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Luis Enrique Vázquez Vélez
“Cada proyecto literario es un desafío al lector”

domingo 18 de septiembre de 2016
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Luis Enrique Vázquez Vélez
Vázquez Vélez: “El entorno es muy importante a la hora de plasmar símbolos e imágenes en mi poiesis”.

La vida, si para algo es, es para viajar. Eso suelo pensar. La de Luis Enrique Vázquez Vélez (1961) ha sido un viaje terrestre continuo. Luis Enrique es un escritor oriundo de la Ciudad de Las Lomas, San Germán, pero nacido en Mayagüez, Puerto Rico. Es poeta, al extremo de que sus microcuentos, al decir de su compañero de hoja de vida literaria Eleuterio Santiago Díaz, se leen como prosa poética. Para Santiago Díaz, Luis Enrique es o tiene que haber sido poeta desde antes de escribir su primer verso. Yo también al leer su trabajo creativo pensé lo mismo. Hace poco publicó su segundo libro en menos de un año. Me refiero a Viaje terrestre (Puerto Rico: Isladentro Editores, 2016). Vázquez Vélez ha intercambiado las siguientes palabras conmigo. Espero que nos permitan tanto a ti como a mí a entender su trabajo creativo y el territorio del viaje desde el que le produce.

La poesía santifica todos nuestros momentos.

—Acabas de sacar un segundo libro de pretextos o de ganas genuinas de escribir en menos de un año. En 2015 nos obsequiaste con Secretos inconfesos (Puerto Rico: Lúdica, 2015), y, recientemente, publicaste Viaje terrestre. ¿De qué trata o tratas en este segundo trabajo? ¿Cómo insertas tu trabajo creativo como educador con tu formación en literatura e historia?

—Este poemario trata, en esencia, de volver a mi origen. Y, como corolario, reflexionar sobre esa fuente primal —repleta de poblamientos y migraciones— que llamamos vida. Se trata, en última instancia, de metaforizar el regreso a casa, al tiempo de santificar la travesía que nos toca emprender. José Saramago lo plantea de manera magistral: “El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje”.

Soy de los que piensan que la poesía santifica todos nuestros momentos. Y es que, a mi juicio la poesía no sólo libera, la poesía sana y salva. La anterior afirmación la hago no porque me lo contaron, sino porque lo viví en carne propia. La poesía que no festeje la naturaleza humana —con sus luces y sus sombras— no es poesía.

Me considero educador primero, luego escritor. Ciertamente, mi formación en la Facultad de Humanidades (Historia y Literatura) de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, me ha servido de ancla en mi proceso creativo. Tuve la fortuna de estudiar, a principios de la década de 1980, en momentos en que la Iupi todavía era la Iupi, no lo que se ha convertido últimamente.

Como maestro de historia y bellas artes (con énfasis en literatura) del Instituto de San Germán, puedo aplicar con mis estudiantes de secundaria lo aprendido y lo vivido. Máxime con muchachos y muchachas que presentan desventajas socioeconómicas; muchos de ellos marcados con el carimbo de “desertores escolares”, que no se destacan necesariamente por sus destrezas de lectura y escritura. Estoy más que satisfecho con los resultados obtenidos en el salón de clases.

También, me he desempeñado como profesor de escritura creativa en el área oeste de Puerto Rico. Una buena parte de los talleres de creación literaria ofrecidos por mi persona han estado dirigidos a los integrantes y colaboradores del colectivo literario En Los Bordes, el cual dirijo desde 2012. Este es, hoy por hoy, uno de los principales colectivos literarios de nuestra nación puertorriqueña.

Secretos inconfesos (2015) es tu primer libro. Contiene poemas y microcuentos. El título del texto sale de la segunda parte, la que contiene la serie de los microcuentos. La primera parte, la de los poemas, lleva por título “Sujeto inconfesable”. Uno de los microcuentos lleva por título el del libro. ¿Por qué titular uno de los microcuentos como el del libro y con la parte que contiene el microcuento que da título al propio texto? ¿Qué tiene de particular ese cuento en la formación del contenido de todo el trabajo creativo realizado que le lleva a imponerse sobre el título de toda la obra? ¿Cómo se ha integrado este proyecto de creación literaria con el colectivo literario En Los Bordes? ¿Cómo integras tu experiencia de vida en tu propio quehacer creativo hoy en Puerto Rico?

