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El camino de regreso, de Alessio Brandolini

miércoles 15 de abril de 2020
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“El camino de regreso”, de Alessio Brandolini
El camino de regreso, de Alessio Brandolini (El Suri Porfiado Ediciones, 2019). Disponible en la web de la editorial

El camino de regreso
Alessio Brandolini
Poesía
El Suri Porfiado Ediciones
Buenos Aires (Argentina), 2019
ISBN: 978-987-4409-38-6
50 páginas

La poesía está llena de múltiples caminos. Hay caminos que conducen a lugares conocidos, otros configuran paisajes de territorios lejanos y extraños, otros son caminos existenciales que se bifurcan en horizontes de íntimas realidades. No es extraño que en la poesía encontremos tantos caminos. Robert Frost escogió el menos transitado (“The Road Not Taken”), y Machado vio en el camino una metáfora de la vida: “Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar”. Muchos siglos antes Saulo enfrentó la realidad más trascendente de su vida en el camino de Damasco. Con el tiempo, Jorge Manrique compararía el mundo con un camino transitorio: “Este mundo es el camino / para el otro que es morada sin pesar…”. Más cerca de nuestra época y con la hondura que lo caracterizaba, Eugenio Montejo nos hablaba del camino recorrido para llegar a México, donde se le otorgaría el Premio Octavio Paz en 2004, y del camino de la vida como una metáfora de la creación poética. Asocio aquí estos pensamientos para hablar del más reciente libro del poeta italiano Alessio Brandolini, El camino de regreso (Buenos Aires, El Suri Porfiado Ediciones, 2019).1

Lo primero que veremos al abrir El camino de regreso es la descripción del universo, la sensación que produce esa contemplación.

Debemos la selección de esta poesía a la escritora argentina Marisa Martínez Pérsico, además del luminoso ensayo que pone en perspectiva el hilo conductor de estos poemas y los motivos que los caracterizan. Apoyémonos en esa metáfora del camino como un viaje de ida y vuelta hacia la interioridad del ser: “En este camino de ida y vuelta el hombre ensaya un nuevo modo de percibir y de sentir el mundo, construye una realidad primero extrañada y después íntima, más consciente de sus propios límites, ritmos y miedos”, nos dice Martínez Pérsico. Un camino que en sentido figurado responde a un modo de vincularnos a la realidad que se constituye como exploración del yo y referencia de la vida. Pero de una vida centrada en la poesía y traspasada por la sensibilidad de la palabra que la proyecta y trasciende convirtiendo la cotidianidad en una especie de visión cósmica y poética. De ahí la referencia a los elementos espaciales que crean un sentido de relaciones con las circunstancias humanas del poeta, pero también con las descripciones que genera el vocabulario del libro. Su mundo, el que presenta El camino de regreso, no sólo describe la naturaleza que palpita al paso del hablante poético sino también la visión cósmica que concreta el contenido de lo que contemplamos. De modo que lo primero que veremos al abrir el libro es la descripción del universo, la sensación que produce esa contemplación: “La penumbra de las chispas estelares es ya un milagro. La zozobra se curva, fluye una maraña de estrellas / el invisible movimiento de otros sistemas solares” (“Ya es de noche”, 15). Esta descripción singulariza los sutiles rasgos del planeta que habitamos, la belleza y el misterio del universo. El testimonio visual de una mirada que se extiende más allá de lo que presentimos como una realidad contundente pero que para muchos pasa desapercibida. Una mirada que recoge una serie de eventos que configuran la intensidad de esa sensación desde el proceso que conlleva la rotación del planeta sobre su propio eje y, también, del que logra plasmar la imagen nocturna y diurna del planeta reflejada aquí en términos poéticos:

(…)
La luz desgarra la negrura, multiplica el efluvio
de la hierba y la penumbra estalla hasta romper
el día. En el cielo plomizo de Roma
el viento se detiene y hay pequeños seres filiformes
que planean sobre el techo: caen, extenuados, al
……instante
con la mente en planetas que se fugan y en lobos por
……cuidar.
Al amanecer corren alegres en las palmas de mis
……manos (15).

