
Antonio Miranda, nacido en Ponce, Puerto Rico, en 1988, creció en Jayuya. En 2006 recibió el Premio a la Excelencia Académica Richard Carrión Jr., otorgado por la Fundación Banco Popular. Se graduó de la Universidad de Puerto Rico (UPR) con un bachillerato en Ciencias Naturales, especializado en Química (cum laude), y con un minor en Biotecnología, en 2011. Posteriormente, obtuvo una maestría en Creación Literaria con énfasis en Narrativa en la Universidad del Sagrado Corazón en 2015, donde su tesis creativa, una novela de fantasía épica titulada El cantar de los morfales: Anatema despierta, fue reconocida con distinción.
A lo largo de su carrera ha cosechado varios premios literarios, destacándose en 2011 con el primer premio en el concurso de cuentos del Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR, en Cayey, por su relato “El ciclo”. En 2012 ganó el primer lugar en el certamen El Sur Visita el Sur con su obra “La certeza”. Luego, en 2013, su cuento “helenadetroya.exe” le valió el primer premio en el concurso literario de la Universidad Politécnica de Puerto Rico. Su primer libro de cuentos, Queridos hermanos..., fue publicado en 2012, y su relato “Ecos en el anfiteatro” apareció en la antología MetaLenguaje en Chile en 2014. También, su cuento “Adiós, Susana” fue publicado en la revista Trapecio en el mismo año. Actualmente, Antonio trabaja en el sector farmacéutico. Antonio ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

—Hace poco publicó El cantar de los morfales: Anatema despierta. ¿De qué trata su primera novela? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarla?
—Anatema despierta es una versión de mi tesis de maestría titulada El cantar de los morfales, la cual realicé en la Universidad del Sagrado Corazón de Jesús. Es una historia de fantasía en donde las hermanas Lorelia y Nódenor son separadas durante la niñez. Lorelia es adoptada por sacerdotes del reino, quienes la educan hasta convertirla en suma sacerdotisa. Su misión es realizar un peregrinaje religioso a través de los distintos territorios dentro y fuera del reino, encontrar los varios altares de los espíritus tutelares y obtener su favor sobrenatural. Este aspecto de la historia tiene algunas similitudes con el peregrinaje del personaje de Yuna en el videojuego Final Fantasy X. En mi novela, Lorelia tiene un propósito secreto. La suma sacerdotisa detesta su vida y busca la manera de reunirse con su hermana. Para lograrlo, intenta obtener el favor de todos los espíritus tutelares para tener el poder de elegir otro camino y reunirse con Nódenor. Su hermana, por el contrario, lleva una vida solitaria en el bosque. Aprende magia oscura para sobrevivir. Eventualmente Nódenor forma parte de un grupo de personas que intentan detener a Lorelia en su peregrinaje. Anatema despierta (2015) forma parte de una trilogía llamada El cantar de los morfales. Las otras dos novelas son La miel primordial (2016) y Rima Segunda (2019). Si lo miramos desde un punto de vista dialéctico, mi primera novela no es otra cosa que el comienzo de un conflicto ideológico entre religión y espiritualidad, trabajo y familia, responsabilidad y libertad, deber y necesidad.
—¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a El cantar de los morfales: Anatema despierta y su trabajo creativo anterior y posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y fuera?
