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Linda D’Ambrosio
“Mi tarea es promover el talento venezolano en el extranjero”

domingo 8 de marzo de 2020
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Linda D’Ambrosio
D’Ambrosio (Caracas, 1962) define como su tarea la gestión de espacios de encuentro para los venezolanos en el extranjero.

La imagino bajo los árboles de Madrid escuchando el parloteo de los pájaros o a la sombra vespertina de su estudio cuando va tras la musa para espumar su escritura o descubrir vidas venezolanas valiosas y ejemplares desmanteladas por el tiempo o la adversidad.

Desde 1999 vive en España, pero piensa, crea y se halla para su tierra, Venezuela. Nunca se fue. Sólo hace camino, con respeto y reconocimiento por el otro, por la vida y la obra del otro, con generosidad y admiración. Toda humanidad le es propia. Nos muestra nuestro país precisamente cuando sentimos que lo hemos perdido, tanto los que nos quedamos como los que se marcharon.

Ha sembrado a nuestra tierra y hoy su semillero vuela con el viento. Mujeres, hombres, pueblos y ciudades son una realidad en su voz y escritura potentes, en su esfuerzo para que todos tengan un espacio donde antes no lo había, para que todos caminen con las cabezas y espaldas erguidas y que se sepa que allende el mar hay un país que no está seco, sólo herido.

Es “un prodigio de ser humano que, sin duda, ha querido —y sabido— narrar las peripecias de un grupo de venezolanos que, como ella dice, vive en ultramar”, tal reza la presentación a su último libro.

Hoy responde Linda D’Ambrosio.

 


 

El verdadero trabajo es el que se realiza a posteriori sobre lo que uno escribe, que a veces puede llevar años.

¿Qué piensas del oficio de la escritura? ¿Por qué escribir?

El oficio de la escritura… Oficio, en el sentido de saber hacer, no de vivir mercantilmente de la escritura… Hoy en día es posible: allí está el copywriting, sin ir más lejos. Pero eso vendría a ser así como un arte aplicado, cuyo éxito, en todo caso, estaría subordinado a la mayor o menor pericia del escritor…

Debe de haber tantas motivaciones para escribir como escritores… Hay métodos, fórmulas, coaches, cursos para escribir. Esto me hace suponer que hay quien tiene la intención deliberada de publicar un libro y recurre a lo que sea necesario para alcanzar su meta. Y hay quien escribe porque no puede evitarlo, porque no le queda más remedio, sin pensar en la suerte que correrán sus textos. “La voz que me despierta”, llamaría Beatriz Villacañas, la poeta toledana, a esa fuerza inexorable que nos moviliza a escribir y nos impele a levantarnos de la cama y a derramar el alma en el papel. El resultado depende de tantas cosas… La menor o mayor facilidad que tenga el interesado para traducir a palabras emociones, experiencias, imágenes. Y dependerá de las fuentes en las que haya abrevado, no sólo como lector, sino en todas las demás dimensiones de su vida.

En todo caso, creo que es más importante la forma que el contenido. He transitado por historias insignificantes gracias a la belleza del lenguaje y he rehuido contenidos que probablemente hubieran sido significativos de no venir envueltos en un texto farragoso.

El verdadero trabajo es el que se realiza a posteriori sobre lo que uno escribe, que a veces puede llevar años. Ineludible la lectura de otros ojos abnegados ¡y calificados! A menudo cosas que a uno le parecen obvias no son tan evidentes para el lector. Ese feedback es extraordinariamente valioso e indispensable.

No me refiero, claro, al trabajo de investigación que respalda una historia contextualizándola en un momento, un lugar, un entorno específico. Estoy pensando en ese conjunto de pasos preconcebidos que entraña la promesa de que, de llevarse a efecto, dará por resultado una obra magnífica o, por lo menos, una obra.

 

¿Eres una escritora de la emigración?

Las circunstancias me han llevado a poner en el centro de mi escritura a los venezolanos de ultramar, pero no les he conferido más atención que a otros personajes en otras circunstancias de mi vida. Se han convertido en el centro porque son los que tengo más cerca; porque insuflar a mis compatriotas cierta conciencia de su propia valía forma parte de una estrategia de supervivencia, para ellos y para mí; porque en su momento fue una forma de sostener el ánimo de quienes se disponían a salir de Venezuela proponiéndoles como referencia a otros que habían emigrado con éxito antes que ellos; porque me parece de justicia dar a conocer nuestro talento en el suelo español.

