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Laurencio Zambrano:
El verdadero trovador

• Domingo 22 de noviembre de 2020
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Laurencio Zambrano
Laurencio Zambrano: “Escribo por necesidad, cuando me lleno de ruidos o recuerdos o de alucinaciones”.

Trovar es lo mismo que “inventar”. Viene del provenzal antiguo que se escribía así: trobar. Llamaban trovadores a los poetas que escribían y cantaban en lengua provenzal. Eran muy cultos. Emergieron en el sur de Francia durante el siglo XII.

Los juglares eran menos intelectuales y más dados a la interpretación. Juglar viene del latín joculator. Animaban el juego, la diversión. El juglar era músico y cantor, actor, mago, bailarín, contador de relatos. Eran la síntesis de un circo.

Al poeta Laurencio Zambrano lo llaman juglar y también lo denominan trovador. Tiene ambas virtudes, aunque ciertamente es un trovador que ha sobrevivido a todas las pasiones que le han servido de escuela. Como cualquier poeta.

Porque Laurencio Zambrano es un trovador, como los de antes. Un poco más un poco menos, se parece a lo que decía al respecto don Víctor Balaguer, en su obra Los trovadores:

El arte del músico fue a dar fuerza al canto del trovador, músico también las más de las veces, y los juegos y danzas de los juglares que acompañaban a los más renombrados trovadores servían, en cierta manera, como de aparato escénico a las canciones, el serventesio, la pastorela. Esta estrecha unión de la poesía con la música contribuyó, tan esencialmente como la misma diversidad de asuntos, a la introducción de aquellas distintas formas tan ricas, tan sabias y tan animadas y brillantes, que hacen sobresalir y resaltar entre todas las poesías, la poesía de los trovadores provenzales.

Zambrano, ese trovador, canta y escribe con matices de poeta surrealista, nadaísta y de influencia beat también. Ni hablar de la cosa política que convirtió en romance el asunto guerrillero.

He leído los poemas de Laurencio Zambrano y también lo he escuchado cantando. Y he sentido el espíritu de un trovador que ha vivido lo suyo.

La influencia del nadaísmo está más enfatizada en la poesía de Zambrano aunque hace un tiempo consiguió su propia voz de andino que ha hecho de todo para que la realidad no lo avasalle. Sin embargo, es justo reconocer que el nadaísmo, o lo que ese movimiento haya sido, fue como un cómodo lugar para la manera de actuar y de pensar que definió a Zambrano. Él está murmurado en esas palabras que escribió Gonzalo Arango cuando comenzó El sermón atómico:

Un poeta nadaísta, ni amargo ni alegre, sin fe pero sin desesperación, definió el mundo con una frase feliz. Dijo que: “el mundo es verde, y sin embargo no hay esperanzas”. Y es verdad. ¿Qué necesidad hay de esperanzas si estamos vivos? Vivir es en sí el acto más esperanzado del mundo. Sólo en la muerte no existe la esperanza.

¿Y Jotamario? ¿cómo escaparse de esa influencia en los años sesenta y setenta?

El mejor homenaje escrito que se le ha hecho a Marilyn Monroe debe ser el poema que escribió Jotamario Arbeláez titulado “Los inadaptados no te olvidamos, Marilyn”, que comienza así:

Ahora que los gusanos han echado sobre tu cuerpo la primera palada de olvido
ahora que vives debajo de Los Ángeles sin necesidad de psiquiatras
ahora que el hueso altivo de tu cadera es puro polvo en una caja
y puro polvo son tus nalgas diseminadas por el suelo de raso de tu tumba
ahora que la totalidad de tu cuerpo cabe en la más pequeña de tus polveras.

Para conversar sobre el verbo irreverente y juguetón de Zambrano se puede traer a colación a otro nadaísta, Eduardo Escobar:

En las sillas de los vivos
los muertos se sientan a fumar
Echando humo por las narices
Cuentan cuentos rajan las paredes
Y cuando pasan las muchachas en la flor de la edad
Saltan invisibles sobre los racimos.

