sensoriales en una misma familia son alarmantes.

¿Cómo se justifica que el cubano pueda estar de cola en cola casi un día entero y mañana reincidir en las tiendas o mercados, como si la vida se limitara a necesidades básicas como la compra de aseo y otras provisiones limitadas?

Digámoslo de una vez. El cubano, salvo poquísimas excepciones —aquí descarto a las amas de casa—, no es hogareño de corazón. Hay una familiaridad que aplica mejor y, por lo general, en el centro laboral. La otra es una rutina extrañamente casera. Si la familia aquí no suele estar reunida un día completo, salvo los sábados y los domingos, ¿cómo se las estarán viendo aquellos miembros que no habían experimentado estar en cuarentena o encerrados con otros más de un mes? Es capital el encierro para controlar y contrarrestar el virus. Pero el aislamiento para el cubano es ciertamente problemático: claustrofobia, ansiedad y depresión para algunos; aburrimiento y desentrenamiento forzado para otros. Cuando todo esto pase, se hablará de agorafobia y quién sabe cuántas cosas más. Lo importante es permanecer vivo. En efecto. Mas no se ha reparado en su totalidad que el coronavirus entraña(rá) un peligro mayor.

¿Cómo se justifica que el cubano pueda estar de cola en cola casi un día entero y mañana reincidir en las tiendas o mercados, como si la vida se limitara a necesidades básicas como la compra de aseo y otras provisiones limitadas? El cubano no tiene cultura de abastecerse y estar preparado para cualquier contingencia. El cubano compra malamente para el mes, y sólo cuando siente que el peligro es harto inminente, acapara cuanto puede como un lunático como si el mundo se fuera a acabar. De ahí vienen las extensas y molestas colas. Aunque, todo hay decirlo, las colas tienen a incrementarse y a disgustar cuando un establecimiento vuelve a ofrecer un producto “perdido”, cualquiera que sea. No se quiere admitir que los revendedores son derivaciones de la carencia de esos productos. Al punto que para algunos “entendidos” ellos pueden cargar la culpa de que, desde un tiempo considerable, las demandas estén por debajo de las expectativas. ¿Las tiendas no comercializan el detergente y la crema dental que se solicita porque ya ha sido acaparado por los revendedores? “Nadie puede estar realizando actividades de comercio fuera de la ley”, ha expresado por estos días el presidente Díaz Canel.

“Esto tiene pinta de los años duros del período especial, de los noventa”, me dijo hace poco un amigo. Pero, a diferencia de la escasez casi total de alimentos y productos de todas clases de aquel tristísimo y no tan lejano pretérito, aún no nos han tocado los terribles apagones de esa época, donde las raterías y otras miserias humanas hicieron de las suyas. Esperemos no llegar a ese punto. Soy de los que piensan que, con coronavirus o sin él, este pueblo no aguantará con plena conciencia lo que sucedió aquí en el pasado.

Conviven varias generaciones, las del desencanto y resignación y las de la indiferencia o el desapego. Por cierto, ya había escrito sobre ese asunto en el más reciente número de La Gaceta de Cuba que, como otras revistas y muchos libros, no han salido del poligráfico por la falta de papel en el país. A consecuencia de la megaexposición La posibilidad infinita. Pensar la nación, acogida por el Museo Nacional de Bellas Artes, MNBA (Edificio Arte Cubano), a propósito de la XIII Bienal de La Habana, escribí “¿Vocación nacionalista?”, donde articulé que la muestra representaba además “la nación narrada hace algunos años desde las ‘expectativas’ acaso del escepticismo y el desencanto. No se extrañe sea esta la actitud de las generaciones interesadas en examinar del pretérito qué decisiones se tomaron para que hoy se desconfíe de tantas utopías nacionales”. Para más adelante admitir: “Si ello sucede con los indagadores de la historia, espérese bien poco de la también existente prole de la indiferencia, la no dada a buscar nuevos significantes en la nación como receptáculo cultural”.

