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Miguel Marcotrigiano, un poeta, un maestro:
“No puedo ver nada positivo en estos días”

viernes 15 de enero de 2021
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Miguel Marcotrigiano
Miguel Marcotrigiano: “La vida, en general, se me escapa”.

Quién sabe cuántos gatos, cuántos libros, cuántas clases y cuántos poemas han debido transcurrir para que llegara este momento en el cual Miguel Marcotrigiano, con una personalidad bien definida, escribe:

Realmente es muy difícil vivir sin juzgar. Ese ejercicio que recomiendan los budistas de tratar de pasar el día sin emitir juicio alguno, es de lo más difícil que me ha tocado hacer. No llega a transcurrir la mañana y ya he pasado por el filtro de mis conceptos cualquier cosa: el día, el tráfico, alguna persona, yo mismo. ¿Cómo lograr esa perfección desde la imperfección? ¿De qué tamaño es el deseo que ni siquiera cabe en la envoltura del más diminuto de mis sueños?

Ser intensamente lúcido y poeta es vivir a la intemperie.

Tener conocimientos y sabiduría de hombre civilizado es igual a moverse en contra de la corriente. Y de la poesía ni hablar: molesta, ofende o estorba a quienes no comprenden por qué existe algo que les parece innecesario.

Miguel Marcotrigiano ejerce la docencia estando desempleado y nunca renuncia a la poesía, aunque mil penas lo acorralen.

“Todo se resuelve en experiencia poética para los espíritus sensibles. Y para el que no comprende, todo es burdo y vulgar, incluyendo lo sublime”. Eso escribió el poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar.

Y es una frase que sirve para hablar del poeta venezolano Miguel Marcotrigiano, cuya escritura suele vapulear al lector propiamente dicho, y cuya poesía estremece a quien ahonda en ella, porque es sincera y crucial. Él es un poeta enfermo de sinceridad y su voz puede ser cruda y bella como la de un niño.

Miguel Marcotrigiano sufre lo mismo que el país, pero multiplicado porque su cuerpo y su espíritu no se esconden de las calamidades, no se mimetizan para evitar las tragedias y aunque su don de la palabra es una bendición, carece de significado para quienes no entienden la poesía, para quienes se incomodan ante la poesía porque su esencia siempre es una tempestad.

En todo caso, he ahí a un ser humano que ejerce la docencia estando desempleado y nunca renuncia a la poesía, aunque mil penas lo acorralen, porque esa es su manera de existir. Y cada poema que escribe es como un instrumento que se queda sonando a la espera de quien quiera escucharlo.

Esta es mi aflicción
¿la ves?
La tengo aquí
latiendo
entre las manos
Maúlla con fuerza
me hiere con sus garras
se resiste
La tengo en la mira
me reta con su ojo ciego
Esta es la angustia
en carne viva
Sabe de mis secretos
escupe sobre mi plato
Luego se duerme
horada mis sueños
destila su bilis
Acecha
hasta el próximo zarpazo

Este poema aparece en el libro La meditación, en cuya presentación Alexis Romero afirma que “Miguel se debía este encuentro con la verdad de la belleza, con la verdad del asombro de vivir, con la alegría del dolor y el agradecimiento a la migaja cósmica que es la vida. Un escritor, un maestro, un hombre que vive con amorosa y leal ferocidad”.

Marcotrigiano marca un área de respeto con la calidad de sus poemas, con la seriedad que ha puesto, desde los años noventa, en la realización de sus talleres de poesía. Su labor como profesor en las aulas universitarias se detuvo porque el sueldo de un profesor universitario en Venezuela no alcanza ni para pagar el pasaje en el autobús.

