
En la plaza de la ópera
(inédito)Con el rumor de las hojas secas llega la tarde,
como un hombre ya cansado,
como el actor que a fuerza de repetir la escena
la sabe de memoria.Una multitud transita frente a los grandes espejos,
Pero son tan sólo un reflejo,
Y ya colmados bostezan y sonríen.Pronto un débil sol brillará en una esquina de la plaza,
Y a contraluz, las sombras crecerán
En el edificio de la ópera.Grandes carteles anuncian la función:
La sonrisa del Tartufo, Los tesoros de Arpagón,
El monólogo de Yago, El veneno donde abreva
La espada de Laertes.¡El teatro del mundo termina aquí!
De las improbabilidades hemos pasado
A las inconcebibles certezas, de las inflexibles leyes
Del déspota a la carcajada siniestra.
Los bufones se han tomado el reino,
Arde como ascua en una esquina de la plaza
La cabeza del monarca.¡El teatro del mundo termina aquí!
Le preceden millones de voces que ahogó la lluvia,
Le sucede la más oscura de las noches.Marco Antonio Madrid
Marco Antonio Madrid vive la poesía de manera honesta y pausada, sin estridencias, tomándose el tiempo necesario para decantar su poesía. Es profesor de Semiótica y Literatura, lo que le permite leer y analizar con profundidad a los autores más definitorios del mundo editorial.
Ya lo señaló Saint-John Perse, en su discurso del premio Nobel:
Más que modo de conocimiento, la poesía es, ante todo, un modo de vida, y de vida integral. El poeta existía en el hombre de las cavernas; existirá en el hombre de las edades atómicas: porque es parte irreductible del hombre. De la exigencia poética, que es exigencia espiritual, han nacido las religiones mismas, y por la gracia poética la chispa de lo divino vive para siempre en el sílex humano. Cuando las mitologías se desmoronan, lo divino encuentra en la poesía su refugio; aun tal vez su relevo. Y hasta en el orden social y en lo inmediato humano, cuando las Portadoras de pan del antiguo cortejo dan paso a las Portadoras de antorchas, en la imaginación poética se enciende todavía la alta pasión de los pueblos en busca de claridad.
La ensayista y crítica hondureña Sara Rolla, después de leer La secreta voz de las aguas, escribió: “Marco Antonio Madrid no es un autor (usando una frase del viejo léxico postal) de obras ‘de entrega inmediata’. Se toma su tiempo para sedimentar y pulir sus versos. Creo que es ese respeto exacerbado por el oficio lo que lo ha llevado a dilatar el lapso entre la publicación de su primer poemario, La blanca hierba de la noche, y La secreta voz de las aguas”.
Rolla agrega, además: “Palabra y ritmo exquisitamente trabajados, sobriedad y poder de síntesis. Densidad referencial, hecha de sustratos múltiples (biográficos, literarios, filosóficos y mitológicos). Esos son los rasgos esenciales de la poética de Marco Antonio Madrid”.

Sobre Las uvas de Zeuxis y otros poemas, el escritor Hernán Antonio Bermúdez señaló: “En esta antología, Marco Antonio Madrid amalgama experiencias dispares de su vida transcurrida en el campo y delinea una extensa comarca de creación verbal: el poeta recupera fragmentos que permanecen incrustados en sus recuerdos y se abren paso hacia la superficie de su dicción poética (...). Aquí los componentes de la vegetación son apreciados no sólo por las abstracciones que representan sino por las cualidades sensuales que suelen encarnar, una suerte de paradisus voluptatis del cual emerge ‘la secreta voz de la doliente tierra’”.
Marco Antonio Madrid (Santa Bárbara, Honduras, 1968) es licenciado en Letras con especialidad en Literatura por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (Unah). Se ha desempeñado como profesor de Filosofía y Letras en distintas universidades de su país. Sin embargo, su labor docente la ha desarrollado principalmente en el Departamento de Letras de la Unah en el Valle de Sula (Unah-VS) impartiendo la clase de Semiótica y Literatura. Poemas suyos han aparecido en diarios hondureños y en algunas revistas literarias extranjeras y ha participado en antologías centroamericanas e hispanoamericanas. Es director y fundador del magazín literario El Barco Ebrio. Ha publicado los libros de poesía La blanca hierba de la noche, La secreta voz de las aguas, Palabras de acerada proa y Las uvas de Zeuxis y otros poemas.
—¿Qué recuerda de la casa de su infancia? Esos espacios que perviven en la memoria como un refugio sentimental, ¿los puede visitar en la actualidad?