Antes de la llegada del coronavirus, la 19ª Muestra Joven ICAIC ya estaba condenada a otra desventura: la censura. La discusión, como se sabe, partió de las imágenes de archivos que el ICAIC aprobó y luego impugnó para el documental Sueños al pairo (José Luis Aparicio y Fernando Fraguela). La reprobación intensificó la curiosidad respecto a una obra acaso necesaria pero sobrevalorada. En apoyo, varios directores retiraron sus materiales. Muchos de los cuales se estaban visualizando con el propósito de escribir sobre ellos. La censura y el propio audiovisual ha generado textos mayores como uno de Norge Espinosa (“Sueños al pairo: Mike Porcel en su canción interrumpida”) y otro de Pedro R. Noa Romero (“Hacer visible lo invisible”). El venidero periodo poscoronavirus testificará la definitiva decisión institucional. Centrémonos unos instantes en las obras de ficción de la muestra ¿pospuesta?

Ya no estamos frente a La Habana descrita por Karla Suárez. Aun cuando tiene mucho de hastío, hay reservas para la esperanza durante estos retiros ineludibles.

Las obras de los nuevos realizadores presentes en el apartado ficción, ajustándose al precepto “nada humano me es ajeno”, confirman un despliegue temático tan atendible como el resultado visual. Parecería que contaran con un oficio de años, cuando en realidad han sumado al talento en ciernes una creatividad más curiosa que precavida. Esto es un elogio.

El pasatiempo de ellos —entendámoslo como regocijo— ¿consiste en apretar una historia para luego ajustarle una estética afín? Esta última debería presentarse de antemano con aquélla. Es peligroso buscarla después. Una cosa es oprimir una historia y otra es controlarla. Si se cuenta con un guion responsable, dejémosle libertad a la trama y de cuanto va el conflicto. No es preciso que a veces, como a hurtadillas en vano, advirtamos que se nos avise: ¡mira con qué tema he dado! El tema es el conjunto. Cuanto (nos) interesa es la particularidad de lo narrado y las soluciones estéticas. No en balde la preocupación formal en la mayoría de los autores, habida cuenta de que no presentan cortos por primera vez. Aunque, en principio, el centro de atención recae en los guiones, los relatos y la dirección de actores.

Llama la atención de esta muestra (que no ha sido) en primer lugar cómo se ha tenido en cuenta el cine cubano desde o de la diáspora: Yusimí (Ana A. Alpízar), Anthropoplastic (Malú Anavitarte), Una tarde diferente (Carolina Romillo) y Sleepless (Juan Pablo Daranas Molina). Se extraña la capital cubana desde el exterior. Pero ya no estamos frente a La Habana descrita por Karla Suárez. Aun cuando tiene mucho de hastío, hay reservas para la esperanza durante estos retiros ineludibles. Tal vez pronto, La Habana vuelva a ser “el aeropuerto, ese agujero por donde tantas cosas desaparecen. Eres muchos amigos de menos en la libreta de teléfonos. La ilusión de una visa internacional para visitar el aeropuerto y decir: chao, ojalá no te tomes la Coca-Cola del olvido. Ojalá me recuerdes, nos recuerdes, y puedas escribirnos y quién sabe si volver pronto. Eres el aeropuerto que se llama José Martí, claro, ¿cómo iba a llamarse? Tu aeropuerto, Habana, es ese frío lugar donde la gente va vestida con sus mejores ropas para decir adiós”.1

