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Melanie A. Pérez Ortiz:
“De la escritura puertorriqueña contemporánea sorprende su madurez”

domingo 7 de agosto de 2022
Melanie A. Pérez Ortiz
Melanie A. Pérez Ortiz: “Me siento en casa cuando converso con escritores más jóvenes que yo”.

Melanie A. Pérez Ortiz (Illinois, Estados Unidos) es docente e investigadora en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. Tiene un Bachillerato en Artes con concentración en Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, y un doctorado en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Stanford (Ph.D., 1999). Es autora de, entre otros trabajos de investigación, Palabras encontradas: antología personal de escritores puertorriqueños de los últimos veinte años (2008) y Los prosaicos dioses de hoy: Poesía puertorriqueña de lo que va de siglo (2014). A partir de su último trabajo de investigación publicado, Melanie ha contestado nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

Las oportunidades de trabajar los temas surgen del inconsciente y las ganas, además de la curiosidad.

—Recientemente publicó La revolución de las apetencias: el tráfico de muertos en la literatura puertorriqueña contemporánea (2021). ¿De qué trata dicho ensayo de investigación? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarle?

—Las oportunidades de trabajar los temas surgen del inconsciente y las ganas, además de la curiosidad. Por ejemplo, este libro se escribió aún cuando yo continuaba tratando de posponerlo en una agenda de trabajo que en principio no lo tenía como primera prioridad. Te cuento. Yo llegué a Puerto Rico en el año 2000 con la idea de escribir una historia de la esfera pública en el siglo XIX en Puerto Rico. Durante los primeros años trabajé mucho hacia la escritura de ese proyecto, pero este otro, el de la escritura puertorriqueña contemporánea, se me seguía metiendo en el medio. De momento me cansé de pelear conmigo misma y acepté que aquel proyecto no saldría si no terminaba este primero. En la introducción a Palabras encontradas, un libro de entrevistas que publicó también Callejón en 2008 y que entiendo como una primera etapa en la investigación de este mismo proyecto, explico que me interesaba poner al día la crítica, que todavía en el año 2000, cuando empecé a investigar sobre el tema, hablaba de la literatura puertorriqueña como si terminara con lo que se llamó la generación del setenta. Para aquel libro entrevisté a Rafael Acevedo, Mayra Santos Febres, José Pepe Liboy Erba, Pedro Cabiya, Ángel Lozada, Juan López Bauzá, Áravind Adyanthaya, Carlos Roberto Gómez y el Che Meléndez para que me ayudara a historiar los años ochenta; no como poeta sino como crítico. En esas conversaciones encontré las coordenadas para estructurar el libro: primero, propuse que se hablara de la generación inquieta para referirnos a escritores que ocupan por lo menos tres décadas: desde los años ochenta hasta la primera década de los 2000. Cuando la crítica descarta organizar el análisis a partir de generaciones, yo defiendo el concepto por razones sicoanalíticas, pues el campo letrado puertorriqueño es tan pequeño que para poder hablar hay que matar al padre, que más allá de la metáfora muñocista, el sistema literario funciona como una familia. No me refiero a “la gran familia puertorriqueña” pero sí una comunidad de letras disfuncional como todos los clanes, en el sentido de que nos conocemos, nos peleamos, nos ignoramos, nos admiramos, colaboramos… Más importante que eso es que compartimos un momento histórico y ello crea un inconsciente político, como dice el marxista estadounidense Frederic Jameson, o una estructura de sentimiento, como propone el teórico Raymond Williams. Sobre todo, por el momento particular que se comparte a partir del fin de la Guerra Fría del siglo XX con la caída del bloque soviético, que dejó a los teóricos de la cultura