El poema “La luz dorada del desierto” recoge la fuerza devastadora de la naturaleza intensificándola en el viento y la luz del paisaje. Desde el primer verso el viento arrastrará todo a su paso hasta situarnos en las diversas representaciones de esa realidad. Observamos la imagen personificada del viento que agita los brazos volcándose precipitadamente sobre el entorno. Allí los zorros y lobos mansos son parte ya de esa fauna que ha acompañado al hablante poético en otros libros (En la mirada del lobo), y que aparecen aquí como una entidad representativa del mundo del poeta. La transformación del bosque, la sutil brillantez de los copos de nieve, el paisaje que adquiere vida propia, proclaman la exaltación misma de ese viaje impregnándolo de un matiz fantástico y misterioso en un camino que recorre distintas direcciones. Cada acto de la vida parecería un juego, como proclama el final del texto, pero sabemos que la historia de todo caminar requiere de una fuerte voluntad para enfrentar el imaginario de ese viaje lleno de incógnitas revelaciones:

(…)
Con luz diáfana llegan los copos de nieve
y el bosque se transforma en una crema suave.

Un paisaje con ojos bailarines
de zorros y lobos mansos y todo se derrumba
y, como si fuera un juego, rueda abajo empujado
por el viento enfurecido que agita los brazos.
En silencio he conversado con las nubes y esparcido
la soledad de un extremo a otro del viaje (16).

Todo gran poema permitirá acercarnos a su interior pero nunca revelará la chispa del inicial asombro.

Al leer un libro de poesía no tenemos por qué avergonzarnos de no poder descifrar a cabalidad lo que el poeta quiso decirnos. Leemos un poema y lo que sobreviva de esa lectura, lo que nos ilumine, bastará para reflejar en nuestro interior lo que intentábamos ver. Muchas veces bastan las circunstancias que llaman nuestra atención y se evaporan ante nuestros ojos como el rocío mañanero. Esto es lo que parece querer decirnos el poema que da título al libro: “El camino de regreso” (17). Sobre su superficie la impresión se reduce a lo que observamos en ese caminar, ¿hacia dónde? Se nombran las cosas pero siguen en un mismo lugar: “buques, cielo transparente, mar, montañas y ciudades de Europa”; datos geográficos, lugares donde los seres se mueven y pasan como la vida del hablante a través del tiempo. Esto es lo que se proyecta en ese mundo abstracto que la poesía busca concretar. Sentimos la impresión de lo que ocurre en el poema hasta llegar al punto de aquello a lo que hacía alusión: “No sueño el porvenir, no lo conozco / mas quisiera entenderlo, que fuera parte de mí, de nosotros, de mi fe” (17). Pero seguramente, lo que busca el poeta es algo que queda más allá de nuestra propia intuición, lo que queremos ver en ese paisaje de palabras y del tiempo que toma recorrer el camino de regreso. Y es que en la poesía de Alessio los seres y la visión aquí descritos irán entrelazados a un sentimiento aplicable también a la naturaleza, al silencio, al olvido:

Sentado en la penumbra aguardo
las palabras. Cuando llegan
ya no soy el mismo pero hay otro
—tú no lo conoces—
que resiste y toma apuntes
y a mordiscos devora el retrato
de un hombre cansado, quieto
en la penumbra que desde hace días
espera partir. Se entrelazan largas
charlas sobre el año próximo
ojalá más sereno que este último
que ya se va, sangriento y desganado.

Sin pestañear el mar mira hacia el cielo
y más abajo, en el fondo cenagoso,
entre residuos africanos hay una fiesta
de peces de colores que fluyen en lo oscuro.
Entre deseo y rechazo, la cabeza
llena de visiones. Solamente el silencio
puede mostrar el fragmento de un mundo
que comienza. Dormimos acostados en el agua
anclados a algas y arrecifes
contemplando el viaje que se acerca (“Fiesta submarina”, 18).

Todo gran poema permitirá acercarnos a su interior pero nunca revelará la chispa del inicial asombro, esa estructura de palabras que va entretejiéndose verso a verso hasta producir el total deslumbramiento. Por lo tanto, pienso que nada es más hermoso y fructífero que extraviarse en ese mundo íntimo y descubrir lo que nos ofrezca el poema. “Fiesta submarina”, por ejemplo, destaca el concepto metapoético en su proceso creador, el sentimiento que condiciona y precipita su desarrollo. El yo, al principio del poema, da salida a ese mundo de imágenes desde donde se podrá vislumbrar el camino que motiva el objetivo personal de ese viaje. No se ha movido el hablante de la penumbra que lo retiene en estado de meditación: “Sentado en la penumbra aguardo / las palabras. Cuando llegan / ya no soy el mismo pero hay otro / —tú no lo conoces— / que resiste y toma apuntes…”. Ciertamente el poeta está abandonado a la reflexión. No es extraño que lo que ocurre esté en ese momento sacudiendo el interior de un hombre que piensa y está solo. Lo que cree ver es sólo el espejismo de aquello que contempla desde su interior. Está sentado en la penumbra y a la vez ausente de sí mismo. El siguiente verso nos da las claves que justifican lo que está pasando: “Entre deseo y rechazo, la cabeza / llena de visiones. / Solamente el silencio / puede mostrar el fragmento de un mundo que comienza”.