Por otra parte, no sé si por opción de los coordinadores o coincidencia de las poéticas, en estas obras median una y otra vez políticas de identidad, donde el peso fuerte de los conflictos parte de y converge en protagonistas femeninas: las cuatro ya mencionadas pero también Otras vidas (Xuan Linh), El amor de las cucarachas (Reggi Guedes), Las señoritas de Avignon (Reynier Cepero), Última canción para Mayaan (Lisandra López)… Políticas de identidad y género en las que las iniciativas de las chicas articulan discursos de reafirmación o conformación de contactos explícitos o aludidas con el otro (el sujeto masculino y la sociedad falocentrista y patriarcal) y disconformidades a partir del contexto cotidiano y las relaciones de poder. En Yusimí escuchamos que su amiga, para asentar su lealtad y confianza, dice: “Yo soy un hombre”. Mientras que la protagonista le confiesa en un momento de pesadumbre: “La del problema soy yo, no él”. En Otras vidas la posibilidad de tener una relación doble es una decisión más de la chica que del amante. El adolescente músico de Última canción para Mayaan depende emocionalmente de su madre y la amiga de ella. No menos decisora es la chica de El amor de las cucarachas como las lecturas alegóricas entre la condición de mujer y su estado solitario con el mar y lo ecológico en Anthropoplastic. Claudia Izquierdo en Aire, mareo y sal desestabiliza la vida de su personaje de la tercera edad como resultado de la enfermedad degenerativa de su esposa. Juan Pablo Daranas Molina enfrenta la muerte de una abuela a la mundología del pequeño de Sleepless. El homicidio de la asesina de Acapulco (Malandro-Saucedo) es tenido a menos por la estetización de la violencia y la muerte en la pantalla grande. Para colmo, Carolina Romillo, que no cree ni en justificaciones previas ni moralejas —como uno de los aforismos del escritor español Jesús Ferrero— parece que nos murmurara con la desfachatez simpática de la niña de Una tarde diferente: Conviene guardarse algunos secretos cuando las experiencias son harto ilustrativas.

Gemini (Orlando Mora), con su tono de terror, retoma la psicología del relato Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. Pero no es una adaptación o versión del clásico literario. Sin embargo, sí se explota la dualidad, el llamado doppelgänger o “el que camina al lado” que yace ahora por celos y competencia profesional en un mismo individuo. Pero, a diferencia por ejemplo del polémico largometraje Black Swan (Darren Aronofsky, 2010), donde el personaje de Nina Sayers (Natalie Portman) tiene que someter a su otro yo para devenir mejor bailarina y persona, el futuro del doble e incluso del “original” cantante lírico de Gemini es acaso más atrevido y —si se quiere— prometedor.

Se ha pospuesto la salida de los libros, a cuyos autores se les ha pedido pensar en la opción digital. Si aquí se lee poco el libro impreso, ¿qué puede esperarse de la (im)posibilidad analógica?

Un cuadro como Las señoritas de Avignon, aun siendo de los menos desconocidos de Picasso, se presta —como se prestan muchas obras clásicas de los artistas consagrados— a una suerte de fabulación distanciada adrede de documentales y libros sobre arte. Una fabulación traviesa con el camino de la obra, lo cual no desdice de su destino posterior y verificable. Cuanto incumbe es la extrañeza. Pero ya no de su elaboración técnica y hasta de su asunto, sino de esas lejanías provocadoras del cuestionamiento como solaz de una autoría aceptada. Es un acuerdo para compensar el presente de dos damas resentidas con la vida, el arte y el amor. Ante el donjuanismo sonado del célebre malagueño, bien vale un desquite o al menos un beneficio provisional. Hacia el final del corto se oyen risotadas de las señoras de Avignon. Olvidan ellas que, en el fondo, Picasso sigue siendo el motivo del encuentro y el jolgorio.

Ni justificaciones previas ni moralejas, en efecto, la muestra no pudo hacerse y el coronavirus vino a contribuir con su posposición.

En otro orden de asuntos, se ha pospuesto la salida de los libros, a cuyos autores se les ha pedido pensar en la opción digital. Si aquí se lee poco el libro impreso, ¿qué puede esperarse de la (im)posibilidad analógica? Múltiples autores cubanos han buscado otras vías para verse publicados. Existe la posibilidad de las coediciones fuera de las fronteras nacionales y, sin embargo, los resultados no siempre son prometedores, caso del Fondo de Bienes Culturales que no supo a tiempo importar el libro Memoria del desnudo, realizado por Disset Edició en Cataluña. El volumen hubiera sido una de las novedades en la pasada Feria Internacional del Libro de La Habana. Pero no pasó nada. Sólo muy pocas personas poseen esta antología coordinada por el presente servidor. Sin embargo, se vende desde hace unos meses por la compañía estadounidense Amazon.com. Por cierto, al crítico cubano Rubens Riol, radicado en Estados Unidos, le hice llegar un ejemplar y escribió un comentario interesante pero no muy argumentado de pasajes del libro. Riol, a quien felicité de buena gana, se inventó, como ejercicio poscrítico, que el libro se lo había hecho llegar tal vez buscando el perdón por no haberlo incluido en la antología. Nada que ver. A decir verdad, no podía considerar a todos. Quise y lo logré un volumen no muy extenso. Jamás pretendí emular a los que concibe el colega y amigo Andrés Isaac Santana. Salió un libro auroral sobre el desnudo hecho por cubanos. Que es mejorable, es cierto. Pero quienes están en sus páginas, hablo de los colaboradores, no están precisamente porque son amigos de este autor, sino porque son especialistas en las ramas del conocimiento de que escribieron. En fin, sigue pasando el tiempo y Memoria del desnudo no se ha importado. La última vez que me reuní con el representante de Disset en Cuba me dijo que había que esperar. El coronavirus había empezado a expandirse.

