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La guerra y la paz, dos universales antropológicos de la crítica literaria-cultural

sábado 28 de septiembre de 2019
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“La guerra y la paz. Una historia cultural”, de David García Hernán
La guerra y la paz. Una historia cultural, de David García Hernán (Cátedra, 2019). Disponible en Amazon

La guerra y la paz. Una historia cultural
David García Hernán
Historia
Cátedra
Madrid (España), 2019
ISBN: 978-84-376-4014-3
400 páginas

Introducción

Según David García Hernán, la guerra y la paz constituyen dos universales antropológicos de la crítica literaria-cultural que han acompañado a la creatividad artística desde los más remotos tiempos. La guerra y la paz parecen excluirse entre sí, como ocurrió con la actitud belicista de Napoleón, frente al pacifismo de los habitantes de Santa Elena, sin que nadie se pueda considerar el margen de este tipo de disyuntivas. Pero en otras ocasiones ambas parecen necesitarse, cuando en determinadas ocasiones la guerra genera la paz y en otras el mantenimiento de la paz exige una preparación premeditada para la guerra. En cualquier caso la guerra y la paz se han convertido en la temática central de gran parte de la narrativa literaria, como ocurrió en el caso de Tolstoi, Galdós, Erckmann, Chatrian o Thackeray, ya sea a la hora de caracterizar el talante ético de los diferentes personajes o al definir su postura vital ante le existencia.

 

El papel de los universales antropológicos en la crítica literaria

En cualquier caso la guerra y la paz se han acabado haciendo presentes en los más distintos ámbitos de la creatividad literaria, especialmente a partir de la segunda guerra mundial. Se ha culminado así un proceso de moralización de la guerra que habría exigido una previa implantación de una cultura de la paz. De este modo la literatura se ha convertido en una fuente histórica verdaderamente científica, en la medida que el autor siempre trata de conectar y expresar los sentimientos soterrados de sus potenciales lectores o espectadores, transformándose en el exponente de toda una época. Sólo así habría sido posible expresar la psicología colectiva de un pueblo, ya esté movida por el amor o por el odio, ya persiga una finalidad pacifista o belicista.

En este contexto siempre ha habido creaciones literarias que han fomentado el belicismo y la aniquilación del oponente, como sucede con la descripción de la destrucción de Hunusa por parte del rey sirio Teglafalasar (siglo XII a. C.). Pero de igual modo ha habido creaciones literarias que han sabido sintonizar con los profundos deseos de paz y de concordia de sus compatriotas, haciendo que los iniciales proyectos de propaganda nacionalista inviertan su sentido belicista inicial y se transformen mediante una meritoria labor pedagógica en un modo de otorgar un sentido pacifista al sacrificio patriótico. Al menos así sucedió con numerosas producciones cinematográficas en los inicios de la segunda guerra mundial, aunque para ello hubiera que vencer los intereses meramente económicos de algunas grandes productoras. Se trata de un rasgo común a todas las épocas y circunstancias históricas, aunque cada periodo haya tenido sus particulares peculiaridades.

 

El auténtico rostro de la cultura de la guerra sólo aparece con las modernas monarquías nacionales.

El descubrimiento actual de la cultura de la paz frente a su ocultamiento por la cultura de la guerra en la antigüedad, el Medievo y el renacimiento cristiano