—Crecí mirando las películas de El Señor de los Anillos, Star Wars y Harry Potter. También, con los videojuegos de aventura como The Legend of Zelda, Final Fantasy y Grandia. Recuerdo que en la escuela intermedia mis amigos y yo escribíamos algo que se podría llamar fan fiction. Tomábamos personajes populares de las películas y videojuegos que conocíamos. Mi amigo Carlos y yo creamos dos personajes originales, Ewann y Jimmy. Los metíamos en situaciones absurdas y obscenas. Las historias no tenían pies ni cabeza, pero estaban cargadas de ludismo inmaduro, insinuaciones aberrantes y, sobre todo, referentes a las cosas que todos veíamos en el cine, la televisión y los videojuegos. En la escuela superior nuestros intereses cambiaron. Carlos empezó a escribir poesía y yo, cuentos. Más adelante, comencé a leer algunos trabajos de Ursula K. Le Guin, con su visión materialista de la magia, y R. A. Salvatore, el cual está más alineado con lo que se denomina la fantasía oscura. Eventualmente me convertí en químico y Carlos, en ingeniero. Llevo más de once años trabajando para la industria farmacéutica, pero nunca he dejado de escribir. Mi necesidad por la expresión artística me llevó a realizar una maestría en Creación Literaria; Anatema despierta fue el resultado de mi tesis creativa. Tener una conciencia política es importante, pero no es la meta ni el propósito de mi literatura; tampoco significa que prescinda de ella ni que mi literatura esté exenta de los discursos e ideologías políticas. Pienso que sentarse a escribir un cuento o novela con el propósito de encontrar soluciones a los problemas de la sociedad es una pretensión enorme y además una equivocación. Ese quehacer les corresponde a las ciencias. El arte, por otro lado, tiene el potencial de formular interrogantes nuevas y problematizar aquello que se da por sentado, pero se queda corta a la hora de proporcionar respuestas. Dicho esto, sé que no puedo desentenderme de los discursos predominantes que me atañen. Corro el riesgo de ser condicionado hasta cambiar mi percepción de la realidad. Estoy sujeto a las indicaciones que provienen desde la autoridad académica o, peor aún, desde los medios de comunicación y, por eso, he decidido permanecer atento a los desarrollos de los discursos e ideologías predominantes. Pienso que esto me ayuda a tener una conciencia crítica, y que esto a su vez me ayuda a contribuir al discurso en cuestión, a desafiarlo o quizás transformarlo con mi visión creativa.
—Si compara su crecimiento y madurez como persona y escritor con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
—Mi interés por la fantasía comenzó con las películas de Disney, las caricaturas televisadas y los videojuegos. En la escuela superior tuve maestras de español e inglés avanzado que fueron excelentes, pues nos impartieron una base sólida para la interpretación de textos narrativos y el pensamiento crítico. Nos enseñaron a tener y articular una opinión de manera inteligente. Ahora bien, mi necesidad por la escritura es el resultado de una exposición temprana y constante a la gama de historias fantásticas planteadas en el contexto de los medios de comunicación y entretenimiento. Por tanto, mi trabajo creativo está matizado por la cultura popular. Todos sabemos que estos productos de consumo contienen mezclas, por ejemplo, de elementos clásicos y de vanguardia; son iteraciones, replanteamientos y en muchos casos tergiversaciones de tipos y telos, logos, ethos y pathos. Aquello que despertó en mí la pasión por la fantasía y la necesidad de expresarme ya venía matizado por un sinnúmero de discursos conformados desde la perspectiva de compañías de cine, televisión, videojuegos, juguetes, música y mercadeo, en donde todas responden a los intereses del capitalismo neoliberal. El sensacionalismo, la inmediatez y la satisfacción gratuita influyeron en la formación de mi sensibilidad estética. Ésta proviene desde una visión simplista que trastornó mis expectativas sobre la belleza. No me interesa desarrollar una apología al respecto. Quiero descubrir esa belleza auténtica que emerge desde los senderos insospechados por donde el mercado del arte transita y negocia iteraciones, bricolaje, intertextualidad, ideologías, en fin... Más tarde aprendí el valor de reconocer y tener referentes literarios. En mi caso, puedo mencionar a Roberto Bolaño, Valeria Luiselli, Jorge Luis Borges, Ursula K. Le Guin, Unamuno y Tolkien, entre otros. Mi evolución comienza con la épica fantástica, luego la fantasía oscura con elementos del realismo. Luego tomé la decisión de comenzar a trabajar el hiperrealismo. Este cambio radical me ayudó a revelar y poner en contexto mis usos, manías, tendencias; me permitió replantear mi discurso narrativo y, a la larga, evolucionar como escritor. Hoy encuentro esa armonía en el género híbrido de la ciencia ficción en donde coexisten los elementos fantásticos, el horror de la realidad y los contrastes por donde aparecen de manera breve los colores de la belleza.
—¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo a su quehacer y a su trabajo escrito de interés y cruce en Puerto Rico?
