
Claudio Pozzani es como una puerta abierta hacia una dimensión de arte y entendimiento. Su personalidad es un portal que conduce hacia otra manera de abordar la existencia. Pozzani se dedica en cuerpo y espíritu a crear caminos para que los sentimientos se junten en un coro fabuloso y demuestren la importancia de sentir y de hacer sentir.
Cuando lee y recita uno de sus poemas es fácil comprender la fuerza que concentra el ser humano al unirse apasionadamente con la poesía.
Claudio es una puerta abierta hacia un mundo donde en ningún instante corren peligro de petrificación ni de extinción el idioma, la palabra, la visión poética, el respeto por la calidad transformadora del arte.
Se siente que hay música en él aunque esté callado; se siente que hay versos en él aunque esté hablando de otra cosa. Sus ojos parecen acumular ganas de dormir pero los mantiene abiertos porque debe seguir observando la vida cruda y real, la vida hermosa y alentadora que también ha sabido mirar en sueños. Claudio es un trovador alegre que transita la realidad y la ficción sin paralizarse ante ninguna de las dos.
He conocido italianos toda la vida. He admirado en los italianos la voluntad creadora, el amor por al trabajo y la elaboración de satisfacciones para que la familia crezca de sana manera. Pero tengo la clara convicción de que Claudio Pozzani es un italiano completamente distinto a los demás. Aunque es familiar, ama sus tradiciones y camina con la mente puesta en su vasta cultura, Claudio se diferencia porque tiene presencia de un hombre intermediario entre la pesadumbre y la alegría. Es como un sacerdote de la alegría que elabora rezos de poesía. Rezos amplios dedicados a preguntar, a revelar.
Es un hombre sencillo, que medita, observa y nunca deja de participar de un modo positivo en cualquier ámbito que lo rodee.
La intuición se le nota. Su pasión por la palabra es como una temperatura corporal. Siempre tiene la respuesta precisa, sincera, sólida. Hoy lo entrevisté por segunda vez.
Confieso que es uno de los poetas que sigo con paciencia y fervor. Gracias a él y a Barbara Garassino he conocido en persona a tantos poetas emblemáticos; he conocido al poeta Massimo Morasso, a Paola Tagliaferro, compositora, intérprete y teórica de la música, y a tantos otros seres magníficos que convergen en el Festival Internacional de Poesía de Génova. Gracias a Claudio y a Barbara he podido participar en varias versiones del festival. Una experiencia que forma parte de las milagrosas comuniones que nos han ayudado a sobrevivir en este tiempo.
El festival de la Serenísima
Claudio Pozzani creó el Festival Internacional de Poesía de Génova “Parole Spalancate” y en el momento que lo creó sólo él sabía que era internacional aunque todavía no lo fuera. Pero sí tenía la certeza de que sería un vehemente hábitat de poesía. Y que su hogar estaba en Génova.
Petrarca decía que Génova era la Señora del Mar. Chejov la consideró la ciudad más bella del mundo. Sobre la influencia de la ciudad en su ánimo de filósofo y poeta, Nietzsche escribió: “No había sentido jamás el ánimo lleno de gratitud como durante este peregrinaje a través de Génova”.
Ante la belleza de las mujeres de Génova, Mark Twain reaccionó diciendo, con su humor perdurable: “Me gustaría quedarme aquí, preferiría no moverme”.
Esa ciudad, la Serenísima, es hogar desde 1995 del Festival Internacional de Poesía de Génova “Parole Spalancate”. Es el evento poético más importante de Europa. Su actividad se exporta a países como Francia, Bélgica, Japón, Finlandia y Alemania, entre otros.
Ver a Jodorowsky y Ferlinghetti en el mismo escenario
¿Empezaste a leer poesía antes de hacer otra cosa, antes de ser músico, por ejemplo, o fue al contrario?
Disfrutaba de la poesía en mi época escolar, tal vez porque —aunque carecía de las herramientas para comprenderla plenamente— intuía el poder y la magia de una forma de arte capaz de crear mundos enteros con apenas unas pocas palabras. Yo mismo siempre he sido un hombre de pocas palabras y respeto profundamente a quienes las emplean con mesura y elegancia, sin malgastarlas. Más tarde, cuando tenía dieciséis años, mi madre me regaló una guitarra —sabiendo cuánto amaba la música, especialmente el rock— y empecé a componer música y a escribir letras.
Sin embargo, siempre tuve claro que escribir un poema y escribir la letra de una canción son dos tareas completamente distintas. En el primer caso, se debe crear una obra completa; en el segundo, la letra es tan sólo una parte de un todo. Por otra parte, mi primer libro publicado fue una colección de relatos góticos y de terror, profundamente inspirada en dos autores que admiraba enormemente: Poe y Maupassant. Así, me movía entre la composición de canciones, la poesía y la narrativa, manteniéndolas siempre estrictamente separadas.