El siglo XX ha venido marcado en gran parte por la irrupción de la cultura de la paz de manos de la industria cinematográfica, a pesar de que inicialmente estaba movida por una motivación belicista meramente mercantilista. En efecto, en sus inicios este medio de difusión cultural se puso al servicio de la propaganda política, especialmente con ocasión de la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial, sin que ello fuera obstáculo para la creación de grandes obras maestras fomentadoras de una cultura de la paz. Al menos así ocurrió en los casos de los grandes directores de Hollywood, como John Ford, Billy Wilder, George Stevens, John Huston y Frank Capra. Se pretendió adoctrinar al soldado sobre los motivos de su sacrificio patriótico, sin reducir la guerra a un simple juego lucrativo de aventuras divertidas. Sin embargo las grandes productoras no siempre entendieron este cambio de enfoque pacifista en el modo de concebir la creatividad cinematográfica. Al menos así sucedió con la negativa que recibió George Stevens por parte de su productora a la hora de filmar Senderos de gloria, proponiéndole en su lugar la dirección de la vulgarísima Gunga Din. Pero posteriormente también la guerra fría, la del Vietnam o la de Irak, se vieron reflejadas en películas como Marea roja, el musical Hair o las canciones de Bob Dylan. De todos modos este proceso de transformación de la temática de la guerra en un alegato a favor de la paz habría tenido unos precedentes literarios muy claros. En este contexto se sitúa el compromiso con la causa pacifista de novelas tan populares como Sin novedad en el frente, de Erich Marie Remarque, de 1929, que muestra los horrores vividos durante la Gran Guerra; o Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway, de 1940, que comienza con un alegato a favor de la vida y en contra de la guerra, citando a su vez al poeta metafísico John Donne, quien en 1624 escribió en su Meditación XVII: “La muerte de cualquier hombre me disminuye; soy una parte de la humanidad”.

De todos modos este tipo de dicotomías culturales también se habrían hecho presentes en la antigüedad y en la Edad Media, aunque al final acabara prevaleciendo la cultura de la guerra sobre la cultura de la paz. La Ilíada y la Odisea pueden leerse como un alegato de Homero (siglo VIII a. C.) a favor de la paz y del espíritu de sacrificio y en contra de la crueldad de la primigenia cultura de la guerra, al igual que sucede con La paz, de Aristófanes (siglo V a. C.). Pero también pueden leerse de esta manera los grandes estrategas romanos, desde César (siglo I a. C.) y su Guerra de las Galias, o el Compendio de táctica militar de Vegecio en 390; o el caballero medieval, ahora representado por Carlos Martel y su victoria sobre los musulmanes cerca de Poitiers en 732, por La chanson de Roland (siglo XI) o el Mio Cid (1200); o por El defensor de la paz (1324), de Marsilio de Padua. Sin embargo, a pesar de todos estos esfuerzos por moralizar la guerra, al final estos autores la acaban legitimando, por considerarla un último recurso en sí mismo inevitable para lograr la paz.

En cualquier caso el auténtico rostro de la cultura de la guerra sólo aparece con las modernas monarquías nacionales. Habrían hecho grandes desembolsos económicos para incrementar su poderío militar, a la vez que legitimaron todo tipo de violencia, incluida la guerra, en virtud de la razón de Estado. Fenómeno descrito por Maquiavelo (siglo XV) en Del arte de la guerra, o por Schwendi, Noue y Barret en el siglo XVI, así como por otros tratadistas acerca de este tema en el reinado de Carlos V. Pero que también habría sido denunciado por Jean Bueil (siglo XV) en Le jouvenel al afirmar que “los señoríos, los estados y los imperios se asientan sobre la guerra”, al igual que también hicieron Cervantes, Quevedo, Calderón o Lope de Vega.

De todos modos el surgimiento de la cultura de la guerra siempre vino acompañado desde el humanismo cristiano renacentista de una cultura literaria favorable a la progresiva implantación de la paz. Al menos así sucede en los famosos Adagios (1515) y en la Querela Pacis (Lamento por la paz) de Erasmo de Róterdam, o en Tomas Moro, o en Vives. Pero también en el ámbito protestante destacan los Discurs politiques et militaires (1587) de Francois de la Noue o el ensayista francés Michel de Montaigne (1533-1592), envuelto igualmente en las guerras de religión. De todos modos la realidad se impone y al final todos los humanistas cristianos renacentistas, empezando por Erasmo y siguiendo por Moro o Vives, acabaron admitiendo la necesidad de la guerra. Algo similar también le sucederá a Alfonso de Valdés —el ideólogo de la política imperial de Carlos V, que acabó justificando el saqueo de Roma (1529)— o al jesuita Luis de Molina o a García de Palacio y Arce en sus Diálogos militares (1583).

 

A raíz de las graves atrocidades derivadas de la conquista de América, surge en Vitoria, Suárez o Domingo de Soto una noción de “guerra justa”.