 

¿Qué te arrastró a la escritura y a la lectura? ¿Tienes algún ritual o disciplina para escribir?

Yo antes pensaba. Ahora escribo. Escribo incluso cuando no estoy escribiendo. Cuando lavo los platos o cuando doblo la ropa. Cuando cruzo la calle. Todo es material para una columna. Escribir es poner en común la propia vida, la propia experiencia del mundo, la propia emoción. No hay rituales. Estoy más lúcida, eso sí, cuando acabo de despertarme. Hay un estadio intermedio entre el sueño y la vigilia en el que mana con mayor facilidad lo que está en mi interior. Pero postergo. Eludo ese momento de hurgar en mis entrañas y transformar su contenido en una sustancia que pueda ser manipulada por el otro y manipulada por mí. Y está el riesgo y el pudor, y la frustración… Antes lloraba cada semana cuando veía publicada la columna y la percibía distante de la calidad que buscaba. Ya me he ido medio resignando. Ya sé que no todo me va a salir igual. Será que a veces me suena la flauta, como al borriquillo, y otras veces no hay manera de asir una idea que sea digna de ser comunicada.

Uno escribe porque no puede dejar de escribir. Publicar es otra cosa. Yo empecé a publicar porque, en el contacto cotidiano con los artistas, iba descubriendo ideas en su discurso que aclaraban mi percepción de sus obras. Pensé que para los otros también podían ser iluminadoras. Primero aparecieron en los catálogos de algunas exposiciones. Más tarde comencé a colaborar regularmente con el desaparecido Suplemento Cultural del diario Últimas Noticias. Néstor Luis Martínez tuvo confianza en mí y me abrió las puertas. Después, lo escrito quedó en el ámbito de lo privado, de la investigación, de la correspondencia, hasta que empecé a escribir en El Universal.

 

La procrastinación —el posponer o aplazar tareas— a menudo es hija del perfeccionismo.

¿Qué es lo que más disfrutas del proceso? ¿Cuánto tardas escribiendo un libro? Sabemos de una novela que ya hasta titulaste: Sinamaica

¡No! ¡Yo no lo disfruto! Es como si dijeras que disfrutas de respirar. Respiras porque es tu naturaleza. Pero para mí escribir resulta agotador, quizá porque encierra algo catártico.

Lo más gratificante es, sin duda, cuando te responde un lector. Entonces dices ¡bingo! Y sabes que has hecho diana. Escribir a veces es como poner un mensaje en una botella y cederla a la corriente sin saber si llegará a algún lugar. Algunas de las personas que amo fueron en algún momento lectores que encontraron la botella.

En cuanto al tiempo, la procrastinación —el posponer o aplazar tareas— a menudo es hija del perfeccionismo. Puedes recrearte indefinidamente en reelaborar un texto que nunca acabará de ser como tú quieres. En el periodismo la realidad te pone límites: tienes que entregar y ya. Pero en otros ámbitos es más difícil saber cuándo detenerse.

Sinamaica, concretamente, puede que me lleve la vida. Es un ejercicio de memoria emotiva y de imaginación. E imaginar no es mi fuerte.

 

¿Qué aporta la literatura a tu vida y a tus personajes? ¿Te gusta la ciencia ficción? ¿Qué aprecias al inventar un personaje?

La realidad ya me parece suficientemente rica como para tener que agregarle algo más. Dicen que Pérez-Galdós se detenía a escuchar las conversaciones en la calle para luego nutrir con ellas sus obras. A mí me pasa más o menos lo mismo, pero no lo hago deliberadamente: es sólo que aflora algo que había quedado allí, inadvertidamente, a la espera de ser rescatado en la primera oportunidad que se presentase. A veces es un episodio concreto. A veces es la huella emocional de algún suceso que te ayuda a empatizar con alguno de los personajes, al que le adjudicas esos sentimientos.

Me obsesiona pensar si algo que escribo es mío o es de otro. No sé si algunas cosas las concebí o me fueron inoculadas.

 

A la luz de tu trabajo de promoción de libros y autores, de artistas… ¿cómo es tu experiencia con ellos?