Después de tres décadas, ¿qué balance harías del festival? ¿Qué te ha emocionado más? ¿Qué te ha decepcionado más?
Considero el festival “Parole Spalancate” no sólo un éxito organizativo, sino una obra creativa propia: reunir a autores, artistas, ideas y provocaciones equivale, para mí, a un pintor que mezcla colores, a un escritor que ensambla palabras o a un músico que combina notas. Nunca he visto el festival como un mero escaparate para autores de diversa fama, sino más bien como un universo en el que distintos cuerpos celestes ejercen sus fuerzas para dar lugar a fenómenos: emociones, indignación, vibraciones y deseos.
Ha habido muchísimos momentos emocionantes a lo largo de 32 ediciones. Mencionaré dos: ver y escuchar a Ray Manzarek interpretar canciones de The Doors, y ver a Jodorowsky y Ferlinghetti juntos en el mismo escenario. Pero también podría hablar de Mutis, Gelman, Darwish, Houellebecq... En cuanto a las decepciones, ha habido pocas; apenas recuerdo una sola. Por lo general, me decepciona la falta de consideración que muestran ciertas instituciones hacia un evento que ha traído a la ciudad a premios Nobel y figuras destacadas, ha difundido el nombre de Génova por todo el mundo y ha dado a conocer la ciudad a más de dos mil autores de 92 naciones diferentes. Por otra parte, según mi experiencia, a veces es mejor no conocer en persona a nuestros “ídolos artísticos”: en ocasiones, el resultado es una profunda decepción.

La originalidad surge de contar con un amplio abanico de influencias
Haber leído poesía con tantos poetas inolvidables del mundo que te aprecian y te han apreciado ¿cómo ha transformado tu existencia? ¿Cómo ha influido en tu escritura?
Ciertamente, he tenido la fortuna de compartir escenario con muchos poetas, tanto en mi propio festival —donde leía sus obras traducidas— como cuando viajaba al extranjero en mi faceta de poeta. He recorrido prácticamente todo el mundo recitando mis poemas, y la respuesta del público me ha aportado muchísimo; sobre todo, la fuerza para seguir adelante. Vivir exclusivamente de la poesía, como he hecho yo, es una empresa de alto riesgo y no apta para personas propensas a la ansiedad; hay momentos en los que uno no sabe cómo saldrá adelante, y es precisamente entonces cuando se ponen a prueba la autenticidad de la propia pasión y la confianza en las propias capacidades. El hecho de relacionarme con tantos poetas y artistas me ha impulsado, sin duda, a perfeccionar mi escritura incorporando diversas influencias. Considero que la verdadera originalidad sólo surge de contar con un amplio abanico de influencias. Por eso digo que, por cada poema que uno escribe, debería leer al menos quinientos de otros autores.
¿Por qué un evento que ha reunido las voces poéticas y los artistas más destacados no tiene un apoyo más sólido desde el punto de vista económico?
Esa no es una pregunta que me corresponda responder a mí. Lo único que sé es que el Festival de Poesía de Génova ha sido el evento poético más importante de Italia durante más de treinta años. La poesía y la literatura en Italia carecen de apoyo ministerial; somos uno de los pocos países del mundo donde esto sucede. A diferencia de lo que ocurría hace veinte o treinta años, a los mecenas y patrocinadores ya no les importa la calidad de un evento; sólo les preocupa la cantidad: las cifras de asistencia y el número de visualizaciones. Siempre hemos combinado la calidad con el atractivo para el público, pero la poesía ciertamente no puede competir con industrias multimillonarias como la música pop, el cine o el fútbol, aunque nuestras cifras resultan milagrosas en un mundo cada vez más analfabeto, parecen modestas en un contexto más amplio.
Hoy en día, cuanto peor es la calidad del arte, más éxito tiene; precisamente porque se adapta a los gustos de un público en gran medida ajeno a la belleza, la calidad o el pensamiento complejo. Me siento desencantado y no creo que la situación vaya a mejorar. Sin embargo, nada puede arrebatarme el deseo de explorar y compartir mi pasión, mi arte y mis sueños. Soy un hombre feliz; hago lo que amo, aun sin el dinero de aquellos que eligieron el “tener” frente al “ser”. Al fin y al cabo, Arendt afirmó que la sociedad de masas busca entretenimiento, no cultura, y los últimos años han demostrado que tenía toda la razón.

Se puede mencionar a mucha gente que ha trabajado contigo pero uno siente que forman parte trascendente del alma del festival Barbara Garassino y Massimo Morasso, ¿es así?