 

Currículo breve

Miguel Marcotrigiano L. (Caracas, 1963). Escritor, crítico y docente. Licenciado en Letras (Universidad Católica Andrés Bello, 1987), magister en Literatura Venezolana (Universidad Central de Venezuela, 1992), estudios doctorales en Letras (Universidad de Salamanca, España, 2005-2007). Pertenece a la promoción poética de los años 90 venezolanos. Sus poemas han sido incluidos en antologías de su país, Argentina, Colombia, España y Francia. Su obra poética se encuentra en los siguientes títulos: Concierto vegetal a la luz de la luna (Mérida, 1991), De Arcanos y otros signos (1994), El mismo juego (1994), Dípticos (1995), Esta sombra que nos habita (2005), Ocurre a diario: poesía reunida 1991-2005 (2006), Orfandades (2011), La soledad del náufrago (2012), Fosa común (2015, 2016) y La meditación (Lector Cómplice, 2017). Su trabajo ensayístico está recogido en Las voces de la Hidra: la poesía venezolana de los años 90 (Mucuglifo-Ucab, 2002); De orilla a orilla: estudios de literatura española y venezolana (Ucab, 2010) y Poesía y suicidio en Venezuela: el caso de Martha Kornblith (Fundación Celarg, 2012).

 

La entrevista

A 8.068 kilómetros de distancia hemos logrado esta entrevista. Aunque desde hace muchos años no nos vemos, siento una admiración constante por la poesía de Marcotrigiano.

“Cada vez que leí a Shakespeare, me pareció que desmenuzaba el cerebro de un jaguar”, apuntó en uno de sus cuadernos el casi olvidado Lautréamont. Y con algo parecido se encuentra quien absorbe la voz de un autor que posee los sonidos oscuros, esos que fueron objeto de pasión y devoción para Federico García Lorca:

Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte.

Miguel Marcotrigiano posee las notas enigmáticas de esa afinación. Quizá no se lo proponga, pero están ahí y es necesario que viva con esa especie de virtud que fascina a sus lectores más sensibles, mientras a otros les hace decir, sencilla y llanamente: “Miguel no es una perita en dulce”.

 

No sé si la palabra poética sea un puente entre dos realidades. Y no creo que la poesía salve sino que nos condena.

“El miedo a lo desconocido avanza”

—Tu poesía eres tú. ¿Cuándo comenzaste a detallarte, a analizarte, a sentirte que escribías y vivías poesía? ¿Qué marcó en tu infancia el destino poético?

—Luego de publicar mi primer libro, comencé a analizar la procedencia del lenguaje poético en mi escritura. De mi padre, profesor universitario formado en Roma, vino el gusto por la lectura. La escritura está indisolublemente vinculada a la lectura. Vino por imitación, seguramente, porque lo veía metido en sus libros. Por otra parte, mi madre (alfabetizadora) nos cantaba nanas y boleros al pie de la cama, cuando se acercaba a dormirnos y a rezar para que nosotros repitiéramos la oración. De ahí, quizás, elemento melódico y sagrado del que se apropió la poesía. Lo demás, asociaciones de imágenes de la infancia, los cuentos infantiles y su vinculación con los mitos.

—Tu poesía es la palabra como puente entre la realidad y el sentir, los caminos que recorres con la palabra, los caminos que conoces y los que desconoces. ¿Qué quieres salvar con la palabra poética? ¿Qué es lo que te importa más al escribir un poema? ¿Qué te produce miedo en la ciudad?

—A medida que pasan los años, el miedo a lo desconocido (quizás) avanza. A la muerte, a la incertidumbre, a no poder estar seguro de lo que hago. No sé si la palabra poética sea un puente entre dos realidades. Y no creo que la poesía salve sino que nos condena. Es una trampa de la mente en la que caes y ya no puedes salir. Es una cosa en sí misma, la poesía. La escritura del poema, en cambio, es parte de un oficio que asumimos sin esperar nada a cambio. No podemos evadirla. Es necesaria. Vital, diría yo. Pero no vital para salvar la vida sino en el sentido de que forma parte de quien la escribe. Como un órgano más.

 

“La meditación”, de Miguel Marcotrigiano
La meditación, de Miguel Marcotrigiano (Lector Cómplice, 2017).

“Somos el país que sufrimos”

—Tu poesía es el país y la gente del país y el tiempo pasando y haciendo lo que ha hecho con el país y la gente del país. ¿Cómo vives y sientes tu país en estos tiempos?

