“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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A tres manos, primeras impresiones

sábado 20 de octubre de 2018

“A tres manos”, de Roxana Orué, Ramón Sepúlveda y Carlos Andrés Torres

A tres manos
Roxana Orué, Ramón Sepúlveda y Carlos Andrés Torres
Cuentos
Editorial Artística
Québec, Canadá, 2017 (2ª edición)
ISBN: 9780995306714
235 páginas

A tres manos es una rara obra literaria no sólo por tratarse de una contribución única a la narrativa en castellano en y desde el Canadá, sino porque explora, o permite explorar quizás más que ninguna otra, las interacciones entre el autor y los demás niveles de conciencia humana que, previos al del lector, influyen en el texto de toda narrativa. Si Barthes realmente decretó la “muerte del autor”, A tres manos lo resucita y de forma múltiple, y al multiplicarlo, por momentos lo patentiza, y por otros, si aceptamos con Foucault que la imagen del autor es sólo una proyección del lector en busca de una referencia semántica, también lo esfuma y debilita: A tres manos pretende que, de forma explícita, anunciada y real, la autoría de un mismo cuento cambia, y que tres de sus cuentos se hallan escritos cada uno en tres fragmentos y que un nuevo autor continúa en cada parte subsiguiente la fábula propuesta por otro en el segmento precedente. Es pues imposible no tener presente al autor al momento de leer cada parte, cuyo nombre figura, además, de forma constante y prominente al tope de cada página. Por otro lado, al considerar el cuento como una unidad, cada autor ve su presencia (en tanto que autor) diluida por lo menos a un tercio.

Al enfrentarnos a una narrativa todo depende de dónde comenzamos esa mágica suspensión de la realidad que, en el mundo de la fábula, nos hace aceptar como cierto lo que ahí se narra: A tres manos comienza con un prólogo firmado: “Los autores”, en el que, en tres párrafos en primera persona, con indicios de cada uno haber sido escrito por cada uno de los tres autores, se narra su encuentro y un acuerdo entre ellos para escribir un libro A tres manos. ¿Pero no será ese el comienzo de la fábula? y ¿no serán los cuentos historias dentro de esa historia, al mejor estilo de las Mil y una noches de Sheherezade? Sin embargo, los nombres de los tres autores firmantes: Roxana Orué, Ramón Sepúlveda y Carlos Andrés Torres1 se corresponden con tres escritores bien conocidos y muy reales. Aceptemos, pues esta realidad como un primer límite, un primer pedestal de base sólida sobre el cual construir la interpretación de lector que nos vaya sugiriendo esta narrativa: los tres autores existen y su propuesta de alternarse en la autoría de cada parte es también real. En el mismo prólogo los autores hacen sus descargos acerca de haberse reflejado en algún personaje. Dos lo niegan y un tercero lo admite abiertamente, pero eso, claro, ya comienza a ser parte de la fábula.

 

Ella tiene licencia

El primer cuento se titula “Ella tiene licencia” (“Ella es así, tiene licencia”, es como comienza el segundo párrafo del cuento) y la primera parte, escrita por Ramón Sepúlveda, lleva como subtítulo “Un espresso y la Tigresa”. Esta primera entrega presenta dos personajes, dos compañeros de trabajo en dos sucursales de una misma empresa: Paredes y la Tigresa o la Gata. Se menciona al pasar a Kevin, quizá esposo de la Gata, a quien, según Paredes, la Gata “ama” y además “cree en la fidelidad”. En estricto narrador homodiegético sin privilegio el autor hace hablar al personaje de Paredes en primera persona utilizando un austero estilo directo. Todo el cuento refleja su percepción de la relación que mantiene con la Tigresa, a quien sólo conocemos a través de Paredes. Si el cuento se hubiese escrito en compases de compasillo podría perfectamente corresponder al lamento de un tango rioplatense. A pesar de lo ilegítimo de la relación que allí se describe, la incapacidad de Paredes por lograr algo más que encuentros virtuales no deja de generar una simpatía no exenta de lástima como la que suele acompañar a la condición de víctima no necesariamente inocente, pero sí irremediablemente predestinada. Y ello no se debe a la percepción de Paredes, que pudiera no ser la más fina o fiable, sino a la conclusión que emerge de los hechos tal como allí se describen: la Gata se ha impuesto en todo el universo de Paredes alimentando sölo su imaginación y es difícil no oír, entre las bambalinas del texto, la voz recia de Julio Sosa en el “Mano a mano” de Celedonio y Carlos: “…como juega el gato maula con el mísero ratón” (y no es que, en este caso, al roedor “espresso” de esta historia ese juego parezca disgustarle demasiado).

