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Fabricio Estrada
“El cuerpo habla a través de sus heridas”

domingo 22 de septiembre de 2019
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Fabricio Estrada
Estrada: “Soy un escritor hondureño, ahora más que nunca. Lo atávico jamás me abandona”.

Fabricio Estrada (Honduras, 1974) es fotoperiodista, promotor cultural y escritor. Vive, o se cuece en su día a día desde San Juan, Puerto Rico. Estrada tiene una vasta obra creativa en la que ha transado de manera especial por la poesía. Parte del trabajo creativo de Fabricio ha sido publicado, entre otros países, en Costa Rica, México, Puerto Rico, España, Inglaterra, Colombia, Uruguay, Honduras y Argentina, y traducido al árabe, inglés, italiano, portugués y sueco. Algunos de los trabajos de Estrada son Sextos de lluvia (1998), Poemas contra el miedo (2001), Solares (2004), Imposible un ángel (antología; 2005), Poemas de onda corta (2009), Blancas Piranhas (2011), Sur del mediodía (2013), Houdini vuelve a casa (2015), Blake muere en París a causa de un paparazzo (antología personal; 2018) y 33 revoluciones para Rodríguez (2018). En el 2017, Fabricio obtuvo en Honduras el Primer Lugar del Premio Nacional de Poesía de Los Confines. Estrada ha respondido a mis preguntas, y todas sus respuestas son para compartirlas con vosotros.

 


 

Los cortos de David Lynch y Caza de conejos de Mario Levrero fueron llaves maestras para que redescubriera la viabilidad de imágenes y narrativa.

—Recientemente has recibido el Premio Nacional de Poesía Los Confines (2017) por tu libro de poesía 33 revoluciones para Rodríguez (2018). ¿De qué tratas en este poemario premiado y publicado en tu país de origen y cómo recorres entre la literatura y la realidad o no ficción?

—Tuve la fortuna de apostarle a este poemario que en verdad creí parte de un souvenir muy personal, un registro que necesitó de la catarsis de la poesía para poder digerir lo que sentí al ver Searching for Sugar Man, el documental sobre Sixto Rodríguez ganador del Oscar 2012, que es base de los textos. El premio llegó junto a una alegre sorpresa generacional ya que cuando se dio el fallo en la ciudad de Gracias, Lempira, la mayoría de poetas junto a los que organizamos el Colectivo de Poetas Paíspoesible (2004-2009) estaban ahí, al fondo de la llamada telefónica, celebrando mi asombro. Este premio, convocado en 2016 en el marco del Primer Festival Internacional de Los Confines, me fue entregado en una bella edición de la Editorial Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, y fue considerado como ganador por la poeta y crítica literaria hondureña Helen Umaña, el poeta argentino Jorge Paoloantonio y el poeta panameño Javier Alvarado. Muchas cosas coincidieron en ese premio: mi ausencia de Honduras, las palabras del poeta español Juan Carlos Mestre (tan esencial para muchos de nosotros en Paíspoesible) y la acción directa de los poetas Salvador Madrid, Ethel Ayala, Carlos Ordóñez y Néstor Ulloa en el montaje del evento y la publicación, sin dejar de mencionar que mi impresor-mecenas de mis poemarios en Honduras, Evaristo López Rojas, está fungiendo como director de la Editorial Universitaria. Así que el premio fue todo un reencuentro.

33 revoluciones para Rodríguez es metaficción pura y responde a uno de los enunciados de la poética aristotélica: la necesidad de fabular. En este caso, la misma historia de Sixto Rodríguez es todo un avasallador acto de elegía al solitario y anónimo creador que no calcula las consecuencias de lo creado. Su antítesis sería la vida del escultor polaco Stanislav Szukalski, y ambos, en un punto que sólo la poesía puede reconocer, se unen para darnos una lección de dignidad artística insobornable. Intenté capturar esa chispa donde genialidad y anonimato confluyen, y a partir de ella prenderme fuego.

—¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo? ¿Qué relación tiene la poesía de 33 revoluciones para Rodríguez con tu trabajo creativo-poético anterior y hoy?

