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Pandemia y encierro

lunes 25 de mayo de 2020
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Pandemia y encierro, por Carlos Germán Gómez López
¿Es posible —no he dicho deseable— que la solidaridad global surja del aislamiento forzoso?

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

¿Es real —me mantengo sin decir deseable— la posibilidad de que Trump, los inversionistas de Wall Street, los CEO de Huawei, Samsung y Coca Cola se vean arrasados por la ola de solidaridad humana?

Cuando leo a alguien tan docto y versado como Slavoj Žižek afirmar que la pandemia y el encierro marcarán el fin del capitalismo y el surgimiento de una nueva sociedad global solidaria, me pregunto seriamente si la erudición y el revuelo abstracto no son otra cosa que la proyección inconsciente de deseos subjetivos y no el resultado de un análisis conspicuo de las variantes observables. Desde la primera mitad del siglo XIX, otro pensador insigne, Karl Marx —caro para Žižek— estableció con claridad una categoría de análisis social de lo más sugerente: lo necesario. En un escrito de juventud Marx, y su amigo de toda la vida, Engels, reflexionaron sobre los lastres teóricos que había dejado el hegelianismo a ultranza y observaron que, por encima del voluntarismo autoconsciente, existen condiciones materiales que se imponen al individuo, esto quiere decir que hay fenómenos que suceden, a pesar de los anhelos del individuo o de las masas, el ejemplo que usaron los autores se refería a la formación de clases sociales: en el momento en que dos individuos desposeídos buscan obtener el sustento vendiendo su fuerza de trabajo se enfrentan como competencia, ambos quieren el empleo y ambos necesitan solventar su sostén cotidiano, en ese nivel no hay solidaridad, ni conciencia que valga. Para formar una clase, se requiere que esos obreros reconozcan las condiciones que comparten con otros hombres en situaciones semejantes y que los oponen a los dueños de los medios de producción; pero no es suficiente con crear conciencia, el materialismo histórico establece que, para formar una clase, los obreros tienen que verse obligados a unirse para defender sus derechos de clase, frente a sus opresores burgueses. La idea clave es la obligatoriedad con la que suceden las cosas, no es algo que dependa exclusivamente de las ideas o siquiera de la voluntad individual, es algo que avasalla al sujeto y lo obliga a actuar de cierta manera. Necesariamente así. No pretendo discutir si las condiciones materiales son las que determinan el surgimiento de las revoluciones (en México hemos estado hasta el cuello en diversas ocasiones históricas, sin que se haya dado de nuevo la revuelta social generalizada); simplemente me interesa subrayar que la pandemia atrajo el encierro necesariamente, no fue el producto de la conciencia social, mucho menos del convencimiento a partir de argumentos científicos, fueron medidas tomadas desde el poder y que han implicado obligatoriedad en la aplicación. ¿Es posible —no he dicho deseable— que la solidaridad global surja del aislamiento forzoso? Juguemos con estas ideas a ver a dónde nos llevan.

Doña Clau tiene su propio micronegocio en el que prepara batidos nutricionales para la venta directa. No tiene ayudantes, ni patrón; ella limpia el local que renta, prepara los batidos, atiende a los comensales, cobra, administra y sobrevive cotidianamente con sus ventas. El confinamiento social ha tornado su situación de limitada a preocupada, y de ahí en alarmante; la posibilidad de verse obligada a cerrar está latente cada día. Si logra atravesar la pandemia, ¿en verdad se topará con un nuevo sistema económico-político-social? ¿Cuál es la solidaridad que se espera de ella? ¿Es viable trocar el deseo de fraternidad por el de necesidad de sustento? ¿Cómo?

Si algún alcance pudieran tener los buenos deseos del filósofo esloveno, tendrían que considerarse dentro de la esfera de los poderosos, de aquellos que toman las decisiones que afectan al conjunto (pueblos, ciudades, naciones, regiones o el mundo entero), aquellos que se benefician todos los días del lucro capitalista, socialista, tercermundista, globalizado. ¿Es real —me mantengo sin decir deseable— la posibilidad de que Trump, los inversionistas de Wall Street, los CEO de Huawei, Samsung y Coca Cola se vean arrasados por la ola de solidaridad humana? ¿Serán ellos quienes encarnen y lideren el surgimiento de un nuevo orden social? ¿Hasta dónde llega la magnitud de los esfuerzos solidarios de los hombres de a pie?