Porque todos esos versos diseminados pero inolvidables, son perfectos para hablar del poeta venezolano Laurencio Zambrano, quien confiesa que el nadaísmo influyó bastante en su vida y en sus impulsos poéticos.

He leído los poemas de Laurencio Zambrano y también lo he escuchado cantando. Y he sentido el espíritu de un trovador que ha vivido lo suyo y hago alusión a esos poemas de Escobar, Arango y Jotamario porque Zambrano tiene mucho de esa actitud que puso emociones en la poesía colombiana y se desbordó por el cauce hispanoamericano.

Su cuerpo
decora hondo.
Me tiene comprando
ropa nueva,
cuidando mis dientes,
mi bigote,
tomando vitaminas,
frunciendo la barriga.
Me tiene engreído
esa mujer.

Cuando Laurencio suelta sus poemas sabes que son como serenatas o como despechos de rocola, un corazón siempre alegre y a veces triste, viajando por atajos como un apache a caballo. Como lector comienzas a recorrer sus versos que son una fiesta y algunas veces un gran despecho universal, pero llega un momento en que la cuestión se torna muy familiar y entonces comienzas a buscar en medio de aquel palabrerío el canto perdido de los pueblos.

En su libro Lutería del corazón muestra su madurez poética:

A pesar de las máculas, su vanagloria es óntica.
No es pecado emular las biotas de un arpegio, ni mucho menos,
ser testigo del hormonal coloquio entre gredas y vientos.
¿Y por qué no? ganarse la gloria, lidiando en la epopeya
de los pájaros que trabajan remozando
la perpetua lutería del corazón.
Inexorablemente, prólogo y epílogo tienen música:
cada quien será músico de miedos y corajes,
lutier de opacidades y destellos.

 

Casi nace encima de un caballo

Laurencio Zambrano dice que nació en donde no tenía previsto nacer: en San José de Bolívar. Eso fue el 26 de octubre de 1949.

Su madre embarazada viajaba a caballo, un cazador disparó cerca y el animal se desbocó. Cuando la señora logró detenerlo sintió los dolores de parto. Más cerca estaba San José de Bolívar y allá dirigió su cabalgadura.

La Grita fue mi nodriza, mi ciudad académica, artística y pasional. Como decía Kavafis: la ciudad que va dentro de ti vayas donde vayas.

“Asistida por una comadrona improvisada, mi madre me parió, de parto feliz y natural, a las ocho y media de la mañana. Mi abuela decía que yo, de vainita, no nací encima de un caballo. Desde esa vez le tengo miedo a los disparos”.

Laurencio, trovador, poeta, hombre enamorado de la vida, se detiene un poco al hablar de su abuela. Él le tenía miedo a los muertos y ella le quitó ese miedo haciéndolo pasar tres veces por encima de un difunto ensangrentado que estaba tirado en el suelo. Laurencio escribió ese pasaje en una novela.

Su abuela le contaba historias sobre la guerra federal donde participaron en bandos contrarios dos tíos bisabuelos de Laurencio. Aquella pasión desatada le llegaba en cuentos lanzados por la abuela.

“Más tarde, esa pasión la continué viviendo en el cine mexicano, donde aprendí a emular el arte de amar y seducir cantando a la usanza de los charros justicieros y galanes. Aún me maravillan los desenfrenos que expresaban El Águila Negra, El Látigo Negro, Mauricio Rosales, Los Tres Villalobos. Todavía mi ideal de justicia tiene mucho que ver con esos personajes”.

 

¿Qué recuerdas de tu vida en La Grita?

La Grita fue mi nodriza, mi ciudad académica, artística y pasional. Como decía Kavafis: la ciudad que va dentro de ti vayas donde vayas. En La Grita tuve maestros de toda laya y colorido: tíos brujos y yerbateros, tíos donjuanes y padrotes. También eremitas, guerrilleros y locos. Y unas mujeres famosas porque de puro bellas y seductoras, tenían el poder de enloquecer a los hombres. Yo tuve una prima hermosísima por la que, según las malas lenguas, se suicidaron varios hombres.

