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Zulma Quiñones Senati:
“Hay un espacio para cada cual dentro de la creación literaria”

domingo 21 de abril de 2024
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Zulma Quiñones Senati
Zulma Quiñones Senati: “La puertorriqueñidad es parte si no todo lo que habita en mí. No obstante, puedo escribir de cualquier tema universal y en otros lugares”.

Zulma Quiñones Senati (Yauco, Puerto Rico) es escritora, gestora cultural y educadora. Realizó su grado de Bachillerato en Educación (1970) en la hoy Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico en Ponce. Ha realizado estudios posgraduados en la Universidad del Sagrado Corazón de Jesús, en San Juan, Puerto Rico. Es autora de varios trabajos de creación literaria, como De mariposa a crisálida (2001), La barca en el tiempo (2005), El rostro oculto (2008), Este sendero conmigo (2013), Alas de colibrí (2020), Fragilidad de vidrio soplado (2020), Gemidos de fuego (2022; con Vicente Serrano García), Senderos en el río de la infancia (2022) y No quiero que las flores sepan (2023). Algunos de sus relatos y poemas han sido premiados en certámenes literarios nacionales e internacionales y publicados en revistas y antologías literarias, tales como Yo soy mujer, Más allá de la medida, Karma Sensual 8 y Antología del mar. Fue embajadora de buena voluntad del Movimiento de Mujeres Poetas Internacional y coordinó en Puerto Rico el Festival Grito de Mujer. Ella ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

“No quiero que las flores sepan”, de Zulma Quiñones Senati
No quiero que las flores sepan, de Zulma Quiñones Senati (2023). Disponible en Amazon

—Recientemente publicó su libro No quiero que las flores sepan (2023). ¿De qué trata este libro? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?

No quiero que las flores sepan es un poemario que surge como resultado de las pérdidas que tenemos los seres humanos en nuestras vidas. Está dedicado a la memoria de mi amiga Rosa Margarita Hernández, excelente narradora y gran amiga que falleció inesperadamente el 30 de diciembre de 2022. Las pérdidas se van sumando y parece que aumentan con los años, y aunque a los seres humanos nos gusta más la celebración de los momentos felices, creo que también hay que darles lugar a los momentos en que el dolor nos cubre. Comencé a escribir “Las flores de mi tristeza”, el primer poema del libro, y compartí mis ideas con una gran amiga y escritora puertorriqueña. Ella me sugirió un paralelismo con el tema de las flores y una hermosa canción de nuestro Rafael Hernández Marín: Silencio. Así fue como los versos de dicha canción se convirtieron en cómplices de mis poemas y concluí que, así como el Jibarito, yo tampoco quiero que las flores sepan.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a No quiero que las flores sepan y su trabajo creativo entonces y hoy? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueña-caribeña y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y el Caribe?

—Amo la poesía desde muy niña; más que todo, la declamación. En mis años de adolescencia participé en la escuela pública de Santa Isabel, a donde llegué en 1960, en certámenes de declamación auspiciados por la escuela. No obstante, mi primer libro es uno de memorias, así que la narrativa fue lo que guio mis primeros pasos. De mariposa a crisálida, las memorias de Pilar, de 2001, fue un intento de plasmar en letras dos décadas de Puerto Rico y sus habitantes, de 1950 a 1970. Mi naturaleza como boricua y caribeña, y ese cúmulo de memorias de una infancia en mi pueblo natal de Yauco, marcaron mis primeros pasos. Quise retener esas vivencias de una niña que representaba a tantas otras y sentí que se perderían, por eso las atrapé entre las páginas de un libro, no sólo para mí, sino para generaciones futuras, para que tuvieran fuentes donde evocar o conocer otras épocas que no vivieron y que puedan verlas, no sólo a través de la historia, sino también de las vivencias de otros. La barca en el tiempo, corsu e sempre corsu, hace también referencia a esa mezcla tan nuestra, es una búsqueda de las raíces de una boricua y su relación con la isla de Córcega, de donde vino mi bisabuelo materno. Muchos se identificaron con esta historia, pues hay más descendientes corsos en nuestra isla que corsos viviendo en la isla de Córcega. Estos primeros libros están marcados por mi puertorriqueñidad y la memoria personal dentro de Puerto Rico y el Caribe. Amo el mar Caribe y está presente tanto en la narrativa como en muchos de mis poemas.

