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El hombre del piano de letras

viernes 1 de diciembre de 2023
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Santiago Serna
Santiago Serna: “Sucede con frecuencia que me sacan de los parques públicos. Yo no soy un vendedor ambulante, yo soy poeta y hago poesía con mi máquina, y me gustaría que alguna vez me dejaran ubicarme donde yo quiera para escribir”.

Está en la calle, en una banca del bulevar en Cali. Es un hombre joven que teclea en una vieja máquina de escribir.

Lo primero que a uno le causa curiosidad es la máquina antigua marca Brother en la que él teclea los textos. Lo segundo, el sonido característico de la campanita al terminar un párrafo. Y lo tercero, el aviso que tiene al pie de su aparato de trabajo: “Poemas, deseos, cartas. Aporte voluntario”.

Los transeúntes se detienen ante la invitación del escribano:

—Hacemos el poema para la dama —dice el hombre a quienes pasan en pareja.

Los aludidos miran y la risa nerviosa de ella es una invitación para que el joven acompañante se arriesgue a reafirmar el amor con los versos del poeta callejero.

—Vale —decide el joven—. Hágale un poema a ella.

El hombre de los poemas pregunta:

—La novia o la esposa.

—La novia —responde el muchacho.

El repiqueteo sobre el papel suena como una pequeña ametralladora. La campanita va marcando el final de los versos.

El poeta se concentra en la máquina de escribir y teclea ininterrumpidamente. El repiqueteo sobre el papel suena como una pequeña ametralladora. La campanita va marcando el final de los versos. De repente el hombre detiene el teclear, saca el escrito del rodillo y se lo entrega al muchacho.

Como los metidos somos así, yo digo:

—Pero lea el poema.

El joven me mira y decide.

—Vale, léalo —le dice al escritor y le entrega el poema recién terminado.

El hombre lee:

No me canso de amarte
porque cada que llegas a mí
se vuelve viernes de fiesta
mi existencia.

Entonces te digo
las palabras de amor
que me inspira tu presencia
para que nuestro encuentro
sea festejo sin olvido.

La chica agradece a su compañero con un beso y se pierden en el bullicio de la calle.

Saco mi grabadora, compañera del oficio de preguntón sin medida que soy, y le pregunto si quiere hablar conmigo.

—Mi nombre es Santiago Serna —dice con marcado acento paisa.

—Ese acento extranjero delata su origen —digo para iniciar la charla. El hombre ríe.

Le cuento que me ha causado curiosidad verle ahí en el bulevar en medio de la gente escribiendo en su pequeña portátil antigua.

—A esto —dice acariciando su máquina— yo le llamo “un piano de letras” y es mi cómplice en ese deseo mío por escribir, casi una obsesión por hacerlo a costa de lo que sea necesario. Es un medio de expresión en el que yo puedo escribir donde quiera, en cualquier momento. Digamos que lo que yo hago es hecho con “inteligencia artesanal”, ahorita que está en boga la inteligencia artificial, y es salirse de esas dinámicas para volver a lo que funcionaba sin una obsolescencia programada, sin programación neurolingüística, y hacer versos o cartas de forma tal que cualquiera que llegue pueda llevarse un mensaje para alguien, para un ser querido. Recibimos un aporte porque lo mío es también un oficio. La escritura, me han dicho, se hace en silencio. Por eso cuando alguien llega y yo me pongo a escribir, todo lo demás queda callado y estoy yo con el papel, ese rectángulo en blanco que permite todas las posibilidades.

Poemas de amor, gran tema de la literatura, junto con la muerte, otro gran tema de la poesía.

—La gente se acerca para que usted les escriba un poema; ¿cuál es el tema que más le piden?

—Poemas de amor, gran tema de la literatura, junto con la muerte, otro gran tema de la poesía. Me piden muchos poemas para seres queridos: para parejas, para los padres, para los hermanos. Para uno mismo también.

—¿Le solicitan poemas de desamor?

—También. Me piden poemas, digamos, de duelo. De desamor, es decir, ese sentimiento ya imposibilitado por las circunstancias, pero que está ahí latente aún. Eso es una forma de sanar todo lo que se tiene dentro y que a veces no es capaz de describir, de expresar.

—¿Y usted es solamente un poeta de piano de palabras o también tiene libros publicados que se van con los lectores?

