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“¡Me llamaba Chiquita!”: conversación con Graziella Pendola

domingo 10 de abril de 2016
Graziella Péndola
Graziella Péndola conoció en los años 50 a la escritora chilena Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura 1945. Fotografía: Mayela Barragán Zambrano

El mar

—Mentaste, Gabriela, el Mar
que no se aprende sin verlo
y esto de no saber de él
y oírmelo sólo en cuento,
esto, mama, ya duraba
no sé contar cuánto tiempo.
Y así de golpe y porrazo,
él, en brujo marrullero,
cuando ya ni hablábamos de él,
apareció en loco suelto…

Fragmento de “El mar”, de la obra Poema a Chile, de Gabriela Mistral.

Conocí a la señora Graziella Pendola en el hotel Italia e Lido, de Rapallo, donde el 12 de marzo se inauguró la exposición “Figlia di un nuovo popolo, Gabriela Mistral 70 anni dopo il Premio Nobel di Letteratura” (“Hija de un pueblo nuevo, Gabriela Mistral a los setenta años de haber recibido el Premio Nobel de Literatura”), evento organizado por la ciudad de Rapallo y que contó con la presencia del embajador de Chile en Roma, Fernando Ayala, y de quien tuvo los honores de casa el alcalde de la municipalidad, Carlo Bagnasco.

Rapallo es un pueblo del litoral ligur a 27,9 kilómetros de Génova. A esta localidad en el año 1951 llega a vivir Gabriela Mistral, y en uno de los paneles de la exposición que del 12 al 20 de marzo se instaló en el Castillo Antiguo sobre el mar, el símbolo de esta ciudad del norte de Italia, se podía leer el texto del discurso radial que Gabriela Mistral pronunció al llegar. Cito un párrafo:

Italia es la segunda patria de todo europeo y de todo americano. Quien vivió en ella siempre espera volver y cuando logra regresar agradece esta recuperación como una gracia y siente la alegría del mutilado a quien le devuelven la mano o el brazo perdido. Es la experiencia de mi regreso la de haber probado una orfandad o una sangría. Por mi oficio, yo no puedo sino vivir ausente de Chile, mi patria, y Dios me ha cedido dos veces la compensación de tener a Italia, de compartirla con ustedes ligures.

Me reincorporo a la vida italiana con júbilo y honra (…).

Doris Dana tenía que marcharse a los Estados Unidos, y entonces nos pidió a Gilda y a mí que no dejáramos a Gabriela sola, porque ella era muy solitaria; era una mujer que necesitaba que la ayudaran porque si no para Gabriela la vida normal no existía.

Así que sesenta y cinco años después de la llegada de Gabriela Mistral a Rapallo, la ciudad donde vivió la escritora chilena la recordó con este encuentro que rememoró los setenta años de la entrega del Premio Nobel; la parte introductoria del evento se realizó en la sede del hotel que acogió por primera vez a la escritora, mientras que la exposición y un concierto con los poemas de Gabriela Mistral musicalizados por Marta Contreras e interpretados por la soprano Jacqueline Trebitsh tuvieron lugar en la sede del Castillo Antiguo, ya mencionado. Cuando, al comenzar en el hotel Italia e Lido la ceremonia, las autoridades cumplían con los saludos de rigor, a la sala entró una señora de baja estatura con unos ojos azules del color del mar, vestía una chaqueta de fantasía donde predominaban los tonos violeta y una falda negra, su caminar era pausado debido a la edad; al verla llegar a la sala le pidieron que se sentara en primera fila. Era la señora Graziella Pendola; entre sus manos cargaba unas cartas de Gabriela Mistral que le entregó al embajador chileno contándole que ella había conocido personalmente a la escritora, que con ésta había mantenido una estrecha amistad que había durado tres años, por lo que al concluirse la inauguración de la exposición me acerqué a la señora Graziella y le pedí que si era posible cuadrar una entrevista para que me contara la historia de su amistad con Gabriela Mistral. Respondió que sí y me dio su número de teléfono, al que posteriormente la contacté