—Este poemario está íntimamente enlazado con mis dos poemarios anteriores, Blancas Piranhas (Editorial Pez Dulce, 2011) y Houdini vuelve a casa (Pez Dulce y Trabalis, 2015-2017), en los cuales hice uso del soliloquio sostenido y fragmentado para poder explicar cierto regreso a una poesía intimista luego de largos años volcado hacia el exteriorismo y la militancia poética. Los cortos de David Lynch y Caza de conejos de Mario Levrero fueron llaves maestras para que redescubriera la viabilidad de imágenes y narrativa. Me quitaron la prudencia. Cuando escuché y vi a Sixto Rodríguez, sus letras y su música simplemente me dieron la conmoción que sirvió para desbordar lo acumulado. En Blancas Piranhas abordo la angustia del trabajo moderno, tan lleno de actos cuya finalidad es ser simple y llanamente improductivos, como bien explica el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, y en Houdini vuelve a casa llevo a cabo una larga conversación con mi querido amigo y gran poeta nicaragüense Francisco Ruiz Udiel, quien tomó la decisión del suicidio en las primeras horas de 2011. Vuelve aquí el punto de confluencia descrito anteriormente: Sixto Rodríguez amalgama ese recorrido. La primera vez que leí un par de textos de 33 fue en Rosario, Argentina, durante el Festival Internacional de Rosario de 2013, y me escuché de pronto casi cantando, cosa que no pasó desapercibida por el poeta cordobés Pablo Natale, quien tiene una banda llamada Los Bosques de Groenlandia. Al final de la lectura se me acercó supercontento de que yo hubiera escrito y leído esos textos de alguien que también lo había dejado asombrado. Supe que el asunto era musical y así continué leyéndolo, esporádicamente; incluso en el Festival de Poesía de Costa Rica 2014 afiné definitivamente el cómo quería leerlos, y la idea pasaba por hacerme acompañar de una banda como lo hice en las presentaciones de Blancas Piranhas en Honduras, con Radio Zativa y Royal Blues, pero ya no encontré cómo.

Asumimos un grave compromiso: ser felices hasta morirnos de la risa de la Honduras cívica.

—Si comparas tu crecimiento y madurez como persona, poeta y escritor, ¿qué diferencias observas en tu trabajo creativo-poético o no de entonces (anterior) con el de hoy?

—Definitivamente siento la distancia que he tomado con la elegía, tan proclive a darse en el medio poético centroamericano. El paisajismo es una forma que ya no ocupo quizá porque ya me sirvió para completar el paisaje interior donde necesitaba vivir, y la versificación ha ensamblado con un ritmo interior que entiende la poesía a través de un pentagrama más holístico, cercano a lo que buscaba el compositor húngaro Béla Bartók con todo y su mundo de convocatorias musicales desde la cotidianeidad.

—Fabricio, ¿cómo visualizas tu trabajo creativo con el de tu núcleo generacional de escritores con los que compartes o has compartido en Puerto Rico y Honduras, y fuera de estos dos países en los que has tenido la oportunidad de vivir o sobrevivir?

—Creo que gran parte de mis textos están imbuidos del fervor ideal —recurro a Mario de Micheli— que mi generación en Honduras tomó como fuerza de acción colectiva. Eso incluye las grandes pláticas y fiestas, complicidades políticas, desencuentros políticos y la organización política militante, no sólo a nivel ideológico, sino en la organización de la gestión cultural, desde el Taller de Poesía Casa Tomada (1992-96), la Biblioteca Andante de Rubén Izaguirre y Pez Dulce (2000-2004 en Tegucigalpa) hasta pasar a Paíspoesible y Artistas en Resistencia al golpe de Estado en 2009. Existió todo un carrusel donde el vertiginoso girar nos concentró en la idea de una Honduras que por fin se liberaba del determinismo modernista, y para ello buscamos integrar a los maestros vivos de la poética nacional posvanguardia, Roberto Sosa, Rigoberto Paredes, José Luis Quesada, Livio Ramírez, Helen Umaña, José Adán Castelar, Tulio Galeas, Pompeyo del Valle. En torno a ellos asumimos un grave compromiso: ser felices hasta morirnos de la risa de la Honduras cívica.