La segunda parte la escribe Carlos Andrés Torres y lleva por título “Cat Lover” (en inglés). En primera instancia el texto retoma impecablemente la narrativa tal como fuera dejada por Ramón. La acción continúa en el mismo plano, los mismos personajes, el mismo narrador homodiegético y la misma narración en primera persona por parte del mismo Paredes, aunque ahora éste se halla a merced de un autor distinto. La diferencia se anuncia ya al final del primer párrafo: “Si ella es quien decide, al menos yo tengo derecho a pensar lo que quiera”. Lo dice Paredes, pero claramente ya no el mismo Paredes, aunque quizá refleja ello también el sentimiento del nuevo autor. Pronto aparece un nuevo personaje: el asistente de la Tigresa, a quien también conocemos a través de Paredes. En el diálogo telefónico que transcribe Paredes, el asistente se dirige a él con aparente respeto llamándolo: “Dr. Paredes”, quien parece reconocer su voz de algún encuentro precedente. La Tigresa no se encuentra, pues debe concurrir a una reunión con los ingenieros de campo. Minutos después ella irrumpe en su oficina solicitando que la acompañe a la reunión. Al ir a encontrarla en su oficina reconoce allí al asistente como el músico con quien había hablado para tomar clases de guitarra. La reunión con los ingenieros termina en una cena de dos en la que la Gata confiesa el fin de su relación con Kevin y en la que juegan con una “intensidad parecida a la que da la cercanía al fuego, pero sin tocarlo…” hasta que en la aliteración de un “epílogo etílico, idílico” se prometen retornar a sus encuentros virtuales. Paredes ve en sus clases de guitarra la pérfida oportunidad de usar al asistente para acceder a la intimidad de la Gata. Este nuevo Paredes “tenía el plan”. El asistente le es “fiel” y le proporciona “la más completa metadata” acerca del objeto de su obsesión. Por fin llega el momento del nuevo encuentro a la distancia y Paredes goza con las imágenes que él mismo se crea, las que el texto acompaña con metáforas de clara intensidad erótica, porque Paredes ha llegado al punto en que sus “palabras son tan sólo una vía para dar pasos a sus deseos”, porque ha “perdido la paciencia de esperar”, y en su imaginación el encuentro se hace tangible y real, hasta que lo interrumpe la Gata anunciándole que inesperadamente Kevin acaba de llegar y debe cortar. Paredes cuenta lo siguiente: “Si bien antes de colgar no alcancé a decir nada más… por primera vez estuve seguro de que pronto ganaría la batalla en su lecho”, y luego desaparece. No parece escuchar la conversación con la que finaliza el cuento, pero el texto no lo confirma ni lo niega.

Punto y aparte, porque ahora todo cambia (el mago va a revelar la verdadera esencia de su acto). La Gata sí pareciera olvidar cerrar su teléfono, pero nuevamente el texto ni lo confirma ni lo niega: simplemente “la Gata se olvidó del auricular…”. Pero ya no es Paredes quien narra. Se trata ahora de un narrador distinto, heterodiegético y con privilegio, quien brutalmente le revela al lector toda verdad. La Gata mintió en el teléfono: no era Kevin quien llegaba, sino el asistente, quien se revela así como el verdadero y carnal amante de la Gata. Introducir un nuevo y distinto narrador al final de un cuento corto ya es un golpe narrativo de inusual magnitud. Pero la historia incluye además un novedoso gran coup de théâtre: el nuevo narrador transcribe un último diálogo en el que se revela la real identidad del asistente, y ello es causa de un sismo narratológico de tal magnitud que es mejor que lo experimente en mente propia quien se arrime a leer este libro por primera vez. La clave para resolver este acertijo se halla estampada en cada una de las páginas del cuento.