 

Lo macro y lo micro

No es mi pretensión minimizar los alcances de la voluntad individual, sin ella sería imposible hablar de transformación humana; más bien trato de poner en perspectiva los dos polos del espectro: los buenos deseos en abstracto, frente al pánico impulsivo y actuante; las acciones de los poderosos, frente a la magnitud y repercusiones de lo que hace la gente menuda; la presencia y volumen de la crisis, frente a la perseverancia y volumen del capitalismo; las características del encierro forzado versus lo necesario para transformar al mundo. Cuando se hacen afirmaciones a nivel planetario es altamente probable que resulten falsas, limitadas, críticamente menores, porque no consideran las enormes divergencias y disparidades de la realidad, pretenden abarcar a las élites ilustradas, bien comidas, cuyo referente cultural inmediato son las redes sociales y, al mismo tiempo, a los pueblos aislados, cuyos habitantes mueren cotidianamente de enfermedades curables porque no tienen infraestructura, ni recursos para hacerles frente. ¿Acaso una enfermedad infecciosa hará surgir la solidaridad entre los israelíes de ultraderecha y los palestinos que usan la violencia para sobrevivir? ¿Qué pasaría con las sociedades que no practican el capitalismo?

El monje budista Thich Nhat Hanh estudió en la Universidad de Princeton y dio clases en la Universidad de Columbia, ambas en Estados Unidos; después de eso tuvo mucha actividad en su natal Vietnam pidiendo que terminara pacíficamente la guerra que materializaban tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética en su país (actividad por la que Martin Luther King lo propuso para el Nobel de la Paz, en 1967). Cuando se firmaron los acuerdos de paz en Francia, en 1973, le impidieron el regreso a Vietnam, por lo que decidió fundar una comunidad budista en Dordoña, al sur de Francia, a la que llamó Plum Village, en la que (hasta la fecha) se dan cursos con estancias de diversa duración, pero que —además— cuenta con una comunidad permanente que vive bajo los preceptos del budismo zen. Ahí todos los miembros tienen una actividad definida (en la sociedad occidentalizada le llamaríamos trabajo); ellos preparan sus propios alimentos, confeccionan sus propios vestidos que son iguales para todos, acuden cotidianamente a las pláticas y actividades programadas, dedican buena parte del día a la meditación y al arte, nadie tiene posesiones, los habitantes deciden voluntariamente dejar de practicar el sexo, no usan dinero dentro de la comunidad, la presencia de la tecnología es casi nula, no creen ni veneran ningún Dios, cada quince minutos suenan unos crótalos o campanas que señalan el momento para que dejen de hacer lo que estén haciendo y regresen su mente al momento presente, tratan de vivir en armonía con el medio ambiente y con el resto de seres que habitan el planeta. ¿Podría ser este el modelo de vida que pudiera surgir de un tsunami solidario de escala mundial? ¿Cómo operaría en forma extendida? ¿Cuál sería la reacción de los consorcios que operan las redes sociales, la comida industrializada, la ropa fabricada en serie? ¿Estarían dispuestos los emiratos árabes que son dueños de las empresas petroleras más rentables del mundo a dejar su estilo de vida para unirse a una sociedad igualitaria y fraterna?

En México hemos vivido el proceso contrario, en innumerables ocasiones, en algunas comunidades ancestrales, con formas de vida y costumbres de raíz profunda —de origen prehispánico en ciertos casos— que, a través de medidas gubernamentales y, ciertamente, por la presencia de las corporaciones transnacionales gigantescas que llegan a confines inusitados (como la Coca-Cola) y las corporaciones nacionales (como la televisión), cambian sus formas, sus deseos, su identidad: su manera de relacionarse, su forma de vestir y de actuar, integrándose poco a poco —adaptándose inexorablemente— al consumo capitalista, a los ideales de la publicidad, al comportamiento inmediatista promovido en televisión (y ahora también en Internet), al abandono de su identidad atávica para incorporarse a otras amorfas, plásticas, a veces indiscernibles. La ola capitalista parece históricamente mucho más radical y efectiva que los buenos deseos solidarios de un pensador afamado. La publicidad venció a la conciencia de clase.