—Recuerdo que era una casa grande, estilo colonial, con paredes altas y techo de teja color fuego, salas, dormitorios y corredores amplios. Por la mañana, en los ventanales, el sol bañaba con su luz enredaderas velo de novia y búcaros cargados de flores. Más allá estaba el patio sembrado de árboles frutales y una colmena que colgaba lacia entre dos horcones. En la actualidad vuelvo esporádicamente —por herencia la mitad de la casa es de mi madre—, pero ya no es lo mismo: la vieja hornilla y el horno artesanal ya no existen, han sido reemplazados por artículos eléctricos, al igual que las máquinas de escribir y de coser, el retrato pintado en óleo de mis bisabuelos cuando contrajeron nupcias, las porcelanas, los libreros, los radios antiguos marca Philips, los tocadiscos y vinilos, los búcaros y las rosas, el olor añejo en los cofres de madera, todo se perdió. Todo fue remodelado a tal grado que la casa es otra. Yo prefiero volver a esa casa grande que perdimos, volver con la memoria y saber que todo está ahí “felizmente impalpable”, como lo expreso en un poema. Contemplar el fuego de la hornilla y la luz del sol sobre la hoja de la hiedra.
—¿Quiénes eran sus padres? ¿Qué aprendió de cada uno? ¿Esas enseñanzas lo acompañan siempre?
—Mi padre es abogado y mi madre profesora de educación primaria; por la naturaleza de su profesión, en mi casa siempre había libros. En otro tipo de escenario hubiera sido muy difícil dedicarme a la escritura creativa. El consejo y la guía de mis padres siempre fueron oportunos.
—¿Cuál fue el primer libro que leyó, ese que transporta al lector a otro lugar y a otra realidad?
—El primer libro que recuerdo es una enciclopedia ilustrada con mitos griegos y latinos; también recuerdo una antología, igualmente ilustrada para niños, de fábulas con los mejores autores del género (Fedro, Esopo, La Fontaine, Iriarte, Samaniego...). Yo comencé leyendo prosa, ulteriormente vinieron las lecturas de poesía. Mas había en los anaqueles de mi padre un libro que me llamaba mucho la atención; para mí tenía el aura del misterio, algo me decía que no lo podía leer porque no lo entendería; su personaje principal, por los comentarios que escuchaba, me parecía un profeta, un hombre sabio y legendario, pero a la vez un dios o un semidiós. Mucho tiempo después leí el libro en otra edición y me maravilló; descubrí en él la conjunción del profeta, del filósofo y el poeta. Ese libro es Así habló Zaratustra.
—¿Quién leyó sus primeros poemas? ¿Lo alentaron a seguir?
—Escribo poesía de manera aproximada ya en el bachillerato y en la universidad. En la Facultad de Letras teníamos, con otros escritores amigos, un grupo de literatura llamado Alef; editábamos una pequeña revista que llevaba por nombre Arlequín. En esa revista magacín publiqué mis primeros poemas, luego publiqué en las secciones culturales y de literatura de los periódicos del país. La buena crítica por parte de catedráticos y escritores como Sara Rolla, Helen Umaña, Julio Escoto y el poeta Roberto Sosa me motivaron no solamente a seguir escribiendo, sino a publicar mi primer libro, La blanca hierba de la noche.
—¿Cómo fue ese proceso que lo llevó a escribir poesía? ¿Qué lo motivó?
—Es difícil precisar conceptos en ese sentido, pero a grandes rasgos todo nace por el disfrute hedonista de la poesía; digo hedonista porque mi valoración y gusto por un poema pasa por lo estético y no por lo ideológico o político. Me agrada la poesía contestataria y política de un Roberto Sosa, de un Ernesto Cardenal, de un Dalton o de un Joaquín Pasos, y también la poesía de corte surrealista de Olga Orozco o de Emilio Adolfo Westphalen, la densidad de imágenes en la poesía de Octavio Paz, la erudición en Borges y el tema filosófico en Diálogos del conocimiento de Aleixandre. Me gusta todo lo que sea poesía. En la creación mi caso es como el de todos, se comienza queriendo imitar lo que se lee, primero es la lectura y después la escritura, ese es el ciclo del fenotipo y el genotipo del texto en la cultura.
—¿Recuerda el primer poema que escribió o alguna línea?