—El país se ha venido convirtiendo en un dolor. Como bien dices es lo que nos ha tocado, sin considerarlo ni bueno ni malo. Aunque siempre con unas ganas enormes de salir de él. Lo que ocurre es que el país al que pertenecemos se lleva a cuestas a donde quiera que vayamos. Los últimos poemas que he escrito pertenecen a un libro que tiene que ver con el conglomerado al que pertenezco. Está tan entronizado en el pecho que ya es imposible desprenderse de él, entre otras cosas porque somos el país que sufrimos. La gente se podrá ir del país, pero los poetas no escapan a él. Puedes llegar a otro lugar y adaptarte lo mejor posible y sentirte más tranquilo y feliz, inclusive. Pero el país se niega a abandonarnos. Anidó en el pecho, por decirlo de alguna manera, y allí se incrustó.

—Hay gente siempre definiendo lo que es poesía y hasta apropiándose de la poesía, aunque es tan inatrapable.¿Tienes una idea que te defina lo que es poesía?

—Para mí la poesía es una manifestación estética. No es otra cosa. Una forma de interpretar el mundo según nuestras competencias del intelecto. Exige esfuerzo, conocimiento, estudio. No hay poetas ágrafos ni espontáneos ni ingenuos. Los que dicen lo contrario tienen una aproximación —esta sí— ingenua al fenómeno. Por eso hay tantos malos poetas o falsos poetas. En la juventud, por ejemplo, hay muchos espontáneos que sin conocimiento del asunto pretenden escribir poesía y hasta se autodenominan poetas.

—¿Qué piensas del mundo en este tiempo, de la humanidad en este tiempo?

—Es una pregunta que exige respuestas amplias y abarcadoras. Tendré una idea de ésta al final de mi vida, cuando ya no tenga sentido decirla.

—¿Qué duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más? ¿Ves algo apocalíptico o es sólo una cuestión de que el ser humano supere sus ignorancias? Sus intereses…

—Desde mi perspectiva la visión es apocalíptica, pero supongo que es similar a la del individuo que se vio retratado a sí mismo durante las guerras mundiales o las grandes catástrofes. No puedo, por otra parte, ver nada positivo en estos días que nos toca sufrir.

 

No pertenecemos a ningún lugar, ni siquiera al que creemos que nos define, ese lugar metafórico que creemos ser.

“La vida, en general, se me escapa”

¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?

—La vida, en general, se me escapa. Mi campo de visión no es tan amplio. Sólo veo la partecita que me toca ver y, además, estoy tan cercano a ella que no la puedo apreciar en su totalidad. Mientras más te acercas a un hecho, un individuo, una realidad, en fin, más se distorsiona su imagen. Así que para mí la vida, en su totalidad, es imposible de explicar. Apenas sí, mediante mi forma de entendimiento, que es poética.

—¿Cuál es tu gran pasión?

—No lo sé. Las pasiones van mutando a medida que vivimos la realidad con el paso del tiempo. Más que pasiones diría que son obsesiones. Así que no es una sola, sino que son varias y dependen en gran medida del tiempo y el lugar que nos toca en turno. Entre las constantes, si es a lo que te refieres, puedo nombrar la infancia, el amor y la muerte. No en sentido amplio y general, sino enmarcado en las versiones particulares como las veo.

—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

—Uno siempre se aleja del centro para explorar otros estadios. Todos somos una suerte de exploradores de la vida y sus diversas manifestaciones. Por tanto, no pertenecemos a ningún lugar, ni siquiera al que creemos que nos define, ese lugar metafórico que creemos ser. Esto no tiene que ver con el tema del país o la pertenencia a lugares geográficos, sociales o culturales. Sino solamente con el yo como epicentro de lo que nos definiría como individuos.

—¿Qué lugar ocupa la religión en tu vida?

—No sé si religión sea el término preciso. Pero creo en algo superior, un concepto de Dios, muy vinculado con el catolicismo. He explorado el budismo y otras formas de creencias “religiosas”, pero siempre vuelvo a la creencia católica. Así fui formado y, aunque no he sido un discípulo fiel y cumplido, está en mí como pocas creencias de esta naturaleza. Mi madre nos educó en esa fe y es difícil desprenderse de ella. Ni siquiera he pensado en hacerlo. De hecho, ya he explicado que mi poesía proviene de ese espacio sagrado de los rezos y plegarias de mi madre a los pies de las camas de sus hijos. Difícil separarse de ese espacio sagrado.