La tercera parte se titula “Entre la tierra y el fuego” y, tal como anunciado, es ahora a Roxana Orué a quien se transfiere la batuta narrativa. La fábula, una vez más, retoma su hilo, pero no desde el terremoto narrativo del final, sino desde el momento en que la Gata olvida cerrar su teléfono. Pero tampoco es Paredes quien continúa su relato. Ahora es otro narrador heterodiegético con privilegio, con mucho más privilegio, porque sabe lo que Paredes oye, siente, piensa y hace (¿será la Gata quien ahora relata a Paredes?, ¿se habrá por fin metido toda dentro suyo?). Pero también sabe lo que ocurre en aquel cuarto más allá de lo que se oye en el teléfono en el que Paredes ahora sí reconoce la voz del asistente. La humillación que siente Paredes le hace tener pesadillas toda la noche hasta el día siguiente en que tendrá su clase de guitarra. Pero en vez de asistir a la clase va primero a la casa de la Gata. Revela que se llama Renán y su discurso de despedida es casi el final de “Mano a mano”. Por supuesto, ella usa todos sus recursos para que él se quede. Y de quedarse se queda. La narrativa es lujuriosa en lo erótico pero poética en la entrega literaria, plena de metonimias repetidas hasta el “silencio dichoso”. Luego Paredes, no ya sólo pensante, sino refinado en su venganza, va a la clase de guitarra a comenzar a hilar la misma con el asistente. Sigue una cita con la Gata “a plena luz” (en el parque Gatineau), y otra a “pleno público” con muchas más metáforas y con un Paredes, ahora sí, firmemente al volante. Más clases de guitarra en la que se invierten lo roles entre consejero y aconsejado. Hasta el retorno de Kevin y de los chicos, y otro coup de théâtre para que ninguna mentira quede sin algún tipo de castigo. Paredes emerge de este periplo a través de tres autores, evolucionado y habiendo logrado su meta inicial, en un final que flota de venganzas a lo Dumas padre y sonrisas volterianas: en el mundo imperfecto del ser humano “tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes posibles”.

 

El día que Dios cambió

Si el primer tríptico fue un ejercicio en erotismos reprimidos, aunque libremente expresados, con apóstrofes de dolor humano y moral subyacente, el segundo apunta a niveles más filosóficos. Se titula “El día que Dios cambió”. La primera entrega es por Carlos Andrés Torres, la que indica como subtítulo “Los dones”. Narrado en primera persona, comienza por un diálogo entre dos caminantes en busca de un río que les permita encontrar su camino de regreso (¿primera metonimia?). Mientras tanto caminan por un sendero, ocultos por “el lodo acumulado y los troncos caídos”. El protagonista medita “entre arbustos y niebla” y “el sendero y la bruma” llevan su cabeza “a otros parajes”. Ambos son creyentes, pero uno (el narrador personaje) es librepensador y el otro (Juan) depende de un culto que le ha hecho sentir que “Dios está vivo” y que sus líderes tienen poderes, “dones espirituales” como “el don de lenguas”. Intrigado, a instancias de Juan, el protagonista asiste a un sermón del pastor y responde a su llamado a orar invitando a Cristo en su vida, luego del cual el pastor sentencia que es sólo a partir de ese instante que puede “ser llamado hijo de Dios”. Por años Juan y él habían crecido juntos caminando en busca de las fuentes de los ríos (más metáforas…) que se fueron sustituyendo por tertulias espirituales entre cuatro paredes. Los salva su amor por la música hasta que, luego de una discusión acerca de una frase de Nietzsche (“La vida sin música sería un error”), la música misma es sospechada de ser “non sancta”. La sentencia bíblica de que “pretendiendo hacerse sabios se hicieron necios” (Romanos 1:22) termina por invalidar todos sus esfuerzos. El dogma del culto se encierra en su crisálida sin dar fisura. En un último acto por intentar pertenecer, el protagonista en medio de un gran dolor reniega de su música y destruye su más preciada posesión: la guitarra que le regaló su madre; recuerda la frase de Nietzsche y le maldice por “sacrílego repugnante”. Pero es muy tarde. Solitario en el bosque, ya sin ni siquiera Juan, recuerda los poderes de la congregación, los que ahora “sabía cómo funcionaban”. Es una dolorosa historia de un despertar a los dogmas que rigen el mundo y sus mayorías, la necesidad de conformar para pertenecer, la rebeldía necesaria para mantener el libre albedrío, la libertad de cuestionar, y el precio que suele pagarse por ello. El Dios de Juan quizás “está vivo”, pero claramente no para todos.