Hay en estos versos una forma de antagonizar el pasado, de moverse hacia un plano donde las experiencias del amor produzcan un sentido más duradero y profundo de la vida.

No podemos recorrer un camino sin que la naturaleza nos entregue sus colores, su geografía, la luz que traspasa el crepúsculo como disimulando la caída de la noche. Estamos a la orilla del camino: “Entonces el sol sube y luego baja / se esconde en el arbusto de la noche / espadas rojas que vibran sobre el agua / después se muda rápido, entra en la sangre” (“Entonces el sol sube y luego baja”, 22). Estos versos dibujan una puesta de sol. Cae la noche y también la oscuridad, el silencio, el asombro. ¿Cuál es el significado de la soledad, y del “viento que azota los muros de las casas y trae un ritmo / con ideas sonoras, fuertes ángeles / que limpian el paisaje…”? Posiblemente nunca lo sabremos, pero concentramos nuestra atención sobre el paisaje pues alguien nos contempla desde el centro del poema. Un verso nos remite a la ternura de una madre y de sus hijos cobijados por el silencio de la noche: “Tú duermes como duermen nuestros hijos / existe quien protege vuestro sueño”. Este es el motivo fundamental del poema. Un hecho que en plena soledad de la noche traza una línea directa hacia esa visión para que comprendamos que vivir es un esfuerzo lleno de grandezas y vicisitudes. La última estrofa filtra un ligero cambio de perspectivas para reclamar, de un modo directo, el recuerdo de Goethe y del paisaje de Lacio, esa hermosa región de Italia central a orillas del mar Tirreno. Estas dos visiones se funden como coordenadas en el poema para expresar una visión del pasado. El poema “El horizonte oblicuo” tiende, como algunos de los textos anteriores, un puente entre el título y lo que nos comunica. Lo que se dice se origina en un recuerdo angustioso que proyecta las duras experiencias de la vida: la soledad, el desamor, la felicidad perdida; realidades que indudablemente golpean el corazón del hablante mientras recuerda esa otra dimensión del amor: “…nada quedará de nosotros que no sea el olvido / de este amor, las aventuras pasadas” (23). Algunos versos nos sitúan, sin embargo, un poco más allá, es decir, en el trasfondo mismo de la imagen que testimonia esa dolorosa experiencia, pero igualmente de un pasado que estremece al poeta y le recuerda su realidad temporal, ese horizonte que se esfuma sin más ganancias que los recuerdos imborrables. Un tono nostálgico domina la atmósfera del texto: “Escarbo junto a un lago entre piedras y espinos / buscando la felicidad perdida, la casa / crecida entre los sueños” (23), y proyecta la visión hacia un horizonte oblicuo por donde se deslizan los recuerdos. Por otro lado, el poema, “Te espiaba en la luz” (24), define también esas experiencias que configuran la estructura lírica del poema: “…hay que vivir con poco y no añorar ni más ni / demasiado: / ¿qué importa, si después se nos exilia de los propios / sueños y deseos?”. Hay en estos versos una forma de antagonizar el pasado, de moverse hacia un plano donde las experiencias del amor produzcan un sentido más duradero y profundo de la vida. Claro está, “sin víctimas ni héroes” como subraya esta frase, y así elevarse espiritual y amorosamente sobre lo que daña esas relaciones.

El amor figurará en “El agua de los sueños” (25, 26) mostrando no una imagen ideal, sino la que mediante distintas evocaciones actuará en el hablante exorcizando el pasado, contrarrestando la angustia que corroe la vida. Pero nunca el amor será una derrota, ni una inquietud fallida, sino una visión que insinuará siempre un modo positivo de transcender la incomprensión y el dolor. Un sentimiento cuya certeza abrirá la vida hacia un futuro más confortante. Esto, por ejemplo, es lo que saca a la luz el final del poema:

…No dejes
que el futuro se esconda
o que termine para siempre enterrado.
Un pájaro canta entre las ramas
de la encina: no va a callarse ahora, si lo escuchas.