¿Qué es más fuerte: la ansiedad, el insomnio y el deseo de regresar a la estabilidad o el surgimiento de una nueva conciencia?

Recordemos que el capitalismo es el sistema económico que históricamente mejor se ha adaptado a las crisis, ha reconfigurado sus formas para mantenerse vigente. El sistema socialista terminó colapsado, en parte, por la falta de incentivos, de competitividad, de ganancia; el capitalismo ha sido el modo de producción más adecuado para la expresión de características humanas ontológicas: la depredación, el lujo, el sometimiento del otro —el diferente—, la jerarquización radical, la violencia impositiva, el elitismo privilegiado. El origen del Estado moderno se desarrolló cuando la burguesía llegó al poder, en los momentos de crisis ha sabido autoadecuarse y sobrevivir —como virus que muta—; después de la Segunda Guerra Mundial el modelo keynesiano demostró que el Estado podía salir al rescate del sistema económico, después clamó por el neoliberalismo que, en realidad, convirtió a los representantes políticos en gestores de los derechos de las élites poderosas económicamente. ¿Podrá un virus derrocar al imperio del gran capital?

Es cierto, el día de hoy la realidad ha sido trastocada, vulnerada, puesta en vilo, y el capitalismo requiere necesariamente de la acción, la circulación y, sobre todo, de la estabilidad. Resulta indispensable que todos los días la gente se levante y vaya a trabajar, que lleve a cabo su labor rutinaria, que se mantenga viendo la tele, consultando las redes sociales constantemente, mirando publicidad, consumiendo incansablemente. La ruptura que ha supuesto la cuarentena ha sido atroz, paralizante, angustiante, ha generado suspicacia y rebeldía de la gente ante las autoridades y sus mandatos, compras de pánico, insomnio y ansiedad, saqueos de almacenes, circulación alucinante de fake news, teorías de conspiración global, burlas, enojos, desesperación, risa, incluso han circulado noticias verdaderas. El encierro ha incrementado notablemente la violencia intrafamiliar en México (supongo que en muchos otros lugares también), hay una crisis económica internacional en puertas y ya comienzan a surgir planteamientos apocalípticos, por un lado, y reformadores, por otro. Sin embargo, la pandemia en el siglo XXI tiene un final que se vislumbra, sabemos de los ciclos de contagio virulentos, conocemos las medidas que pueden aplanar la curva de contagio y muchos países (no todos) han adoptado medidas oficiales para combatir la propagación; hay laboratorios trabajando todos los días para crear la vacuna y, por supuesto, el capitalismo generó una opción para que, quienes puedan, mantengan su labor: el home office; en algunos países ya era una realidad contundente, en otros, una salida emergente y otros más lo ven como la ruta a seguir. Podemos atisbar el final y tenemos herramientas para seguir el camino. ¿Es ilegítimo que la gente anhele la vuelta a su vida cotidiana? ¿Qué es más fuerte: la ansiedad, el insomnio y el deseo de regresar a la estabilidad o el surgimiento de una nueva conciencia? Ojalá el encierro fuera la oportunidad de confrontar nuestro lado oscuro, ese que habita en cada ser humano y que la vida publicitaria alegre y despreocupada se encarga de minimizar, negar o evitar. Ese sí sería un cambio en la conciencia social: visibilizar a ese otro en mí, al malo, al violento, al perverso, al reprimido, al soterrado, al pospuesto, para traerlo a la luz, pero la publicidad no nos prepara para ello, los programas gubernamentales no lo fomentan, las escuelas básicas no lo enseñan. El resultado sería incierto y, por lo tanto, resulta temible, indeseable, lejano, innecesario… pero sería transformador.