En “Buscando a Daniel” Roxana retoma el relato creando a Mariela como nuevo narrador-personaje, una joven que concurre a la Misión y que está intrigada por la ausencia de Daniel (ahora sabemos su nombre). Gran fracaso en su búsqueda con Gina, que la acusa de “coquetear con los hermanos”. Lo intenta con Ignacio, quien le informa que “el Maligno habita en la mente” de Daniel. Luego de los diálogos iniciales, se trata de un narrador heterodiegético con privilegio limitado a la propia Mariela. A Daniel ahora lo vemos a través de Mariela-narrador y de los diálogos que transcribe. Por fin consigue la dirección de Daniel (en Bogotá). Le va a visitar. La conversación es deliciosamente espontánea y no exenta de varias sorpresas. Mariela se sorprende de algunos indicios de emociones incipientes; nos sorprende confesando que es atea, y más sorpresas: ello no parece importarle a Daniel. Mariela estudia Biología y concurre a la Misión a “tomar notas” sobre las conductas humanas. Tiene algunos indicios acerca de por qué las personas concurren a la Misión: “frustración, soledad, agobio, esperanza de un milagro”. Él estudia Arquitectura y le promete contestar a sus preguntas, pero en un par de días, y le propone una caminata por el sendero de La Cascada en el parque Chicaque. Caminando por un ambiente bucólico de geografía y flora se desarrolla el diálogo entre ambos acerca de la existencia de Dios. A la distancia, cuesta no evocar a Dante y Virgilio caminando por las esferas. La discusión entre ambos se resuelve al ambos considerar que sus diferencias parecen reducirse a un simple problema de semántica. En medio de la ardua discusión teofilosófica Mariela experimenta la explosión de sus sentimientos y la imagen disémica de lo que le ocurrió a “lo que empezó como un acercamiento meramente intelectual” vale por el resto del cuento. Que, en tales circunstancias, en Mariela afloren esos sentimientos, es un tanto sorprendente, pero quizá menos que la catarsis de palabras que se repiten en los cultos (el otro “don de lenguas”) que nos regala Daniel. Al final una frase en boca de Daniel, críptica en apariencia, no parece tener inmediato significado para Mariela. Pareciera evocar otra frase famosamente expresada en pleno siglo XVII por Galileo Galilei en una situación no totalmente disímil a la de Daniel, y en consciente contravención aún hoy día con la Crónica Bíblica (1 Crónicas 16:30). O quizás sólo refleje el título del cuento.