No se puede generalizar. Hay gente muy seria, muy trabajadora, muy empeñada en crecer y en nutrirse, lo cual redunda en la riqueza de su obra. Hay gente más ocupada en figurar. Hay eminencias discretísimas y medianías vociferantes. Y hay quien cree que es natural que le prodigues todo tipo de atenciones. En fin…

 

Mi prioridad en este momento es servir a mi país en la persona de cada uno de mis compatriotas de la diáspora.

¿Crees que puedes vivir de la escritura en este tiempo y en España? Tienes un amplio currículo de trabajo, comunicaciones y publicidad, y pareciera que te roban a la escritura.

Contrariamente a lo que se supone, la proliferación de dispositivos digitales y las redes han creado un amplio campo para el desarrollo de la escritura e incluso para su comercialización. La imagen convive con la palabra, aunque circule en un soporte diferente al tradicional de papel. En el ámbito de la literatura, concretamente, España tiene una oferta casi infinita de material escrito, pero en este y en todos los tiempos ha sido difícil que un autor común pueda vivir de las regalías de sus obras. Veo que muchos escritores, aun los connotados, tienen un trabajo “alimenticio”, que diría Buñuel, y reparten su tiempo entre la pluma y la docencia, las conferencias remuneradas, los clubes de lectura y tantas otras actividades asociadas al mercado del libro que les permiten subvenir sus necesidades.

Mi prioridad en este momento es servir a mi país en la persona de cada uno de mis compatriotas de la diáspora, y ello determina la naturaleza de lo que escribo, cifrado más en la divulgación que en la narrativa o la investigación. Esta tarea se realiza a menudo de la mano de Kalathos, una editorial que se ha posicionado en el mercado internacional en tiempo récord, centrada en la valoración del talento iberoamericano y en la reflexión acerca de temas relacionados con la realidad venezolana. Debo decir que es un honor respaldar la labor de Artemis Nader y David Malavé, que algunos han equiparado a la que realizó Blanco Fombona en territorio español. Sin embargo, mi tarea (y la de las personas que desinteresadamente colaboran conmigo) persigue además crear espacios de encuentro para los venezolanos en el extranjero. Espacios de encuentro con otros y con ellos mismos, con su vocación, su talento y su identidad, a menudo relegadas en aras de adaptarse a un trabajo cualquiera que les permita ganarse la vida. Es necesario crear situaciones en las que cada uno sea lo que auténticamente es, en las que el periodista pueda ser periodista, y no camarero, o chofer o recepcionista de spa, por ejemplo. Y así con tantos otros profesionales.

Así pues, de momento, mi hilo a tierra, lo que me sostiene con vida, es la columna, ese viaje que realizo de la mano de mi editor, Miguel Maita, desde hace ya algunos años. Lo demás tendrá que esperar.

 

Linda D’Ambrosio

Linda D’Ambrosio (Caracas, 1962) es licenciada en Educación, con Maestría en Arte, mención Estética. También ha realizado posgrados en el área de Gerencia Cultural y Gerencia de Proyectos Socioeducativos.

Durante varios años se desempeñó como profesora de Semiología Gráfica e Historia del Diseño Gráfico en la Universidad José María Vargas, en Caracas.

Como coordinadora del Centro de Arte Crisol, gestionó exposiciones de la Sala de Arte Sidor en Puerto Ordaz, presentando la obra de figuras tan importantes como Armando Reverón, Alejandro Otero, Francisco Narváez o Pedro León Castro.

Ha escrito diversos textos críticos sobre artistas y colaboró regularmente con el Suplemento Cultural del diario caraqueño Últimas Noticias. Es autora de la historia de los museos incluida en la Gran Enciclopedia de Venezuela y de los libros Ramón de la Plaza, vida e ideario estético, publicado en Madrid por la Asociación Cultural Isolda, y Venezolanos de ultramar, publicado por Lector Cómplice en Caracas.

Es miembro activo de Venezuelan Press, la Asociación de Periodistas Venezolanos en España, y desde hace varios años escribe una columna semanal en el diario El Universal, de la que ha hecho un bastión para reseñar los logros de los venezolanos que se desempeñan en el extranjero.

Desde diciembre de 2017 ha organizado unos ochenta eventos destinados a promover el talento venezolano en España.

Marijosé Pérez-Lezama
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