 

Solidaridad forzada

Otro intelectual afamado, inteligente y propositivo ha hablado de la pandemia y sus consecuencias inmediatas con un equilibrio digno de hacerse notar. El historiador israelí Yuval Noah Harari ha advertido que esta pandemia ha enseñado que el nacionalismo aislacionista es contrario a los retos de la globalidad contemporánea. Resulta imposible atender este tipo de contingencias sin una respuesta internacional, los virus no reconocen fronteras, ni clases sociales, ni privilegios, yo no estoy salvado si mi vecino está en riesgo, aquí es donde surge la posibilidad de la solidaridad, pero es una solidaridad forzada, egoísta, proteccionista de lo propio, reforzadora del statu quo, capitalista a pesar de todo. Es probable que pronto veamos acuerdos internacionales para que los países pobres reciban algunos recursos, por parte de los países ricos, para enfrentar estos retos, para tratar de detener, al menos mitigar los contagios, para atender a los afectados, para contener lo más posible con cercos sanitarios rigurosos, así sucedió con el ébola en la República Democrática del Congo, en Sudán y en Guinea, en donde recibieron apoyo sanitario por parte de la Organización Mundial de la Salud, el Instituto de Salud Pública de Noruega y Médicos sin Fronteras, entre otros. El ébola tiene un porcentaje de mortandad del 90% y se transmite a través de cualquier secreción corporal humana: sangre, semen, saliva, heces; se transmite incluso a través del contacto o cercanía con cadáveres de personas infectadas; no existe una vacuna que lo cure, tan sólo lo mitiga. Han sido los médicos heroicos y las medidas sanitarias estrictas las que han contenido esa epidemia, sin que se viera afectado el modo de producción del gran capital.

Los Estados Unidos perdieron su protagonismo y liderazgo mundial en retos de afectación planetaria y China se ha perfilado como el sustituto dispuesto a afrontar la situación.

La pandemia nos demostró fehacientemente que existen algunas situaciones que nos afectan a todos, pero no es el único tema que requiere atención global, ni siquiera es el primero, llevamos décadas escuchando a los ecologistas sobre las consecuencias del calentamiento global, el cambio irreparable de los ecosistemas, incluso han señalado los posibles desenlaces económicos si se cumple con el deshielo de los polos. Una vez más nos encontramos ante un desafío sin fronteras, sin delimitación geográfica, económica o social, pero como los efectos han sido paulatinos, diversos, sin implicaciones disruptivas radicales, entonces no ha habido respuestas solidarias, ni siquiera contundentes, se han pospuesto, gradualizado, o de plano negado las resoluciones, con tal de que siga girando la rueda de la industrialización contaminante, la productividad devastadora y el consumo rapaz. No ha habido necesidad (obligatoriedad) de reaccionar diferente. ¿Qué va a pasar cuando surja la vacuna contra el Covid-19, habrá un reparto igualitario?

Las grandes compañías farmacéuticas y diversas universidades se encuentran a la caza de una vacuna para la pandemia, las empresas han hecho cálculos preliminares y las posibles ganancias se contarían en miles de millones de dólares. La Organización de las Naciones Unidas ya se prepara para solicitar que no haya acumulación especulativa, ni desabasto, falta ver qué decide la ley de la jungla, esto es, la ley de oferta y demanda. Estados Unidos, a través de su líder: narciso en el espejo, primero disminuyó su apoyo pecuniario a la OMS, inicialmente restó importancia a la epidemia (como lo hace con el calentamiento global), incluso lucró políticamente, al llamar “virus chino” al Covid-19; poco tiempo después se vio obligado a establecer una emergencia sanitaria en todo su país y hoy en día es el país con mayor número de infectados y muertos en el mundo; paralelamente, despreció la ayuda humanitaria que le ofreció su archienemigo vigente: China, para luego aceptarla a regañadientes, pidió oficialmente a sus aliados que no recibieran ayuda de Cuba y ha acaparado la producción de respiradores a nivel internacional. Con estas actitudes los Estados Unidos perdieron su protagonismo y liderazgo mundial en retos de afectación planetaria y China se ha perfilado como el sustituto dispuesto a afrontar la situación, utilizando tecnología para el rastreo de infectados y sus contactos. Desde luego, se cierne la probabilidad del control centralizado —gubernamental y empresarial— a partir de este ensayo biométrico.