“Despertar” es el subtítulo de la entrega con la que Ramón Sepúlveda concluye este relato acerca de la mutabilidad divina. Utiliza ahora un narrador heterodiegético casi omnisciente (continúa su privilegio con Mariela, no parece tenerlo con Daniel, aunque sí en algún momento lo tiene con Alfredo: “…si había dicho ‘no más llanto’, el de él no debía brotar”). Mariela acaba de tomar el bus y ve alejarse la “camisa azul” de Daniel. Se percata de haber dejado sus sandalias en su mochila. Es la excusa perfecta para volverlo a ver. Pero no lo hará y el relato salta a un lustro más tarde, al invierno de Ottawa, ciudad a la que Mariela llegó “el año anterior” a estudiar en la Universidad Saint Paul. Vive un piso por debajo de su mejor amigo, un argentino que Mariela detecta como gay. Mariela se encuentra en el hospital luego de perder su bebé fruto de su único encuentro con Daniel, a quien había vuelto a ver luego de la fiesta previa a su partida hacia el Canadá. Ya repuesta recibe un paquete. Se lo entrega Alfredo. Lo envía desde Bogotá la compañera de Daniel. Daniel falleció. El paquete contiene sus sandalias. La compañera de Daniel ha tenido una niña a la que ha llamado Luna que tendría la misma edad que la hija de Mariela. Alfredo trae el vino. A través del narrador, Alfredo cuenta su historia (una narrativa engarzada dentro de la otra), incluida la muerte de su gran amor: Emilio. Las almas de Alfredo y Mariela se unen. Sus cuerpos también. Pero es en la amistad en que quedan unidos para siempre. “¿Qué era lo que seguía cambiando?”, se pregunta Mariela a medio texto, recordando las últimas palabras de Daniel en Chicaque. Y se contesta también de forma inquisitiva: “¿Su mundo? ¿El mundo? ¿Dios?”, haciéndolas reverberar en el título del cuento. Esta última entrega es una muy eficaz narrativa de acción en la que abundan miradas retrospectivas y cambios de lugar y de tiempo, con personajes sorprendentes entre los que se destacan la humanidad y compasión de Alfredo con su inconfundible (y bien logrado) acento rioplatense. Viendo la mutabilidad de la vida que a cada instante le es propuesta y negada a cada personaje, para quien piensa que Dios (o como se llame) está en todas las cosas, no es difícil ver la manera eficaz con que “Despertar” responde a la propuesta del título. (Y menos mal que la Universidad Saint Paul da a sus estudiantes acceso a OHIP,2 porque si no, Mariela hubiese pasado bien mal sin OHIP, como estudiante extranjera en Ontario.)

 

Relámpagos en la noche más oscura

Tercer cuento colectivo: “Relámpagos en la noche más oscura”. Le da comienzo Roxana Orué con “Arpegios”. La protagonista relata en primera persona dirigiéndose al lector como interlocutor (“permítanme incluirme porque también estuve allí”, “imagino que no les interesarán tanto mis opiniones…”). Cuenta haber tenido, durante un concierto de Calle 13, una experiencia “renovadora espiritualmente”, y transcribe una pregunta como si la tomara del lector (“Qué como acabé yendo a…?”) y luego una pregunta directa que resuena en el propio lector: “¿Qué crees que te haría muy feliz?”. Su respuesta es ir a seguir a Calle 13 a Costa Rica. Parte y les escribe a sus dos hijos: Renato no le cree, Denisse la felicita. Próximo destino: una ciudad que no fuese “lugar turístico famoso” pero que “se distinguiera de todas las demás”: Loreto, a orillas del Amazonas, “la Venecia peruana”. En un restaurante conoce a Mario, un iquiteño que le enseña la ciudad, quien la convida con un tunche y el increíble “siete raíces”, y la lleva a una discoteca donde la gente “bailaba como si toda la alegría del mundo pudiera acabarse esa misma noche”. Terminan en la habitación de su hotel en donde una caricia de cabellos “el orbe eclipsó”. Al otro día almuerza con él en un restaurante flotante “abanicada por el viento, rodeada de selva y oliendo a río”. Y de ahí a conocer Belén comenzando por su mercado “donde vendían de todo” y la Venecia peruana en sus dos dimensiones: flotante y hundida: “No quería ver más, el dolor me lo impedía”. Accede a la propuesta de Mario de hacer “turismo de aventura y turismo vivencial” en el que se continúa la visión indígena de nuestra dolida América. Recibe una propuesta de una nueva vida, se entera de que la alegría esconde tragedia y de que de ese dolor renace nueva vida, hasta que la realidad cae inexorable y la presencia de los hijos se hace impostergable. El cuento termina ahí. Pero una carta sirve de epílogo y de explicación a posteriori: un diagnóstico, un pronóstico de poca vida, un deseo de “morir con elegancia” y unas “últimas pinceladas de amor” con un consejo de madre a hijos lleno de ‘arpegios’ poéticos: la necesidad de vivir intensamente, de abrirse a la poesía, de priorizar los sentimientos, y que culmina con el apremio de una cita en latín: “Puesto que la vida es breve, no perdáis el tiempo”.

