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Carlos Decker-Molina
“No puedo dejar de contar”

domingo 8 de septiembre de 2019
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Carlos Decker-Molina
Decker-Molina: “El mercado nos quiere uniformar, por eso las novelas de éxito se parecen unas a otras”.

Con más de cuatro décadas viviendo en Suecia, el escritor boliviano Carlos Decker-Molina se sabe dueño de una perspectiva única, latinoamericana en un entorno europeo, que se retroalimenta constantemente y que le ha permitido apreciar los cambios políticos en su país, y en el resto del continente, con los ojos de un ciudadano del mundo.

Periodista, más que de oficio, de sangre —Decker-Molina considera el periodismo un modo de vida—, el autor de la contundente novela El eco de los gritos, publicada en 2018 por Verbum, es como escritor un caso peculiar: las redacciones del siglo XX, con sus máquinas de escribir y sus discusiones, lo acostumbraron a escribir en medio del ruido y, según asegura, prefiere ser interrumpido para alcanzar el tono que quiere en sus relatos. Sobre sus hábitos de escritura, su análisis de la realidad política del último medio siglo y sus preferencias literarias conversamos en esta ocasión.

 

Tanto sus libros como su trayectoria como periodista demuestran que es usted un gran observador de los conflictos y también de la historia en general de América Latina. Partiendo de este punto, ¿cómo podría usted definir a la región? ¿Son sus conflictos bélicos y políticos los temas más urgentes por contar?

El continente de las injusticias, de las desigualdades, del canibalismo político. Las injusticias y las desigualdades, suponía mi generación que se resolvería con la revolución. La revolución no fue posible y allí donde fue posible se feudalizó, se olvidó que nació libresca y se estalinizó a la criolla. Luego de la década de dictaduras militares se pensó que el instrumento era la democracia y se volvió a feudalizar el poder, se aplicó un estalinismo sui géneris. Se sustituyeron las herramientas políticas que los llevaron al poder para no permitir alternancias, lo que desvirtuó el carácter democrático. Hay buenos ejemplos de socialismo democrático en Escandinavia; personalmente radico en Suecia desde 1976. En esos países, la democracia es diálogo permanente; nuestro continente es el de los monólogos yuxtapuestos.

En los entresijos de esa realidad mora la literatura. Hay mucho por contar.

 

Ha viajado por diferentes países del mundo para realizar distintos trabajos y proyectos como periodista, ¡háblenos de eso!

He sido testigo de algunos acontecimientos fundacionales de este nuevo siglo. Tengo un libro que se llama Sobrevivientes, réquiem para el siglo XX, donde relato, en una combinación de periodismo y literatura, la desaparición de Yugoslavia, por ejemplo. El drama de los refugiados del Balcan. Todo comienza con la caída del muro de Berlín. Tengo una novela, Soledad (Ed. Kipus), que combina la vida de unos refugiados políticos latinoamericanos con la guerra en Kosovo. Y, en una novela que estoy revisando, se entrelazan dos historias, una latinoamericana y la otra árabe, pues he estado en el Medio Oriente, concretamente en el Líbano, Jordania, Irak y Siria.

 

“El eco de los gritos”, de Carlos Decker-Molina
El eco de los gritos, de Carlos Decker-Molina (Editorial Verbum, 2018). Disponible en la web de la editorial

Usted ha declarado que, aun cuando es escritor, su principal labor es la de periodista. ¿Por qué? ¿Podría usted describir “eso” que le hace amar tanto al oficio que lleva ejerciendo por años?

Para mí el periodismo es un modo de vida. Lo ejerzo desde los dieciocho años. En esos años no había escuelas superiores de periodismo, uno aprendía cortando cables y escuchando a los más veteranos. Estudié derecho y ciencias políticas en la universidad boliviana y ello me dio dos instrumentos que se aplican en el periodismo, la lectura y el análisis. No puedo dejar de contar, además veo o miro los hechos con otros ojos que no son los europeos, encuentro aspectos ocultos y comparables con lo que puede pasar en nuestro continente.

 

Al momento de contar una historia, de trabajar en un nuevo proyecto literario, ¿cuenta con un ritual o normas para conseguir su objetivo?