Yo diría que me falta aún mucho camino que recorrer y adquirir mayor madurez como escritora. Por eso creo que los talleres nos ayudan en este caminar.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, escritora, con su época actual de escritora en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—A mis libros de memorias les siguió El rostro oculto, un libro de cuentos en donde la ficción tuvo preponderancia. En esa época comencé a tomar talleres de escritura y edición con Vilma Bayrón, editora del Instituto de Cultura, y los que eventualmente llegaron a la Universidad del Sagrado Corazón a cargo de Mara Daisy Cruz, donde profesores como Rubis M. Camacho, Awilda Cáez, Emilio del Carril y otros impartieron sus tan enriquecedoras enseñanzas sobre el cuento y la novela. Fue una época linda donde tuve contacto con muchos otros escritores que no olvido. Estando, sin embargo, en los talleres de cuento, retomé la poesía. Así que yo diría que fue un viaje a incursionar en distintas facetas de la escritura y en distintos géneros. Yo diría que me falta aún mucho camino que recorrer y adquirir mayor madurez como escritora. Por eso creo que los talleres nos ayudan en este caminar. Siempre hay lugar para mejorar y madurar.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo a su quehacer literario?

—Fue durante mi incursión en los talleres literarios donde conocí a muchos otros escritores de mi generación y escritores más jóvenes que buscaban realizar sus trabajos y a la vez tener un lugar donde crear y compartir con otros sus creaciones. La considero una oportunidad única que nos ayudó en la formación literaria a un grupo que conserva los lazos que se establecieron en dichos talleres. Gracias a la Universidad del Sagrado Corazón por abrir este espacio de educación continuada para personas que, como yo, buscaban enriquecer la actividad creativa. Exponernos a la crítica, la opinión y el oído atento de nuestros pares con la dirección de los maestros ciertamente nos ayudó a encaminarnos. Cada día es una nueva oportunidad para crear y tratar de llevar a cabo nuestro quehacer literario. Admiro esas nuevas generaciones, jóvenes que enriquecen nuestro acervo cultural y literario con nuevas y renovadas ideas y un vocabulario audaz, llamativo y hasta experimental, que se levantan en medio de estas nuevas realidades y tecnologías.

—Ha logrado mantener una línea de creación literaria. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

—Pienso que hay un espacio para cada cual dentro de la creación literaria. No todos somos iguales y tampoco así el público lector. Creo que desde un principio hubo gente que apoyó mi labor dentro y fuera del país. Les estoy muy agradecida por esa acogida y entiendo que no todos tenemos los mismos gustos, pero como he dicho antes hay espacio para todos. Admiro a mis compañeros escritores, su creatividad y la aportación que están realizando para nuestro país. He podido viajar y compartir con compañeros escritores en otros lugares, sobre todo en nuestra Latinoamérica, y lo veo como una manera de dar a conocer no solamente mi trabajo sino el de muchos de mis compañeros fuera de la isla.

Viajar me ha hecho ampliar mis conocimientos de cómo se vive en otros lugares.

—Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera una escritora puertorriqueña o no? O, más bien, una escritora, sea ésta puertorriqueña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Soy una escritora puertorriqueña aún en ciernes, ya que hace relativamente poco tiempo incursioné en la literatura. La puertorriqueñidad es parte si no todo lo que habita en mí. No obstante, puedo escribir de cualquier tema universal y en otros lugares, aunque siempre habrá un trasfondo ya sea de mi niñez o la adultez en esta hermosa isla de la que soy oriunda. Viajar me ha hecho ampliar mis conocimientos de cómo se vive en otros lugares, por eso me gusta permanecer bastante tiempo en otro país y vivir como viven sus habitantes, no como una turista.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género y su ideología política con o en su trabajo creativo y su formación de origen puertorriqueño?