Quedé con ella a las 10 am del 1 de abril. La señora Graziella me había explicado que al llegar a Rapallo tenía que tomar la calle que lleva al santuario de la Virgen de Montallegro. Y así fue, el viernes, y con hora y media de retraso, tomé el tren en Genova Nervi para ir a Rapallo; luego de cuarenta minutos de viaje me bajé en el riel 2 de la estación que me llevó directamente a la vía que conduce al santuario, como me había explicado por teléfono. Caminé alrededor de trescientos metros buscando la dirección, en un cierto momento y por lo angosto de la acera tropecé con un señor que transportaba una garrafa de aceite, casi rozándolo a causa de la estrechez de la acera le pregunté que si conocía el edificio Nº 65 de Via Fratelli Betti, y muy cordial el señor me respondió: “Esta vía es bastante larga, veamos”, atravesó la calle del lado opuesto para tener una mejor panorámica de los números, observó las casas y sonriendo me señaló el edificio que buscaba; los dos habíamos tropezado en la acera del edificio que estaba buscando. Toqué el timbre del portón principal y subí hasta el primer piso, donde la señora Graziella y su hija Elisabetta, que asistió a la entrevista, me recibieron.

Gabriela Mistral y, a la derecha, Graziella Pendola, en Nápoles.
Gabriela Mistral y, a la derecha, Graziella Pendola, en Nápoles. Archivo personal de Graziella Pendola

—Señora Graziella, habla castellano con perfecto acento chileno, cuénteme cómo nace su relación con este país austral.

Mi padre que era de Rapallo emigró a Chile en 1910, allí permaneció hasta 1927, año en el que se devuelve para quedarse definitivamente en Italia. Poco después se casó con mi madre, pero ocurrió la crisis del año 30 y como él era dueño de diferentes propiedades en Valparaíso y no recibía ninguna noticia sobre lo que había dejado ni pagos por los alquileres que le correspondían, decidió regresarse nuevamente a Chile con toda la familia. Nos fuimos mamá, mi hermana Gilda y yo, que tenía dos años. En Valparaíso nos quedamos a vivir hasta el año 1950. En Chile realicé mis estudios hasta el bachillerato, estudié en la Scuola Italiana, que hoy es patrimonio histórico de la nación. Cuando nos devolvimos a Italia yo ya tenía veinte años y Gilda, mi hermana mayor, veintidós. Regresamos, pero a mí y a mi hermana nos costó mucho adaptarnos, enseguida me di cuenta de que aquí era una vida muy diferente a la que habíamos vivido en Chile; por ejemplo, recuerdo que en Rapallo en esa época no había teléfono mientras en Valparaíso sí, y aunque mi vida siguió su curso porque continué mis estudios, al principio me hizo mucha falta el país que había dejado.

—¿Cómo conoce a Gabriela Mistral?

—Un día leyendo el periódico local me enteré de que Gabriela Mistral acababa de llegar a Rapallo y de que se hospedaba en el hotel Italia, así que mi hermana Gilda y yo, que estábamos recién llegadas y sufríamos de mucha nostalgia, nos fuimos al hotel a presentarnos. La escritora estaba con su secretaria Doris Dana. La conocimos y enseguida entre nosotras nació una hermosa amistad que duraría tres años. Del hotel Italia la escritora se mudó al chalet en San Michele de Pagana, una localidad a pocos kilómetros de aquí. Pero, justo en el momento en que la conocemos, Doris Dana tenía que marcharse a los Estados Unidos, y entonces nos pidió a Gilda y a mí que no dejáramos a Gabriela sola, porque ella era muy solitaria; era una mujer que necesitaba que la ayudaran porque si no para Gabriela la vida normal no existía; por escribir se le olvidaba hasta que había que almorzar o comer, vivía en su mundo, por eso era muy importante que tuviese a su lado personas que la mantuvieran conectada al presente, así que desde ese momento nunca la dejamos sola el tiempo que permaneció en Italia.

San Michele de Pagana
San Michele de Pagana, casa donde vivió Gabriela Mistral. Fotografía: V. Paglione

—¿Por qué escogió esa casa en San Michele de Pagana?

—En realidad ella no escogió la casa, fue el alcalde del tiempo; en aquella época ella era muy famosa y para la ciudad era un personaje importantísimo, aquí la acogieron muy bien. Cualquier personaje de fama internacional que llegaba a la zona venía a conocerla. Por ejemplo, en una ocasión que Salvador Dalí se encontraba en Portofino vino a visitarla. Este era un consulado honorario, y ella por ser un Premio Nobel era una figura de gran prestigio para Rapallo, atendía en su propia casa, porque su verdadera oficina como cónsul era en Nápoles, donde yo estuve también. Allá, en cambio, ella vivía en Capodimonte, en una mansión muy grande que se rehusó a habitar porque era enorme y por eso optó por vivir en la casa de los guardianes que era bastante pequeña, el lugar a donde muchas veces vino a visitarla Pablo Neruda. Recuerdo que una mañana muy temprano Gabriela me llamó con mucho afán: “Chiquita, Chiquita”, así era como ella me llamaba a mí, “vamos a la casa grande a escoger un salón, porque viene de visita el embajador de Chile y tenemos que recibirlo como se debe”; ese día las dos juntas recorrimos todos los salones de aquella mansión, que era inmensa, para escoger el lugar idóneo donde recibir al embajador.

