No sabemos con certeza qué diablos sea el Caribe. Pero si algo podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, es que en el reverso de esos seres plagados de nostalgias y abandonos, que se dicen caribeños, relumbra el humor como el más acertado contrapeso, como la más inteligente forma de hacer frente a la adversidad.
Las más de cien anécdotas presentes en el libro Sahaguntaca, del escritor sahagunense Juan Nepomuceno Quintero, parecen confirmarlo, pues la nota de humor está presente en cada una de ellas, sin discriminar si son aventuras o desventuras las que viven sus personajes.
Al igual que muchos de los cuentos de João Guimarães Rosa o David Sánchez Juliao, sus anécdotas no solo se enmarcan dentro de una tradición que se nutre directamente de la oralidad, sino que por ello mismo se inscriben de modo certero dentro de lo que Cortázar señala como el rasgo fundamental de la literatura latinoamericana a partir de la segunda mitad del siglo XX: la búsqueda de una identidad.
En este caso, diríamos, una búsqueda que se emprende no hacia adelante sino hacia atrás; no desde la esperanza sino desde la nostalgia, pues el trasfondo sociocultural de las anécdotas de Sahaguntaca no es algo a lo que se pueda tener acceso en la actualidad o entreverse como escenario de futuras vivencias.
Aun así, no es menos cierto que esta nostalgia, puesta por escrito como documento sociológico, permite reconfigurar identidades presentes o futuras, del modo en que —según explica Umberto Eco en Nadie acabará con los libros— los habitantes del país dogón, en Malí, reconstruyeron su religión a partir de un libro de Marcel Griaule.
Es el valor testimonial y culturizante de la escritura, cuando la tradición se encuentra amenazada y el fuego de la cultura alcanza todavía a ser atizado por la imaginación o la nostalgia. Una nostalgia que en Sahaguntaca, más que lindar con la tristeza, toma forma humorística, siendo precisamente ese doble carácter de humor y nostalgia uno de los rasgos distintivos de nuestra identidad caribe, donde la desesperanza no solo se llora, sino que además se canta y baila, y es motivo de juego, burla y anécdota.
En ese sentido, Sahaguntaca, además de fijar en el contenido de sus relatos unas prácticas culturales que por pequeñas tienden a perderse en las desmesuradas manos de la sociología y la historia, permite en su doble juego de humor y nostalgia mantener actualizado un rasgo distintivo del ser caribe, como lo es la contradicción.
Y si en João Guimarães Rosa el trasfondo de abandono latinoamericano se traduce en dolor y desgarramiento, en Juan Nepomuceno Quintero, como en varios de los cuentos de David Sánchez Juliao, el caos y el abandono se traducen, fieles a esa contradictoria nota caribeña, en componente humorístico.
Humor que, en palabras de Pedro Cuadro, refiriéndose a Sánchez Juliao, “es también el resultado de la sospecha de que el castellano castizo resulta incapaz de expresar los avatares de su alma mestiza y los males de un mundo cruel e infame”, o que, más sencillamente, como en Sahaguntaca, donde se apela al recurso de la risa por la risa propio del mamagallismo costeño, el humor comporta la certeza de que la mejor actitud frente a la vida, la más sabia, no es precisamente el tomarla en serio.
Además del carácter humorístico de estas anécdotas, cabe resaltar también la precisión narrativa, la economía de las palabras y el valor sociológico de una investigación, unas memorias y un documento, no por humorístico menos valioso y cierto para la reconstrucción de una identidad amenazada por la diáspora o los bombardeos aculturizantes de la globalización y sus simulacros de desarrollo.
Sus anécdotas traslucen la idiosincrasia de un pueblo en el que la ingenuidad y la malicia conviven y se fusionan, más allá de todo juicio moral, dejándonos con la sospecha de asistir a un relato de los orígenes.
Esa edenización del Sahagún de mediados del siglo XX nos viene por el lado de la novedad en que se constituyen, en su recuento, las cosas: el primer radio, la carretera reciente y el caos de un pueblo en el que pululan por igual políticos, gallinas y gentes, y por la forma jocosa en que su autor nos presenta unos hechos que en su momento debieron suscitar otros sentimientos, menos gratos quizá, pero que mediados por el bálsamo de la distancia o la desaparición —por la circunstancia atenuante de su fugacidad, diría Kundera—, solo pueden despertarnos a la nostalgia de lo perdido o de lo que todavía no llega, y, frente a eso, a la risa como armadura necesaria o banco de espera. Acaso para sobrellevar las horas muertas. Acaso para soñar otro país cercano a la inocencia.
Selección de textos de Sahaguntaca, de Juan Nepomuceno Quintero
Transistores
Tiempos de adelantos, ya existen radios portátiles que funcionan con pilas y se pueden llevar ambulantes. Gregorio compró el suyo y lo colocó en la parrilla de su bicicleta, en la parte posterior del sillín. Iba con sus rancheras, porros, vallenatos y toda clase de música. Le apodaron Jopo Alegre. Cansado de los pereques, decidió cambiar de sitio el transistor y lo colocó en la barra, delante del sillín.
—A ver cómo me dicen ahora —pensaba.
Lo apodaron Jopo Triste.
Abajo los turcos
Mi tío Tulio en una ocasión se embriagó en una cantina, cerca de la residencia de don Julio Dumar, el Turco Julio, que entre otras cosas apreciaba mucho a los Quintero. Desde el corredor de la cantina se apreciaba a don Julio en su oficina de puertas abiertas. Al verlo, el tío gritó: “¡Abajo los turcos!”. A la mañana siguiente, un hijo de don Julio, el doctor Jorge Dumar Otero, se acercó a la Casa Quinterana a manifestarle a Tulio que su padre estaba muy resentido por los “abajos” que le profirió, y le suplicaba presentara excusas por ello. Tío Tulio dijo que sí y empezó a arreglarse, y se dirigió a la casa del sirio libanés. Pero como iba nervioso y apenado, entró a la cantina a tomarse un trago para infundirse valor. Se emborrachó de nuevo y, viendo a don Julio en su oficina, volvió a gritarle: “¡Abajo los turcos! ¡Abajo los turcos!”.
Vale otro vale
El club estaba con una cartera morosa bastante grande. Para recuperarla, se ideó realizar una subasta de los vales firmados por sus socios. Entre ellos estaba don Vicente, exalcalde de la ciudad y el mayor deudor del club. Cuando le llegó el turno en la subasta, la deuda ascendía a siete millones de pesos. Puesta sobre el tapete, alguien ofreció tres millones de pesos, que fue la oferta que se aceptó. Al constatar quién fue el ofertante, se dieron cuenta de que había sido el mismo deudor, don Vizo, quien fresco y orondo firmó otro vale por los tres millones de pesos.
Apostador
Leo, abogado pueblerino, aficionado a los juegos de azar, se metió a jugar ruleta. En la primera hora de juego le pelaron lo que llevaba y quedaba debiendo un saldo, así que solicitó le aceptaran un cheque. Descansó un rato y volvió a la ruleta. Esta vez le iba mejor y empezó a ganar; tanto que la ruleta le estaba debiendo a él. Para retirarse, solicitó su dinero y le hicieron entrega de una parte en efectivo, y la otra con el cheque que él mismo había girado. Se puso iracundo. Él no podía aceptar ese cheque: no tenía fondos.
- Anécdotas de humorística nostalgia
Reseña del libro Sahaguntaca, de Juan Nepomuceno Quintero - miércoles 27 de enero de 2016