—Soy una mezcla de razas, desciendo de un abuelo materno afrocaribeño y una abuela europea, otro abuelo paterno con características taínas al que lamentablemente no conocí, que se casó con una abuela hija de españoles, una bisabuela materna descendiente de españoles, casada con un bisabuelo nacido en Córcega. Así, pues, toda esa mezcla me hace boricua. Soy una mujer amante de la libertad tanto del propio ser como la de mi patria. Mis realidades étnicas y políticas afloran también en mis escritos. Mi voz se alza en defensa de los derechos de la mujer que han sido pisoteados desde principios de la humanidad y reconozco que nos queda mucho por lograr en ambos campos. En mi primer libro, De mariposa a crisálida, comentó la doctora Ana Elba Irizarry que hay tanto en el personaje como en la isla una involución, haciendo referencia por vez primera a esa dualidad que me habita y de la que ella se percató antes que yo.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida como estudiante antes y después de su formación y desarrollo profesional? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritora en Puerto Rico hoy?

—Fui una estudiante de las escuelas públicas del país. Mis primeros años de elemental, en mi pueblo natal de Yauco, y de sexto a duodécimo grado en el pueblo de Santa Isabel, que me acogió en el año 1960 y de donde me gradué de la Escuela Superior John F. Kennedy en la clase de 1967. Luego de completar mis estudios universitarios trabajé varios años como maestra en las escuelas públicas del país. Pude palpar las necesidades de nuestra sociedad desde los rostros de la niñez. Fue mi vocación y puse mi empeño en ello, aunque lamentablemente tuve problemas de voz y me vi obligada a tomar otro rumbo, aunque fueron varios años de servicio a otra comunidad, esta vez adulta. Luego de veinticinco años retorné al salón de clases, porque eso de ser maestra se lleva en la sangre y el corazón. Siempre el quehacer literario rondaba en mi mente y curiosamente escribí algo en esos tiempos que treinta años después pude utilizar en mi primer libro. Quisiera que la niñez fuera expuesta más a la literatura y las artes desde temprana edad en nuestras escuelas. Los cambios de currículo a veces dejan huecos en las mentes de los niños. Mi niñez, como la de muchos, está llena de instantes felices que atesoro y que he tratado de traer en un libro híbrido con prosa poética y versos que se titula Senderos en el río de la infancia. Aunque, como dicen, no todo tiempo pasado fue mejor, pero tiene su encanto. A veces el progreso nos aleja de conocimientos que son necesarios en la formación como seres humanos. Desde las altas esferas del gobierno se debiera dar un vistazo sobre todo a los encargados de la educación de los niños, para que tengamos un país saludable física, emocional e intelectualmente. Además, las organizaciones que luchan por una mejor sociedad ponen su grano de arena fomentando la lectura y el amor por las artes.

Tengo un público ávido de que retome la narrativa y otro público que ama la poesía.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática ficcional o no del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Tengo un público ávido de que retome la narrativa y otro público que ama la poesía. En el grupo Los Cinco, unos amigos escritores que nos reunimos a tomar sopa y escribir en casa de la escritora Raquel Otheguy, hemos publicado No somos de papel y El culpable fue Adán, ambos de cuentos; el primero premiado con un primer lugar en antologías por el PEN de Puerto Rico en 2014. Creo que al público lector le agrada leer ficción y realidad ficcionada. No obstante, la poesía permea nuestras vidas y debemos darle un lugar especial en nuestra formación. En los últimos años me he inclinado más hacia ésta sin abandonar la narrativa.

—¿Qué otros proyectos creativos tienes recientes y pendientes?

—Estoy trabajando una novela a la que estoy dando los últimos toques y además recientemente he tratado de pintar, por lo que me atreví a ilustrar mis dos libros más recientes, Senderos en el río de la infancia y No quiero que las flores sepan, así como ilustré Alas de colibrí, el de nanas. Ha sido un atrevimiento, un intento apenas, porque me falta mucho por recorrer en todos los campos, la narrativa, la poesía y en particular en la pintura.

Wilkins Román Samot

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