En La Grita adquirí o descubrí algunas habilidades, destrezas y pasiones que aún continúan marcando mi existencia. Muchas las aprendí de mi señor padre, el hombre más polifacético y hacedor que he conocido. Yo le registré unos catorce oficios artesanales con los que mantuvo a nuestra familia.

Cuando salí de allá me traje el río Grita en el corazón. De hecho, mi juglaresca y mi poesía no se explican sin un río: En un poema doy fe de esa relación consanguínea y espiritual con los ríos: “Si va o viene de mi pueblo dígale a mi padre Río Grita que no se olvide, por dios que no se olvide de mandarme saludos con la lluvia”.

Laurencio Zambrano recuerda que estudió tres años de primaria en el seminario Ker María de La Grita. En esa época leyó varios tomos de El tesoro de la juventud, las novelas de Salgari y las de Tarzán, de Edgar Rice Burroughs.

Para mí fue muy buena esa formación, pero me botaron del seminario por impío. Acontecimiento que le causó una incurable infelicidad y decepción a mi señor padre, quien había cifrado todas sus esperanzas en que yo fuese sacerdote o monje asceta de la congregación de los eudistas.

Estudié dos años de bachillerato en el Liceo Militar Jáuregui, ahí conocí a Laurencio Gallardo Vega, un escritor chileno, profesor de literatura, quien me reclutó para el grupo de teatro del liceo y me hizo debutar como actor en la obra El oso, de Chejov.

Ese maravilloso ser humano, padre de la destacada actriz de teatro chilena Ximena Gallardo y amigo de Neruda, escribió, editó y publicó su novela Temple de madrugada en la única tipografía de La Grita. Yo tuve el privilegio, por buen alumno, de que me eligiera como ‘ayudante’ de tipógrafo, buscando vocales, consonantes, espacios, signos de puntuación. Aprendí a montar tipos y galeras, igualmente a detectar posibles omisiones y errores ortográficos.

En clase, todos los días nos hacía leer a Camões, Gabriela Mistral, Rilke, Bécquer, sor Juana Inés de la Cruz y Jorge Manrique.

 

Yo era un hippie que cantaba y daba serenatas con canciones de Julio Jaramillo, José Alfredo Jiménez, Olimpo Cárdenas, Daniel Santos y José Feliciano.

¿Cuáles palabras se te quedaron grabadas de la infancia, cuáles se te quedaron grabadas de la época estudiantil?

Estando en el liceo Simón Bolívar y por el teatro entré en contacto con el pintor Campos Biscardi, los actores y directores de teatro Ciro Medina, Aníbal Denis y el poeta Andrés Mejías. Ellos llegaron a mi vida con la furia creadora del nadaísmo colombiano y el existencialismo sartreano y de Camus; más tarde me atiborraron de Samuel Becket, Ionesco, Harold Pinter, Adamov, Arrabal y sin dejar por fuera a Gonzalo Arango, Jota Mario Arbeláez y Jaime Jaramillo Escobar, por citar algunos.

Ay, cómo les di mala vida a mis padres, abandonando los estudios, metiéndome a hippie existencialista y a simpatizante guerrillero. Curiosamente, nunca me atrajeron el rock ni la música beatnik”.

(Creo que quiso decir que las palabras que se le quedaron grabadas mucho después de la infancia fueron nadaísmo, existencialismo, hippie, guerrillero y beatnik).

Yo era un hippie que cantaba y daba serenatas con canciones de Julio Jaramillo, José Alfredo Jiménez, Olimpo Cárdenas, Daniel Santos y José Feliciano.

En cada rocola hay un libro abierto / en el que la vida canta a dúo con la muerte / y el desprecio baila un tango con la desesperación / Y es que Aristóteles no le dura un round a Daniel Santos.

 

Estuviste en Caracas…

En la Caracas de 1968, estudié en la Escuela Juana Sujo, allí recibí todo el modelaje que pude obtener de la ética intelectual, estética, política y humana que me dieran mis queridos maestros, Luis Márquez Páez, Griska Holguín, Gilberto Pinto, Humberto Orsini, César Rengifo, José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud.