A Ramón Sepúlveda le toca ahora la nada envidiable tarea de dar continuidad a este final. Denomina a su cuento “Más cerca de Eros que de Tánatos”. El hijo de la protagonista del cuento de Roxana espera en un café a Lynn, posiblemente su compañera. Una breve descripción de la calzada lloviendo y sus transeúntes remotamente evocan cierta avenida de Lima vista desde la puerta de La Crónica. El protagonista rememora su primer encuentro con Lynn el día que falleció su padre, el día en el que de estudiante pasó a ser “padre de su vieja y de su hermana”. Corte y nueva escena (y nuevo narrador-personaje): Lynn se dirige directamente a interlocutores imaginarios para contar su historia: una es su amiga Marie-France. Un día Lynn le había abierto la doble puerta de acceso al edificio de la Municipalidad (están en un país frío…) a una persona en silla de ruedas. El idioma que se habla es el inglés (¿será en Ottawa?) y un “mozalbete de jeans y casaca” había celebrado su gentileza. Lynn fantasea con él (se menciona un café y una universidad en Ottawa). Cuenta que luego de un desengaño había ido a Cuba con Marie-France y había tenido su aventura con el Roberto del bar en Cayo Coco, el que ahora revivía en el “mozalbete”. Nuevo corte y vuelta a la escena en el café en el que Renato (nombrado así por Roxana) rememora su encuentro con Lynn. Lynn era mayor que él y tenía “un ademán prácticamente maternal”. Nuevo corte y retorno al relato de Lynn, quien por un instante confunde a Renato con Roberto. Renato la invita a volar con él en su parapente. Ella es “québecquoise pure-laine”, él es montrealés de padre chileno y madre uruguaya (Lucía). Nuevo corte y cambio de narrador-personaje, siempre sin previo aviso. Pero no dura mucho porque vuelve Lynn. Y luego él teniendo un casi-accidente con su bicicleta seguido de un proverbial encuentro con Lynn, a la que sin reparos confunde con su madre. Van a su casa. Vuelve Lynn al relato y el encuentro termina en caricias. El relato lo vuelve a retomar Renato. Su relación con Lynn avanza: “Edipo y yo hoy sonreíamos”. Lynn cuenta de su “petite mort”. Y luego Renato, del “perfume de su mamá” y de su cáncer, y de “linda Lynn” en aliteración repetida danzando la danza de Eros y Tánatos, los dos instintos que solía invocar la psicología freudiana, danza en la que “Eros vencía a Tánatos”. Por la mañana Lynn descubre la carta de Lucía, la madre de Renato en la cual Renato había agregado: “Lynn volverá a poner Eros sobre Tánatos”.

A Carlos Andrés le toca desenredar este nudo de narradores entrelazados en “De amor demente y esperanza”. La primera oración es ya en sí misma un minicuento: “Las lágrimas no me dejaron llegar a tiempo”. Luego el relato continúa. ¿Pero quién es que habla? ¿Quién es quien ahora declara conocer “el panorama completo” y se lamenta de “la fantástica burla” de que ha sido objeto? (¿puede el lector esperar algo de eso mismo?). Quien habla es mujer, pero no es Denisse ni es Lucía (el nombre de la madre de Renato y Denisse y protagonista de “Arpegios”). Tampoco Lynn, porque recuerda el día que Lynn le presentó a Renato. ¿Será Marie-France? (sí, asumamos que es Marie-France). Cuenta que la relación de Renato con Lynn se fue deteriorando “debido a esa natural ilusión de la comunicación” y buscó apoyo en ella como su amiga (decididamente, debe ser Marie-France). Se encuentran en una tienda donde él acaba de adquirir una mochila de viaje. En el café que sigue se da un lúcido diálogo acerca de “tener hijos”. Marie-France cuenta que Lynn le había comentado haber leído un escrito de Renato que se encontraba dentro de un libro de astronomía, dedicado a “Aliya B.”, “que lo inspiraba a volar”. Siguen otros encuentros entre Renato y Marie-France hasta el “satori” (despertar) de su ruptura con Lynn y el descubrimiento de que ambos aman volar y él quiere volar “entre las pinceladas de amor” de su madre. Planea hacer parapente en Guayana. Renato la ha invitado a que la acompañe. Ella se rehúsa. Él le dice saber que tiene que “ir a volar mucho más lejos”. Ella lo deja en el aeropuerto, pero “vivir es arriesgar”. Decide ir a buscarlo a Guayana, pero nunca viaja. Lucía se agrava y Marie-France recibe un correo de Renato diciendo que “apresurará su vuelo para verla muy pronto y para siempre”. Pero ello es un terrible calembour. Con respecto a la identidad de Aliya B., el texto aclara apenas que “una joven del mismo nombre lo hizo en 2009”, pero queda para el lector dedicado el descubrir el nombre completo y la verdadera historia de Aliya B.