—Hoy existen varias obras puertorriqueñas que se aproximan al género de la épica fantástica. Sin embargo, pienso que la épica fantástica como género narrativo todavía no forma parte de la tradición literaria de Puerto Rico. Nuestra literatura responde a las ideologías predominantes que comprenden el insularismo, el hispanismo paternalista, el colonialismo, el machismo, la homofobia y las distintas reacciones literarias de autores puertorriqueños en contra de estas ideologías. Nuestra literatura, nuestra tradición literaria, viene planteada en función de una respuesta hacia las ideologías predominantes. Es algo que perdura hasta hoy. Esa tradición literaria puertorriqueña es problemática, pero existe. Formo parte de ella. Sin embargo, pienso que mis trabajos se alejan por mucho de estos temas predominantes. El hecho de que otros temas, como la fantasía, sean tachados como frívolos o irrelevantes, contribuye al efecto de que no tengan mucha cabida en la literatura puertorriqueña actual. Esto denota una actitud problemática por parte de la academia y también de las editoriales. Un texto de fantasía, de horror o de ciencia ficción tiene el mismo potencial discursivo para arrojar luz sobre los varios problemas ideológicos contemporáneos. Sólo hay que mirar La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, del dominicano estadounidense Junot Díaz. En el caso de Puerto Rico, puedo mencionar, por ejemplo, La iluminada, de Ángela López Borrero; ðēsôngbǝrd, de David Caleb Acevedo; En el reino de la Garúa, de Emilio del Carril, o Fortaleza, de José Borges. Otros autores han realizado trabajos que parecen alejarse de los discursos políticos predominantes, pero no dejan de tener relevancia discursiva. Por ejemplo, las novelas históricas de María Zamparelli, los cuentos sobre caballos en Equus Rex, de Jaime L. Marzán Ramos, la comunidad china en Puerto Rico en Simone, de Eduardo Lalo, y el melodrama urbano en La belleza bruta, de Francisco Font Acevedo. Pienso que muchos de nosotros producimos una literatura alternativa sin desatender esa visión crítica de la sociedad puertorriqueña, y no es hasta ahora que tenemos la oportunidad de abrirnos paso en el mercado literario de Puerto Rico. Ya es hora de que ocupemos nuestro lugar en la literatura de Puerto Rico y en el mundo.
—¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?
—Tengo que ser sincero: no me interesa ocuparme del mercadeo ni la venta de mis libros. Una vez publico un libro, hago el anuncio a mis familiares y amistades, lo comparto en mis redes sociales durante algunas semanas, y eso es todo. Vendo todos mis libros desde Amazon a través de la plataforma de Kindle Direct Publishing (KDP), o desde mi casa. Ninguno de mis libros ha sido publicado por una casa editorial, así que me autopublico bajo el sello Fraternal. Hace muchos años hice el acercamiento a varias casas editoriales puertorriqueñas con mis primeros dos o tres libros, pero no tuve éxito. En retrospectiva, mis manuscritos de aquel entonces necesitaban más trabajo, eran deficientes en muchos aspectos, así que no puedo culpar a las editoriales que me rechazaron. Dicho esto, también percibo que las casas editoriales en Puerto Rico se limitan a convenir un grupo relativamente pequeño y hermético de conocidos y amistades de confianza. Entre ellos y con ellos mismos se promocionan, se anuncian y se publican. Y eso está bien, pero no funciona para autores anormales y desconocidos como yo. El otro aspecto para considerar es el modelo de venta de libros por concesión que favorecen las liberarías locales. Los viajes que hay que hacer pueden ser largos, el día y el dinero se pierden y las gestiones tienden a ser infructuosas. Yo tengo la necesidad de escribir, así que ya no me ocupo de llevar mis libros a ningún lado. Sólo hago lo que me atañe: escribir bien. Mis libros están disponibles en Amazon, y también a través de mi persona. Las amistades que me han leído afirman que sí les gusta mucho mi trabajo. No descarto que algún día pueda gozar del privilegio de ser publicado por alguna editorial puertorriqueña y tener mis libros disponibles en las librearías, pero por lo pronto no lo vislumbro.