—Tengo uno de cuentos que se llama Vidas cruzadas, y un libro de teatro sobre el Popol Vuh. Se titula El libro de la espera. Tengo otros de Valledupar, hice una antología con unas historias que me contaron y también un libro de haikús, poesía tradicional japonesa.

Santiago Serna
“Me piden muchos poemas para seres queridos: para parejas, para los padres, para los hermanos. Para uno mismo también”.

—¿Cómo hace los versos? ¿Cada verso es único o se llegan a repetir?

—Digamos que hay una tradición poética que no puedo ignorar, grandes maestros, desde Safo de Lesbos, pasando por la Edad Media, el Siglo de Oro, hasta nuestros días. Yo no puedo dejar de lado esa tradición y sé muchos poemas de memoria. También en ocasiones comparto esos. Todo no puede salir de mi cabeza, porque a veces esa fuente se agota, se cierra esa llave, pero por lo regular trato siempre de crear algo novedoso. Uso juegos de palabras, metáforas. La poesía, al fin y al cabo, es escribir con imágenes. Observar esas imágenes que se rozan y que forman figuras.

—Un poeta que usted admire y por qué.

—Yo admiro a un poeta que pocos conocen: se llamaba Jony Albino Arenas, fue amigo mío. Es de Nechí, Antioquia, y le escribió a la montaña, al río, a las mujeres.

—¿Recuerda algún poema de él?

—Sí:

Voy a sentarme aquí
a echar piedras en tus caminos
para hacerte los días tortuosos
y las noches aciagas
y tengas que desandar tus pasos
hasta mí.

Voy a sentarme aquí
a sembrar cortaderas en tus caminos
para que tus delicados pies
se agrieten —como dicen—
en carne viva
y tengas que volver
—niño del amor—
tus pasos
hasta mi terruño.

No lo sabrás
pero todo cuanto toques
se marchitará
cuando ya no lo mires
no lo sabrás, los buitres
siempre cantan sobre mí.

—¿Qué es para usted el amor?

Piensa un poco. Luego dice:

—El amor es eso, como decía Rubén Darío, “tan molesto, tan cruel, tan desgarrador, pero que sin él no podríamos vivir”.

Yo no soy un vendedor ambulante, yo soy poeta y hago poesía con mi máquina.

—¿Qué le pone triste?

—Que me saquen de los parques públicos, porque el arte debe tomarse las calles y Espacio Público siempre está encima y nos corre. Sucede con frecuencia que me sacan de los parques públicos. Yo no soy un vendedor ambulante, yo soy poeta y hago poesía con mi máquina, y me gustaría que alguna vez me dejaran ubicarme donde yo quiera para escribir. Sólo eso le pido a la Administración Pública.

—¿Qué le pone alegre?

—Una sonrisa; que alguien lagrimee después de que le doy un poema.

—¿Alguna vez alguien le ha rechazado un poema porque no le gustó?

—Sí, claro. Y lo vuelvo a hacer hasta que quede satisfecho.

—¿Qué es lo mejor de ser poeta de la calle?

—La libertad. Dedicar el tiempo de mi vida —porque eso es lo que le vendemos a las empresas, el tiempo de la vida— al arte, a la poesía, a inventar versos en donde yo quiera.

—Y cuando no está embriagado de palabras y se toma un vino, ¿qué canción le gusta escuchar?

—“El día que me quieras”, de Gardel.

—Tiene buen gusto —le elogio—. ¿Un verso que me quiera regalar para mi retorno a casa?

Pasarán estos días
como pasan todos los días malos de la vida
sanará la herida que te aqueja
y dirás: cómo he podido, anegado y consumido
llegar a puerto con las velas rotas

y una voz te dirá: ¿que no lo sabes?
El mismo viento que rompió tus alas
es el que hace volar a las gaviotas.

—¿Nunca se le acaba la inspiración?

—Sí. Se me agota. La página en blanco, “la terrible mirona”, como la llamaba José Manuel Arango, gran poeta del Carmen de Viboral.

Le doy las gracias. Y como entre poetas compartimos palabras, le regalo para su regreso a Medellín mi poemario New York no es el cielo, para que mis poemas se vuelvan callejeros, para que se hagan gitanos en las manos del poeta y él alguna vez toque mis versos en su piano de letras.

Manuel Tiberio Bermúdez

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