Gabriela Mistral en casa de la familia Pendola, en Rapallo.
Gabriela Mistral en casa de la familia Pendola, en Rapallo. Foto del archivo personal de Graziella Pendola

—¿Cómo era la cotidianidad de Gabriela Mistral en Rapallo?

—Nos levantábamos temprano por la mañana, al mediodía almorzábamos, por la tarde salíamos de paseo, caminábamos de San Michele a Rapallo. Charlábamos mucho, Gabriela Mistral era una persona maravillosa, muy inteligente; discurríamos de literatura o historia. Era una apasionada de literatura griega, del tema de la fe. Gabriela estudió todas las religiones, era una mujer que iba al fondo de las cosas y por eso después de estudiar todas las religiones fue que eligió ser franciscana. También era muy sensible al tema del maltrato infantil, o de la condición de la mujer. Para mí aquellos momentos que pasé en compañía de ella fueron como vivir en otro mundo. Gabriela sufrió grandes dolores y conmigo hasta conversó del niño, de su sobrino Yin Yin (y aquí la señora Graziella se interrumpe momentáneamente para preguntarme: “¿Pero será verdad que era su hijo?, ¡cuando hablaba de él era como si lo estuviese mirando todavía!”).

—¿Gabriela Mistral comía platos de la cocina típica local como la focaccia o el pesto? —le pregunté.

—Para ella comer era un deber, no tenía preferencias en la mesa, comía cualquier cosa, en San Michele su cocinera era una mujer, mientras en Nápoles era un hombre.

—¿Qué decía de Rapallo?

—Rapallo le encantaba. Aquí no se dedicaba a nada de política, recuerdo muy bien que el único momento que la vi hacer declaraciones sobre temas feministas fue en una radio de Nápoles; habló de la condición de la mujer, tenía a corazón ese tema, pero ella no era una de esas feministas activistas, no marchaba o protestaba, era muy parca.

—¿La escritora creó una conexión profunda con el mar de Liguria?

—El lugar donde ella vivía era muy bonito, era una casa frente al mar y allí sentada se quedaba horas y horas escribiendo y mirando el mar, ahí fue donde ella escribió Poema de Chile.

—¿Podemos afirmar que usted fue secretaria de Gabriela Mistral?

De ella hablaban mucho, que si como se comportaba era comunista, que si como se movía era de derecha.

—Sí, se puede decir, pero quizás la palabra secretaria no es muy adecuada porque no era que tenía que mecanografiar sus libros, más que todo mi hermana y yo le hacíamos compañía, tanto Gilda y yo pasábamos mucho tiempo con ella. Sobre todo mi hermana Gilda, que estuvo inclusive tres meses con ella en Estados Unidos. Gilda es pintora de profesión y vive en Chile, ella pasó más tiempo que yo con Gabriela, justamente hace unos días recibí del alcalde de Valparaíso Jorge Castro Muñoz la invitación para el 7 de abril donde en la Casa Consistorial de la Municipalidad, en Condell 1490, se inaugurará una exposición de óleos de mi hermana titulada “Gabriela Mistral a través de las vivencias de Gilda Pendola Gianolio”.

—¿Físicamente cómo era Gabriela?

—Era una mujer muy alta, no le gustaba usar vestidos lujosos, era muy sencilla.

—¿Recuerda un momento muy especial del tiempo que transcurrieron juntas?

—Claro que sí, ¡que en esta casa Gabriela celebró con nosotros un año nuevo! Fue en el año 1953 y ella se quedó aquí. Estando con nosotros vino a verla su entrañable amiga la mexicana Palma Guillén. Gabriela se quedó con nosotros una semana antes de partir a los Estados Unidos en compañía de Gilda. Recuerdo que nosotros habíamos organizado la fiesta para esperar la llegada del año nuevo; aquella noche vinieron los amigos que habíamos invitado, todos teníamos muchas ganas de bailar y ella también participó, pero hubo un momento de la reunión en el que nos dijo: “¡Es año nuevo, tenemos que leer los Salmos!”, todos se quedaron asombrados: “Bueno, leamos los Salmos, respondieron al unísono los invitados”.