Las paradojas y contradicciones de la guerra y la paz en la literatura del Siglo de Oro español

De este modo, a medida que Europa se encontraba más dividida por las guerras fratricidas, paradójicamente la cultura literaria adoptaba una postura más favorable a la concordia entre todas las naciones. Al menos así sucede en la comedia de Torres Navarro Soldadesca (principios del siglo XVI), donde se ridiculizan y se denuncian los abusos cometidos por los soldados españoles que van a luchar a Italia por simple espíritu de aventura. O en la novela de Pérez de Hita Historia de los bandos de los zegríes y abencerrajes (1595) en el contexto de la rendición de Granada. O en la novela de Jerónimo Contreras Selva de aventura (1565). O en Cervantes en su Viaje al Parnaso (1614), donde contrapone la paz a la guerra, o en La Galatea (1582), donde alude a la “dulce paz tranquila”, o en La gran sultana (1615), donde se remite a una paz política alcanzada por agotamiento. O en El viaje entretenido (1603) de Rojas Villarroel. O en el poema Araucana (1589) de Alonso de Ercilla. O en la valoración que hace don Quijote (1605-1615) del “estado de paz”. De todos modos se trata de una paz militar impuesta donde el recurso a la guerra se hace cada vez más inevitable. Al menos así sucede, no sólo en Cervantes, sino también en El día de fiesta por la mañana y por la tarde (1634) de Zabaleta o en El diablo cojuelo (1641) de Vélez de Guevara o en el Sermón estoico de censura moral y en Política de Dios (1626) de Quevedo, donde se juzga la guerra como “proveniente del infierno” y como “la más perniciosa de todas las acciones humanas”. O en El asalto de Mastrique (1614) de Lope de Vega, donde se recogen sobre todo las quejas de los soldados y las miserias de la guerra. O en El lirio y la azucena (1660) de Calderón de la Barca, basada en la Paz de los Pirineos (1659), donde se muestran las paradojas y contradicciones de una paz por simple agotamiento.

A este respecto resulta paradigmático el caso de la gestación del Imperio español a lo largo de los siglos XV y XVI, donde a raíz de las graves atrocidades derivadas de la conquista de América, surge en Vitoria, Suárez o Domingo de Soto una noción de “guerra justa” que aún sigue siendo un modelo a imitar. América fue una oportunidad de desarrollar un nuevo tipo de alianzas bélicas muy diferentes a las europeas, dada la diferencia cultural, de armamento y táctica existente entre los combatientes. Al menos así sucede en el llamado “Flandes indiano” por referencia a Chile, durante los reinados de Felipe II y Carlos III. Aparecieron entonces los tratados de táctica militar de Diego García de Palacio, de Juan F. Montemayor (1658), de Bernardo Vargas Manchuca (1599), Jerónimo de Quiroga, González de Nájera (1614), a los que de algún modo se hace referencia en la Araucana (1589) de Ercilla. O los originados a raíz de la conquista de las islas Canarias y en general de toda América, tal y como fueron recogidos por Lope de Vega (1633), Tirso de Molina (1633) o Mira de Amezcua (1622). Todo ello hará posible la aparición del concepto de “guerra justa”, cuya génesis ahora se retrotrae a las denuncias de Bartolomé de las Casas (1542) a favor de los indios, que habrían sido prolongadas por la noción de ius gentes (derecho de gentes) de Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca, especialmente por Domingo de Soto y Vázquez Menchaca, pero que a su vez fueron cuestionadas por Ginés de Sepúlveda.

 

En el siglo XIX las tensiones se acentuarían aún más con la aparición de los nacionalismos neoimperialistas.

Paradojas y contradicciones de la guerra y la paz en la Ilustración, el neoimperialismo colonialista y en la Gran Guerra