—Sé que es usted de Ponce, Puerto Rico. ¿Se considera un autor puertorriqueño o no? O, más bien, un autor caribeño, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
—Legalmente, nací en el pueblo de Ponce, pero mi crianza ocurrió en Jayuya, pueblo de campo montañoso. Mis padres son jayuyanos, mi familia y amistades son de Jayuya. Me considero esencial y meridianamente jayuyano. Según tengo entendido, en los tiempos de mi nacimiento el Centro de Traumas de Jayuya no tenía la capacidad para atender partos, por lo que enviaban a las madres embarazadas a dar a luz en los hospitales del pueblo vecino de Ponce. Así que soy ponceño de nacimiento, pero eso es todo. Insisto en este punto porque, más allá de sentirme puertorriqueño, o caribeño, o latinoamericano, o estadounidense, me siento jayuyano. Tengo muchas quejas y criticismos de Jayuya. En mi novela Simulación del bienestar (2019) dedico buena parte del capítulo introductorio a su descripción y caracterización. El pueblo se convierte en personaje. Mi propósito no es la nostalgia ni los elogios gratuitos, todo lo contrario. Hay cierta amargura, cierto reproche, pero también añoranza por mi pueblo en el ejercicio creativo. Es una de las introducciones más desafiantes que he construido porque, como todos sabemos, el inicio de una historia debe llamar la atención de inmediato, tiene que enganchar al lector de alguna manera. Las descripciones por definición van en contra de ese propósito. Las descripciones sirven para ambientar, para ahondar, contextualizar y robustecer una historia, para caracterizar a un personaje, pero también desaceleran la narración y rompen con el ritmo. En Simulación del bienestar hay otros pueblos, como Hatillo, Dorado, pero Jayuya es la cosa formal, el corazón del disturbio, con el permiso de Samanta Schweblin. No encuentro forma de ser estadounidense sin ser primero latinoamericano, y no encuentro forma de ser latinoamericano sin ser primero caribeño, o puertorriqueño, y no puedo ser puertorriqueño sin ser primero y sobre todo jayuyano. Si me hubiera criado en Ponce, no podría decir lo mismo. No podría ser primero ponceño. Sería primero puertorriqueño, o caribeño, o latinoamericano, o primero estadounidense. No puedo afirmar que me sienta, por ejemplo, universitario sin un campus, ni las organizaciones, ni las obras de teatro y sesiones de colaboración de pasillos, de patios, de biblioteca entre amistades que ya no existen. Tampoco puedo decir que me siento estadounidense cuando las tres veces que he estado “allá afuera” me he sentido inadecuado y convertido en subalterno. Sería una pretensión llamarme autor caribeño cuando mis cuentos están ambientados en el medio oriente, en campañas de videojuegos, en comunas de vtubers e incels, en las relaciones incestuosas que sostienen hermanos y hermanas, ni cuando mis novelas de fantasía épica y ciencia ficción atienden los temas de la magia y la brujería, las simulaciones y el transhumanismo. Entonces sólo puedo decir que soy y me siento como un autor jayuyano. Jayuya es el mínimo común divisor, la nada fértil y la llama eterna, todo eso al mismo tiempo. Al final de mi vida, quiero desintegrarme bajo la cepa gigante de bambúas que siempre existirá en la curva del barrio Zama, junto al puente derrumbado y reconstruido, una y otra vez, del Río Grande.
—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo y su formación en la Universidad de Puerto Rico?
—He mencionado varias veces el asunto de las ideologías. Lo más problemático de las ideologías es que uno puede reconocerlas y tener conciencia de ellas, y aun así decidir seguir actuando conforme con ellas. Ẑiẑek argumenta que no hay forma de evitar las ideologías en el mundo actual: en el momento en que pensamos que estamos “fuera” de una ideología, ese es el momento en que la hemos asimilado por completo. En palabras suyas, es “lo conocido que desconocemos”. ¿Por qué traigo esto a colación? Ya he mencionado que, en mi primera novela, El cantar de los morfales: Anatema despierta, trabajé de alguna manera —sin saberlo— varios dilemas ideológicos. Luego de eso, escribí una serie de libros, incluyendo continuaciones de mi primera novela para formar una trilogía, así como cuentos y otras obras en donde comencé a trabajar el hiperrealismo. Algunas amistades señalaron una noción problemática que repercutía en varias de mis historias. Era la manera en que representaba a la mujer. Mis personajes femeninos tendían a ser víctimas, castigadoras, o ambas. Cualquier noción de agenciamiento femenino desembocaba siempre en la tragedia. Su carácter y actitud venían focalizadas desde una visión machista y odiosa porque se conformaba hacia y con el propósito de mirar a la mujer como objeto. Por ejemplo, mis libros de cuentos Hacia el valle