No es poca cosa el canto de un pájaro. Su cántico puede conectarnos con lo esencial de la vida. La emoción que nos produce, si somos sensibles, viajará en la profunda melodía de su cántico. Quizás no comprendamos del todo, pero la esencia de lo que dice está en lo que implica su voz, pues no va a callarse ahora, si lo escuchas. Pero existe, sin embargo, una condición para que su canto tenga efecto en nosotros: saber escuchar. El pajarito se ha detenido en la rama y ha ocurrido el milagro: su cántico ha arrojado una esperanza en el camino de la vida. El poeta lo ha colocado allí para que nos recuerde que la dicha a veces está en detenerse a escuchar.

En el poema “Nada es tuyo” (27) se utiliza la imagen de un poste oxidado o la que sostiene la “vivacidad del bosque” para proyectar las realidades del amor y las situaciones no dichas directamente pero que aluden en el fondo a los conflictos del Oriente Medio. Por otro lado, “Un perro en el polvo” (28) explora las acciones que ilustran la amistad y el cariño por los animales, pero vistas en el contexto de una expresión más humana de la vida: “Un perro de cuclillas en el polvo / es una luz dudosa. / Un perro hermano que gruñe a los sueños y hurga en las calles”. Lo que refleja el poema gira en torno a un perro imaginario que evoca el recuerdo angustioso del pasado que inquieta al hablante. El perro representa la ternura que resguardará al hablante de las relaciones que confunden el sentimiento amoroso con situaciones engañosas: “No juegues con palabras, con el turbio / sentido de la vista que algunas veces miente, a veces / recita una parte, un estribillo, busca todavía: / escarba, escarba en la carne viva del alma / en la lengua del perro que husmea las heridas”. Los elementos que concretan el poema son también los que configuran ese otro mundo donde sólo los sueños podrían convertirse en un recurso contra la indiferencia y la soledad: “Apúrate a poner en práctica los sueños / o será muy tarde para despertar…”, señala este verso. Ciertamente, apurarse sugiere más de una connotación, podría corresponderse con la idea de refugiarse en los sueños para aislarse de las acciones que dejan el alma desolada.

En El camino de regreso son varios los temas que se superponen a lo largo del libro fundiendo unos asuntos con otros.

El poema “El blanco inquieto” (30, 31) ofrece nuevas perspectivas para regresarnos otra vez al camino de la naturaleza. El universo es como una gran pantalla sideral donde se refleja la vida. La vida misma va mostrándonos sus conquistas y agonías para exponernos sobre la superficie de las cosas que podemos pensar con serenidad: “Medianoche bajo el pueblo, el reverso / del tiempo en una estrella fugaz. Un cohete / brilla atenuado en la carrera, fugaz / en su fulgor incandescente, un testamento / sordomudo incrustado en la cúpula del cielo”. Y en el poema siguiente, “La luz viene de la oscuridad” (32), se abrirán los versos sobre la realidad del amor y el desamor, la luz y las sombras que acontecen evocando el pasado; el destino de seres que una vez cruzaron sus destinos, y de fotografías como testigos mundos de profundas vivencias.

Sabemos que toda composición poética contiene sus propias claves y éstas se exponen y concretan en el poema. Todos contienen sus vías y tonalidades que proyectan las inquietudes sociales o amorosas que se yerguen sobre el corazón del poeta exigiendo salir fuera. No podemos tampoco ignorar que sobre el núcleo de cada poema existen demarcaciones que necesariamente no tienen que llevarnos por el mismo camino que anduvo el poeta. A nuestras espaldas quedará a veces un mundo de historias que ondulan en el tiempo sin más intenciones que las que puedan revelarnos parcial o directamente los versos. En El camino de regreso son varios los temas que se superponen a lo largo del libro fundiendo unos asuntos con otros. Por ejemplo, la misma Marisa Martínez Pérsico ha subrayado que además de la metáfora del camino que sustenta la idea central del libro, existen también aquellos temas que conciernen al “del canto a la tierra” o “celebración del agua”, y también el “espacial y temporal” ya mencionado, como afirma la escritora, por el crítico Oscar Palamenga en Il fiume nel mare. Lo esencial de este mundo lírico recoge las formas expresivas que configuran una visión total de la tierra. En efecto, un sentido de correspondencias que proyectan un camino que se alarga imaginariamente destacando las relaciones humanas y, a su vez, una imagen de los seres más humildes hasta los más trascendentales. Uno de los poemas en el que podemos observar más directamente esta situación es “Insectos y voces” (34, 35).

