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Suicidas en los jardines

miércoles 8 de junio de 2016
“El jardinero de los Rolling Stones”, de Luis Alberto Bravo
Desde los primeros párrafos de “El jardinero de los Rolling Stones” se palpa la omnipresencia de los árboles como motivo literario.

El jardinero de los Rolling Stones (2016), de Luis Alberto Bravo, es como si David Foster Wallace hubiese escrito A sangre fría, pero con la estética de Las tiendas de color canela de Bruno Schulz.1 La novela baraja diversas teorías (absurdas unas, poéticas otras) sobre el suicidio del joven Scott Cantrell, quien fuera amante de la actriz Anita Pallenberg, pareja de uno de los Rolling Stones. El mérito de la novela estriba en amalgamar personajes y acontecimientos tanto reales como ficticios. A más del virtuosismo con el que se estructura la historia, destaca un estilo rompedor. Los momentos más elevados de la obra se aprecian en pasajes de aparente sencillez pero que han sido modelados bajo una mirada poética, como el de Anita Pallenberg oliendo a lavanda después de haber lavado sus calzones, y Scott Cantrell intentando construir un nido; o como la elaboración de una fábula western (qué mejor manera de rendir tributo a lo norteamericano); o como la migración de las golondrinas que empujadas por el invierno descienden desde Estados Unidos hacia el sur, llegando a un pueblo de Ecuador, narración que el ficticio Steve Cushing pone en boca de Doris LaMatta.

Desde los primeros párrafos se palpa la omnipresencia de los árboles como motivo literario, y que es emanado de una alegoría propia que crece, con los bosques como su fundamento.

“Orina en el arcoíris” y “El Libro Gordo De Las Nubes” ya son míticos, y de seguro pasarán a engrosar la lista de documentos ficticios, no tanto por su contenido, intrascendente para todos, incluso para sus autores, quienes los desdeñaron, sino por la configuración literaria de la que parten, por el lugar que ocupan en el espacio mítico; de seguro posarán al lado de “Estuario” y “Vita Atlantis”, de “Opiniones contundentes”, de los escritos de Zampanò sobre el Expediente Navidson, de Pálido fuego y los libros de Archimboldi, y por qué no, de la Enciclopedia de Tlön y de los papeles de Morelli (insisto, no por su contenido, sino por el halo mitológico que guardan).

El jardinero de los Rolling Stones también se nos antojaría como la prolongación del síndrome de Palazzolo, otro aparente demonio del autor. El protagonista, Scott Cantrell, se da un tiro en la cabeza estando en los aposentos de su amante, y dentro de la novela se sugieren las historias de algunos otros jóvenes suicidas.

No se me ocurre otra manera más adecuada para decirlo: una de las más interesantes novelas estadounidenses de los últimos años ha sido escrita por un ecuatoriano.

El autor ha optado por el subtítulo “Novela rock”, pero bien hubiese podido ser “Novela film”, pues la narración no se enfoca únicamente en la vida los roqueros ni solamente insiste en la música, sino que además evidencia el cine de los 70, maneja diálogos a la manera de guiones, e incluso, en sus últimas páginas, se presiente un rastro de la estética cinematográfica en la impresión final, al escuchar la canción “Under My Thumb”, de los Rolling Stones, y la lista de los textos de apoyo, a manera de créditos de cierre.

Aunque esto parezca suficiente para otorgarle nuestros reconocimientos, habría que añadir que el libro, capítulo a capítulo, va dejando rastros, a manera de estampas, sobre grandes y pequeños acontecimientos de la historia de los Estados Unidos.

A pesar de unas cuentas erratas y de la regular edición del libro, podríamos aventurarnos a afirmar que es una pequeña pieza maestra. Por suerte para la buena literatura, la calidad del soporte no quita los méritos, y es un libro que vale la pena leer y releer. También habría que destacar el innovador diseño de la portada, inédito en nuestro ambiente literario, y que apela al marketing de los best-sellers, pero que resulta adecuado en un mercado que desde siempre se ha empeñado en desdeñar a los autores nacionales que han debido apañárselas solos. Constituye una forma de llamar la atención hacia su propia batalla.

Se podría decir que esta novela (como bien ha dicho Leonardo Valencia de la obra de Pablo Palacio), no es una llegada, sino un punto de partida; no obstante, el camino ya está pisado, y esta novela lo ha recorrido por demás. La literatura ecuatoriana está enrumbada. Decía un crítico local, refiriéndose a El libro flotante de Caytran Dölphin, que libros como estos (se refería a la novela de Valencia) no volverían a ser escritos. Y no obstante, a partir de El libro flotante ha ocurrido una ruptura, y El jardinero de los Rolling Stones es una de las muestras más explícitas del nuevo aire que ha ingresado a nuestras letras.

Podría sonar a hipérbole, pero por el momento no se me ocurre otra manera más adecuada para decirlo: una de las más interesantes novelas estadounidenses de los últimos años ha sido escrita por un ecuatoriano.

Notas

  1. La frase inicial corresponde al estilo de microensayos desarrollados por Luis Alberto Bravo.