Gabriela Mistral en casa de la familia Pendola en Rapallo (1953).
Gabriela Mistral en casa de la familia Pendola en Rapallo (1953). Fotografía del archivo personal de Graziella Pendola

—¿Y ella bailó con ustedes?

—No, ella no bailó, después de leer los Salmos se fue a su pieza y nosotros continuamos celebrando.

—De todos los documentos que conserva de Gabriela ¿cuál es su preferido?

Graziella Pendola: “Aquellos momentos que pasé en compañía de Gabriela Mistral fueron como vivir en otro mundo”.
Graziella Pendola: “Aquellos momentos que pasé en compañía de Gabriela Mistral fueron como vivir en otro mundo”. Fotografía: Mayela Barragán Zambrano

—En particular una carta donde puso el acento sobre su personalidad —y Graziella pide a su hija Elisabetta que vaya al despacho a buscar la copia de la carta: “Sobre una firma en documento pacifista”, texto que Gabriela Mistral escribió el 11 de diciembre de 1951 en la sede del Consulado de Chile en Italia y que dirigió al ministro de Relaciones Exteriores de la época. De ella hablaban mucho, que si como se comportaba era comunista, que si como se movía era de derecha, en fin ella un día escribe esta carta donde se define, es un texto que me gusta mucho —y la señora Graziella tomando la carta entre sus manos señala este pasaje de la misiva:

(…) S. E. el Señor Presidente González Videla, sabe más y mejor que cualquier otra persona que yo soy “el fenómeno de una mujer sin partido político”, por cuanto él me conoció suficientemente en Brasil y vio allí precisamente mi alejamiento de esa gente. Mi índole refractaria al extremismo político no ha mudado y, por el contrario, se aferra más a su viejo concepto de que la política de los dos superlativos, el ultratradicionalista y el futurista, dañan a nuestra América criolla de Norte a Sur y le consumen los años o en una especie de calentura ecuatorial o en una inercia mortal (…).

También —añade la señora Graziella— me gusta mucho este discurso que ella leyó en la High School de Santa Bárbara, en California, el 28 de mayo de 1948, y que publicaron en la revista Nueva Democracia de Nueva York en el mes de julio del mismo año (el texto que me entrega la señora Graziella está en italiano y he traducido el principio; dice):

Cuando los pintores representan a la Paz como una muchacha vestida de alegre percal, llevando entre sus manos las espigas de trigo y que va descalza, eso significa que la Paz es el goce de la naturaleza y de todos sus regalos pasados, presentes y futuros. Y así es: la madre Gea y la juventud aman la Paz en cuanto es la cosa mejor que existe bajo el sol, así como los cielos claros. Y cuando “la gran silenciosa” logra posarse sobre toda la esfera, y no solamente en un rincón, ella se transforma en su segunda atmósfera, y como ésta no pesa ni se deja ver, todo cubre con su gran bien y nada más. La Paz es una benefactora silenciosa y nada se parece más a la felicidad que ella (…), amar la paz es simplemente amar la vida, y amar al mundo como un racimo de otras patrias que no conocemos y hacia las cuales deseamos ir. Y mantener la Paz significa, simplemente, obedecer al Creador que no desea algún daño sobre lo que ha creado, sea este el hombre o la naturaleza. Pedir Paz es como pedir por el alimento primordial, es decir la leche o el pan. La Paz es el estado natural del hombre, la guerra significa distorsionar nuestra misma índole. Es necesario amar la Paz infinitamente y cuidarla como se cuida el contenedor de sangre que nosotros llamamos cuerpo…

Concluyo la entrevista agradeciéndole a la señora Graziella Pendola por el tiempo y los materiales: fotos y cartas de su archivo personal que me ha concedido, y para finalizar le hago esta última pregunta:

—¿Existe aún algo que la inquieta cuando piensa en la vida de Gabriela Mistral?

—Sí, hay una cuestión que siempre quise saber, ¿por cuál motivo ella se fue de Chile y marchándose dijo: “No volveré nunca más”?, ¡eso para mí es como si la hubiesen echado!, ¡lo cierto fue que a Chile volvió, pero se quedó solamente un mes!

Rapallo, comuna de Génova en la que vivió Gabriela Mistral en los años 50.
Rapallo, comuna de Génova en la que vivió Gabriela Mistral en los años 50. Fotografía: Mayela Barragán Zambrano