En Puerto Rico he tenido una dicha muy precisa; casi diría que he tenido la fortuna de un pulidor de diamantes que se arroba con un tesoro que no es de él. Aprendí a conocer esta inagotable isla a través de la dolorosa poesía de Iris Alejandra Maldonado y luego por la musicalidad de Mayda Colón, mucho antes que la de Julia Burgos. Cosa de tiempos, por supuesto, pero de ahí en adelante he aprendido que nada de la poética boricua puede entenderse sin la impronta de las mujeres. Cindy Jiménez-Vera es mi asombro personal por lo mucho que coincido en su búsqueda de estructurar el discurso poético, y la poesía de Liliana Ramos Collado me sigue dando lecciones, así como la de José Raúl Gallego, David Caleb Acevedo y Nicole Delgado. Crezco en esta nueva vida borincana, y seres humanos espléndidos como Vilma Reyes, Hilda Vélez, Marcos Reyes, Antonio Rosa, Linda Rosa, Angie Camacho, Marioantonio Rosa, Gaddiel Ruiz, Álex Maldonado, José Ernesto Delgado, Rafael Acevedo, Eduardo Lalo, Zayra Taranto, Alexandra Pagán, Manuel Almeida y Enid Álvarez me han dado la confianza para mis primeros pininos en esta isla escrita, agradecimiento que extiendo hacia Tite Vásquez y hacia vos, por supuesto. Y claro que también hay un fervor ideal en Puerto Rico, algo que siento profundamente.

—¿Cómo concibes la recepción a tu trabajo creativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de tus pares, bien sean escritores de poesía u otro género?

—El cuerpo habla a través de sus heridas. Bien lo describió Shakespeare al poner en voz de Marco Antonio que cada herida de Julio César eran bocas que gritaban la infamia de su asesinato. Latinoamérica, entonces, habla a través de Puerto Rico y Honduras, naciones a las que pertenezco sumidas en un colonialismo que intenta desangrarlas. Cualquier cosa que siga escribiendo está circunscrita a este dolor y el dolor tiene diferentes formas de recibirse.

—Sé que eres de Honduras y que vives en Puerto Rico. ¿Te consideras un autor hondureño o no? O, más bien, un autor de literatura, sea esta hondureña o no. ¿Por qué?

—Soy un escritor hondureño, ahora más que nunca. Lo atávico jamás me abandona, mucho menos ahora que el imperialismo amenaza con hacer de Honduras un territorio yermo, disgregado.

Trato de pulir mi disciplina de escritor. En Puerto Rico he encontrado un espacio calmo sin la cadena de enajenación mediática que bombardea desde los medios de represión hondureños.

—¿Cómo integras tu identidad étnica y tu ideología política con o en tu trabajo creativo?

—Sístole y diástole. Soy un mestizo y alcanzo a percibir hacia dónde respira mi memoria. Presto atención a los ecos que la memoria diversa me trae, y si algo la amenaza, tengo la estructura ideológica para protegerla.

—¿Cómo se integra tu trabajo creativo a tu experiencia de vida? ¿Cómo integras esas experiencias de vida en tu propio quehacer de escritor hoy en Puerto Rico?

—Trato de pulir mi disciplina de escritor. En Puerto Rico he encontrado un espacio calmo sin la cadena de enajenación mediática que bombardea desde los medios de represión hondureños. Y claro que aquí los hay, más perversos, incluso, pero estoy en cámara de despresurización todavía. El mar es un gran tanque de oxígeno.

—¿Qué diferencia observas, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a tu trabajo creativo y a la temática de éste? ¿Cómo ha variado?

—Creo que los que conocen lo que escribo, que no es sólo poesía, se habrán dado cuenta ya de mi insistencia. Calidad e insistencia no son sinónimos, pero son gemelos que sospechan uno del otro. El “público lector”, por lo tanto, tiene más que derecho a dudar o a creer firmemente que estoy diciendo algo vital.

—¿Qué otros proyectos creativos tienes recientes y pendientes?

—Voy hacia la publicación de mis cuentos y una novela. Los poemas continúan su torrente bajo el título Los juegos fascinantes y Las crónicas del capitán Snorkel. Quiero consolidar mis crónicas y ensayos… ¡Ah!, y mi fotografía.