
Teófilo Torres, un destacado actor de monólogos, nació el 6 de marzo de 1954 en Ponce, Puerto Rico. Su carrera artística comenzó durante su etapa en la escuela secundaria en Jayuya, donde comenzó a mostrar su talento en el ámbito de la actuación. A lo largo de su trayectoria, ha demostrado una gran versatilidad en teatro, cine y televisión, participando en obras memorables como A mis amigos de la locura y Papo Impala está quitao, esta última basada en un relato de Juan Antonio Ramos. En este monólogo, Teófilo encarna a un adicto que lucha por superar su dependencia a las drogas.
A mediados de la década de 1980, Torres hizo su debut en la televisión puertorriqueña con la polémica telenovela Tiempo de vivir, protagonizada por Fernando Allende e Ivonne Goderich. También participó en la película Glitz, una producción de NBC en la que interpretó a un oficial de policía vinculado al crimen, junto al reconocido actor puertorriqueño Jimmy Smits. Además, se destacó en telenovelas como Ave de paso y Yara Prohibida, donde interpretó personajes complejos, como un artista frustrado con problemas de alcoholismo. Durante ese tiempo, también abrió su propia academia de arte dramático, enseñando actuación, danza y expresión oral.
En 1994, Torres se mudó a Nueva York para completar su Maestría en Bellas Artes en Brooklyn College, al tiempo que participaba en compañías de repertorio en español. Regresó a Puerto Rico en 1999 y fue parte de la telenovela Cuando despierta el amor y de la serie Después del adiós, donde dio vida a un hombre enfermo de esclerosis lateral amiotrófica. Sus interpretaciones en el cine y la televisión continuaron, y se destacó en la película de televisión Punto final, donde interpretó a un poeta en busca de su identidad. Además, ha regresado a la enseñanza en la Universidad de Puerto Rico, consolidando su legado como artista y educador. Teófilo ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.
—Desde hace algún tiempo llevas interpretando a Pateco. ¿De qué trata este personaje y cómo recorres entre la historia y la resistencia desde Loisaida, Nueva York, o desde las calles del viejo San Juan, Puerto Rico? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajar en él?
—Aunque siempre escuché los refranes y expresiones idiomáticas de nuestra tradición puertorriqueña en torno a Pateco, el sepulturero, no fue hasta 2015 que me tropecé en las redes sociales con una foto en blanco y negro del “personaje”. La imagen muestra al sepulturero del cementerio nacional del viejo San Juan de pie, portando una pala. Para el momento de mi hallazgo ya había comenzado a explorar la décima del folclore latinoamericano, adaptándola a nuestro entorno boricua. Se me ocurrió entonces darle vida al personaje histórico para traerlo a nuestra realidad contemporánea, impartiéndole un carácter mixto entre lo jocoso, lo satírico y lo filosófico, cuyo instrumento sería la décima. Por mi extracción social-familiar, tuve desde niño contacto con el género, a lo que se agregó la lectura de poesía en general y haber trabajado el verso octosílabo como actor en el teatro isabelino, de manera que, sin proponérmelo, había internalizado los fundamentos que requiere la composición de la décima. Comencé a escribir y a subirlas a las redes sociales, especialmente Facebook, a la vez que participaba en protestas, mítines y eventos callejeros, con un vestuario pintoresco, una pala y un saco de yute lleno de elementos de utilería, destacándose un galón de pitorro. La respuesta positiva del público no tardó en llegar y, además de los temas políticos, empecé a integrar asuntos de toda índole, montado sobre la voz irreverente, irónica y punzante del trovador, que ya había logrado agarrar.
—¿Qué relación tiene Pateco con su trabajo creativo-investigativo anterior y hoy?
—En Pateco convergen cincuenta años de exploración actoral en teatro, cine y televisión con un acercamiento al oficio completamente libre y sin pretensiones de satisfacer o agradar a nadie. Pateco se mueve en su espacio anacrónico, no realista, donde todo se vale; no tengo intención de presentar un personaje coherente. Lo dejo fluir libremente, sin la preocupación sobre qué es lo que Pateco haría en tal o cual situación. Aunque otros personajes de mi repertorio ya tenían cualidades parecidas, pienso que con el sepulturero se alcanzan otras dimensiones.
—Si compara su crecimiento y madurez como persona, actor, docente e investigador creativo, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo inicial con el de hoy?
—Uno mi respuesta a la anterior para afirmar que el actor al que he intentado arribar, hoy en día posee matices de despreocupación que años atrás no tenía. Quizás mi propia percepción del mundo y de la existencia como absurdos han hecho que me despegue de la ansiedad de si lo estoy haciendo bien o mal.
—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de actores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera?
—Siendo honesto, he tenido críticas, no sólo a mi núcleo generacional, sino a las generaciones actuales. He visto que en muchos de ellos la motivación para dedicarse al oficio tiene que ver mucho con lograr la fama, el dinero o la idea de que actuar es fácil, que sólo requiere decir bien unas líneas de diálogo y cumplir con lo que requiere el libreto o el director; no veo deseo de dejarse impactar por el material con el que se trabaja.
—¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico, y la de sus pares, bien sean actores de teatro u otro género?
—En general, a los actores puertorriqueños se les tiene en alta estima, ya sean genéricos u orgánicos. Claro, hay un público general fácilmente impresionable y otra audiencia, que es más la que me interesa, con exigencias más profundas.
—Sé que es usted de Ponce, Puerto Rico. ¿Se considera un autor puertorriqueño o no? O, más bien, un actor, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
—A pesar de haber nacido en un determinado lugar de Puerto Rico, experimento la sensación de pertenecer a un género humano que, independiente del lugar de origen, sufre las mismas angustias y retos. Si se me preguntara dónde hubiese querido nacer quizás habría otras preferencias, pero tengo orgullo y satisfacción de haber nacido en este archipiélago.
—¿Cómo integra su identidad étnica y de género y su ideología política en su trabajo creativo-investigativo?
—Esos componentes han estado íntimamente ligados, a veces más, a veces menos, y los integro de forma automática o de manera deliberada. Claro, haber actuado un repertorio de veinticinco monólogos escogidos y dirigidos por mí me ha permitido hacer lo que me ha dado la gana, cosa que no se le da al actor que siempre depende de un director que le diga lo que tiene que hacer.
—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de actor hoy?
—Aclaro que en este momento, por las razones que sean, no estoy trabajando como yo quisiera, sobre todo en cine y teatro. Aun así, cuando se me da la ocasión de hacerlo mi organismo completo, con todas sus vivencias, va a estar presente.
—¿Qué diferencias observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
—La recepción del público a mi trabajo creativo no ha variado de forma relevante. En las pocas oportunidades que tengo de hacerlo, y sobre todo con Pateco, recibo del público la aceptación adecuada.
—¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
—Tengo muy pocos proyectos al momento; aparte de las publicaciones en forma de libro o en las redes de Pateco, yo diría que ninguno.
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