Ya desde hacía unos meses le había entregado al ICAIC un prólogo para el libro de mi querido José Alberto Lezcano El cine tiende sus redes. Relaciones de la pantalla grande con otras artes. A Rubens le escribí un prólogo para su libro La emboscada del erizo. Malabares y certezas de un crítico de cine, de la Editorial Hypermedia. No se ha impreso aún. Por cierto, Hypermedia ha acogido con muy buenos deseos mi volumen de entrevistas a críticos cubanos de cine, el cual tendrá por nombre Apasionados y Racionales. Debe de salir este año. En primer lugar lo decidí con esta editorial porque, siendo un tanto nueva, tiene prestigio. Luego: no hay papel en Cuba y, por último y no menos importante, no iba a dejar que me censuraran ninguna de las entrevistas. Con el ICAIC y bajo la asesoría de Arturo Arango, coordinador de la colección de guion, estamos preparando un libro sobre la película Lucía, de Humberto Solás. También estoy esperando Baudelaire y la crítica de arte, una reedición de la Editorial Arte y Literatura con prólogo mío. Ojalá llegue el papel a Cuba. Nunca es tarde cuando los propósitos son rebuenos por productores de cultura.

¿Qué hace un crítico cultural cuando le dicen que por ahora —y no se sabe hasta cuándo— no puede colaborar en sus secciones habituales para la radio y la televisión? Por ahora, quedarse en su casa y aprovechar lo que no ha visto o leído y escribir, sobre todo eso, escribir. Aunque es preferible que prime siempre la lectura o mejor, las relecturas. Leer por leer no vale la pena.

Para los autores, un encierro de esta magnitud es harto aprovechable. La oportunidad es buenísima para terminar proyectos o comenzar algunos. El poeta Ricardo López, junto al multifacético escritor Maikel Paneque, me han aconsejado acogerme a lo que ellos han llamado “cuarentena literaria”. ¿Qué es eso?, le pregunté a López. Su definición es muy convincente: “Un estado de lectura conseguido a través de la socioesfera esquizoide de la cuarentena, que lleva a conjeturar más sobre lo leído…”. ¡Bien! Es de cuanto vengo diciendo.

Sólo he tenido que interrumpir la escritura y el visionado de películas para ir de compras, si es que “ir de compras” se puede hacer por estos días.

En honor a la verdad, antes del recogimiento ya había entregado una reseña crítica a Archivos traspapelados, un libro entre lo biográfico y testimonial de la escritora cubana Mirta Yáñez. Me consta que todavía no ha salido y la autora ni sabe de su existencia. He hecho muy buenos amigos gracias a las promociones de sus libros, pues cuanto he hecho en reseñas, comentarios y ensayos es eso: promocionarlos. Como me dedico a la crítica cinematográfica, había venido para la casa con algo pendiente. Quería redactar un texto a propósito de conmemorarse un aniversario más de la muerte del genial Billy Wilder. Pensé sólo tres cuartillas, pero ante una figura de tantos matices como Wilder, el texto se fue extendiendo mientras veía sus películas (veintiséis en total). Me traje algunos libros y revistas sobre su obra y figura, pero al final, cuando decidí que el texto estaba concluido por cabeza propia, terminé leyéndome de principio a fin Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe. Libro que califiqué de fascinante. Los otros textos sólo fueron consultados. Wilder, al que un tiempo confundía con su amigo Wyler, es de la era dorada de Hollywood el director que más se menciona en mi libro de entrevistas a críticos de cine.