—¿Dónde vives? ¿Casa? ¿Apartamento? ¿Perros? ¿Gatos?

—Me haces esta pregunta justamente en un proceso de mudanza. Tengo más de veinte años viviendo solo en lugares rentados. Las circunstancias me obligan a regresar al apartamento de mis padres. Mi madre ya no vive, pero es un regreso a ella, a la zona de mi infancia y juventud. Los últimos diez años he habitado el anexo de una casa que debo dejar por razones mundanas. Será un viaje de retorno a esa zona entrañable y ya no tan grata de Caracas. La ciudad ha cambiado y, por más que existen los recuerdos, ya no reconozco el lar de otrora. Los gatos han sido mis mascotas desde que pude tener una. Sin embargo, en esta casa he aprendido a convivir con los perros. Es una urbanización de quintas y esta es la mascota predominante. Confieso que poco tolero a los canes, pero tienen su encanto. Pienso en aquellos que tienen mascotas impensables (serpientes, cuervos, murciélagos, lagartos) y concluyo que todo es cuestión de empatía y tolerancia. Ahora, como dije, regreso a un apartamento y esto implica convivir con los vecinos, que están más cerca y presentes que en las casas. A fin de cuentas, todo es cuestión de costumbres.

—¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?

—Diseño y dicto mis cursos, asumo trabajos temporales relacionados con mi formación. Corrijo manuscritos, escribo —poco—, mato el tiempo leyendo e investigando. Los talleres y cursos que he diseñado durante la pandemia han sido muchos. Cada uno de ellos es un aprendizaje y una incursión en la palabra de otros y la propia. De resto intentar sobrevivir. Ya no estoy empleado sino que trabajo bajo la figura de contratos muy breves, semestrales. Leo poco de lo que quisiera o por distracción simple, porque la economía apremia. La insulina, para tres meses apenas, implica invertir cada vez cincuenta dólares y bajo este esquema de ingresos no me puedo permitir distracciones ni divagaciones, que son buena parte de mi naturaleza.

Vivo sumido en la tristeza de sufrir en un lugar y en una época poco favorable a mis intereses personales y profesionales.

—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía, en un país que ha cambiado tanto?

—Supongo que habrá algo permanente, cosa que define nuestro ser. Lo que cambia son las circunstancias, no la esencia. Sigo sintiéndome venezolano y, en cierta forma, europeo, italiano por mis raíces, aunque no hablo la lengua y la leo muy básicamente. Esto, y un poco verse como “ciudadano del mundo”, sin fronteras definitorias, miembro de una especie bastante desacreditada. Difícil verse como asiático o africano, pero sí como miembro de la raza. El mundo cada vez está más sin fronteras, salvo las políticamente establecidas por las naciones, pero nos vemos como pertenecientes a una placa, a una especie, nos vemos como humanos y reconocemos nuestras características egoístas de tal conglomerado biológico social. Pervive, como he dicho, para bien y para mal, ser venezolano, y me reconozco en sus características definitorias, si las hay. Y estoy conforme a medias. Mi madre nació en Trinidad y Tobago, hija de padres venezolanos. Pero muy niña se trasladó la familia a la isla de Margarita y de allí su esencia oriental. Hay mucho de eso en mí. Mi padre llegó a Venezuela en diciembre de 1957. En ese instante se enamoró del país. Y ese amor agridulce me lo trasvasó. No sé si esto responde a la pregunta.

—¿Cuál es tu sueño más preciado en este tiempo?

—Material, regresar a España y vivir en algún pueblito de Castilla y León, quizás en la ciudad misma que recuerdo como habitable, Salamanca. No cuento con los recursos para ello, así que estoy un poco resignado. Espiritual, encontrar cierta estabilidad emocional. Vivo sumido en la tristeza de sufrir en un lugar y en una época poco favorable a mis intereses personales y profesionales. Quisiera irme de Venezuela, aunque nunca antes lo había deseado, buscando algo que no tengo en este momento y no sé si lo encontraré en otra parte. Mientras, habitar la poesía.

José Pulido
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