(…)
Los caracoles siembran la meta que fermenta debajo
de los pies mientras se nutre de plumas la cúpula de
……Sant’Ivo.
Descubrir los motivos de esta compañía zumbadora
hablar con moscas, abejas y mosquitos, proyectarse
dentro de uno mismo. Se proyectan huidas,
……incursiones:
cosas para hacer seguro que no faltan, ya esto es
un efecto. Se lamenta la hierba cortada, exige
una tumba propia, el fuego la convierte en hongo
en fases de vida. No me digas que lo hubieras
……deseado
hay un futuro que recomponer, un camino que
……conduzca
hacia regiones intactas. Nado entre delfines y
……cangrejos
los insectos tienen alas luminosas de reflejos
……cristalinos.

Al parecer no es un mundo complejo el que nos comunica el poema, pero ciertamente lo es. Es el mundo donde entran como símbolos representativos de la vida las cosas más insignificantes o más fastidiosas, por decirlo con una palabra que se ajuste al contexto de nuestra realidad cotidiana. Me refiero estrictamente a las moscas y mosquitos, insectos que no comunican una gran simpatía pero, dentro del mundo de las cosas más elementales, sirven de referencia para proyectar la descomposición y transformación de la materia, y simbólicamente están allí para representar ese cambio. Otros elementos referirán también al concepto del proceso cíclico de la vida, que en conjunto con los otros elementos del poema nos permiten imaginar el efecto de esa transformación: caracoles, moscas, abejas, mosquitos, hongos y los seres de la vida marina, delfines y cangrejos, pues constituyen elementos significativos que son además una referencia visual de ese mundo y del sentido que enfoca el poema. Por lo tanto, no son menos importantes a los ojos del poeta que la hermosa luz de un cielo estrellado o el esplendor de la flora sobre el paisaje. La flora y fauna silvestre servirán para exponer la grandeza del mundo, aun aquellas pasiones que puedan herir la vida. A cada paso el hablante irá reconociendo diversos caminos en los que la naturaleza misma se alzará como un testigo mudo de su propia realidad como ocurre, por ejemplo, con los elementos aquí evocados: el tiempo, la luz, las estrellas, y asimismo las huellas del lobo en la profundidad de la noche. Por eso, los recuerdos representan la dureza de aquel sueño que presenciamos en “El terreno baldío” (40, 41). Este poema revelará el esfuerzo que requiere transformar las experiencias dolorosas de aquel sueño por relaciones que conduzcan a un camino más gratificante y humano. De ahí que la mayor riqueza de este libro consista en advertirnos de las frágiles experiencias del amor y la vida “cuando todo se apague”, y la poesía vuelva otra vez a conducirnos por el camino de regreso:

Cuando todo se apague
más tarde, en torno al mediodía
subiremos los dos de nuevo el río
avanzando del brazo, con un poco de prisa.

Más allá de la desembocadura
hallaremos el inicio
y la razón, también,
de nuestro viaje

Cargaremos sobre nuestros hombros
la canoa blanda
de cañas y hojas
el vino rubio de mi padre (“Cuando todo se apague”, 43)

El presente texto salió publicado primeramente en La Otra, Revista de Poesía, Artes Visuales y Otras Letras, año 13, Nº 155 (México).

 

Alessio Brandolini

Alessio Brandolini (Roma, 1958)

Estudió Letras Modernas en la Universidad de Roma “La Sapienza”. Publicó los poemarios L’alba a piazza Navona (1992), Divisori orientali (2002), Poesie della terra (2004), Il male inconsapevole (2005), Mappe colombiane (2007), Tevere in fiamme (2008), Il fiume nel mare (2010) y Nello sguardo del lupo (2014). En 2016 salió su antología Il futuro è un campo incolto (1992 -2014) y en 2017 Il volto e il viaggio (con dibujos de Stefano Cardinali). En 2013 publicó el libro de cuentos Un bosco nel muro.

Desde el año 2006 coordina la revista online Fili d’Aquilone y en 2011 fundó la editorial Edizioni Fili d’Aquilone. Es traductor y cumple una esmerada labor de difusión, en ámbito italiano, de la poesía contemporánea española y latinoamericana. El camino de regreso es su primera publicación en Argentina. En México salió En la mirada del lobo (Mantis Editores, 2018).

David Cortés Cabán
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Notas

  1. En esta antología se encuentran algunos poemas que nunca fueron traducidos al español. Son los poemas elegidos del libro Il volto e il viaggio, publicado en Italia en 2017. La escritora argentina Marisa Martínez Pérsico realizó la traducción, organización de los textos y el prólogo que pone en perspectiva la idea central del libro.