El ensayito sobre Wilder lo pensé para un sitio web pero terminé dándoselo a otro porque me pagan más. Y uno tiene el derecho de negociar el valor del tiempo y el contenido empleado para escribir algo que tal vez valga la pena de compartirlo. Trabajo mucho por encargo, pero cuando deseo hacer un texto que se me ocurre me entrego enseguida a la faena. Así le escribí una reseña crítica a Puentes de plata, el libro hermoso de Pedro Evelio Linares que no ha tenido mucha promoción por culpa nuevamente del coronavirus. Aunque, no seamos ingenuos, se escribe muy poco sobre poesía y se lee cada vez menos. Aquí en Cuba se prefiere la narrativa, en especial el policíaco y los best-sellers foráneos.

Sólo he tenido que interrumpir la escritura y el visionado de películas para ir de compras, si es que “ir de compras” se puede hacer por estos días, donde con el objetivo de velar por que no se propague el virus, surgió la iniciativa gubernamental de quitar el trasporte de mi pueblo a otro, olvidándose que mi pueblo es por tradición de tránsito, así vivan unas cuantas personas. No hay bancos ni cajeros automáticos. Dependes de lo que te vendan en una tienda no muy surtida.

A propósito de las películas que he podido disfrutar durante este encierro, además de las de Billy Wilder, he visto varias españolas de otros años, especialmente las de Agustín Díaz Yánez y tres muy nuevas: Home (Àlex y David Pastor), Intemperie (Benito Zambrano) y Sordo (Alfonso Cortés Cavanillas). La de Zambrano me sigue pareciendo la mejor. Es un director muy interesado en la puesta en escena y además de ampararse en un guion vigoroso, es excelente dirigiendo actores. Del llamado paquete semanal es increíble que en la segunda semana de abril casi todo lo que escogí en materia de audiovisual estaba bueno. Fue impresionante por ejemplo cuando vi Vivarium (Lorcan Finnegan, 2020). De alguna manera aborda un encierro más espantoso y caótico que el que la humanidad está experimentando ahora mismo. No fue tan difícil asociarla con los vampiros de Daybreakers (Michael y Peter Spierig, 2009) y los zombies de Guerra mundial Z (Marc Foster, 2013). No obstante, vi largometrajes más alentadores como Resistance (Jonathan Jakubowicz), Vita y Virginia (Chanya Button) y La bondad de los extraños (Lone Scherfig).

Con la Editorial Primigenios, que ya me habían publicado un volumen con algunas de mis críticas de cine (Siéntate y mira. Críticas, comentarios y ensayos sobre cine, 2019) y otro con mis textos sobre José Martí (Pilares extendidos. Diez maneras de conocer a José Martí, 2019), decidí armar un nuevo libro que decidí llamar El nacimiento de la conciencia histórica. Conferencias en la Universidad del Aire, una compilación con textos inéditos de la pensadora andaluza María Zambrano. Abro el volumen con una introducción de mi autoría y la cierro con otra recomendación mía de lectura. Acaso sea la Zambrano en estos tiempos de crisis la que me permita cerrar este reporte creativo de enclaustramiento, de cuanto he hecho como escritor en tiempos de coronavirus. En “La crisis de la cultura de Occidente”, primera de estas conferencias dictadas en La Habana, expresó:

El hombre es, pues, el ser que esencialmente tiene necesidad y esperanza. Porque no está adaptado perfectamente a su medio físico tiene necesidad; porque se cree consistir en aquello que no es todavía, tiene esperanza; o más bien, al contrario, porque su substancia es la esperanza; se cree consistir en lo que todavía no es… “Y entonces…”. Sí, entonces tenemos que crear, no solamente hacer sino crear. Algo de nuestra creación se volatiliza, pero algo queda, y es como un capullo en el que vivimos envueltos. Y este capullo hilado por nosotros mismos, en vista de algo transcendente, es la Cultura.

(…)

La Crisis, sí, existe, pero sólo podremos atravesarla, trascenderla, si una vez comprendida dejamos de creer en ella.

Daniel Céspedes Góngora
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Notas

  1. Karla Suárez: “La Habana”, Cuadernos Hispanoamericanos. Crónica, 2019, p. 58.
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