—Comencé con la poesía amorosa, la más difícil por lo trillado, recuerdo el poema “Más allá de las furias”, que tiene como tema una leyenda órfica que dice: “¡Eurydice! ¡Oh luz divina! —dijo Orfeo al morir—. ¡Eurydice! —gimieron al romperse las siete cuerdas de su lira. Y su cabeza, que rueda por el río de los tiempos, clama aún: ¡Eurydice, Eurydice!”. En el primer verso con el futuro perfecto del modo indicativo del verbo, Orfeo, el poeta por antonomasia, clama: “Habrás llegado tú, tierna Eurídice limpia ya de toda sombra. Habrás llegado a palpar las llagas del vencido”.

—¿Cuál es su manera de escribir? ¿Piensa primero en un tema, en una metáfora, y escribe mentalmente, o toma apuntes en la computadora para ir configurando el universo de un poema?
—A veces pienso en un tema y lo trabajo, también puede ser una metáfora, una imagen o, quizá, tan sólo la orfandad de algún recuerdo. No escribo poemas en la computadora, lo siento antipoético, prefiero lo ancestral de la escritura, veo magia en ese contacto con la pluma y el trazo del signo en la superficie. Cuando ya termino el poema sí lo paso a la computadora y voy conformando un corpus. No tengo prisa por escribir, nunca la he tenido, voy a mi ritmo porque considero, como señala Kant, que la poesía no tiene un fin utilitario, y escribirla es un acto de libertad. Escribo en una libreta y cuando no la llevo conmigo escribo en cualquier papel, puede ser en el dorso de una factura o en el de un recibo de un almacén, del supermercado o de un estacionamiento.
—¿Cómo fue el proceso para publicar su primer libro? ¿Fue difícil? ¿Esperó mucho tiempo? Y en la actualidad, ¿lo abordan las editoriales o sigue siendo un arduo camino el de la publicación?
—Mi primer libro de poesía lo publiqué con suscriptores de honor en la ciudad de San Pedro Sula y la edición estuvo al cuidado de Centro Editorial del escritor Julio Escoto. Mis subsiguientes libros los he publicado con distintas editoriales sin que el hecho sea algo arduo ni mucho menos traumático.
—¿Puede describir el momento cuando siente que termina un poema? ¿Qué siente?
—Es muy raro, un tanto inusual que escriba un poema de una vez, a la primera. Por lo general escribo de manera fragmentada, después toca una labor un tanto sibilina, unir los versos y las imágenes bajo la idea concebida. Tiene que haber precisión para que las imágenes engarcen en el ritmo y al final aparezca el oráculo del poema. Los poemas los dejo en reposo por un tiempo, después vuelvo a leerlos y puedo notar con nitidez las aristas; si no las hay, se produce una especie de anagnórisis o develación muy cercana a la alegría.
—¿Le gustan los recitales, leer en público, oír a otros poetas?
—Me gustan precisamente porque en ellos tengo la oportunidad de compartir mis escritos y leer la poesía de los otros poetas. Encontrar un buen poema es para mí un hallazgo feliz que comparto y celebro.
—Utiliza la inteligencia artificial para sus tareas cotidianas: ¿e-mail, recordatorios, etc.?
—No utilizo inteligencia artificial, pero sí e-mail y ciertas redes sociales.
—¿Qué libro recomendaría para alguien que quiera conocer Santa Bárbara?
—Recomiendo muy especialmente el libro Honduras: sus manifestaciones culturales, del historiador y escritor hondureño Rubén Darío Paz.
—¿Por qué escribe?
—Escribo por una necesidad existencial inherente a toda persona, porque toda palabra es una búsqueda de identidad y libertad que, en el poema, por inmanencia y trascendencia de la poesía, se convierte en un hallazgo. Compartirlo, dar lo humano que hay en cada palabra, es el acto de civilidad más alto entre los seres.
Poemas de Marco Antonio Madrid
Más allá de las furias
En vano será el afán
De buscar otros nombres. De una vez para siempre
Es Orfeo quien canta. Viene y se va.
Rainer María Rilke
Habrás llegado tú, tierna Eurídice,
Limpia ya de toda sombra.
Habrás llegado a palpar las llagas del vencido.
En las frías alamedas, mi cabeza
Es tan sólo la lejana contemplación de algún astro.
Me defiendo de la noche
Tratando de esquivar la marea de esas hojas
Que el viento arrastra hasta mis ojos;
El agua estallando en la osamenta del mundo
Es tan frágil en mis huesos.
La lluvia cae, y mi mano
Roza la piel de algún camino.
Nada soy entre infectadas amapolas,
Sobre esta corriente humana
Que se hunde en el tedio de la urbe.
Entre el asfalto y la vendimia,
Sobre la crueldad del fiero mármol,
No escucharé el dulce canto de la lira.
