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Claudia Amengual: “Todavía ni me acerco a escribir como quisiera”

domingo 3 de diciembre de 2017
Claudiaa Amengual
Amengual: “Uruguay es prolífico en arte en general. Para los pocos que somos, nuestra literatura es importante y ahora tenemos una generación nueva”. La autora participó en uno de los Diálogos Latinoamericanos de la Feria Internacional del Libro de Santiago 2017.

Traductora pública y licenciada en Letras, Claudia Amengual nació en Montevideo en 1969. Es autora de cuentos y novelas, con traducciones y antologías en Uruguay, Colombia, México, España, Argentina, Alemania y Francia. Es autora de las novelas La rosa de Jericó (2000; Punto de Lectura, 2005), El vendedor de escobas (2002; Punto de Lectura, 2005), Desde las cenizas (Alfaguara, 2005), Más que una sombra (Alfaguara, 2007) y Falsas ventanas (Alfaguara, 2011).

—¿Qué te decidió a escribir?

—Creo que he leído desde muy chiquita, pero también he tonado el libro como objeto material. He sido siempre una persona tímida y amante del silencio, yo me llevo muy bien con la soledad.

Nos atonta mucho el materialismo, y aunque quisiera evitarlo, uno está metido, y uno empieza a escribir con una carga emocional y emotiva muy fuerte.

—¿Tiene un escritor obligatoriamente que ser tímido e introvertido?

—No lo sé, los que tenemos esa naturaleza tímida necesitamos expresarnos y la literatura te da esa pantalla que es la mediación de la palabra, que te hace comunicar a grandes públicos, pero protegida detrás del libro. Sin embargo, toda la timidez se me va cuando hablo con el público.

—¿Que temáticas abordas, qué te hace escribir?

—En las primeras dos novelas he trabajado mucho el concepto de la felicidad, y lo he llevado al plano existencial y lo he puesto más como un deber que como un derecho. Nos han regalado la vida y hay que hacer lo posible por disfrutarla. Hay una frase de Savater que dice: “La vida es la búsqueda de la felicidad, el resto es silencio o quizás corolario”. Nos atonta mucho el materialismo, y aunque quisiera evitarlo, uno está metido, y uno empieza a escribir con una carga emocional y emotiva muy fuerte, y cuando entra en los circuitos comerciales cambian las claves y debe uno empezar a pensar de otra manera.

Yo soy hija de un padre suicida, con un dolor desde los siete años que se arrastra para toda la vida. Lo que yo intenté tras treinta años fue deconstruir esa lógica suicida tan compleja que me hace preguntarme qué fuerza puede ser tan poderosa para ir contra el sentido de supervivencia. No logro entender cómo un padre que me quería logró quitarse la vida. Uno siente dolor, pena y culpa para siempre, pero el estudiar el suicidio me ayudó a entender que es una cosa más compleja donde funciona el inconsciente, donde no hay libertad.

Trabajé también sobre el miedo y el cambio, cómo el miedo paraliza, pero te hace correr. En mi última novela, Cartagena, trabajé sobre el perdón y la culpa. La culpa es una mochila que si no la aligeras, te tranca la vida. Pero no hay que aligerarla por completo pues uno no debe andar impune ante la conciencia y el dolor humanos.

—¿Escribes de noche?

—Nunca pues el consciente está muy bajo, las emociones muy altas y técnicamente me he dado cuenta de que la calidad es menos. Trabajo sobre todo en las mañanas.

—¿Cómo está la realidad literaria en Uruguay?

—Sabes que Uruguay es prolífico en arte en general. Para los pocos que somos, nuestra literatura es importante y ahora tenemos una generación nueva. Sin embargo aún la literatura se concibe como una actividad no profesional y esa es una de las polémicas que tengo con mis colegas. Escribir es un trabajo, pero eso no significa que hay que encerrarse en una cápsula, hay que estar inserto en la vida para poder escribir.

—¿En qué parte de tu carrera estás?

—Ojalá que antes de la mitad, pues todavía ni me acerco a escribir como quisiera.

—¿Que autores te guían en tu arte?

—Tengo mi panteón de escritores adorados pero no puedo decirte que mi escritura se asemeje. Te nombro a Rulfo, Borges, Cortázar, a mi poeta querida uruguaya Idea Vilariño, a Onetti; en fin.

—¿Qué te parece el Premio Nobel como estímulo?

Ojalá pueda dedicarme completamente a la escritura. Porque hay veces que uno desfallece.

—Acabo de terminar algo de Ishiguro: Lo que queda del día. Me pareció soberbia, y es una de las escasas oportunidades en que la película está a la altura de la novela. Leí la ultima, El gigante enterrado, pero me pareció una búsqueda de la verdad como forma de vida mejor que vivir anestesiado como te comentaba antes. Creo que los premios estimulan, muchas veces nos dan recursos para seguir escribiendo, pero uno debe saber que todo esto es muy aleatorio. Hay que saber que no se es absolutamente bueno cuando te lo dan ni absolutamente malo cuando no te lo dan. Y el Nobel es un premio un poco político.

—¿El papel social del escritor?

—Muy importante, tiene una voz en una sociedad donde hay muchas voces silenciadas. Hay muchos que no tienen quien los escuche.

—¿Cómo te ves en quince años más?

—Ojalá pueda dedicarme completamente a la escritura. Porque hay veces que uno desfallece, pero aparece el feedback de los lectores y te salvan y te empujan de nuevo. Escribir lleva tiempo y paciencia. Poder dedicarme cada vez más y con más tiempo y llegar al punto en que me sienta conforme es mi meta. Me exprimo para darle al lector lo mejor, pero siento que quisiera escribir mejor, quiero cortar la brecha entre lo que deseo decir y lo que hago, y —a veces— las palabras no me dan.

Eduardo Rubilar Aravena