Así pues, el espectáculo que observamos y del que somos partícipes involuntarios, pero indispensables, no es el fin del capitalismo, sino el probable cambio de polo administrativo; ya no serían los Estados Unidos sino China quien podría ejercer el control económico, político, tecnológico y social internacional; veremos qué es lo que sucede.

¿Pero qué pasa con la gente menuda, los humanos desconocidos, la carne estadística, el pueblo sin ínfulas, ni pretensiones? Las posibilidades son infinitas.

 

Los alcances de la acción minúscula

Las crisis son momentos vacíos, sin carga positiva o negativa establecida; son ese espacio de incertidumbre donde todo puede pasar: lo malo o lo bueno. Se trata de espacios ciegos, en donde no podemos ver al frente, no sabemos a dónde vamos, pero el tiempo hace que avancemos aun sin quererlo. Hay personas que padecen las crisis, se abaten ante la incertidumbre, se paralizan ante la ceguera y se estancan en el tiempo. Otros, en cambio, aprovechan el vacío para la creación; la incertidumbre y la ceguera son el motor para probar nuevas rutas, diferentes formas, rumbos alternativos. Todo esto lo sé muy bien porque he estado en ambos polos del espectro; cuando estuve en la parálisis por el miedo a lo incierto mi mente era un campo de batalla infernal, todo ocurría ahí y no tenía la capacidad de frenarlo, creía analizar la circunstancia a mi alrededor y generaba los peores escenarios, situaciones imposibles por fatídicas; pero no todo era pensamiento, desde luego había una conexión íntima con mis emociones: negatividad, rabia, agresividad daban forma a mi ánimo, a veces sin que se expresaran exteriormente, sino que me habitaban en las entrañas, en el dolor de estómago, en el insomnio, en las jaquecas. Cambiar eso ha sido una labor de titanes, porque tuve que levantarme sin ganas, sin fuerzas, sin objetivos; hice un cambio de la intensidad en la vida interna, al incremento de la vida externalizada, aquella que no sólo usa la mente, sobre todo usa el cuerpo, la presencia, el movimiento. La mente agobiada me sacaba del tiempo, el cuerpo me reinsertó en el presente. Poco a poco y con mucha ayuda he ido transformando las tinieblas anímicas en amaneceres pálidos y luego en días lluviosos, hasta llegar a días cotidianos, a veces con truenos en el cielo —que son cada vez más lejanos—, a veces días grises y —claro—, en ocasiones, días luminosos.

En la crisis de pánico colectivo que estamos viviendo he elegido acciones sencillas, pero con mucho significado personal: veo películas, escucho música, me adentro en juegos de mesa, salgo a caminar, todo esto en compañía de mi hijo, que es lo que le da un significado mayor; podemos estar juntos en casa, sin salir, y pasarla bien, no es poca cosa, tenemos una relación doméstica agradable, placentera, enriquecedora. Desde luego, son indispensables los tiempos individuales, exclusivos, en los que leo, medito siempre que puedo y escribo en algunas ocasiones especiales, como esta. Es difícil proponerse la acción cuando es obligatorio el confinamiento; sin embargo, es posible, se trata de dar existencia a rutas diferentes, ojos a nuevos paisajes, oídos a nuevos relatos, palabras a historias nunca antes contadas. Es aquí donde apareces tú.

Me has puesto en falta, ahora mi cotidianidad abundante no es suficiente, necesito verte, hablarte y darte un abrazo frustrante por breve.

La cotidianeidad puede ser una expresión de nuestros logros o la miopía más grande. Vivir bajo un techo, comer tres veces al día, bañarse con agua caliente, trabajar, dormir en una cama son actividades que materializan nuestros logros y esfuerzos a través del tiempo. Basta con mirar a aquellos que no tienen alguna o ninguna de estas facilidades para darse cuenta de que tienen un enorme valor existencial, nos permiten una forma de vida cómoda, favorecida, en ocasiones, sobrada y displicente. La mente humana —ese laberinto enmarañado y multidimensional— permite que los logros se desdeñen, se vuelvan menores por comunes, se den por sentado, se demeriten para dar paso a la insatisfacción, al deseo de lo que no se tiene, al sufrimiento gratuito. En esa cuerda floja que va del logro a la insatisfacción cotidiana existen las chispas que mueven, desestabilizan, despiertan del sopor oficinesco y del estrés como forma de vida. Esas chispas pueden ser sutiles, a veces imperceptibles, pero si logramos apartar el letargo, aparecen con mayor claridad cada vez; pueden manifestarse como presencias, miradas, pláticas breves, saludos y un sinfín de formas, pero el factor común es la emoción que producen.

