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Textos insomnes
Textos sueltos mientras transcurre el encierro

martes 26 de mayo de 2020
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Textos insomnes, por Geraudí González
Evocar. También para eso ha servido la cuarentena.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

I

Creo que la amabilidad nunca sobra. La respuesta amable sin empalagamientos, pero con la serenidad que da el ser cordial y atento, es algo que esperan de nosotros nuestros seres más queridos.

 

II

Paz y amor parecen ser palabras que han salido de mi interior y les cuesta volver a él. Irritabilidad y tristeza son, en cambio, un par que me acompaña a menudo últimamente. Sin embargo, esta tarde abrigo una serenidad que, si bien no es paz, al menos me hace sentir dispuesta a la lectura y a la escritura; como si, movidas por un impulso emotivo, las palabras quieren salir y expresar lo que van indicando mis manos en esta máquina. Quizás es la serenidad aparente del acto escritural. Quién sabe.

 

Escribir es una suerte de placer egoísta.

III

Hoy es el primer día de abril. Tres meses transcurridos del 2020. Podría parecer que el tiempo ha pasado muy rápido; pero la verdad con tanto suceso vertiginoso: cambio de trabajo, labores nunca realizadas anteriormente, búsquedas intensas de vivienda, mudanza, sorpresas desagradables, incomodidades ante planteamientos injustos, recobro de la intimidad, asumir nuevas responsabilidades. Y finalmente: encierro obligatorio. Todo junto o por etapas, pero igual de vertiginoso.

 

IV

Escribir es una suerte de placer egoísta. Pienso en el tiempo que perdí durante mi juventud y primera etapa de adulta contemporánea, en el que sólo produje textos académicos que funcionaron para aprobar asignaturas de la universidad durante el pre y el posgrado. Además de aquellos que escribí para satisfacer el capricho de un novio temperamental y profundamente ególatra.

 

V

Nada mejor para mostrar nuestra propia oscuridad que vivir arrumados las veinticuatro horas del día. El aislamiento nos ha dejado más cerca de los afectos (los más cercanos), pero también nos acerca irremediablemente a los peores enemigos para la convivencia: nuestros demonios internos.

 

VI

Hay episodios que se te aparecen entre brumas muy de vez en cuando: vuelves con ellos para comprender, cada vez con más desasosiego, los jirones de amargura que deja todo exilio.

 

Cuánta locura en todo lo que ahora da vueltas en mi cabeza.

VII

Escribo para no perder la poca o mucha fortaleza que me queda en estos días de encierro. Pienso en mi padre, pienso en mi suegro fallecido hace cuatro meses y medio. Todo ha pasado tan sorpresivamente, tan de repente, tan sin aviso, que siento que no tuve tiempo (o al menos no la sensatez) de pensar que ya he perdido dos figuras masculinas importantes en mi vida: mi padre, la más importante, y el señor Néstor, el padre de mi esposo. En esas andanzas mentales se me ha pasado una parte de la tarde, sin que eso me impida hacer otras cosas: todas, de forma medio dispersa como casi todo en esta cuarentena. En el señor Néstor vi tantas veces los ojos de mi padre. Esa mirada triste, de infinita experiencia; como si la vida no les alcanzara para contar lo vivido. Sin duda alguna, volví a verlo en los ojos de mi suegro. Mientras escribo esto, y pienso en ambos, escucho Tú estás aquí, y me digo: quien está no es sólo Dios, como dice la canción; es mi padre, a quien no puedo tocar, ni ver, pero sí sentir. Vaya que el encierro me hace ir con más frecuencia a espacios y duelos pasados.

 

VIII

Teoría del encierro podría ser un título de una obra reunida en esta cuarentena. No es un título muy creativo, es cierto, pero imagino que será una de las constantes de esta época desventurada. A propósito, mi amigo Rubén escribe en su muro de Facebook: “El encierro es repetitivo, lo sabía, lo esperaba, pero el encierro de cuarentena, esta repetición o monotonía, ha cobrado vida, y ahora es una inercia habladora y manipuladora que me trata a veces como un esclavo, a veces como un payaso y a veces como si no fuera nadie”. Cuánta razón en estas palabras. Cuánta locura en todo lo que ahora da vueltas en mi cabeza y me tiene en plena madrugada pendejeando y confirmando las palabras de este amigo maracayero.

 

IX

Hay episodios que se te aparecen entre brumas muy de vez en cuando: vuelves con ellos para comprender, cada vez con desasosiego, los jirones de amargura que deja todo exilio. Y ahora el exilio también se encierra contigo, y hace parte de este encierro pandémico.

 

X

Amanecer comprendiendo que la vida sigue adelante a pesar de tu tragedia interna de anoche. Sentir que todo estará mejor aunque te toca irte levantando y colocando nuevamente las piezas emocionales en su lugar.

 

Fue mi padre, entonces, quien en realidad me hizo acercarme a la lectura, y muy especialmente a la lectura literaria.

XI

Pienso en algunos episodios de mi niñez mientras veo la ciudad desde una puerta que pareciera conducir a un vacío: el vacío de mirar al infinito, sin tener certezas previas. Ni posteriores. Pienso en aquellas tardes de lunes en las que mi padre llegaba a casa con un periódico que, semanalmente, incluía un fascículo sobre alguna obra literaria o algún libro de conocimiento general. Esperar cada lunes estos libros-fascículos me producía un placer desmedido. Deseaba con fervor que llegara cada lunes en la tarde noche. Entre las 6 y 7 pm, mi ansiedad alcanzaba el máximo nivel, para finalmente saber cuál era el título de esa semana. Claro está, luego de hacer el ritual de bienvenida a mi papá: saludarlo con un beso, abrazarnos, dejar que se sentara para quitarle los zapatos y los calcetines y ponerle a un lado sus pantuflas. Mientras esto sucedía, miraba con el rabillo del ojo el manojo de la prensa en la mesa y el bultico que hacía el o los libros-fascículos de la semana. Muy bien podía invertir el proceso, pero yo lo prefería así.

Finalmente, el placer (o el desencanto) sobrevenían: podía mirar de cuáles títulos se trataba: aprender inglés, francés o español; historia universal, una obra literaria (alguna novela corta, una selección de cuentos, una obra de teatro, etc.); en fin, algún material que yo no dejaba ileso ante la lectura (incluso si no era de mi completo agrado). Fue mi padre, entonces, quien en realidad me hizo acercarme a la lectura, y muy especialmente a la lectura literaria. ¿Sabía acaso de estos autores que fui descubriendo algunos de estos lunes? No; mi padre sabía de gandolas, de automóviles, de carreteras y geografías nacionales, pero no de literatura. De eso, no tenía ni remota idea. En cambio sabía, leía en mis ojos, mi exagerada felicidad de cada lunes. Y eso era suficiente para él.

Evocar. También para eso ha servido la cuarentena.

Geraudí González
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