perdidos, sin vocabulario o lenguaje para analizar el mundo, visto que el lenguaje del marxismo que es el que se utiliza en los estudios culturales a partir de la escuela de Frankfurt había fracasado. Entre las preguntas que circulaban a finales del siglo pasado estaba la de ¿quién tiene autoridad para hablar por otro? A esta pregunta se respondía que nadie, pues cada experiencia es inenarrable, privada, intransferible. Hubo una gran celebración del individuo, precisamente en el momento en el que el neoliberalismo entraba en la ofensiva que nos ha traído a la crisis que vivimos ahora. Tardé mucho en escribir el libro porque necesitaba encontrar el lenguaje para explicar lo que yo entendía desde el inconsciente, desde las entrañas, desde el vértigo. Leía literatura puertorriqueña joven y entendía que la facilidad de la errancia y los tránsitos abiertos que notaba la crítica no bastaban para explicar la búsqueda que estaban llevando a cabo estos escritores. Al final encontré varias cosas. Que sin recurrir al “padre”, que ya se da por muerto y enterrado (el trabajo que hizo Edgardo Rodríguez Juliá fue, precisamente, enterrar a los padres a partir de los que se organizaban las narrativas puertorriqueñas hasta los años setenta), la literatura sí explora para encontrar formas de narrar lo comunitario. En un momento en que pierde autoridad una matriz mítica, tiene que surgir otra porque los seres humanos organizamos la vida a partir de narrativas, de historias. Ellas se construyen en diálogo con los ancestros, pero no los que habían organizado el universo narrativo hasta entonces. Entonces se activan narrativas olvidadas por el clan, precisamente porque el orden del padre descartado las silenciaba. Se construyen nuevas genealogías que llamo un nuevo panteón de ancestros, a quienes se les rinde homenaje, cuyas palabras sirven mejor para la conversación a presente y futuro —por lo que fungen de nuevo canon, aunque no haya uno y el mismo para todos, sino que el mundo de las letras está fragmentado en pequeñas comunidades, se crean alianzas en diálogo con distintos ancestros que se activan por razones coyunturales a veces, siempre de manera precaria y mediante homenajes que siempre evitan el servilismo. De la escritura puertorriqueña contemporánea sorprende su madurez. Las voces de escritores jóvenes son cultas, se conocen el instrumento de trabajo que es la palabra, lo estudian, lo practican a diario y además ocupan espacio sin pudor y sin disculpas, atentos a rescatar del pasado saberes propios ya olvidados e ideando un mundo donde haya cabida para el futuro. Lo que construyen para ellos mismos y las generaciones próximas es un mundo de palabras en el que quepamos en comunidad de esperanza. Así, cada capítulo de La revolución de las apetencias (2021) comienza con un escritor de la generación del setenta, que es un ancestro con el cual persiste la conversación. Ya mencioné a Edgardo, luego están en mi libro Joserramón (Che) Meléndez, cuya obra la academia nunca ha analizado, Ángela María Dávila y Pedro Pietri. Me planteé el libro como un ejercicio de lectura de un corpus a partir de ejemplos. Ello implica que no pretendo haber agotado el tema. Hay muchos escritores importantes cuya obra no trabajo y es porque, una vez explicado el método de trabajo y los hallazgos, hablo de literatura urbana en el capítulo 2, de literatura fantástica en el 3, de la superación de Edipo con la construcción de otras genealogías, otros panteones en el capítulo 4 y de la relación de lo local con lo global, del diálogo entre el interior y el exterior de la isla en el capítulo 5.

En este momento histórico se reconstituye el panteón de ancestros con el que se conversa.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a La revolución de las apetencias y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueña y su memoria personal de la literatura de Puerto Rico o fuera?