Tu presencia en mi ánimo ha pasado por una metamorfosis que va de la fragancia a la contundencia, de lo etéreo y sutil a lo corpóreo y presente. Al principio fue difícil reconocerlo y el raciocinio fue un estorbo, ¿será? ¿En verdad ese abrazo fue tan agradable? ¿Por qué me gusta tanto verla pasar? ¿Podré platicar un poco más con ella? Sin embargo, esa pequeña luz es cada vez más clara en mí. Cuando puedo darme unos minutos en mis labores, levantarme y caminar a tu lugar para platicar breves minutos —en lo que la realidad vuelve a presentarse como un obstáculo insalvable— opera en mí un pequeño milagro: el agobio y el estrés se convierten en sonrisa, la pesadez oficinesca se torna en ligero placer, el tiempo se detiene y corre de otra manera, despacio para mí, en vorágine alrededor. Debo decir que hubo un gancho grande y fuerte que me ha hecho repetir cada que puedo: tu calidez incluso en momentos de sofocación, tu sonrisa amable a pesar de todo, tu disposición a darme esos minutos siempre. Me has puesto en falta, ahora mi cotidianidad abundante no es suficiente, necesito verte, hablarte y darte un abrazo frustrante por breve, pero hermoso por cálido, honesto, y cariñoso. Mis labios no han dudado en repetir el beso de saludo cuando, por casualidad, llegan hasta tu cuello; quedaron grabados en mi memoria tus ojos y tu sonrisa la última vez que sucedió, fue la prueba de que había cierta reciprocidad.

Es cierto, ya una vez me dijiste que no estabas interesada en mí y traté de asumirlo a cabalidad, sin que mermara nuestra amistad real; pero no me ha sido posible mantenerme en ello porque, sin buscarlo, te has aparecido en mis sueños de forma inversa a como nos vemos en la vigilia: no hemos tenido diálogos en mi ensoñación, pero nos hemos abrazado sin prisas, nos hemos mirado a los ojos y hemos sonreído de manera sincronizada, la emoción me ha desbordado hasta sentirla en la piel, en el día, en un lugar tan poco propicio como la oficina. Para mí, esta crisis de confinamiento resultó ser la ocasión —imperfecta, pero real— para poder decirte por escrito lo que no ha sido posible decirte en persona: me gustas mucho, tienes un lugar en mis emociones, en mis sueños, en mis ganas de intentarlo de nuevo. No se trata de mi parte de un antojo o una ocurrencia, es algo mucho más incierto: son ganas de poner en juego mi capacidad de sentir, de querer, de amar; es dejarme llevar por el impulso de buscarte y abrirme para ti. Te estoy invitando a conocer nuestras almas de forma abierta, sin planes ni objetivos, más bien ofreciendo honestidad y ver hasta dónde nos lleva, podría ser que desarrollemos una amistad entrañable, podría ser que nuestras almas se acoplaran profundamente y que eso se manifestara en todos los poros de la piel y en el brillo de nuestros ojos. Si me preguntas, elegiría lo segundo.

Entiendo que estés pasando por un periodo de sanación; mi intención no es interrumpirlo, ni obstaculizarlo, ni siquiera me atrevería a decir que puedo formar parte de la cura, ese es un proceso interno que sólo tú puedes elaborar, lo único que podría ofrecer es acompañamiento y decirte que soy bueno escuchando y que no te juzgaré, si crees que eso pudiera servirte de ayuda sería un placer para mí. Te ofrezco mi mano sincera y mi alma abierta.

Carlos Germán Gómez López
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