correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Medio siglo con Borges, de Mario Vargas Llosa

domingo 12 de julio de 2020
¡Compártelo en tus redes!
“Medio siglo con Borges”, de Mario Vargas Llosa
Medio siglo con Borges, de Mario Vargas Llosa (Alfaguara, 2020). Disponible en Amazon

Medio siglo con Borges
Mario Vargas Llosa
Testimonio
Alfaguara
Madrid (España), 2020
ISBN: 9788420435978
112 páginas

A lo largo de su prontuario como fraguador de mundos ficticios, el escritor Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), también prolífico ensayista, diseminó en diversos diarios y revistas, aquella pasión por la literatura de Jorge Luis Borges. Lector y acucioso crítico de la obra del escritor argentino, también traductor de Edgar Allan Poe, que trascendió las fronteras de lo inimaginable. Mario Vargas Llosa fue construyendo un enriquecedor homenaje, dotado de gran “placer intelectual”, a quien significaría uno de los más brillantes escritores hispanoamericanos, admirado por millones de lectores en todo el mundo; aquel pardo, lúcido y enormérrimo autor de Ficciones (1944).

Medio siglo de lecturas, “fuente inagotable de placer intelectual”, según apostilla en el exordio a esta recopilación de artículos, notas testimoniales, entrevistas y reseñas que, desde la década del cincuenta, ha publicado en diarios y revistas como Caretas, Expreso y El País, entre otros, y que ha significado una remembranza, un culto al héroe literario de cosmogonías, sables, tigres y laberintos: Jorge Luis Borges.

Elegancia, transparencia, erudición, son las abscisas borgeanas de una vasta literatura configurada en fondo y forma, en lo fantástico; en esa invención erudita de países, bibliotecas; amén de recrear vastas culturas que han legado memoria incandescente para la humanidad.

Las entelequias de Borges —acaso desde su adolescencia y hasta estos “tiempos recios”— no han defraudado al autor de Carta de batalla por Tirant lo Blanc, “novela caballeresca del escritor valenciano Joanot Martorell y que se suponía concluida por Martí Joan de Galba —idea que aún hoy no se descarta—, publicada en Valencia en 1490, en pleno Siglo de Oro valenciano”, según se evidencia en Wikipedia. Parece ayer cuando, en el último apartado de Carta de batalla…, un aplicado estudiante de literatura de la Universidad San Marcos iba a la biblioteca a entregarse a los desafueros léxicos de caballeros andantes y damiselas pálidas, reflejados en esta novela de caballerías, plagada de mitologías, costumbres estrafalarias y ritos caballerescos sumidos a cartas de batalla y pactos de duelo, entre otros rituales de ese entonces. Las novelas de caballería, lejos de integrar un género decadente (como lo refiere Cervantes en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha), tramaba lo que, a más de quinientos años de publicada, sería la invención de una novela hecha a verbo vivo. No se trata, pues, de una gran crónica realista, sino de la recreación de un mundo viviente, una realidad inventada.

Mario Vargas Llosa despliega en Medio siglo con Borges su cariño por un autor que tramó mundos, más que haberlos vivido.

Ese elemento añadido, grano de eternidad, esa fantasía urdida en el tiempo, y que lejos de ridiculizarla honró Cervantes en El Quijote, hoy forma parte del universo borgiano: el sutil bombardeo de elípticas historias sin fin, que entraña personajes parlanchines, a ratos misteriosos, sanguíneos, románticos, coléricos, pero sobre todo parlantes, a más no poder: Tirant lo Blanc.

Una de las preguntas hechas por MVLL a Borges, que llaman la atención del libro, es qué ha significado para Borges la cultura francesa. Para el autor de Historia de la eternidad, Francia representa el idioma cotidiano, la palabra justa de Flaubert, los ensayos de Montaigne. Y lo que el místico sueco Swedenborg y los cabalistas tuvieron, en la idea de un escritor detestado por Borges: León Bloy: “El universo como una suerte de escritura, como una criptografía de la divinidad”.