—La elección del título, Secretos inconfesos, fue una suerte de revelación. Sin lugar a dudas, uno de los elementos de mayor importancia en un libro es su título. Por varias semanas me rompí la cabeza buscando uno que tuviera garra y fuerza; que fuera capaz de llamar la atención a los potenciales lectores. Por cierto, el nombre original de mi primer proyecto literario era “Migraciones y poblamientos”. Luego se me prendió el bombillo. Como se trataba de un libro eminentemente confesional, saqué de la gaveta un microcuento que había titulado “Secretos inconfesos”.

El mismo relata la historia de un cura que mata a un seminarista y, al paso del tiempo, su conciencia lo traiciona. Cabe destacarse que la muerte es uno de los hilos conductores de este libro híbrido o de géneros mixtos, la misma que por poco me reclama en mi “noche oscura del alma”.

Desde mi punto de vista, muchas veces escribir es escribirse. Al decir de la escritora española, Ana María Matute, yo llegué a la literatura grande por medio del dolor y las lágrimas. El haber tocado fondo —como experiencia de vida— fue, además de una catarsis, lo mejor que me pudo haber pasado como narrador y poeta. Soy de los que sostienen que no hay razón para desaparecer en los textos, de acallar el yo de manera absoluta, digo, como si eso pudiera ser posible.

El colectivo literario En Los Bordes ha sido una bendición para sus integrantes y colaboradores. Quizá el que ha obtenido los mayores beneficios he sido yo. Compartir las experiencias creativas de todos, desde una mirada honesta y vertical, ha marcado nuestras vidas. Por cierto, en la actualidad nos encontramos dando los toques finales de nuestra segunda antología narrativa: Contrastes. Participan unos once autores, que tomaron un taller de cuento corto y minificción dirigido por la escritora y docente Fannie Ramos y por este servidor.

—Si comparas Secretos inconfesos con Viaje terrestre, ¿qué diferencias observas en tu propio trabajo creativo? ¿Qué es aquello que has aprendido dentro del proceso creativo de dar forma y contenido a un proyecto creativo?

—Para empezar, Viaje terrestre es un poemario. El mismo consta de cincuenta y cuatro textos poéticos, divididos en cuatro secciones temáticas. Con Secretos inconfesos me lancé a la aventura de casar dos géneros en un solo tomo. Y no me arrepiento. El libro está dividido en dos partes: Sujeto inconfesable (una colección de poesía) y Secretos inconfesos (que reúne unos veinte cuentos cortos y microcuentos).

Como los lectores podrán notar, casi todo lo que escribo es breve. Además de haber trabajado como redactor de textos (copywriter) para una renombrada agencia de publicidad de la capital —donde la brevedad es un imperativo categórico—, descubrí hace tiempo que la brevedad es la aprehensión de la totalidad.

En ambos libros, mis textos oscilan entre lo concreto y lo abstracto. Persiguen hablar, entre otras cosas, de las contradicciones del hecho de estar vivos en esta travesía terrenal, un periplo repleto de luces y de sombras. Se asemejan por el hecho de que se cantan, se cuentan y se encuentran, donde ni el miedo ni el amor se esconden debajo de la alfombra. Concibo cada proyecto literario como un desafío al reproductor (lector). Así las cosas, me propuse recordarle y exigirle lo mejor de su humanidad e inteligencia, mientras codifico lo profundo de la conciencia individual y colectiva en el trance peregrinante que llamamos vida.

Aunque creo en la inspiración, lo más importante en el proceso creativo es la transpiración.

En el proceso creativo de ambos trabajos, aprendí que es imperativo disfrutar cada día, cada instante, del privilegio de estar vivos. Que es posible crear realidades alternas mediante el poder sin par de las palabras. Ahí radica la importancia del poeta en las sociedades modernas, pues es ese quien busca arrancarle la piel a la realidad para ver lo que hay abajo y cambiar lo que hay arriba.

Hace varios años escuché a una periodista decir que los escritores pueden ser personas inseguras, pues al escribir dejan expuesto mucho del tejido que les compone. En lo que a mí respecta, prefiero pensar que comparto mis poemas y microrrelatos desde la certeza que me provoca convertirme en una mejor persona. Si expongo mi tejido, es porque me lo revela el misterio que me habita.

Por otro lado aprendí una gran lección: que la disciplina es fundamental a la hora de escribir. Aunque creo en la inspiración, lo más importante en el proceso creativo es la transpiración. Hay que pagar un alto precio cuando un escritor se desprende de sus vestiduras y se expone tal cual es, sin cortapisas. La laboriosidad y la constancia son de cardinal importancia para los artesanos de la palabra en cualquier latitud.