El fuego lunar de las Ménades ha gastado estos muros.
Devastados los imperios,
Muero en el sueño de esa boca núbil
Que ardorosa remonta la corriente
Y me llama y me sueña.
El amor une en ti mis pedazos, tierna Eurídice,
Limpia ya de toda sombra.
Remanso
El hombre pasa.
Su palabra queda temblando
Un instante sobre el agua,
Un instante,
Después es una lágrima.
Un instante nada más,
Un instante sobre el agua.
El hombre pasa.
El sol es alto en sus pupilas
Y el viento robusto
En su mirada.
¿No escuchas el incesante batir
¿De unas olas en su sangre?
¿El canto transitorio de las aves
Surcando la memoria?
¿El reproche de unas huellas,
El antiguo rencor de sus pisadas?
El hombre pasa.
El sol se apaga
Dejando un remanso de sombras
En sus labios,
Y no hay sueños
Ni mundos que pueda redimir,
Ni credos que los salven.
Tan sólo hay una herida
Que sangra en su costado,
Y sus palabras,
Lagrimas disueltas sobre el agua.
Junto al último sol
Hundo mis manos en la última luz de la tarde.
Busco en ella quizá tan sólo
El fervor de un recuerdo.
El fruto que nos llama desde el fondo de las aguas.
La huella feliz que espera a lo lejos
El retorno de mi planta.
La luna colgada en los naranjos.
La soledad de aquellos patios.
Hundo mis manos en la última luz de la tarde.
¡Y todo está aquí!
Felizmente impalpable.
Como el fuego que yace en la memoria.
Como el vuelo reposado de las aguas.
Como el tiempo que me sueña
Junto a la palabra que desciende
Y me nombra.
Mutaciones
Hasta el duro cielo de estas rocas
Ha llegado el mar.
En él, recuerda el agua
Su antigua germinación de sombra,
El paso del ánade y la huella
Acaso feliz de algún hombre,
La otra margen donde las edades del sol
Se confunden con las hojas que caen
De la lluvia.
Cenizas, nostalgia... hojas manchadas
De luz que el viento aún esparce
En algún lugar de la memoria.
Hasta el duro cielo de estas rocas
Ha llegado el mar.
Bajo su oleaje, la palabra
En los labios, descansa.
Siddhartha
A los personajes de una novela de Hermann Hesse
He vuelto a ver el río cruzar la tierra oscura.
viejo río de la rueda sobre el desierto del samana.
Ya no veo a Gobinda, ni a Kawaswami, ni a la bella Kamala.
Ya no veo al balsero, ni al joven Siddhartha.
Ya no acunan las aguas la voz del venerable.
Sólo el río galopa lejano.
Sólo el río a la espera de otro rostro, de otras balsas.
La rosa de Paracelso
A Jorge Luis Borges
Apocalipsis 2:17
Recordó la flor que antes de ser ceniza fue color,
Espiga en aroma,
Espiral al viento. Recordó la brizna de luz
En la hoja que cae del tiempo, la sombra
En el vuelo errante del ave y el canto feliz
Del astro, pensó la flor en la piedra y en la espina,
Recordó el dolor y recordó el camino.
¡Suplicó volver!, mas el ojo del escéptico no advirtió
El prodigio,
El maestro pronunció la palabra oculta...
¡Intacta resucitó la rosa y otra era la flor
Que a la vez era la misma, así como la piedra
Era la piedra y al mismo tiempo era el camino!
Una herida más honda que la soledad
Por estas huellas que el tiempo va dejando en la memoria.
Por los caminos como ríos
Donde naufragara lo mejor de nuestros días.
Por la soledad de esa luz
A la cual se acostumbraron nuestros ojos,
Y la proximidad a la palabra
Y el fuego que con ella construimos.
Por las tardes atadas al silencio de esas planicies
Donde las sombras escampan al rumor de unos labios
Y las rocas se alzan hacia una luz
Definitiva y fugaz.
Por los lugares comunes al sol y a la lluvia
Y al aroma que aún ostenta el recuerdo.
Por los rostros ya cansados y a las voces que regresan
Para hablarnos de estaciones ya vencidas.
Por la mismísima tierra plantada de magnolias
y tristeza.
Por los besos, mujer,
Por los besos en abril
Y la piel que acariciaste ignorando su ceniza
Por el mar y los adioses y el corazón
Como un navío en la corriente inexorable.
Por todo ello
He de llorar por ti.
Habrá de recordarte la luz de un día.
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