Distante se me antoja el día lluvioso en que leí “El poema de los dones”, que alguien había pegado en un paradero de buses, en la plazuela Bolognesi, en Caxamarca. Salvo el primer poema a Georgie debido, Mario Vargas Llosa despliega en Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020) su cariño por un autor que tramó mundos, más que haberlos vivido. Para Borges poeta, quizá muy rococó para algunos, para otros erudito y whitmaniano, la poesía francesa sigue siendo “La Chanson de Roland, la obra de Víctor Hugo, Paul Verlaine”. Sería injusto elegir, nos dice en esta conversación Borges, interrogado por MVLL. Pero si de ello se trata, acrisolaría a Gustave Flaubert como un obrero seminal de le mot juste, cacareada a través de los bosques, hasta estamparse como el pávido punto de una mosca posando su universo de palabras sobre el papel. Una mezcla de la novela realista y de las “grandes construcciones históricas” es lo que para Borges representa una novela cimentada en el feliz hallazgo del azar.

¿Acaso para Borges un autor se expresa en un solo género? Se tendría la impresión de que los cuentos, ensayos y hasta biografías sintéticas escritos por él tienen un pie entre el abismo de pisar el fuego eterno de la poesía y la memoria trashumante de su prosa aléphica, valga el término. Gracias a la “virtud mnemónica”, portable, del soneto, en los años cincuenta en que había perdido por completo la visión, Borges revisaba mentalmente un poema varios días, hasta que llegaba el momento de escribirlo, sin que ello significara, como lo dice en la primera conversación, no mucha “deshonra para el autor”.

La pregunta de MVLL que cierra la primera conversación con Borges data de 1963: “Qué libros elegiría si estuviera en una isla desierta”:

La Biblia y la Encyclopædia Britannica, edición de 1910 u 1911; dos obras que reflejan el resumen de la historia del mundo y la palabra divina, una biblioteca andante.

El estilo enciclopédico que imitó de la Enciclopedia Británica le serviría para construir, palabra por palabra, una de las más audaces, innovadoras y arriesgadas formas fantásticas del cuento.

No se llevaría libros de poesía, manifiesta Borges; los versos, muchos versos, se los llevaba en la memoria, en varios idiomas.

Borges personifica relectura, concisión, exactitud matemática, elegancia, erudición, sagas nórdicas del siglo XIII, idioma de los vikingos, literatura griega, china, La Biblia; y por qué no mencionarlo, aquel legado de 800.000 libros y la noche, ese pardo crepúsculo que le adjudicó los libros y la ceguera a la vez. Y la gran biblioteca de su padre, más el legado de su abuela, Fanny Haslam, del idioma inglés.

El estilo enciclopédico que imitó de la Enciclopedia Británica le serviría para construir, palabra por palabra, una de las más audaces, innovadoras y arriesgadas formas fantásticas del cuento, que lejos de ser un mosaico de estilos y géneros imbuidos en el corpus literario, simbolizó la más innovadora radiografía de los mundos.

Miembro de la Biblioteca de la Pléiade, al igual que el autor de Medio siglo con Borges (2020), en París, legión de la más selecta literatura que ya forma parte de los clásicos contemporáneos, Georgie, como era llamado en su niñez, publica, con gran entusiasmo juvenil, Fervor de Buenos Aires, en 1923. Fueron sólo trescientos ejemplares; con treinta pesos que le dio su padre cubrió el costo de la edición, la misma que fue colocada en los sobretodos de los funcionarios de una compañía bonaerense.

El tigre multicolor en el apartamento del centro de Buenos Aires tiene un grato significado, ya que representa la Orden del Sol, otorgada a un antepasado de Borges (el coronel Suárez del poema), la misma que retornó a la familia, siglo y medio después, cuando el escritor visitó Lima con Leonor Acevedo, su madre. Una gran alegría significó que retornara esta condecoración a la familia, perdida “en las andanzas de la estirpe”.

Vivía Borges en una casita sobria, en el centro de Buenos Aires; coleccionaba bastones desde que perdió la visión; no había más libros que algunos pocos de literatura anglosajona, nos ilustra MVLL en “Borges en su casa”.

Cuando trabajaba en Radio Televisión Francesa, Vargas Llosa recuerda haberle hecho una pregunta, y era qué significaba para Borges la política; en respuesta a ello, Borges dijo que “era una de las formas del tedio”, y que luego ese tedio mutaría en fastidio. No leía diarios, porque eso significaba leer noticias pasadas. Consideraba los nacionalismos “uno de los males de nuestra época”, según se lee en la entrevista a Borges, en 1981.