Mi pasión teatral y mis ganas de aventuras me llevaron a Chile en autostop a comienzos de 1969. Tardé seis meses en llegar a Santiago de Chile. Allí, Ximena Gallardo y Pepe Duvauchelle, de Los Cuatro de Chile, me albergaron en sus casas, hasta que agarré rumbo propio.

En Chile terminé mi bachillerato e ingresé a la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile y a la Escuela de Antropología. Ambas carreras quedaron inconclusas por el golpe militar que le dieron al presidente Salvador Allende.

De un tajo, el golpe militar a Allende desarticuló mi proyecto de vida. La muerte de mi esposa, mis dos hijas y compañeros vinculados al teatro y a la antropología, me apartaron para siempre del teatro como profesión.

Salí de Chile obligado y empecé a recorrer Bolivia, Argentina, Paraguay y Brasil como cantor juglar y mochilero. Muy desorientado y adolorido, y buscando olvido, empecé una aventura como marino mercante que me llevaría de Brasil a África Portuguesa; también viajé por la costa norte brasileña y finalmente el Caribe, Martinica, Saint John, Saint Thomas, Santo Domingo y Puerto Rico.

 

¿Desde cuándo escribes?

Llegué en 1975 a Barinas y me vinculé al taller literario Andrés Mariño Palacio, que coordinaba el poeta Avilmark Franco. Bajo su convocatoria nos juntamos Arnulfo Quintero López, Livio Delgado Godoy, Ángel Daniel Muñoz, quienes a la larga resultaron ser excelentes poetas y artistas plásticos, e inigualables seres humanos y fundadores del insolitismo, una “doctrina” estética y política que iba más allá del surrealismo y de El Techo de la Ballena, para adentrarse más en lo mágico, en el trance y en la puesta en escena de la palabra. A ese grupo, la gente lo llamó “Los poetas de Barinas”.

Desde 1976 hasta 1980 fue una época de desenfrenos estéticos, poéticos, bohemios, guitarreros y serenateros. De esa época dan cuenta nuestras publicaciones El cadáver exquisito, Astral y La palabra libre, que convirtieron a cuatro poetas de Barinas en una referencia nacional e internacional.

Hasta esa fecha, yo había compuesto algunas canciones “de protesta”, redactaba documentos y manifiestos, y circunstancialmente escribía cartas de amor y uno que otro poema, pero no escribía poesía formalmente y en serio. Por supuesto, toda mi vida he vivido en poesía, pero es a partir de 1976 que empiezo a escribir y a publicar formalmente en revistas y periódicos regionales. Creo que en 1980 el poeta Alberto José Pérez publicó una antología de poesía barinesa en la que aparecen seis poemas míos.

 

¿Dónde vives?

Después de muchos nomadismos llevo 33 años viviendo en el monte, en un apartado caserío de la Guajira: Las Cruces, en el municipio Mara, estado Zulia. Ahí vivo con mi compañera, en una pequeña granja produciendo alimentos para la subsistencia y como dice sintéticamente mi currículo: “haciendo desde un mandado hasta un edificio”.

 

Ni los capitalismos ni los socialismos solucionarán los problemas que aquejan a la humanidad.

¿Qué añoras de la Venezuela de tu juventud?

La alegría, el coraje y la adrenalina que producía ser parte de los que querían asaltar el cielo, de los que buscaban la utopía a través de los heroísmos e inmolaciones guerrilleras, el mayo francés, donde la inteligencia casi llegó al poder, la revuelta planetaria del rock, los pacifismos, la teología de la liberación, todo ello tocó el alma de nuestra generación. Yo soy un hombre de izquierda realenga, mis axiologías no caben desde hace mucho tiempo en los moldes partidistas, donde he intentado militar me marginan o me expulsan.

Añoro a la gente para quienes el honor y la decencia eran fuente fundamental de la convivencia.

 

¿Qué deploras?

Yo practico el vicio de la sinceridad, en consecuencia, soy repugnantemente sincero. Por eso no me quiere o me ignora mucha gente.

Deploro que las almas y las conciencias se hayan vuelto analfabetas, que la formación en axiologías trascendentes ya no le interese a nadie. Deploro el despojo de poesía y de belleza en la vida y la cultura.