—Creo que esa pregunta ya está respondida. Tanto Palabras encontradas como Los prosaicos dioses de hoy (2014), que es una antología de poesía joven, son etapas anteriores, parte del proceso de La revolución. Sin embargo, puedo añadir que ahora tengo varios proyectos. Tan pronto pueda meterme de cabeza en la Colección Puertorriqueña de la Biblioteca Lázaro de la Universidad de Puerto Rico (UPR) voy a terminar ese libro sobre el siglo XIX que abandoné por lo contemporáneo y que me debo a mí misma. Además, tengo otros: una segunda parte del libro de entrevistas que ya comencé con una entrevista a Luis Negrón; una colección de ensayos que he escrito para distintos medios y otro más que no quiero anunciar todavía porque me gusta mucho y quiero esperar a que encuentre su forma para hablar de él públicamente. A ver, para intentar responder más precisamente… Como ya expliqué, en este momento histórico se reconstituye el panteón de ancestros con el que se conversa. Se prefiere la conversación con los poetas, que se miraron poco en su momento y hasta muy recientemente: los que colaboraban con Guajana y con Ventana y los que publicó Quease, dirigida por Joserramón Meléndez en su Antología de la sospecha. Los escritores hoy en día los desentierran, los leen, los estudian, y encuentran otros como Marigloria Palma. Y los escritores nuyoricans, sobre todo quienes colaboraron con el Nuyorican Poet’s Café y tienen una tradición fuerte de exploración de la poesía en la página, pero también el efecto de su voz y el cuerpo que la enuncia para la tribu, lo cual acerca nuevamente la poesía a su función ritual, que es algo que interesa mucho a los escritores contemporáneos, porque hay un interés en redescubrir la relación de la palabra con lo sagrado, con la magia.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, docente, investigadora y escritora con su época actual en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Me río porque pienso que yo no maduro, sino que inmaduro. Pero es un chiste, porque vengo de decir que me sorprende de las escritoras más jóvenes (a veces uso el femenino como genérico, fíjense que voy cambiando estrategia de inclusividad) la madurez con la que se asumen como profesionales de la palabra y escogen una vida dedicada a la exploración de sus recursos, a producir libros, al arte en distintas manifestaciones, a la didáctica, a la producción de eventos, a las colaboraciones. Encuentran maneras de sobrevivir con dignidad sin venderle el alma al mercado ni al capital. Esto que acabo de escribir no es una evaluación mía, sino que así es como se conciben ellas. Se forman en diálogo con la academia y por su cuenta, producen conocimiento propio, tienen contactos por toda América Latina con los que conversan y crean proyectos. Hay varios poetas en el país de quienes aprendo, cuyas investigaciones y conversaciones constituyen pequeñas universidades. Cuando llegué a Puerto Rico me costó mucho encontrar una comunidad de pares con quienes conversar. Me parecía que mi manera de ver las cosas no coincidía con lo que circulaba en debates intelectuales del momento. Ni aquí ni en los Estados Unidos. Por eso no me quise quedar por allá. No me veía conversando con una comunidad que no fuera de puertorriqueños residentes en la isla. Es cierto que el mundo ha cambiado y que el aquí y el allá son cada vez más porosos, pero la academia estadounidense sigue siendo narcisista y la de acá clasista, sobre todo. Tal vez quise quedarme con el mal más conocido, cerca de mis montañas y mis playas, mi familia. Yo tuve la suerte de estudiar con Mary Louise Pratt y Sylvia Winter, en la Universidad de Stanford en California. Cada una a su manera, Pratt, canadiense, desde la noción de la transculturación, y Wynter, jamaiquina, hablando de la ecología de ontologías diversas que existen para explicar el mundo y la vida, sobre todo en territorios que han sido colonizados, proponían la mirada que hoy se llama decolonial. Esa mirada se confundía en la academia puertorriqueña con los análisis del marxismo patriarcal, por llamarlo de alguna manera. Entonces, pues ello provoca un juicio de valor. ¿Es que yo no sé o yo no entiendo? ¿Es que entiendo algo que tal vez otros no ven? Me he hecho la vida sumamente difícil, porque, por ejemplo, no me ha interesado publicar en revistas académicas arbitradas de los Estados Unidos. Todo ello por no tener interés en que mi agenda de investigación estuviera de alguna manera determinada por lo que interesara por allá. Es una batalla vieja de los latinoamericanistas en los Estados Unidos. Lo que ha sucedido es que hoy en día hay bastantes puertorriqueños, chicanos, afroamericanos en la academia gringa como para que la mirada académica de allá estudie las opacidades y diferencias de ciertas otredades (con menos énfasis las de clase). Es decir, que la academia estadounidense de la que hui tal vez no sea la de hoy y muchos que fueron mis compañeros de estudios por allá han hecho carreras exitosas, mientras que en Puerto Rico la conversación abierta entre grupos o generaciones ha sido muy difícil. Pero las decisiones se toman en coyunturas particulares sin ver qué resultará de ellas. Lo que he construido de manera muy solipsista hoy en día es menos problemático. Encontré mi comunidad. Me siento en casa cuando converso con escritores más jóvenes que yo. Y creo que ellos encuentran el sentido en lo que yo he tratado de hacer, erráticamente, mientras buscaba salidas, temas, vocabulario, actitudes, análisis, por varios años. Pertenecer al clan de los más jóvenes hace que me sienta validada. Puedo mencionar a Nicole Cecilia Delgado, a Xavier Valcárcel, líderes cada cual a su manera; a Ángel Antonio Ruiz, quien se ofreció a publicar mi poesía y conversó conmigo para estructurar aquel libro que hoy pienso que necesitaba todavía bastante más edición, que no tuvo debido al cariño que me tienen los colegas que me leyeron y criticaron entonces; converso con Luis Othoniel Rosa, por teléfono y por mensajes esporádicos, Sergio Gutiérrez fue mi estudiante, Mara Pastor fue mi estudiante, Juan Luis Ramos fue mi estudiante, Carlos Vázquez Cruz, Luis Negrón es mi amigo, con Alexandra Pagán estoy cocinando una camaradería de la que espero que salgan proyectos pronto y con todos ellos nos tenemos admiración mutua, cosa que les agradezco infinitamente porque llegó un momento en que pensé, mirándome en el espejo que es la mirada de ellos, que mi modo de mirar no era una aberración.

