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La influencia de la carrera espacial en la narrativa literaria cinematográfica
A propósito de una publicación de Sánchez-Escalonilla

miércoles 30 de octubre de 2019
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“Planeta Hollywood. Sueño americano y cine espacial”, de Antonio Sánchez-Escalonilla
Planeta Hollywood. Sueño americano y cine espacial, de Antonio Sánchez-Escalonilla (Encuentro, 2019). Disponible en Amazon

Planeta Hollywood. Sueño americano y cine espacial
Antonio Sánchez-Escalonilla
Ensayo; historia del cine
Encuentro
Madrid, España, 2019
ISBN: 978-8490559703
386 páginas

Planeta Hollywoodanaliza el distinto modo de describir el sueño americano y la aventura del espacio por parte de la industria cinematográfica con posterioridad a los fracasos del Challenger y del transbordador Columbia en 2004. A diferencia de lo ocurrido con el primer viaje espacial de Neil Armstrong a la luna en julio de 1969, ahora las generaciones posteriores a la expedición Apolo habrían perdido la fe que despertaban los vuelos tripulados espaciales. No sólo habría sido un problema de recortes de los presupuestos de la Nasa, sino que ahora estos proyectos se verían como un complejo aparato burocrático que estarían muy condicionados por la deriva política del gobernante de turno. Especialmente una vez superada la carrera espacial generada por la guerra fría, sin que tampoco tuviera mucho sentido que la industria cinematográfica siguiera impulsando este tipo de aventura nacional, que anteriormente había ejercido una gran fascinación.

De hecho el cine de los años 50 habría anticipado muchos de los éxitos después alcanzados a partir de los 60 con los programas Mercury, Gemini y Apolo, convirtiendo la carrera espacial a la Luna o a Marte en un objetivo político que, especialmente durante la administración Kennedy, trató de marcar la Nueva Frontera de prosperidad social que se debería alcanzar. Sin embargo, todos estos proyectos se paralizaron a partir de la década de los 70, coincidiendo con el final de la guerra fría, a pesar de seguir estando profundamente unidos al logro de una sociedad aún más próspera de naturaleza global. En cualquier caso la evolución del cine desde los años 50 hasta la actualidad habría sido un factor decisivo de la construcción de un imaginario social que a su vez habría hecho posible la aceptación popular del desarrollo de la navegación espacial. Sin embargo, este interés decreció notablemente cuando, a partir de los años 60 y 70, fue posible comparar las iniciales utopías visionarias de los 50 con las limitaciones y riesgos de sus posteriores aplicaciones prácticas.

Apolo 13, de 1995, supondría una renovación del género, a la vez que paradójicamente la agencia espacial reducía drásticamente su actividad.


Todo ello explica el lento desarrollo de un género que sólo produjo seis títulos reseñables entre Con destino a la luna, de 1950, y Apolo 13, de 1995, a pesar de los indudables avances que en estos mismos años se produjeron en la carrera espacial. Entre estos títulos ahora se destaca 2001: una odisea del espacio, de 1968, de Stanley Kubrick, a pesar de producirse en un contexto social enrarecido por los movimientos contraculturales y las marchas por los derechos civiles, donde se cuestionaban los valores tradicionales del sueño americano. Ello explicaría la actitud defraudada con que fueron recibidas otras producciones, como Capricornio I, de 1977, sobre una futurista misión a Marte, al tiempo que se ponía bajo sospecha a las instituciones estatales afectadas, reflejo del Watergate. Mejor suerte, en cambio, tendría la producción de Elegidos para la gloria, de 1983, que rendía homenaje al primer proyecto Mercury de la carrera espacial, a pesar de ser un auténtico pastiche al que ahora se hace responsable del vacío de doce años en las producciones de este género.

En cualquier caso Apolo 13, de 1995, supondría una renovación del género, a la vez que paradójicamente la agencia espacial reducía drásticamente su actividad. Sin embargo, ello no impidió la aparición de seis producciones nuevas de gran éxito, como ocurrió con Contact, de 1997, de Robert Zemeckis; Deep Impact, de 1998, de Mimi Leder; Armageddon, de 1998, de Michael Bay; Misión a Marte, de 2000, de Brian De Palma; Planeta rojo, de 2000, de Anthony Hoffman, y Space Cowboy, de 2000, de Clint Eastwood. En todas ellas se apuesta por una puesta en escena con mucho glamour o blockbuster, que despertó el entusiasmo por un género que estaba en decadencia. Este mismo proceso continuó con la llegada del nuevo siglo, a pesar de la triple crisis política, económica e internacional que estuvo marcada por los atentados del 11-S. Así, en la primera década del siglo XXI proliferaron los espectáculos apocalípticos, como los thrillers y el cine bélico, mientras que el género de exploración espacial experimentó una sequía total entre 2001 y 2013. Por su parte, Gravity, de 2013, de Alfonso Cuarón, marcó, de modo repentino, el inicio de una edad dorada para este género cinematográfico. De hecho entre 2013 y 2018 aparecieron seis títulos que promovieron en la audiencia un espíritu optimista respeto del ethos americano de la Nueva Frontera. Al menos así sucede con Interestelar, de 2014, de Christopher Nolan; Marte, de 2015, de Ridley Scott; Tomorrowland: el mundo del mañana, de 2015, de Brad Bird; Figuras ocultas, de 2016, de Theodore Melfi, y First Man, de 2018, de Damien Chazelle.

Carlos Ortiz de Landázuri

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