—Don Luis, ¿cómo visualizas tu trabajo creativo de carácter literario con el de tu núcleo generacional de escritores en Puerto Rico?

—En primer lugar, me considero un poeta moderno, un escritor de la modernidad. Esto, en el más amplio sentido de la palabra. Como soy atrevido, me permito apropiarme de las palabras del inmenso Octavio Paz: “En mi peregrinación en busca de la modernidad, me perdí y me encontré muchas veces. Volví a mi origen y descubrí que la modernidad no está afuera sino dentro de nosotros”.

En segunda instancia, entiendo que estamos en uno de los mejores momentos de nuestro quehacer literario. En la actualidad existe un excelente núcleo generacional de escritores nacionales. Todo esto en medio de una sociedad que le ha tocado vivir unos momentos de grandes cambios en lo económico, en lo social y en lo político.

Comparto la idea de que la literatura, aunque sobre todo es arte liberador y sanador, tiene una importante función social. Máxime en estos momentos de crisis que experimentan las sociedades modernas.

Siempre he pensado que escribir es una manera de dialogar con nosotros mismos y con los demás (nuestro prójimo). Es, a su vez, una puerta inconmensurable que nos puede llevar a crear nuevos espacios, donde brillen la equidad y la solidaridad.

—¿Cómo concibes la recepción a tu trabajo creativo dentro de Puerto Rico, y la de tus pares, bien sean escritores de poesía o microcuentos o no?

—Magnífica pregunta. Entiendo que mi trabajo creativo ha sido bien acogido en y fuera de Puerto Rico. El hecho de que los directivos de los colectivos literarios nacionales me inviten constantemente a participar de eventos y juntes poéticos y narrativos me ha ofrecido una plataforma extraordinaria para darme a conocer y compartir mi trabajo creativo.

En varias ocasiones he planteado la necesidad —acaso urgencia— de que los poetas y los narradores de nuestro núcleo generacional nos encontremos y nos leamos de manera frecuente. Creo que nos falta un trecho largo por recorrer en ese sentido.

“Viaje terrestre”, de Luis Enrique Vázquez VélezPor otra parte, desde 2013 he sido invitado a participar de varios eventos de letras fuera del país, a saber ferias, festivales, congresos, entre otros. Para muestra un botón: soy uno de los escritores puertorriqueños invitados a participar de la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2016. A la misma he acudido en los pasados tres años con magníficos resultados.

—Sé que eres de la histórica ciudad de San Germán, Puerto Rico. ¿Te consideras un autor puertorriqueño o no? ¿O, más bien, un autor de poesía y microcuentos, sean éstos puertorriqueños o no? ¿Por qué?

—Me considero un escritor puertorriqueño —poeta y narrador—, natural de San Germán, Puerto Rico. En las palabras de contraportada de Secretos inconfesos, mi dilecto amigo, colega de letras y compueblano Hamid Galib señala lo siguiente:

El autor se entrega al mundo como debe ser, pues nuestra artesanía tiene que ofrecerse al mundo. Poemas de amor y desamor, rituales de idas y regresos, olvidos que son celebraciones, y puentes inciertos entre el pasado y el futuro. Todo enmarcado en una nostalgia muy sangermeña. Y es que el cantor surge de esa tradición histórica de creadores de nuestra Ciudad de las Lomas.

El entorno es muy importante a la hora de plasmar símbolos e imágenes en mi poiesis.

—¿Cómo integras tu identidad étnica y tu ideología política con o en tu trabajo creativo?

—A lo mejor parezca una perogrullada, pero para un escritor de la modernidad como yo no es posible desvincularse de su identidad étnica-cultural ni de su ideología política. Uno es lo que es, y punto.

Desde que tengo uso de razón —acaso por una rebeldía ancestral— me supe partidario de la liberación nacional. Debo admitir que he abordado poco, de forma directa, dicha realidad en mis textos (sean éstos poéticos o narrativos). Un lector sagaz podrá encontrar atisbos de mi particular modelo de mundo en términos de ideología política y compromiso social.

—Tu trabajo creativo literario se inicia recientemente. Sin embargo, has dedicado una parte de tu vida a la docencia en literatura e historia, luego de formarte en la Universidad de Puerto Rico, en la meca de las humanidades de Puerto Rico, el Recinto de Río Piedras. ¿Cómo relacionas tu paso por la universidad, tu formación en humanidades y el desarrollo de tu trabajo creativo con tu lectura particular de la vida y tu propio quehacer diario hoy?