Adoro el salón de clase, a mis estudiantes y el proceso de construir conocimiento juntos.

—Melanie, ¿cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de docentes, investigadores y estudiantes con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigadora y su trabajo escrito de interés literario?

—A ver, trabajo literario no tengo mucho. Publiqué una crónica sobre mis viajes a Cuba que se tituló Espejos (2014), porque mis viajes a esa isla se dieron en coyunturas importantes para ellos y nosotros. Fui en pleno período especial, en el 94, y veinte años después en 2014, cuando Puerto Rico estaba por entrar en su proceso de quiebra. Fui más veces, pero esas dos fechas son el foco de la crónica que creo que mezcla viajes distintos que no están mencionados. La publiqué para la memoria. Pienso que en el futuro a alguien podría servir mirar por mis ojos esas dos coyunturas históricas mientras sucedían. Entonces en el aire circulaban preguntas sobre fracasos paralelos en dos islas hermanas que apostaron a caminos opuestos en la historia del siglo XX y con esas preguntas me enfrento desde la anécdota. También publiqué el libro de poesía a que aludo arriba, Catálogo de desperdicios (2014). Te diré que cuando me encuentro con gente nueva y llega el momento de presentarse, ante la pregunta de quién soy, a qué me dedico, prefiero responder siempre que soy maestra. Adoro el salón de clase, a mis estudiantes y el proceso de construir conocimiento juntos. Luego me puedo pensar crítica literaria, aunque mi libro no es de crítica sino de teoría. Sobre la faceta creativa no hablo. Tal vez no la haya asumido con suficiente responsabilidad y prefiero seguir creciendo. Cuando madure, si algún día lo logro, pues la conversación vendrá de afuera, de los lectores.

—Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la literatura en y desde Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