Conocer a Barbara Garassino marcó un antes y un después para mí, tanto en el plano personal como en el profesional. Más allá del vínculo personal que nos une, es una persona de gran curiosidad intelectual —precisa y puntual en su trabajo— que comparte mis mismos ideales y pasiones. Me resulta de enorme ayuda y me encanta que ella conduzca las veladas; aporta una gran vitalidad, inteligencia y encanto a esa labor. Por su parte, aunque Massimo Morasso participa menos en la gestión cotidiana del festival, su presencia es inestimable: su vasto y profundo conocimiento del panorama poético y literario italiano se traduce siempre en excelentes sugerencias.
También has destacado como narrador y, viendo que trabajas tanto, debo preguntarte si escribes de noche o si te levantas muy temprano a escribir.
Escribo principalmente por la tarde, cuando dispongo de más tiempo libre y estoy menos cansado. Me gusta dormir lo suficiente, así que —siempre que es posible— evito privar a Morfeo de su tiempo quedándome despierto hasta la madrugada o levantándome demasiado temprano. Cuando escribo, me aíslo por completo y cualquier interrupción innecesaria me molesta. Afortunadamente —o más bien, por elección propia— vivo solo, por lo que puedo organizar mi vida y mis días a mi antojo.
No sé si te has dado cuenta de que tu poesía es vehemente, conmueve, emociona y se queda grabada en el lector. ¿Lees a solas tu poema cuando lo escribes? ¿Lo escribes pensando en la escena?
Gracias por sus amables palabras. En efecto, a lo largo de todos estos años de lecturas ante audiencias de diversas lenguas y culturas, he comprobado que mis poemas despiertan emociones profundas. Cuando escribo, siempre leo la obra en voz alta, pues es la mejor manera de percibir si un poema realmente funciona y resulta satisfactorio. No soy un escritor prolífico; difiero de aquellos colegas que publican un poemario cada año. A lo largo de mi vida, probablemente he escrito unos ochenta poemas; sin embargo, creo en cada uno de ellos y sigo leyéndolos en público, incluso aquellos que escribí hace treinta o cuarenta años. Cada poema que escribo debe resonar conmigo al cien por cien y, a ser posible, hacerlo para siempre. Curiosamente, no recuerdo los momentos exactos en que escribí mis poemas. Quizás recuerde cuándo surgió la idea o cuándo terminé la obra en un par de casos, pero en la mayoría no es así. Parece como si los hubiera escrito en una especie de estado suspendido, fuera del tiempo.
¿Cuáles son tus mejores recuerdos de momentos vividos con poetas como Lawrence Ferlinghetti, Ana Blandiana, Wole Soyinka y tantos otros?
Recuerdo el lanzamiento de hojas volantes con poemas desde la azotea del Ducale junto a Jodorowsky y Ferlinghetti, los paseos por el puerto y los callejones con Álvaro Mutis, las conversaciones con Adonis o Darwish, las cenas pantagruélicas con Montalbán... y, sin embargo, compartí momentos interesantes con todos los poetas, aunque a menudo fueran demasiado breves.
Una característica del festival es que cada año muestra un tema, destaca una situación, ¿está atrayendo más público joven? ¿Se han multiplicado las actividades?
Elegí asignar un tema a cada edición del festival no tanto para orientar a los autores participantes, sino más bien para ofrecer al público material para la reflexión. El nuestro nunca será un festival dedicado únicamente al entretenimiento o a la promoción de libros y autores; quiero que sea una oportunidad para la reflexión, la contemplación y la exploración, tanto en nuestro interior como en el mundo que nos rodea. Cada edición presenta alrededor de cien eventos, todos gratuitos y de naturaleza diversa, que abarcan desde lecturas, actuaciones, conciertos, exposiciones y proyecciones hasta visitas guiadas, encuentros, conferencias y talleres.
Me parece que el segmento demográfico más joven —digamos, de dieciocho a treinticinco años— está creciendo, pero no doy prioridad a un público objetivo sobre otro. No creo que organizar espectáculos específicamente “para” los jóvenes sea un enfoque acertado en la programación cultural. Debemos ofrecer eventos de alta calidad; que el público esté compuesto por jóvenes, personas mayores, mujeres u hombres me importa poco: un espectador es un espectador y no hay distinción. Son personas que han decidido invertir su tiempo en lo que ofrecemos; que tengan dieciocho u ochenticinco años es irrelevante para mí.
Hoy en día existe una auténtica “caza de los jóvenes”; de lo contrario, parece que un evento carece de importancia. Mi postura es clara: así como es insensato que las personas llamadas “mayores” no muestren interés por las nuevas tendencias, resulta igualmente insensato —y, en mi opinión, aún peor— que las generaciones más jóvenes desconozcan, o incluso rechacen, todo lo que sucedió antes de que ellas nacieran. En ambos casos, la ignorancia es la causa fundamental del embrutecimiento y la decadencia de la sociedad contemporánea.
Sigo escribiendo y organizando el festival para combatir todo esto.
- Claudio Pozzani, poeta fundador del Festival Internacional de Poesía de Génova:
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