de Hinom (2016) y desenfados (2017), incluso mi primera novela hiperrealista Simulación del bienestar (2019), reflejan esa tendencia ideológica. Fue difícil aceptarlo. Lo extraordinario de este aprendizaje es que siempre me he considerado una persona progresista, feminista, me gusta pensar que tiendo hacia la izquierda del espectro político. Sin embargo, mi literatura temprana reflejaba una actitud sospechosamente contraria a mi discurso, era peligrosa y frustrante para algunas de mis amistades más valiosas, todo muy a pesar de las pretensiones idealistas que me adjudicaba, como bien decimos, de la boca pa’ afuera. Luego de haber publicado diez libros de cuentos y novelas, soy más consciente de mis tendencias ideológicas. Gracias a esta nueva conciencia, hago el esfuerzo y paso el trabajo de evaluar mis textos para identificar esos atisbos indeseables y peligrosos. Ahora soy capaz de decidir entre eliminar esos defectos ideológicos o, por el contrario, ponerlos en contexto y problematizarlos. Mis libros más recientes reflejan ese conflicto interno: Ideología del espacio (hipernovela, 2019), breve derrota (cuentos inmobiliarios, 2023) y Récord personal de Tempera (novela de ciencia ficción, 2024). Es indispensable que seamos capaces de matizar y problematizar esas ideologías, en especial cuando sabemos que es imposible escapar de ellas. Si soy sincero, algunas de estas nociones fueron impartidas durante los cursos obligatorios de humanidades y ciencias sociales en la Universidad de Puerto Rico. De hecho, pienso que fueron los cursos más provechosos en mi experiencia como estudiante de ciencias naturales porque me dieron una fundación para enfrentar disyuntivas importantes en la vida. En mi experiencia, estos fueron algunos de los cursos más interesantes de la universidad. Me entusiasmaba ir a las clases de Civilizaciones Occidentales. Aprendí cómo llamar y clasificar las ideologías. Pero nunca internalicé los mecanismos insidiosos por los que penetran en los discursos y la política. Honestamente, pienso que eso no es culpa de los profesores ni la institución. Es improbable que una persona tan joven pueda comprender a plenitud los mecanismos de acción por los que se reproducen estas ideas. Pienso que estas lecciones importantes tienden a residir y permanecer casi exclusivamente en el ámbito filosófico y, por tanto, no se discuten con rigor. Es algo que un estudiante de primer año de ciencias naturales no está preparado para comprender, ni tiene la voluntad de estudiarlo de manera crítica, especialmente durante un curso introductorio de Humanidades. Después de todo, el tema enorme de la filosofía puede ser un capítulo en un texto universitario, una comedia protagonizada por John Malkovich o un documental de la BBC. Irónicamente, muchos aspectos importantes de nuestras vidas, como la política pública y las ciencias, tienen sus orígenes en el discurso filosófico, aunque también se pueden fermentar en las entrañas de alguna ideología insospechada.
—¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad del Sagrado Corazón de Jesús? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor hoy?
—Participé en los certámenes literarios anuales de la Universidad de Puerto Rico en Ponce y Cayey. Obtuve algunas menciones y, con el tiempo, uno que otro premio. Solía decir que la escritura era un pasatiempo, pero en realidad era una necesidad. Tenía que expresarme. Sentía la amenaza constante de que algo se iba a perder. La creación literaria me permitía rescatar estas preocupaciones de manera más o menos independiente. La escritura es un ejercicio solitario que revela una vulnerabilidad enorme, pero la necesidad de escribir me llevó a tomar la decisión de estudiar creación literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Jesús. Muchas personas que todavía estimo se opusieron a mi decisión, pero para mí estaba claro: era algo que necesitaba hacer. Por lo menos, necesitaba intentarlo. Luego de cuatro años de participar en talleres de escritura, estudiar técnicas literarias y recibir dirección durante el desarrollo de mi tesis creativa, el producto de esa maestría fue mi primera novela, El cantar de los morfales. Aprendí sobre todo que el oficio del escritor debe ocuparse en primer lugar de la belleza. La técnica, el discurso y las ideologías en sí mismas no conforman una literatura. Pero la manera creativa en que la contextualización de esos elementos encontrados puede formular ironías y provocar el asombro, a su vez, esclarece una belleza que todos podemos reconocer. Las destrezas que aprendí para estructurar y llevar una narrativa también me han ayudado a tener éxito en la industria farmacéutica con mis distintos proyectos, a cumplir con mis responsabilidades y sobresalir en mi organización.