—Con los medios electrónicos cada vez más la comunidad crítica y productiva de puertorriqueños dentro y fuera de la isla están muy al tanto de lo que se produce desde distintos lugares. Se produce crítica sobre la literatura puertorriqueña desde Australia y Argentina y sabemos por motores de búsqueda y por las redes quiénes están dónde y los temas de investigación que adelantan. Se producen libros creativos y críticos continuamente y cada vez más el adentro y afuera de la isla se difuminan. También porque docentes que comenzaron sus carreras aquí en la isla se han trasladado a concluirlas en los Estados Unidos, como Rubén Ríos Ávila, Juan Duchesne Winter y Áurea María Sotomayor, quienes hoy trabajan desde Nueva York el primero y desde Pittsburgh los últimos. A pesar de ello, a mí me gustaría ver más conversación. A ver, sabemos quién es quién y qué se produce. Nos leemos mutuamente con curiosidad, pero los recursos para realizar el trabajo desde la isla son cada vez menos, aunque nuestra productividad se ha mantenido estable. Me refiero en concreto a la carga de veinticuatro créditos docentes por año si se enseña en el sistema UPR, a la falta de sabáticas y la desaparición de fondos para la investigación por más de una década debido al ataque que sufre este sistema debido al neoliberalismo y a otras razones políticas. En el sistema UPR esta realidad ha creado un clima desolador. Ha habido retiros masivos de docentes con plaza; los docentes sin plaza que persisten no tienen esperanza de lograr un puesto con seguridad de empleo, que tiene consecuencias en otros aspectos como la salud física y mental de los individuos, debido a que el proceso de reclutamiento está congelado y esto afecta hasta la perspectiva que se tiene en cuanto al sentido de lo que se hace en el imaginario de los estudiantes graduados. Las distintas crisis han provocado que, sobre todo posteriormente a los huracanes Irma y María, se creen fondos para investigaciones relacionadas con la catástrofe que han beneficiado a los proyectos de quienes han accedido a dichos recursos tanto de adentro como de afuera. Colegas puertorriqueñas muy comprometidas con los estudios de la crisis y sus efectos como Marison LeBrón y Yarimar Bonilla, quien ahora dirige el Centro de Estudios Puertorriqueños de Nueva York, han lanzado iniciativas como El Puerto Rico Syllabus; poetas como Urayoán Noel, quien se formó inicialmente en Río Piedras y ahora está en Nueva York y tiene una presencia y un prestigio notables tanto adentro como afuera de la isla. Lo mismo se puede decir del poeta Raquel Salas, quien ahora dirige un proyecto de archivo y documentación de movimientos poéticos y poetas desde Houston, Texas, con otras colegas, mientras reside en la isla. Hay que reconocer que quienes, como yo, tenemos plaza, podemos trabajar en nuestros proyectos en medio de la crisis manteniendo, por ahora, el salario que hace posible que atendamos la investigación paralelamente con las tareas administrativas y docentes. Por otra parte, hay que también mencionar que el estado de la cuestión hace ya veinte años es el entendimiento de que entre puertorriqueñistas, tanto los puertorriqueños que viven dentro de la isla como los que viven afuera, sean éstos poetas o académicos, escriban en inglés o español, todos producen conocimiento, cultura y estrategias de resistencia que se influencian mutuamente. Me refiero a lo que se ha llamado, gracias a Juan Flores, remesas culturales, para referirse a las aportaciones de las comunidades puertorriqueñas en los Estados Unidos en la comunidad académica local y en la comunidad puertorriqueña en general, que pasan también por los productos que circulan a través de los medios de comunicación en masa y las redes.

No estamos llamados a definir la puertorriqueñidad ni a defenderla puesto que la definimos y la defendemos todos los puertorriqueños de nacimiento, sangre u adopción.

—Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera una investigadora puertorriqueña o no? O, más bien, una investigadora, sea ésta puertorriqueña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Boricua de las nacidas en la luna, específicamente en Chicago. Criada aquí desde los dos años. Bachillerato del Departamento de Estudios Hispánicos en Río Piedras y luego becada para hacer el doctorado en la Universidad de Stanford en California. Con plaza ganada desde el año 2000 en el mismo Departamento del que me fui en el año 94. Es lo que digo, el adentro y el afuera ya no están tan claros. Más allá de eso, está claro que los puertorriqueños no estamos obligados a hablar de Puerto Rico, que podemos investigar y aportar en cualquier campo de la cultura y el saber sin que nuestro foco sea la puertorriqueñidad, ni un enfoque en particular de ningún tipo. No estamos llamados a definir la puertorriqueñidad ni a defenderla puesto que la definimos y la defendemos todos los puertorriqueños de nacimiento, sangre u adopción, en palabras y acciones diarias. Es territorio ganado. Cuando regresé a la UPR luego de haber estudiado afuera había prejuicio entre los colegas sobre la formación que se obtiene como hispanistas cuando se estudia en “universidades americanas” abocadas a los estudios culturales y con prácticas ya no filológicas. No fue el caso siempre, visto que los colegas que veían una pureza contaminada en estos nuevos profesores, contratados entre el 97 y 2005, egresados de Harvard o Cornell, eran muchos de ellos egresados de instituciones estadounidenses. Tengo que admitir que mi formación en lo puertorriqueño fue algo autodidacta. Como dije antes, me formé como puertorriqueñista con dificultad, porque a pesar de que mis maestras Sylvia Wynter y Mary Pratt trabajaron siempre desde la perspectiva decolonial, no son puertorriqueñistas. Para lograr la expertise necesaria para intervenir en el campo me formé por mi cuenta, comprando y leyendo todo lo que se publicaba, metida en la biblioteca, y en debate con Richard Rosa, otro puertorriqueñista notable, quien trabajó al principio de su carrera en Stanford cuando yo era estudiante ya casi de salida y fue parte de mi comité de tesis. Yo me he centrado en estudiar la literatura puertorriqueña, mas entiendo que mis ideas son aplicables a Latinoamérica en general. Se puede generalizar esta noción de que a partir de la muerte de los metarrelatos se reconstituye el campo discursivo a partir de nuevas genealogías, activando formas discursivas que en otra época se consideraban literatura menor o literatura de mercado, o light; desde la literatura fantástica hasta distintas perspectivas antiedípicas que implican la experimentación textual y llegan hasta el reavivamiento de la ciencia ficción. Se pueden aplicar estas ideas al estudio de escritores como Jorge Volpi, Edmundo Paz Soldán, Cristina Rivera Garza e incluso Mariana Enríquez, quien está en boga en la academia estadounidense. Si tuviera tiempo ese libro también lo escribiría. He mantenido mi formación latinoamericanista en la docencia, pues enseño a menudo el curso introductorio a la literatura latinoamericana con mucha alegría, ya que se trata de un corpus de textos maravillosos que se pueden revisitar infinitas veces sin aburrimiento. Me mantengo al día en mis lecturas y produzco teorías. Tal vez debería escribir más, pero la vida ha sido tan complicada.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en Estados Unidos y Puerto Rico?

—¡Cómo ha evolucionado la mirada sobre el género! ¿Verdad? La perspectiva decolonial también toma en cuenta desde sus orígenes el asunto del género y la sexualidad. Repásese This Bridge Called my Back (1981), editado por las chicanas Cherrie Moraga y Gloria Anzaldúa y que este año cumple cuarenta años de su primera publicación. Ese libro, junto a Borderlands / La frontera, de Gloria Anzaldúa, son imprescindibles para entender el trabajo para decolonizar el lenguaje y la cultura que se produce hace décadas. Allí hay ensayos de Audrie Lorde, bell hooks, afroamericanas, además de ensayos, poesía, crónica producidos por escritoras minoritarias en general. En la colección de ensayos se argumenta a favor del análisis interseccional, visto que las opresiones están interconectadas y no es posible resolver una sin la otra. Para decolonizar el pensamiento se inventan textualidades que mezclan los géneros más clásicos, como la crónica, el ensayo, la novela, la poesía o la autobiografía, y redefinen los modos de producción del trabajo académico, en diálogo con intelectuales orgánicos, con organizaciones de base comunitaria, con el activismo en la esfera pública más amplia. Es la influencia de estas precursoras lo que ha provocado mi trabajo académico desde un afuera, digamos. Debido a la crisis, cada vez más en la academia se ha querido privilegiar la publicación en revistas arbitradas, por ejemplo, donde los pares validan las ideas y los argumentos. Pero la academia tiene sus reglas, sus procedimientos que pueden coartar los procesos creativos y de pensamiento, sobre todo cuando provienen de lugares relacionados con la práctica. Además, el mercado académico es siempre un mercado. Por ello me he visto más como una intelectual pública que como una académica. Me doy cuenta de esto mientras lo escribo. Es por ello que he preferido producir y coanimar en distintas coyunturas de mi vida dos programas de radio: En su tinta, con Mayra Santos Febres, y Palabras encontradas, con Lilliana Ramos Collado. Fueron momentos de una productividad muy alegre en mi vida. Un día también comencé a escoger mejor las conferencias académicas en las que participar, porque implican una inversión de tiempo y dinero que la institución aquí en Puerto Rico no financia y que, en mi experiencia, generan pocas conversaciones interesantes. Son eventos masivos donde la mayoría va a hablar, a mostrarse, y no necesariamente a escuchar y crear conocimiento en conjunto. Se trata del comercio de valores académicos más que de ideas. Me cansé de ponerle energías a eso y decidí quedarme en el espacio de la conversación pequeña entre colegas y escritores con intereses afines. Todavía no sé si fue una buena decisión. Por otro lado, he organizado en tres o cuatro ocasiones congresos para hablar del género de la ciencia ficción y la escritura fantástica del Caribe, en colaboración con mi querido amigo Rafael Acevedo, y esa experiencia me ha sorprendido porque, honestamente, no me esperaba la acogida al evento y luego me di cuenta de que la ciencia ficción es uno de los modos de la literatura para pensar lo absurdo del presente, para idear humanidades para después de la crisis. Tuvo como consecuencia la publicación de un número de la revista La Torre, adscrita a la Administración Central de la UPR, a través de la editorial universitaria, que ni sé si sigue viva.