Pero algo similar habría que afirmar del siglo de la razón y de la consabida Ilustración, es decir, del siglo XVIII. Es ahora cuando aparece un concepto de Estado benefactor que en todo momento asume el monopolio de la violencia y se erige en implantador de la paz. Pero también es ahora cuando el fenómeno bélico adquiere un carácter global y mundial, especialmente debido a la intervención de la armada náutica militar y al crecimiento espectacular de los ejércitos, cosa que no ocurría en otras épocas. La guerra no sólo se concibe como justa sino que se hace santa, por constituir el modo preferente como se manifiesta la predestinación divina respecto de un determinado Estado. Se generó así una cultura de la guerra de corte absolutista que fomenta un sacrificio ciego en favor de la guerra por sí misma por parte de los ejércitos en liza, aunque los resultados fueran verdaderamente desastrosos. En sintonía con estos principios ahora se mencionan como modelos de estrategas a Mauricio de Sajonia, Federico el Grande de Prusia y también los latinoamericanos San Martín y Bolívar. En todos estos casos habrían justificado sus tácticas militares en el Tratado sobre la columna y en Los nuevos descubrimientos sobre la guerra de Jean Charles Forland, conocido como el Vegecio francés, así como en Gribeauval, Guibert, y en el marqués de Santa Cruz de Marcenado por parte española. En este contexto, se fomentó el género de la comedia heroica, mientras que los filósofos ilustrados franceses, salvo Rousseau, tendieron a desacralizar las guerras del rey Sol, aunque en general se siguiera legitimando la guerra como en Aristóteles en virtud de la ley natural.

Posteriormente, en el siglo XIX las tensiones se acentuarían aún más con la aparición de los nacionalismos neoimperialistas. El ejemplo prototípico es Napoleón, fruto de la cultura de la guerra de Boucert, Guibert y Du Teil. Aparece así una nueva cultura de la guerra que será desarrollada por el suizo Jominni (1779-1869) y sobre todo por el prusiano Clausewitz (1780-1831). Pero a pesar de los avances experimentados por la cultura de la paz, la persistencia de la cultura de la guerra fue innegable. Especialmente si se tiene en cuenta el belicismo fomentado por el romanticismo y el nacionalismo, como ahora ocurre en la literatura de ficción. Al menos así sucede en el soldado aventurero Barry Lyndon de Thackeray, donde se cultiva una “estética del uniforme”, en perjuicio de una auténtica cultura de la paz. O el papel belicista desempeñado por el nacionalismo en los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, con independencia de sus retóricas proclamaciones a favor de la paz. De todos modos en el siglo XIX es cuando aparecen los primeros movimientos políticos antimilitaristas contrarios al reclutamiento militar obligatorio y denunciando los desastres y excesos de la guerra. Al menos así lo ponen de manifiesto el propio Pérez Galdós o los escritores franceses Emile Eckermann y Alexandre Chatrian en su novela conjunta Historia d’un conscrit, de 1813, o la visión satírica de Napoleón contenida en la Chronicle of the Drum del propio Thackeray.

De todos modos la culminación de este proceso tan paradójico lo tendríamos en la época de la “paz armada” donde, a pesar de todas sus contradicciones, habría sido la primera vez que se condenó a la guerra por ser una forma ilegítima de resolver los conflictos entre naciones. Al menos así lo pone de manifiesto la película Johnny cogió el fusil, del cineasta Dalton Trumbo, de 1971, pero basada en un novela del mismo director ambientada en la Gran Guerra y publicada en 1939. El síndrome de la vuelta a casa de los soldados traumatizados va a ser importante después de la Gran Guerra y difícilmente asimilable. La guerra se hizo presente en los más distintos ámbitos de la vida humana, con una participación cada vez más coercitiva por parte del Estado, sin dejar a nadie indiferente. La guerra se hace total, tanto respecto de la participación ciudadana, como respecto al número de víctimas. Estas sensaciones de rechazo de la guerra y de ansia de paz se extendieron por doquier.

 

Conclusión

La guerra y la paz han estado siempre presentes en la literatura de todas las épocas y culturas, pero sólo en la literatura actual se habría otorgado a la cultura de la paz la coherencia y la primacía que efectivamente le corresponde. De todos modos eso no quiere decir que se niegue la realidad terca de los hechos, como tantas veces ha ocurrido, pensando que era posible erradicar definitivamente la guerra o el mal y que fuera innecesario el sacrificio libremente aceptado por el bien de la patria. Sólo quiere decir que se le niega a la guerra cualquier tipo de legitimidad moral, cosa que en otras épocas por paradójico que parezca no ha ocurrido.

Carlos Ortiz de Landázuri

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