Miro a mis compatriotas y al mundo domesticados por el tener sin escrúpulos, incluso gente de izquierda, que se suponía que era un modelo ético del hombre nuevo, cuando llegaron al poder se convirtieron en corruptos, tan o más pillos e inescrupulosos que los gobernantes que criticaban.

Soy un hombre antipoder, casi un anarquista, combato con mis recursos esa estúpida división de izquierdas y derechas. Ni los capitalismos ni los socialismos solucionarán los problemas que aquejan a la humanidad.

El mundo está entrampado en las relaciones geopolíticas de poder, a merced de las transnacionales energéticas, de la alimentación, la salud y la tecnología que sólo quieren recursos energéticos, naturales y mercados.

Ya el alma no es ni siquiera mercancía espiritual, sólo un cuerpo narcisista, hedonista y consumidor le interesa al mercado. Las consignas gregarias “amaos los unos a los otros” o “proletarios del mundo, uníos” ya son retóricas huecas, que movilizan incautos para el beneficio de unas élites.

Odio la industria de la muerte, el negocio de la muerte. Odio que la vida o la muerte sean permitidas siempre y cuando quien mata o deje vivir gane dinero con sus acciones. No es negocio detener el cambio climático, el negocio es mudar las ciudades costeras cuando el océano las inunde, el negocio es destruir ciudades para poder reconstruirlas. Odio la sustitución de la verdad por fake news, odio la posverdad, de uno y otro lado.

 

¿Qué le ha aportado la escritura, la poesía, a tu sobrevivencia de hoy?

Para mí la poesía es mi salvación. En mi libro Andares de luthería está planteada esa lutherización del mundo y la cultura para hacer vivible el mundo.

 

“Andares de luthería”, de Laurencio Zambrano
Andares de luthería, de Laurencio Zambrano (Sultana del Lago, 2020). Disponible en Amazon

¿Cómo está tu salud? ¿Cómo has sobrevivido esta pandemia?

Bueno, yo soy sobreviviente de un cáncer en próstata y huesos. Logré controlarlo con terapias naturistas y chamánicas. Estoy acostumbrado al aislamiento y un poco mejor equipado para resistir la pandemia. Si yo viviese en la ciudad sin mi conuco, sin mi silencio, sin mis pájaros, sin mis culebras, sin mis iguanas, creo que estaría en un psiquiátrico.

 

¿Cuántos libros has publicado? ¿Cuántos libros sin publicar tienes ahora?

Gerundios del olvido (Instituto Barinés de Cultura y Bellas Artes, Barinas, 2009); Esquejes de canto y piedra (Monte Ávila Editores, Colección Altazor, Caracas, 2014), obra con la que en 2013 obtuve el premio nacional, estadal y municipal de poesía del certamen “Gran Explosión Creadora Bicentenaria” (Caracas, estado Barinas y municipio Obispos del mismo estado), y Andares de luthería (Editorial Sultana del Lago, Maracaibo, 2020), libro que se está distribuyendo por Amazon y Google Books Play.

Próximamente publicaré una antología que incluye tres libros editados y parte de dos libros inéditos, Balada de Acuarimantima (poemas de amor) y Adverbios de greda y viento. También tengo una novela inédita.

 

¿Cómo es tu proceso creador?

Escribo por necesidad, cuando me lleno de ruidos o recuerdos o de alucinaciones. Escribo para salvarme y justificar mi paso por esta tierra, para ser, permanecer y trascender en las palabras.

 

¿De qué vives?

Mi amada compañera Leida Ricoveri y yo aún estamos productivos. Ella como pastelera y yo como panadero, y eso nos da unos ingresos modestos que complementan nuestras devaluadas pensiones y jubilaciones. También hago asesorías metodológicas para tesis de pregrado o maestrías, corrección de libros. Gracias a Dios y a nuestro trabajo agrícola producimos frutas, verduras y tubérculos para nuestro consumo. También nos apoyan mi hija y la hija de Leida, con mesadas bimensuales.

Pero fundamentalmente subsistimos porque cada día necesitamos menos, en eso radica la verdadera riqueza.

José Pulido
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