Como he trabajado en redacciones grandes (Argentina) en tiempos de los teléfonos de escritorio, con ruido de máquinas de escribir y la cháchara de los colegas, no me gusta escribir en silencio; probablemente puedo llamar ritual a esto. Además, no apago mi celular, es decir, me gusta que me interrumpan.

Hago un esquema, lo transgredo, hago otro, vuelvo a transgredirlo y finalmente, aunque sin respetarlo en su totalidad, sigo el esquema. Otras veces tengo la idea redonda, como me pasó con la novela Tomasa, finalista del Premio Internacional Kipus de 2014.

 

¿Cuáles son esos elementos que toda historia debe tener para ser considerada como buena o recomendable para su lectura?

Los talleres de escritura creativa suelen hablar de “tensión”; pienso que se puede escribir sin tensión. Lo importante es que haya dramaturgia. En Suecia hay escritores que mezclan, sin problemas, el ensayo con la literatura, el reto es cómo contar. Hay una novela francesa extraordinaria que se llama Brújula, de Mathias Enard, que cuenta las últimas veinticuatro horas de un opiómano que recuerda un amor y sus viajes por el Oriente Medio antes de la revolución iraní. No hay tensión, pero el relato es tan conmovedor que uno sigue leyendo. El mercado nos quiere uniformar, por eso las novelas de éxito se parecen unas a otras; pienso que la literatura latinoamericana al seguir alimentándose de hechos reales es mejor que la simple fantasía contada con tensiones arbitrarias.

 

Salí al exilio con un solo libro que fue regalo de mi padre cuando cumplí quince años, El talón de acero, de Jack London.

Uno de sus libros lleva por nombre Carlos, el lector. ¡Háblenos sobre este proyecto! En Letralia también nos gusta conocer a nuestros autores en su faceta como lectores.

Carlos, el lector, es un libro de memorias, pero la parte que tiene que ver con la lectura. Es un homenaje al libro y, sobre todo, a la lectura. Leo desde los seis años, comencé leyendo en voz alta el diario a mi abuelo materno para seguir luego leyendo, parado en una mesa de trabajo, a los obreros de la Bolivian Ralway Co., la empresa de ferrocarriles de Bolivia. En el exilio la lectura me sirvió para integrarme a la sociedad donde llegaba. Es más fácil hablar con un persa sobre Omar Khayyam que intentar un diálogo sobre Jomeini y repetir los versos de Adonis a un libanés. Esas lecturas se vuelven llaves que abren puertas extrañas de países extraños. Abrí la puerta de Suecia con el cineasta Bergman y el gran literato y dramaturgo August Strindberg, un gran profesor de literatura nos había dado a leer La señorita Julia.

 

Por último, ¿haría para nosotros una lista de sus cinco libros indispensables en su biblioteca? Cuéntenos también si los recomienda y por qué.

Salí al exilio con un solo libro que fue regalo de mi padre cuando cumplí quince años, El talón de acero, de Jack London; para mí es esencial por razones sentimentales.

Al margen de ese libro, mis preferidos son La escopeta de caza, de Yasushi Inoue, japonés. Es un libro de menos de cien páginas y son nada más que tres cartas de tres mujeres dirigidas al mismo hombre. Es un triángulo sentimental en el que cada lector decide cómo transcurre la historia. A veces las interpretaciones de los lectores no son coincidentes.

Ulises, de James Joyce. Importante por su manera de relatar lo cotidiano, ese viaje diario al interior de uno mismo. Pero para quienes tienen dificultad en terminar de leerla recomiendo la biografía Nora, de la escritora Brenda Maddox, como lectura previa al Ulises, pues uno se entera de cómo fue concebida la gran novela de Joyce, y ayuda en su lectura.

Leviatán, de Paul Auster, es importante por su estructura. Enseña mucho; además, Auster tiene otros libros como La trilogía de Nueva York o La noche del oráculo; en este último hay notas a pie de página que se convierten en cuentos.

Los amantes políglotas, de la sueca Lina Wolff, que es la traductora de Roberto Bolaño. Su libro tiene un guiño a la literatura de Bolaño. El libro citado es una historia contada a través de tres protagonistas, la última historia es vital.

Madame Bovary, de Gustave Flaubert, por la creación de un personaje inmortal.

Si me preguntas el próximo mes, habré sustituido a alguno de ellos por algún otro al que hoy lo olvidé.

Letralia

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