La mirada decolonial que yo traía desde Stanford no conversaba bien con los debates que se estaban llevando a cabo en Puerto Rico en la primera década de este nuevo milenio.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Creo que ahora, en este momento histórico, incluso para mí, mi trabajo logra su mayor coherencia, visto que, como dije al inicio de esta entrevista, estaba algo perdida, pues la mirada decolonial que yo traía desde Stanford no conversaba bien con los debates que se estaban llevando a cabo en Puerto Rico en la primera década de este nuevo milenio. Era lo que se llamaba la mirada posmoderna. Me parecía, y aún me parece, desde mi formación habermassiana, que el proyecto democratizante de la modernidad no se debe abandonar, y menos en el momento en que las minorías están entrado a espacios de poder (esto visto desde los Estados Unidos) para contar sus versiones de las cosas. Sí, la nación es una narración impuesta por las clases en poder, en su mayoría blanquitos —adjetivo que implica raza, clase y género—, y ello implica un lenguaje, unos procedimientos, unos géneros, unas jerarquías sociales. A partir del muñocismo y Manos a la Obra se creó una clase media que logró traer al país a los índices de consumo que sufrimos hoy en día, debido a que el acceso a dicho consumo no equivale a la redistribución de recursos. Ante la pregunta de quién será el autorizado a hablar por todos, a proponer el proyecto de redistribución de recursos, mi respuesta es “todas, todes, todos”, cada una habla por sí y por el colectivo. Y las generaciones más jóvenes lo tienen bastante claro, lo están haciendo. Desde volver a la tierra para recuperar la soberanía alimentaria, hasta proteger el medio ambiente del capital que todo lo devora y lo convierte en desecho. Implica resistir la noción de que es normal que existan desechos humanos, que la vida es para sacrificarla a la producción y la explotación de recursos para beneficio de unos cuantos. Si el viejo marxismo implicaba el culto a otro padre, digamos Marx, el Che o cualquier figura que lidere las huestes de cada país o región, las nuevas propuestas discursivas que provienen del activismo social y comunitario se acercan más a la noción de compartir la tierra y sus recursos, desde los saberes de nuestros ancestros, desde la certeza de que nuestras vidas son pasajeras, que las violencias del pasado no se borran y exigen reparaciones y que el mayor valor que tenemos es el planeta que estamos obligados a proteger, porque es nuestra casa común. Esos saberes son los que nos salvarán de la extinción como especie. En ese contexto, es importante notar que Puerto Rico es una isla privilegiada por el clima, por sus tierras fértiles, por su abundante agua, por lo que es posible redefinir las nociones de desarrollo que nos vendieron para que signifique sustentabilidad y equidad. Esa es una tarea para todos, sin que haga falta un líder barbudo que nos conduzca a la nueva vida.