El viejo “anarquista y spenceriano” recuerda, en otra entrevista del libro, la Historia de la conquista del Perú, de Prescott. Consideraba al Perú como un país un poco mítico. Era amigo del poeta arequipeño Alberto Hidalgo, injustamente olvidado. Conoció el poema “La niña de la lámpara azul”, de José María Eguren, a quien lo describe como “un poeta simbolista de una gran ingenuidad y delicadeza”, quien a pesar de no haber salido de Lima, circunscrito a diarios paseos matinales desde Barranco al centro de Lima, escribió poemas imbuidos en “un mundo nórdico, de hadas escandinavas”, entre otros exóticos, los que también pintaba y fotografiaba con una camarita fotográfica construida por él mismo.

En la revista Sur, dirigida por Silvina Ocampo, aparecieron cuentos como “El Aleph”, “El jardín de senderos que se bifurcan”, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Nº 68, año 1940, que deslumbraron a los lectores. En dicha revista, “Tigres, máscaras, espejos y cuchillos”, lanzas y espadas, ligados a la “inusual adjetivación”, como por ejemplo: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”, o “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican a los hombres”, caracterizaron sus primeras entregas narrativas deslumbrantes.

A raíz del artículo fechado en 1930, publicado en la revista peruana Amauta, Lima, Nº 30, “Autopsia del Surrealismo”, Vallejo desciñe la militancia de estos baluartes vanguardistas, incluyendo el libro del autor de Fervor de Buenos Aires, quien no tiene el menor interés de ocuparse en adelante de la vasta obra del vate santiaguino. Por el contrario, sí conocía la poesía de José María Eguren, y calificaba al Modernismo como “pastiche, mariposeo superficial”.

Un delicioso compendio de entrevistas, notas de testimonio, artículos y reseñas, Medio siglo con Borges representa para los lectores de todo el mundo el recorrido intelectual del escritor argentino.

Un clásico es un autor que sobrevive en el tiempo, aquel que por la calidad de su obra ha trascendido, sin fronteras en el mundo, mediante sus héroes paradigma, se apropia de la voz, que hiende en el discurso de los hombres.

Shakespeare, Swedenborg, Cervantes; la literatura china, hindú, el budismo zen, el interminable sueño ficticio de Las mil y una noches, El Evangelio, El Corán, son algunas de las obsesiones que a lo largo de sus páginas recorren los mundos interiores del “inspector de gallinas”, cargo subalterno, degradante, que tras un artículo firmado por Borges contrarió a Perón, por lo que fue denigrado de su cargo de bibliotecario. Tras recorrer algunas manzanas hasta el metro, de regreso a casa, no podían encendérsele en el rostro más que lágrimas de resignación.

Un delicioso compendio de entrevistas, notas de testimonio, artículos y reseñas, Medio siglo con Borges representa para los lectores de todo el mundo el recorrido intelectual del escritor argentino, sus obsesiones, sus pasiones y la abominable repetición de los espejos y la cópula.

En un recorrido por el mundo, ya octogenario, Borges escribiría Atlas, publicado en 1984, en colaboración con María Kodama, que no es otra cosa que el último viaje por autores y cementerios, rescatando verdaderas viñetas de lo que significa sorprenderse ante un mundo en maravilloso estado de gracia. Pluguiere rememorar cómo, bajo las pirámides, amonedaría un puñado de arena del Sahara, exclamando: “He desordenado el mundo”, como un muchacho enamorado, soberbiamente sorprendido por el milagro de la naturaleza.

La revista argentina El Hogar albergaría un sinnúmero de colaboraciones misceláneas de Borges, reseñas y biografías sintéticas que eran el manjar de amas de casa, como de lectores exigentes. Aparecido años más tarde bajo el título de Textos cautivos, que consta de “una antología de los escritos críticos —ensayos, biografías, reseñas y notas varias— publicados entre 1935 y 1958”, según Wikipedia.

Libros en colaboración, conferencias por todo el mundo, viajes imaginarios; la invención de lo fantástico dentro de un mundo cuyo cónclave se limitaba a la experiencia más placentera —para él—: la lectura.

Lo que la vida le proporcionaba, aquellos mundos fascinantes, sagas y personajes alegóricos, llenos de misterio y conjunción con las cosmogonías reinantes de sus libros, iba cada vez acercándose a esa luz última y consagratoria que, tras aproximarse a la muerte, Borges imitaría, cuando no inventaría, para solaz de un mundo iluminado de su literatura; aquella Biblioteca de Babel itinerante, a lo largo de lugares imaginados, cuyos hombres lo recuerdan y releen con unción (y ello pervivirá), como quien repasa las estrellas inmortales tras cada pálpito nocturno.

Jack Farfán Cedrón
Últimas entradas de Jack Farfán Cedrón (ver todo)