El libro finaliza con tres relatos de autor único.

 

La leona del museo

El primero lo firma Ramón Sepúlveda y se titula “La leona del museo”. En primera persona, el narrador de Ramón retoma de algún modo su personaje de “la Gata” o “la Tigresa” del primer cuento, ahora bajo la forma de “Carole”, la “Lioness” que lo había “engatusado con sus ojos felinos”. Bajo la apariencia de literatura erótica, el cuento evoluciona de una sorpresa en otra, con frecuentes llamados a la sonrisa cómplice y frases de ritmo propio que hablan con voz de “niña” o “el grave y seductor rezongo de una leona”, entremezcladas de pincelazos sociopolíticos e ideológicos. Pero la magia está sobre todo en la trama: un menage à trois de dos mujeres con el protagonista, en el que él se siente involucrado más que las dos damas: “Era una diversión, al menos para ellas, para mí era otra cosa”. Pero es él quien al final descubre ser el “único engañado” viendo alejarse “entre arces y abedules”, “la silueta a contrasol de las amantes riendo”. Difícil no hallar en este protagonista un cierto eco del sufrido Paredes de la Tigresa en el comienzo en “Ella tiene licencia”, ahora en un fallido tríptico del que, nuevamente, sale engañado.

 

El llanto de las estrellas

El segundo es de la pluma de Carlos Andrés Torres y se titula “El llanto de las estrellas”. En este relato, a todas vistas de carácter íntimo y personal, retornamos al mundo de senderos y montañas que habitan la narrativa de Carlos Andrés, pero ahora lo hacemos de la mano de un narrador en primera persona que nos cuenta de su amistad y andinismo con Andrés, el “cura de las arañas”. Un indicio de la identidad de este Andrés, aunque siempre dentro de la fábula narrativa, lo da el protagonista al indicar haber leído “parte de su vida” en El bazar de los idiotas, un libro del escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal (¿será Andrés el propio Gustavo?). Pero en el bazar de Gustavo aparece un personaje: el “Hermano Andrés”, escalador de montañas y conocedor de alimañas. Luego se intercala una cita que parece definitiva: “…los largos caminos exigen largas fidelidades…”. Es una cita de Colombia secreta por Andrés Hurtado García, el escritor y andinista colombiano en el que Gustavo Álvarez Gardeazábal inspiró su “Hermano Andrés”. El estudiante quiere viajar con Andrés, quien le invita a explorar el Apaporis. Luego se menciona el título de otro libro de Andrés Hurtado García (decididamente es él…) junto con “El fin” de Borges matando a Martín Fierro y una cita de Jack Kerouac en The Dharma Buns: “¿Qué es el arcoíris, Señor?…” y muchas otras más obras y autores, todos de apropiada pertinencia, sorprendente erudición y simbolismo, que el lector dedicado podrá ir descubriendo al hacer su propia experiencia exploradora, su propia ascensión a este texto, como quien deshoja (¿despetala?) una flor para llegar a su centro, para descubrir al final que la belleza estaba en la corola completa. En medio de una excursión (¿en medio de su vida?) el protagonista siente una sensación de “encierro selvático” y abandona abruptamente la aventura. De retorno en la ciudad pronto siente necesidad de volver hacia atrás, pero es tarde. Lee un artículo de Andrés en el que se refiere a quienes, habiendo seguido sus enseñanzas, luego las abandonaron “para seguir otros caminos más complacientes”, y en el que Andrés ve estrellas tristes: “Nunca las había visto llorar”. El protagonista llama a Andrés por teléfono y se dan cita en Marrakech, donde la visión del desierto desde el aire invoca citas de Saint-Exupéry. El encuentro comienza con un abrazo e intercambio de regalos en los que aparece un libro de Andrés, que relata una excursión previa de ambos y cuya carátula representaría un “fusilamiento inmortal”. ¿Policarpa Salavarrieta?, ¿Antonia Santos?, ¿Los próceres de Cartagena? Nada de eso… En el Raudal Alto (en el Caño Mina, afluente del río Inírida en la Reserva Nacional Natural Puinawai), Andrés, cámara en mano, le había pedido al protagonista que se posicionara lo más cerca de la cascada que le fuese posible y que levantara los brazos porque iba “a disparar varias veces”… Es el último acertijo con el que Carlos Andrés suele terminar sus cuentos, y esta vez no era tan difícil, puesto que esa imagen es, casi seguramente, la que figura en la carátula de Colombia secreta… ¿Será el autor del cuento el mismo que abre sus brazos frente a la cascada en esa carátula? ¿Se interna así una vez más el autor de forma retrospectiva en su propia fábula narrativa? O quizás no era un cuento, sino un relato de horas realmente vividas por seres de carne y hueso, espíritus vivos capaces de hacer llorar hasta a las estrellas.