—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
—Mi interés por la épica fantástica evolucionó hacia distintos horizontes. A medida que completaba mi trilogía de novelas como parte de El cantar de los morfales, comencé a desarrollar relatos basados en el mundo real. Aun así, todavía incluía muchos elementos fantásticos. Hacia el valle de Hinom (2016) es una colección de relatos sin unidad temática. Irónicamente, es una de mis creaciones favoritas. Por ejemplo, en el cuento “La almádena” una mujer que sufre el desorden obsesivo compulsivo se encierra a sí misma en un cuarto sin puertas ni ventanas. Otro, “RE: S.O.G.” es un relato de horror tipo creepy pasta sobre una de las misiones de la campaña del videojuego Call of Duty: Black Ops. El último relato del libro, “Viaje hacia el valle de Hinom” es la historia posapocalíptica de un hombre que despierta en la estación de trenes de Qanawat en Siria y emprende un viaje junto a la misteriosa Naamah hacia el valle de Hinom, un lugar donde esperan encontrar supervivientes. Publiqué otro libro de cuentos titulado desenfados (2017). En éste, los hermanos Lara y Ernesto son los protagonistas de una serie de relatos en donde exploro la relación incestuosa entre ambos. Aquí juego con el punto de vista narrativo, la focalización y palabras exóticas con significados únicos en otros idiomas. Luego de recibir algunas críticas importantes, decidí enfocarme en escribir ficción realista o por lo menos una ficción carente de elementos fantásticos. La novela Simulación del bienestar (2019) fue mi primer experimento de este tipo. Aquí exploro cómo se deteriora la relación fraternal de los cuatrillizos Nadeshka Marie, Cubo, Cheinyra y Mickey. Cada uno comprende una de las cuatro fases del simulacro postuladas por Jean Baudrillard: la foto, la máscara, la ilusión y la simulación total. En la siguiente novela, Ideología del espacio (2022), trabajo el concepto de una persona que poco a poco pierde todos sus espacios —la familia, el hogar, el trabajo, las redes sociales, la identidad sexual, la mente y la memoria, el mundo y el universo— hasta simplemente desaparecer. Todo empieza con la caída de un satélite chino en la casa de dos hermanos (basado en hechos reales) y termina con un live stream pornográfico en la plataforma de OnlyFans (basado también en hechos reales). En breve derrota (2023) desarrollo una colección de relatos sobre personas que buscan tener un hogar en Puerto Rico. Naturalmente, recojo mis ideas y experiencias personales sobre la crisis inmobiliaria que enfrentamos las personas de mi generación. Por último, hice mi primera novela de ciencia ficción y libro más reciente, Récord personal de Témpera (2024). En ésta exploro la idea de cómo una simulación puede generar una conciencia humana (tema harto trabajado en el cine y la literatura especulativa), pero también una vida auténtica que emerge en el mundo real a partir de la simulación y que además es superior al ser humano en todos los aspectos. Todo esto se desarrolla a lo largo de un campeonato interestelar de carreras de naves espaciales (véase Redline, Oban: Star Racer y The Phantom Menace). En fin, me interesan mucho los temas de la fraternidad, las simulaciones, la inteligencia artificial y el espacio como concepto que permea la realidad.
—¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
—Me encuentro desarrollando mi tesis doctoral en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Investigo al emigrante puertorriqueño y dominicano como subalterno en los cuentos de Spiks, de Pedro Juan Soto, y Negocios, de Junot Díaz. Es un trabajo que ocupa casi todo mi tiempo libre. Tengo varias ideas que he estado anotando en mis cuadernos, incluso algunos párrafos inadecuados que con suerte me servirán de pie forzado para cuando pueda volver a enfocarme en ese juego creativo. No puedo escribir sólo sobre una idea; necesito darle un giro, jugar con ella, con la estructura de la historia, hacer que las voces de alguna manera emerjan de manera independiente y se distingan por sí mismas. En mi caso, esto requiere un estado emocional que es elusivo y que toma tiempo adoptarlo. Por tanto, lo mejor en estos momentos es que me enfoque en mi tesis para hacerla muy bien y poder realizar la defensa tan pronto como pueda. Lo próximo que quiero hacer es crear otra historia dentro del mundo de Récord personal de Témpera. No me interesa llevar a cabo una saga; más bien, quiero ahondar en los temas del transhumanismo, las simulaciones y el horror cósmico. Mantengo los dedos cruzados para que la intuición no me abandone después de alejarme tanto del bosque, de Jayuya y de los caminos insospechados de la creación literaria.
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