—Mi paso por el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, y su Facultad de Humanidades, fue una experiencia alucinante. Máxime para un curita sangermeño, acostumbrado a una vida sencilla y repleta de silencios.

En la Iupi conocí gente de grandes quilates, como el hoy profesor del Departamento de Lenguas y Literatura de la Universidad de Nuevo México, Eleuterio Santiago Díaz. El sureño, autor de la “invitación al lector” (prólogo) de Secretos inconfesos, plantea en la misma:

Los 1970s y los 1980s eran años en los que diversos sectores de la sociedad puertorriqueña accedían a la universidad. Se trataba del encuentro con nosotros mismos en nuestra diversidad: muchachos y muchachas de distintas comunidades marginadas, y no marginadas, de puntos distantes de la isla, convergían en los salones de clases, los hospedajes y las calles de Río Piedras. Eran, sin duda, años de hermandad en la necesidad y el avatar del día a día. Luis llegaba de San Germán, yo, de Patillas.

Allí conocí a la persona que se convirtió en mi primera esposa. Esta era una lectora voraz que me presentó a figuras seminales de la literatura como Borges, Quiroga, Cortázar, García Márquez, Anjelamaría Dávila, Luis Rafael Sánchez, Rosario Ferré, Olga Nolla, entre otros. Ciertamente, mi universo literario se amplió no solo en el recinto riopedrense y sus pasillos, sino en las calles y las librerías de la ciudad universitaria.

—¿Qué diferencias observas, al transcurrir del tiempo, con la recepción de tus compañeros de viaje o aventura creativo-literaria con tu trabajo creativo y la temática o las temáticas que abordas en el mismo?

—A algunos de ellos les ha tomado por sorpresa mi incursión en las letras. No porque dudaran de mis capacidades escriturales, sino porque siempre me mostré bastante renuente a compartir mi trabajo creativo.

Hace varios años, luego de una crisis existencial que por poco acaba con mi vida, se reveló otro Luis Enrique. Un viajero terrestre que fue capaz de exorcizar sus demonios, a través del poder sin límites de las palabras. En ocasiones, pienso que si me extravié fue porque necesitaba encontrarme. El Señor de todos los verbos y de todas las palabras me rescató de las aguas.

Imagino a mis lectores como gente sencilla, común y corriente, con sus aciertos e interrogantes.

Las temáticas que abordo en mis proyectos literarios corren paralelo al deseo del poeta que cree en la posibilidad de leer el mundo —sea lo íntimo, lo cósmico o el malestar social— y de comunicar. Mi intención es que el lector pueda acercarse al misterio del ser y dejarlo asomar entre la confesión, el silencio y la memoria.

Mis compañeros de viaje saben que para mí es importante ser auténtico en las letras, y en todos los aspectos de mi vida. A fin de cuentas, siempre aparecerá una historia para ser contada —en verso o en prosa— y una oportunidad para prolongar lo vivido.

—¿Qué otros proyectos creativo-literarios tienes pendientes?

—Tengo en el horno varios libros de poesía y microficción. Espero publicar, para el verano de 2017, el libro de géneros mixtos titulado Muestrario de la brevedad. El mismo recoge poesía breve, microcuentos, aforismos, poesía tradicional japonesa (haikus y senryus) y microcrónicas, entre otros géneros y subgéneros.

Estoy consciente de que algunos de los llamados “puristas” juzgan como poco acertada la idea de combinar verso y prosa en un mismo tomo, tal y como Rubén Darío y algunos modernistas y simbolistas lo solían hacer. En cierta ocasión me preguntaron si es urgente o no el libro híbrido (o de géneros mixtos). Contesté que eso lo debe juzgar el lector: ese individuo para el que escribimos. Este es un tema que a través de la historia literaria —moderna y contemporánea— ha generado debates y controversias.

Imagino a mis lectores como gente sencilla, común y corriente, con sus aciertos e interrogantes. Seres de carne y hueso que, al igual que yo, se acercan a la literatura para soñar, escapar, profundizar o disfrutar. Lo anterior puede proveerlo un libro bien cuidado, trabajado con pasión y respeto. Cada lector busca algo en un texto poético o narrativo. Y, al decir de Octavio Paz, “no es insólito que lo encuentre, pues ya lo lleva dentro”.

Ojalá que mis libros provoquen en los lectores el deseo de vivirse a plenitud en un viaje que no termina jamás, que es apenas el inicio de otro viaje. Si el lector vive el viaje exterior del mundo que apalabro en versos y en relatos, y en el viaje interior de quien lo cuenta, me habré salido con la mía.

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