 

La ciudad era blanca

El último cuento, de Roxana Orué, lleva por título “La ciudad era blanca”. El título, también todo un minicuento, es también la primera oración del texto. Al comienzo era blanca porque sus habitantes eran “de hielo, de nieve, yeso o algodón”. Descendientes de pueblos originarios pudieran disputar el haber jamás permitido mediante tratados la radicación de ingleses en su territorio, pero el resultado hubiese sido el mismo: “…ahora la ciudad era blanca” e “hicieron del río pozo, de la tierra simiente, del árbol abrigo”. También pelearon, pero eran “blancos contra blancos. Y ganaron los blancos”. Hasta que descubrieron a los “seres arcoíris” (que “parecían felices”), y los “guetos en sus cuerpos” y los “tránsitos inesperados”, y luego las poéticas sinédoques anatómicas actuantes (lunares que aman, pecas que pintan, motas que dan risa, pintas que tienen hijos) que dieron como resultado que “algunos niños no nacieran blancos”. En la última página y media se suceden, en brillante cascada de asíndeton, oraciones que se entrelazan y evolucionan en sus lenguajes, imágenes y conceptos casi del mismo modo en el que evoluciona la ciudad blanca (“que se miró al espejo”, “que se autoobservaba”) al enfrentar a los “seres arcoíris”. Las palabras, igual que las acciones, se van suavizando, calmando, hasta llegar la imagen cuasi idílica de un final deseado, en una ciudad que, haciéndose eco de su evolución respecto del comienzo, “ya no era blanca”. Es casi un monólogo interior de la conciencia de la ciudad relatando en estilo indirecto libre su propio devenir etnohistórico: la Región de la Capital Nacional, ella misma, un símbolo, una muestra de la humanidad actual, tal como más que sugerido por esa Tierra que “nos giraba a todos”.

A tres manos es mucho más que una curiosidad narrativa. Es un libro que debe leerse por su humanismo, por su gracia expresiva, por sus imágenes, por su poesía, por el amor que revela hacia las culturas y las geografías en las que evoluciona, por la delicadeza con que aborda temas escabrosos (erotismo, existencia de Dios, la tenencia de hijos, la diversidad étnica), por las oportunidades que ofrece al análisis narrativo, o por el mero placer de revelar dos escritores consagrados y consagrar la revelación de un tercero.

A riesgo de estereotipar estilos complejos, puede ser interesante hipotetizar que Ramón es quien más se acerca al clásico realismo narrativo. Roxana propende a un realismo interior y poético, y el naturalismo íntimo de Carlos Andrés tiene ecos de búsquedas místicas con visos posmodernistas. Ir más lejos pudiera aparecer como un ejercicio de hubris crítico de quien considere poseer el dogma de la verdad respecto a la narrativa, y ya sabemos lo que este libro piensa respecto a los dogmas.

José Campione Piccardo
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Notas

  1. Roxana Orué es originaria del Perú; Ramón Sepúlveda, de Chile, y Carlos Andrés Torres, de Colombia. Los tres residen en el Canadá, en Ottawa-Gatineau —la región de la capital nacional.
  2. OHIP: Ontario Health Insurance Plan, el seguro universal de salud de la provincia de Ontario.